Quédate a mi lado Pléyades: La novia de sangre Frederica
QUÉDATE A MI LADO PLÉYADES: LA NOVIA DE SANGRE FREDERICA
1
En el instante en que la oscuridad que los había mantenido prisioneros durante tanto tiempo se disipó, Frederica sintió un profundo alivio en su pecho.
No recordaba haber extrañado el sol con tanta intensidad, pero después de más de un día entero sin ver la luz, la sensación de recibir sus rayos de nuevo era conmovedora. Realmente sentía que los seres humanos vivían gracias al sol.
—Por fin salimos de "Oscuridad Eterna"... me siento mucho más tranquila, Frederica- nee-sama.
Quien susurró esto a Frederica fue Petra, siempre atenta a su entorno. Su "hermana menor" postiza, vestida con ropas de noble que hacían estallar su encanto y dulzura, seguía interpretando a la perfección su papel como la figura central de este grupo de viaje.
En el fondo, Frederica quería responder con elogios, aplausos y un fuerte abrazo, pero había razones que se lo impedían.
La primera razón era que ambas debían respetar la diferencia de estatus que estaban fingiendo. Petra era la joven dama de la nobleza, y Frederica su cuidadora y guardaespaldas. No se vería bien ante ojos extraños que una sirvienta abrazara y colmara de halagos a su señora; debían eliminar cualquier elemento que pudiera levantar sospechas.
La segunda razón era mucho más seria...
—Lady Petra, ¿no siente ninguna molestia por el sello maldito del juramento?
—Uh... e-estoy bien. Me alegra que me lo pregunte, pero se preocupa demasiado, hermana mayor.
—Cuidar de la salud de mi señora es el deber de una sirvienta. Además, le ruego que deje de llamarme "hermana mayor", Lady Petra.
—Uuu...
Ante la corrección de Frederica, Petra humedeció sus ojos redondos y bajó la cabeza, apretando con fuerza el asiento del carruaje. Aunque Petra se sentía herida, Frederica no estaba siendo estricta sin motivo. Por muy adorable que se viera Petra con los ojos llorosos, no la trataría así solo por gusto.
—Después de todo, Petra es mucho más linda cuando sonríe —pensó Frederica.
La verdadera razón del comportamiento cortante de Frederica era otra: el ya mencionado "sello maldito del juramento" que la niña había grabado en su joven cuerpo.
Petra fue quien logró persuadir magistralmente al grupo de Hombres-topo que controlaban la "Oscuridad Eterna" y servían de puente para el contrabando entre el Reino y el Imperio. Ellos pretendían tomarlos como rehenes para negociar con Lugunica, pero ella los convenció de lo contrario.
Si bien Frederica quería alabar ese logro, no podía aprobar el método utilizado.
Petra había conseguido que los Hombres-topo cambiaran sus planes y continuaran guiándolos a cambio de una promesa específica. Y como prueba de su compromiso, eligió grabar en sí misma un sello maldito que le impondría un castigo severo si llegaba a romper el juramento. Aunque la promesa en sí no sería difícil de cumplir si Emilia estaba presente...
—... Lo que no puedo aceptar que su forma de actuar sea idéntica a la del maestro— sentenció Frederica, refiriéndose a Roswaal.
—... Sí, lo siento. Estoy reflexionando sobre ello.
Al ver a Petra cabizbaja, Frederica contuvo sus ganas de consolarla. Si no experimentaba algo de amargura ahora, Petra nunca cambiaría su forma de pensar. Sería peligroso que ella siguiera creyendo que ponerse en riesgo innecesariamente es siempre la mejor solución.
—Si no es así, no podrá enfrentarse con seguridad a lo que viene... a las costumbres del Imperio.
Al salir del largo, larguísimo túnel de la "Oscuridad Eterna" y dirigirse hacia la luz que se filtraba, la vista se abrió lentamente para revelar una tierra de un verde fértil.
El Reino de Lugunica no se quedaba atrás en belleza, pero la vegetación era claramente distinta a simple vista, confirmando que el mundo que les esperaba al otro lado de la cueva era uno completamente diferente.
Una llegada triunfal al Sagrado Imperio de Vollachia... No.
—Puesto que es una entrada ilegal, nuestra llegada dista mucho de ser triunfal, ¿no le parece?
Así fue como Frederica calificó, con modestia, el viaje que finalmente las había llevado hasta el Imperio.
2
—Una vez que salgan del túnel, más adelante se encontrarán con un camino principal. Si lo siguen, llegarán a un pueblo. Les recomiendo que decidan allí su próximo paso.
—Sí, gracias. Nos han ayudado mucho, Musica-san.
—Por favor, ahórrese los agradecimientos. Nosotros fuimos quienes actuamos con descortesía... Solo quiero que vuelvan a salvo, para que puedan cumplir su promesa.
Con esas palabras de despedida, Musica y sus hombres se sumergieron de nuevo en las profundidades de la "Oscuridad Eterna". Aunque seguramente querían ver el desenlace del viaje de Petra, los Hombres-topo no tenían lugar en el Imperio. Frederica sabía que si los descubrían, el castigo sería inmediato; la crueldad humana hacia lo diferente no conocía límites.
En todo caso...
—Es una alegría haber logrado entrar en el Imperio. Sin embargo, nuestro objetivo no termina aquí, sino más adelante. ¿Todos lo tienen clarooo~? —preguntó Roswaal con su tono cantarín.
—No hac’ fa’ta que lo diga’, ya l’ sabemo’. ¿Por qué insi’tes tanto? ¿Qué trama’?
—Cuida tus modales, Garf. Dudley solo nos advierte que no bajemos la guardia — intervino Ram.
—Tsk, eso ta’bién lo s’.
Garfiel apartó la mirada tras el regaño de Ram. Ella se disculpó con la mirada ante su señor, quien simplemente se encogió de hombros. Antes de partir hacia el pueblo indicado, el grupo se reunió en los dos carruajes para discutir el rescate de Subaru y Rem.
—"Rescate" puede sonar exagerado, pero debemos ponernos en lo peor. Por supuesto, si se trata simplemente de "reunirse", no podríamos desear nada mejor.
—Es difícil imaginar a Subaru sin lanzarse de inmediato al peligro.—murmuró Petra con preocupación.
—Estoy de acuerdo —asintió Otto, frotándose la frente.
Era un sentimiento unánime. La prisa por entrar en Vollachia se debía, en gran parte, a la incertidumbre sobre qué problemas habrían atraído a Subaru esta vez.
—Pero Vollachia es enooorme. He oído que es más grande que Lugunica. ¿Cómo vamos a encontrarlos?
—Para eso, hay dos medidas principales que debemos tomar. ¿Otto-kun? —indicó Roswaal.
—Sí, sí, ya me lo imaginaba; permítanme explicar.
Ante la pregunta de Emilia, hecha con un dedo en los labios, Roswaal asintió e instó a Otto a continuar. Ajustándose el sombrero, Otto miró al grupo y preguntó: "¿Puedo proceder?".
—Las dos medidas a las que se refiere Dudley son, en pocas palabras, recabar información y contratar personal.
—¿Contratar personal? ¿Te refieres a pagar para que busquen a Subaru? —preguntó Petra.
—Es lo más sensato. No podemos pretender cubrir todo este imperio solo nosotros ocho. Pero no será fácil... y costará bastante dinero —explicó Otto.
—Eh... ¿costará muuucho dinero?
—Bueno, dudo que sea barato.
Al oír hablar de dinero, Emilia bajó los hombros, desanimada. Sabía que los fondos provenían de la casa Mathers y que ya se había pagado una suma considerable a los Hombres-topo.
—A propósito, ¿puedo preguntar cuánto fue?
—Harás mejor en no saberlo, Emily. Se te saldrían los ojos de la impresión.—le advirtió Ram.
—Qué miedo... —susurró Emilia.
—Entonces, ¿a qué se refería al decir que es difícil contratar personal?
Otto continuó explicando que el problema no era solo el oro. En el Imperio, sus títulos de nobleza o candidata real no valían nada.
—Lamentablemente, entrar al Imperio habría significado acercarme a mi tierra natal, así que siempre lo evité. Por lo tanto, no tengo a nadie aquí en quien pueda confiar. ...Quizá en Gusteko o Kararagi, pero aquí no.
—Sobre ese punto, puede que yo pueda ayudar —intervino Roswaal—. Tengo un conocido en el Imperio. No somos íntimos, pero podría seeervir.
—¡¿En serio?! ¿Podemos pedirle ayuda entonces? —preguntó Emilia esperanzada.
—No puedo asegurarlo. No es alguien con quien se pueda razonar fácilmente. Además, tendré que revelarle mi verdadera identidad. Por eso... iré solo.
— Inaceptable. Yo voy con usted —sentenció Ram.
Roswaal, que había interrumpido las dudas de Otto, fue a su vez interrumpido por Ram. Su parpadeo con su único ojo demostró que ella tenía razón.
—¿Seguro que no planeaba partir solo? Eso es demasiado arriesgado...
—Dada la situación, sin embargo, ese es el curso óptimo. Sea que escuchen o no, lo único que se requiere es mi presencia... no hay necesidad de exponer a Emily y a los demás al peligro.
——. En cualquier caso, si me separo de Dudley, mi cuerpo no durará mucho. No veo razón para rechazar mi compañía.
—Vaya, vaya... pensé que esa decisión me correspondía a mí tomar, en el fuuturooo~
Con Ram bloqueando con calma toda posible objeción, Roswaal esbozó una sonrisa torcida y murmuró.
Desde la perspectiva de Frederica, tanto la idea de Roswaal como la opinión de Ram tenían sentido. Si acaso, el problema era la reticencia de Roswaal a estar a solas con Ram.
—Realmente no hay nadie que en este asunto se ponga del lado del Maestro por encima de Ram-nee-sama.
—...Para qu’ con’te, diré qu’ a mí no m’ entusia’ma.
Juntando las manos ante el pecho, Petra sonrió; Garfiel respondió con gesto agrio.
Aun así, dejando los sentimientos de lado, Garfiel comprendía lo razonable. Roswaal tendría que acatar la decisión de la mayoría, el precio de sus actos pasados.
—Si hay alguien en quien podemos confiar, podemos dejar las negociaciones a Dudley, ¿verdad? Entonces, esfuércense mucho, con Ram ayudándolo.
—Entendido. Dudley, no tiene objeciones, ¿verdad?
——. Supongo que nooo.
Dada el empujón final de la inocente Emilia, Roswaal capituló bajo la mirada de Ram.
Así, el asunto de conseguir personal quedó en manos de Roswaal y Ram...
—Otto-nii, ¿y lo de la información? —preguntó Garfiel.
—Es complicado. Es probable que si Subaru-san se ha dado cuenta de que está en territorio enemigo, no esté usando su nombre real.
—¡Ah! ¿Como nosotros con Dudley y Emily? —comentó Emilia.
Con los ojos muy abiertos, Emilia habló, y Otto asintió: "Sí". Frederica también comprendió la precaución obvia.
Aunque arrojado al Imperio por eventos imprevistos, una vez que se orientara, Subaru reconocería de inmediato la inestabilidad de su posición.
Naturalmente, también se daría cuenta del peligro de que su nombre se esparciera dentro del Imperio.
—Entonces, incluso si buscamos a Subaru-san, en lugar del nombre Natsuki Subaru...
—Si hace algo notable, es probable que esté usando un alias. Solo espero que sea algo lo suficientemente obvio.
—El alia’ del Capitán, eh...
Cruzándose de brazos, Garfiel ladeó la cabeza, pero había poca esperanza de dar con la respuesta. Solo Subaru conocía la mente de Subaru.
Para Frederica, las ideas de Subaru parecían brotar de otra dimensión.
—Exacto. Seguramente esté usando un seudónimo. Tendremos que preguntar por sus rasgos físicos: color de pelo, de ojos, su ropa o esa mirada suya tan... particular.
—Si todavía lleva su chaqueta de gimnasia, será fácil de encontrar por lo mucho que destaca —dijo Petra.
—O lo habrán quemado en la hoguera por parecer un espía —añadió Ram con su mordacidad habitual.
—¡No digas esas cosas! —exclamó Frederica, aunque nadie en el grupo pudo darle una respuesta realmente tranquilizadora dada la fama del Imperio.
En todo caso...
—Dudley y Ram irán a pedir ayuda a ese conocido, y nosotros nos dirigiremos a la ciudad cercana para ver si hay rumores sobre Subaru y los demás... ¿les parece bien?
Nadie expresó objeciones al resumen de Emilia.
Separarse en una tierra desconocida era inquietante, pero...
—Maestro... estando Dudley y Ram juntos, no harán nada imprudente, ¿verdad?
—Tranquilízate. Aunque haya un poco de imprudencia, Dudley y yo nos abriremos paso a la fuerza.
—¿Podría no haber imprudencia, por favor?
Ya fuera reconfortante o no, la respuesta de Ram hizo que la mejilla de Frederica se estremeciera. El despectivo "Hum" de Ram podía tomarse como prueba de calma.
Mientras tanto, Roswaal era interrogado por Otto y Garfiel, respondiendo con despreocupación en su rostro sin maquillaje.
Una vez aclaradas las tareas de todos...
—Bueeeno, entonces, nos marchamos. Esperemos buenas noticias en ambos frentes. Si surge algún problema y necesitan reunirse con nosotros...
—Em, deberíamos dirigirnos a la amiga de Dudley... la Señorita Dracroy, ¿verdad?
—Sí, es correcto. Aunque es más bien temperamental.
Ante la confirmación de Emilia, Roswaal asintió con aire altivo, y luego extendió el brazo con calma. Ram, que parecía no necesitar instrucción, entró en sus brazos.
—Frederica, te lo encargo —dijo Ram, siendo levantada en brazos por Roswaal.
—Sí, descuiden
Elegida por su nombre y encomendada, Frederica hizo una profunda reverencia.
De repente, Roswaal comenzó a levitar usando su magia de vuelo. En un instante, se elevaron hacia el cielo, subiendo cada vez más alto hasta ocultarse entre las nubes para evitar ser detectados por las patrullas imperiales.
—Tsk, vue’a más a‘to que nadi’... ¿está intentando demo’trar algo? —refunfuñó Garfiel.
—Es el Imperio, Garf. Si lo ven volando no pensarán "Ah, es el Margrave Mathers", ", y lo dejarán pasar. Mantenerse fuera de la vista es inevitable—explicó Petra.
—Sí, sí. ¿Y ahora qué, Emily?
Al ver desaparecer a Roswaal y Ram entre las nubes, Garfiel se volvió con poca educación.
Emilia apretó los puños con determinación mientras veía desaparecer a sus compañeros entre las nubes.
—Nosotros también tenemos que movernos. Busquemos un lugar donde dormir en el pueblo y empecemos a preguntar.
Así, el grupo dio su primer paso oficial en las tierras del Sagrado Imperio de Vollachia.
3
Mozotto, el pueblo más cercano tras cruzar la “Oscuridad Eterna”, daba una impresión de total falta de vitalidad.
Se solía escuchar el rumor de que el Imperio era una tierra bendecida con suelos fértiles y un clima cálido que permitía cosechas abundantes durante todo el año. De hecho, aunque su experiencia recorriendo el Imperio se limitaba al breve trayecto tras salir de la cueva, los bosques de verde frondoso, las praderas y el aire con el punto justo de humedad reforzaban ese prejuicio.
Sin embargo, en contraste con la calidez de la naturaleza, las calles moldeadas por la mano del hombre dejaban una impresión inevitablemente solitaria, inorgánica y seca.
El suelo no estaba pavimentado, sino simplemente compactado por el tránsito; los edificios conservaban grietas y daños sin reparar, y el paisaje se extendía en una procesión de grises que parecía haber olvidado cualquier intención de deleitar la vista con colores.
Hasta ahora no lo había analizado demasiado, pero la influencia que los colores ejercen sobre el corazón era mucho mayor de lo que uno percibe de forma inconsciente. La monotonía, por sí sola, generaba una asfixiante sensación de falta de libertad.
Frederica no alcanzaba a distinguir si esto era algo intencionado o simplemente arbitrario, pero...
—Se siente una atmósfera muy, muy solitaria, ¿verdad?
Al parecer, no era la única que lo pensaba. Frederica sintió un pequeño alivio ante las palabras de Emilia. Sin embargo, no era momento para alegrarse, ya que ese ambiente probablemente dificultaría su objetivo. Lo que Frederica y los demás buscaban en Mozotto era información que los condujera al paradero de Subaru y los otros.
Pero...
—Si el pueblo no tiene mucha energía, la entrada y salida de gente o de rumores también será algo dudosa... —comentó Petra, mirando de un lado a otro.
—Si¡ iba a ser así, es’s tipo’ d’ Musica podrían hab’r extendido la cu’va ha’ta un lugar con más brío —refunfuñó Garfiel, con el ceño fruncido, dejando traslucir su impaciencia en el rostro.
—Eso es pedirle demasiado al señor Musica y los demás... pero estoy de acuerdo con Garf-san.
Originalmente, el rol de Garfiel se centraba en el uso de la fuerza bruta, por lo que en este viaje, donde no podían permitirse actuar a la ligera, se acumulaban los momentos de frustración.
O mejor dicho, el hecho de tener pocas oportunidades de ser útil alimentaba su ansiedad y la sensación de impotencia al estar preocupado por Subaru.
—Garf, la impaciencia está prohibida. Sin duda llegará el momento en que tu fuerza sea necesaria.
—No hac’ fa’ta que m’ lo diga’, hermana... Lo sé, d’ verdad.—respondió Garfiel, desviando la mirada y tratando de contener su irritación
Ante la reacción de su hermano, quien claramente comprendía el significado de su advertencia, Frederica asintió con un “lo entiendo”. No obstante, por fin habían llegado a su ansiado destino Vollachia.
Todos compartían la misma urgencia de reprimir su comezón y comenzar a buscar en serio a los desaparecidos.
—No podemos esperar mucha información, pero en cualquier caso deberíamos buscar una posada. Necesitamos un lugar para dejar el carruaje-dragón, y preferiría evitar acampar fuera del pueblo si es posible —sugirió Otto mientras conducía.
—Sí, todos tienen el cuerpo rígido de tanto dormir en el carruaje —añadió Emilia.
—Ciertamente, también está la idea de que debemos descansar bien en una cama. Además, necesitamos una base de operaciones. Petra-chan, tendré que pedirte que cuides de Beatrice-chan.
—¿Eh?
Petra abrió mucho los ojos ante la propuesta de Otto. Cuidar de Beatrice en la posada significaba que ella no podría participar en la búsqueda de información en el pueblo. Para ella, que estaba profundamente preocupada por Subaru, eso era un trato cruel.
Sin embargo...
—Lady Petra, yo opino lo mismo que el señor Otto. Considerando nuestros roles, sería extraño que usted anduviera preguntando por ahí por iniciativa propia... ¿Lo entiende, verdad?
—Ugh... Bueno, eso es cierto, pero...
—Al fin y al cab’, no’otros som’s los guardaespaldas de Lady Petra y de Lady Beatrice. Si los prot’gidos and’n dando vue’tas por ahí, uno n’ pued’ estar tranqui’o —intervino Garfiel.
Aunque entendían el entusiasmo de Petra, en este viaje habían establecido esa división de roles.
Además, aunque mencionarlo podría causar el rechazo de Petra, en la situación actual, donde aún no sabían bien cómo moverse por el Imperio, querían evitar al máximo que una niña tan joven se expusiera al peligro.
Por muy lista y valiente que fuera para su edad, seguía siendo una niña.
—Entiendo que te sientas frustrada, pero déjanos esto a nosotros, Petra-sama —dijo Emilia con suavidad.
—Emily...
—Beatrice tampoco puede estar despierta muchas veces al día, y si cuando abre los ojos no hay nadie cerca, creo que se sentiría muy, muy sola. Ahora que Subaru no puede estar con ella, creo que acompañarla es también una tarea muy importante para nosotras.
—...Eso no es justo.
Aunque Emilia no lo dijera con esa intención, al usar a Beatrice como razón, Petra tuvo que rendirse. Petra valoraba su amistad con Beatrice casi tanto como sus sentimientos por aquel joven de cabello negro. Por eso mismo, su determinación en este viaje era tan fuerte, hasta el punto de no dudar en grabar una marca de juramento en su propio cuerpo.
—Cada cual en su lugar adecuado. Además, Petra-chan ya ha cumplido con una gran tarea. Es hora de que nosotros trabajemos también; por favor, denles a los adultos una oportunidad de compensarlo —añadió Otto.
—A diferencia de Emily, la forma de hablar de Otto-san es desagradable y no me gusta.
—¿¡He dicho algo malo!?
—No lo hiciste. Es la forma en que lo dices.
Petra desvió la mirada e infló sus mejillas rojas en señal de queja. Sin embargo, al ser una chica inteligente, comprendió de inmediato la validez de los argumentos. Y seguramente también habría visto a través de la verdadera intención oculta de Frederica: el deseo de mantenerla alejada del peligro.
—...No quiero aceptarlo, pero lo entiendo. Esperaré en la posada con Beatrice-chan. Pero por favor, traigan buena información.
—¡Sí! Si Petra-chan se queda con Beatrice, podré ir tranquila. ¡Seguro que descubriremos dónde está Subaru!
—Aunque lograr el premio mayor de una vez quizá sea esperar un poco demasiado.— comentó Otto.
Aun así, sin ese nivel de entusiasmo, encontrar a solo dos personas en este vasto Imperio no sería tarea fácil. Mientras Frederica suavizaba la mirada ante la determinación de Emilia y los demás...
—...Frederica-san, ¿tienes un momento? —le susurró Otto en voz baja.
Sintiendo que Otto no quería que Emilia y los demás escucharan, Frederica se enderezó. En estos casos, lo que Otto tenía que decir solía ser importante. Y esa impresión no fue traicionada esta vez.
—Sobre la búsqueda de información de ahora: naturalmente, preguntaremos por las características físicas de Natsuki-san y sobre noticias recientes del país.
—Sí, así es. ¿Qué ocurre con eso?
——Preferiría no pensarlo, pero... por favor, esté también atenta a señales de daños causados por la “Gula”.
—......
Como era de esperar tras ese preámbulo sombrío, la palabra “Gula” fue suficiente para que Frederica frunciera el ceño. No obstante, comprendía perfectamente la validez de su preocupación.
—Después de todo, los que desaparecieron de la torre no fueron solo Subaru-sama y Rem.
Según el informe de Emilia y los demás, el Arzobispo del Pecado de la Gula atacó la Atalaya de Vigilancia de las Pléyades mientras ellos buscaban una audiencia con el “Sabio” Shaula. Lograron derrotar y capturar a varios de estos Arzobispos, pero un tercero que apareció repentinamente al final desapareció junto con Subaru y los demás.
—Como no presenciamos la escena, no es imposible que alguien desapareciera por razones ajenas a Subaru-sama y los demás, pero...
—¿Que Natsuki-san podría estar libre de problemas? Imposible.
—En efecto, imposible...
Compartiendo exactamente el mismo pensamiento, Frederica y Otto suspiraron al unísono. A pesar de sus propios deseos, el destino de Subaru era no poder separarse nunca de los problemas. Si había una semilla de desastre cerca, lo natural era pensar que se le quedó pegada a la ropa al salir volando. Que esa semilla fuera un Arzobispo del Pecado era algo que no hacía ninguna gracia.
—Si Natsuki-san hubiera sido víctima de la “Gula”, nos habríamos ahorrado el trabajo de venir hasta el Imperio. No se puede venir a buscar a alguien a quien no recuerdas.
—Otto-sama...
—No dejaré que Emilia-sama o Petra-chan escuchen esto. Yo tampoco quiero que me regañen.
—Yo también me enfadaría si lo hiciera.
Frederica le lanzó una advertencia ante el tono extrañamente distante de Otto. A veces él actuaba de forma cínica, pero era su propia manera de lidiar con el mundo. El hecho de que eligiera cuidadosamente con quién hablar sugería que sus palabras eran racionales.
—En fin, víctimas de la “Gula”... No sé los detalles específicos, pero debo estar atenta a la posibilidad de que hayan ocurrido desastres atroces, ¿verdad?
—Exacto. No quiero que ocurra, pero dado que sería mejor que tener cero pistas, es difícil decidir qué es lo que debemos desear.
Si el Culto de la Bruja actuaba, inevitablemente habría víctimas que uno preferiría no imaginar. Como decía Otto, querían evitar la falta de pistas, pero en el fondo de su corazón, era imposible decir que deseaban que ocurriera una catástrofe solo por conveniencia.
—¿De qué están susurrando ustedes dos?
—Ah, solo confirmando algunos detalles. En fin, organicemos nuestros equipos. Este no es un pueblo grande, así que...—respondió Otto con naturalidad a Emilia, quien se había percatado de su actitud.
Otto miró a su alrededor y entornó los ojos pensativo. Como él decía, Mozotto era un pueblo pequeño que probablemente no llegaba a los quinientos habitantes. Aunque servía como pueblo de paso para prepararse para un viaje largo, no dejaba de dar una impresión poco fiable como punto clave para reunir información de todo el Imperio.
—Petra-chan y Beatrice-chan, las dos jóvenes señoritas, se quedarán en la posada, y los cuatro restantes buscaremos información. Frederica-san, ¿podría pedirle que acompañe a Emily?
—¿Eh? ¿No nos vamos a mover los cuatro por separado?
—Es peligroso que una mujer camine sola por tierras desconocidas. No quiero darle razones a Natsuki-san para que me grite cuando nos reencontremos.
Ante la respuesta despreocupada de Otto, Emilia asintió a regañadientes con un “ya veo...”. Por supuesto, eso era solo una excusa de Otto; su verdadera intención era la inquietud que le producía que Emilia actuara sola. Pero no por miedo a que ella saliera herida, sino más bien por lo contrario.
—Emily, como es nuestra primera vez aquí, protejámonos mutuamente. Lamento que sea mi inquietud lo que motive esto...
—Ah, no, estoy totalmente bien. Tienes razón; no he estado vigilando mi entorno adecuadamente. Me aseguraré de protegerla a usted, Frederica.
—Eso es muy alentador. —Garf, haz tu trabajo correctamente.
Al lado, Garfiel, a quien se le había asignado moverse solo, comenzó a crujir sus nudillos con entusiasmo, por lo que Frederica le lanzó una advertencia final. Garfiel hizo una mueca y respondió: “Ya lo sé”.
—Entonc’s, Otto-nii, ¿qué hac’mos?
—Muy bien. Una vez que las jóvenes señoritas estén instaladas en la posada, dentro de tres horas —precisamente al finalizar la Hora del Fuego— nos reunimos en el centro del pueblo.
—¡Oh, entendido!
Ante la propuesta de Otto, todos, empezando por Garfiel, asintieron. Y entonces, como última palabra antes de pasar a la acción:
—¡Bien, todos, actuemos con cuidado! Sería muy graveeee si descubrieran nuestras identidades, así que asegúrense de que no pase nada peligroso.
Tras la advertencia de Emilia, cada uno comenzó su tarea.
4
—¿Un viajero de cabello negro y ojos negros? No, no he oído nada en particular. Pero si hablamos de apariencias, ustedes deberían tener más cuidado, jovencitas. Al fin y al cabo...
—¿Una chica de cabello azul y alguien más? No lo sé, busquen en otra parte. Aunque, con ese aspecto tuyo, mejor que recuerdes esto...
—Nada inusual. No ha llegado nada a mis oídos. Ah, pero como eres una chica bonita, te lo diré...
—... Todos me advirtieron lo mismo. Que tuviera cuidado con el “matrimonio por secuestro”.
—¿Matrimonio por secuestro?
El lugar donde habían acordado reunirse era el centro del pueblo; un sitio que, para llamarse plaza, resultaba algo desolado. Simplemente se había destinado un terreno amplio en mitad de la villa donde se celebraba un pequeño mercado.
Observando el mercado a lo lejos, Frederica, Emilia y Garfiel se habían reunido tras tres horas de investigación para informarse mutuamente de sus progresos.
Otto se había retrasado, pero dado que todos confiaban extrañamente en que él sería capaz de indagar incluso más profundo que ellas, consideraron que su tardanza estaba dentro del margen de error.
Desafortunadamente, no se había descubierto nada definitivo sobre las características de Subaru, como su cabello negro y ojos negros, o alguna chica que se pareciera a Rem. También habían preguntado sobre daños de la Gula, pero no recibieron información notable al respecto —si eso era bueno o malo seguía siendo incierto.
En cualquier caso, Frederica coincidía en que la información más inquietante era la del principio.
—Matrimonio por secuestro... Al parecer, es una costumbre en la que, para unirse a la persona de la que se han enamorado, la secuestran por la fuerza y se la llevan a su casa...
—Qué costumbre tan aterradora... ¿Solo le pasa a las mujeres? —preguntó Garfiel.
—No, parece que los hombres también pueden ser secuestrados. En esos casos, dicen que las mujeres se juntan en grupo, o que sus familias y amigas las ayudan.
—No ‘s una imag’n qu’ uno pu’da ignorar con una sonris’, ¿eh? Vaya forma d’ darno’ la bienvenida al e’tilo del Imperio —comentó Garfiel cruzándose de brazos, y Frederica, aunque le parecía inapropiado, estuvo de acuerdo.
La idea de un grupo de mujeres conspirando para llevarse a un solo hombre era una visión impactante. Si llegara a presenciar una escena así, sentía que se quedaría atónita sin poder hacer nada.
Sin embargo, Garfiel ladeó la cabeza con extrañeza.
—Emily y tú dicen qu’ todo’ les advirti’ron, pero nadi’ m’ dijo nada a mí. ¿Por qué m’ lo oc’ltarían?
—Ahora que lo dices, es verdad. ¿Por qué será?
—... Seguramente sea porque no encontraron ninguna razón para llevarte a ti, Garf. Las personas que nos advirtieron lo hicieron porque nosotras somos... bueno, hermosas.
—¿Mi hermana? Oig’n, oig’n, ¿dónd’ tienen los ojos es’s tip... ¡¡Ay, ay, ay!! ¡Si ni siqui’ra terminé la fr’se!
—¡Prácticamente la habías terminado! ¡Qué niño tan grosero!
Frederica, con el rostro sonrojado, le tiró de la oreja a un Garfiel que ponía cara de incredulidad.
Por supuesto, ella no tenía intención de proclamar a los cuatro vientos que fuera una belleza. Tenía a Emilia cerca, y también a chicas encantadoras como Ram y Petra. Comparada con ellas, Frederica era de complexión grande y sus colmillos eran afilados. Pensaba que, tal vez, el color de sus ojos o la atmósfera de su mirada no estaban mal; recordaba que hace tiempo solían elogiarle eso.
Aunque, como esos elogios cesaron en cuanto creció, pensaba que solo habían sido halagos vacíos.
—...
—¡Duele, duele, duele! ¡¿Ha’ta cuándo m’ vas a s’guir tirando d’ la oreja?!
—Ah, lo siento. Se me fue un poco la mano sin querer.
Al recordar esos sabores amargos del pasado, sus dedos habían aplicado más fuerza de la cuenta. Al soltarlo de golpe, Garfiel se sujetó la oreja y se escondió detrás de Emilia.
Ante esa escena, Emilia soltó una pequeña risita.
—Tranquila, Frederica, si eres muy linda. Garfiel solo es un hermano al que le cuesta elogiarte.
—Gra... gracias. Pero, bueno, creo que la palabra "linda" no me pega mucho. Esa palabra es... especial.
—¿Ah, sí? ¡Entonces hermosa funciona bien!
—Ugh... ¿N-no ha llegado todavía Otto-sama? ¡Qué tarde se le ha hecho!
Al ser elogiada por una Emilia que no tenía ni un ápice de malicia, Frederica sintió que el calor le subía hasta las orejas. Emilia miró alrededor diciendo: “Es verdad”.
—¿Se habrá quedado charlando con alguien? Otto-kun se pone muy hablador cuando ha bebido.
—So’o Emily llamaría 'charlas' a los de’varíos borrachos de Otto-nii... Pero sí, m’ pr’ocupa que llegu’ tarde.
Garfiel hizo crujir sus colmillos mientras Emilia se llevaba un dedo a los labios y fruncía el ceño. Frederica, abanicándose el rostro con la mano, también empezó a sentir ansiedad. Lo había dicho para cambiar de tema, pero no había duda de que esto no era propio de Otto.
Como decía Emilia, Otto podía cometer errores con el alcohol en su vida diaria, pero eso era precisamente porque se encontraba en un entorno donde podía bajar la guardia. En un lugar que bien podría considerarse territorio enemigo, eso era difícil de imaginar.
Un mal presentimiento comenzó a crecer gradualmente en ella...
—Por cierto, lo de antes... ¿matrimonio por secuestro era?
—Sí, matrimonio por secuestro. Ahora que lo pienso, Regulus intentó obligarme a casarme con él... me pregunto si eso también cuenta.
—Lamento mucho lo que le ocurrió en aquella ocasión, Emilia-sama... ¿Garf?
La conversación estaba desviándose un poco, pero cuando Frederica llamó a Garfiel para que continuara, él se rascó con fuerza su corto cabello rubio.
—Igual m’ e’toy comi’ndo demasiado la cab’za, pero ante’ dijeron que a los hombr’s también s’ los llevan, ¿no?
—Eso es lo que nos contaron.
—¿No cre’n que Otto-nii podría hab’r sido un obj’tivo, verdad?
—...
Por un instante, las palabras de Garfiel crearon un extraño silencio. Sin embargo, este fue interrumpido de inmediato por un pensamiento racional de alivio.
—N-no, no, no puede ser. Garf, eso es pensar demasiado, es una idea muy descabellada.
—¿V-verdad? Para emp’zar, Otto-nii no com’tería una imprud’ncia así, y aunqu’ fu’ra un obj’tivo, no ‘s tan tonto como para dejars’ atrapar...
—¡E-Esto es terrible! ¡No podemos dejar que Otto-kun esté en peligro!
—¿¿Emily??
Sin embargo, ignorando el razonamiento de Frederica y Garfiel, Emilia salió corriendo con el rostro desencajado. Tras un segundo de duda, Frederica y los demás salieron tras ella.
—¡Emily! Oye, de verdad, esa preocupación es un poco exagerada...
—¡Si solo es mi imaginación, entonces genial! ¡Pero si no lo es, sería un desastre!
—¡...!
Ante el reclamo de Emilia, Frederica se sintió como si le hubieran dado un golpe de realidad. Tal como ella decía, si solo eran figuraciones suyas, no pasaba nada. Pero debían correr precisamente por si no lo eran.
—Garf, ¿puedes oler al Otto-sama?
—Tú y’ lo sab’s, hermana. De por sí, e’ olor de Otto-nii e’ débil. Y aunqu’ no fu’ra así, ni mi nariz ni la tuy’ funcionan bien con el aire d’ e’te Imperio.
Como semihumanos, Frederica y Garfiel poseían un sentido del olfato superior al de los humanos normales. Sin embargo, al acabar de entrar en el Imperio, sus narices estaban bastante entorpecidas. Tal como decía Garfiel, no estaban acostumbrados a los olores únicos del viento, la tierra y la flora imperial, por lo que su olfato no servía de mucho para buscar a Otto.
Con esa sensación de impotencia, ambos alcanzaron a Emilia, quien se había detenido. Se dirigía al puesto donde Frederica había estado investigando antes.
Emilia se dirigió al dueño del puesto:
—¡Señor tendero!
—¿Eh? Ah, las jovencitas de antes. ¿Qué pasa? Tienen cara de pocos amigos.
—¡Sobre lo que nos contó del matrimonio por secuestro, necesito que me dé más detalles!
—¿Detalles? Bueno, aunque me preguntes, no sé mucho más de lo que ya dije...
—¡Dígan’s tod’ lo qu’ sepa! ¡Nue'tro amigo podría e’tar en peligro!—presionó Garfiel.
El tendero abrió mucho los ojos ante la presión y su rostro se tensó con las palabras de Garfiel. Luego, bajó un poco la voz.
—Cuando dicen que su amigo podría estar en peligro, ¿quieren decir que fue raptado?
—No lo sabemos. Pero no ha aparecido en el lugar de reunión a la hora acordada... Es un chico muy meticuloso, así que casi nunca pasa algo así.
—Odio preguntar esto, pero, ¿este amigo suyo es atractivo?
—¿Atractivo...? Sí, creo que es guapo. ¿Verdad?
—Es un hecho que tiene facciones atractivas. Aunque no suele dar esa impresión... — respondió Frederica, algo apurada ante la pregunta directa de Emilia.
Frederica pensaba que la descripción más sencilla de Otto era que, mientras estuviera callado, era un hombre apuesto. El hecho de que no diera esa impresión se debía probablemente al trato diario. Cuando estaba con Subaru o Garfiel, su rostro era tan expresivo que más que un "rostro bello", parecía una persona atractiva por su gran capacidad de expresión. La impresión de ser alguien "divertido" se anteponía a la de ser "guapo".
Sea como fuera...
—Ya veo, es guapo... Entonces es muy probable que se lo hayan llevado los “Hombres Murciélago”.
—¿Hombres Murciélago...?
—Son los que practican el matrimonio por secuestro. No solo en este pueblo, están causando víctimas en muchos otros lugares.
El tendero se llevó una mano a la frente y las miró con lástima. Frederica y los otros dos se miraron entre sí, conteniendo el aliento.
—P-pero, por muy expertos que sean, dudo que Otto-sama haya caído tan fácilmente...
—¿Cóm’ rayos los secue’tran? —preguntó Garfiel.
—Según he oído, aparecen de repente por detrás, les dan un golpe y los amarran.
—¡De todos los métodos, han elegido el que peor se le da...! —exclamó Frederica.
Aunque Otto parecía tener trucos para lidiar con casi cualquier oponente, la situación de “sin preguntas ni respuestas” era probablemente su única y mayor debilidad.
—Ni siqui’ra Otto-nii tendría oportunida’ si lo tom’n por sorpre’a...
—Ni Subaru-sama ni Otto-sama son del tipo que ganan en una pelea directa...
Las peores sospechas se confirmaban una tras otra, y el rostro de Frederica y Garfiel palideció. Dado que el objetivo del secuestro era el “matrimonio”, quizás no debían temer por su vida. Sin embargo, en este mundo, a veces se pierde la vida por un simple accidente.
Llevaban apenas unas horas en el Imperio de Vollachia y ya se enfrentaban a un problema que jamás encontrarían en el Reino de Lugunica; esto iba más allá de la mala suerte.
—¿Qué podemos hacer...?
—Oiga, señor tendero, ¿cómo sabe que los secuestradores son esos Hombres- Murciélago?
—¿Emily...?
A un lado de una Frederica que temblaba ante la idea de que la vida de Otto corriera peligro, Emilia miraba fijamente al tendero con ojos serios. Aunque llevaba puesta la túnica de “obstrucción cognitiva”, la intensidad de su mirada hizo que Frederica y Garfiel también sintieran la tensión.
El tendero, claramente presionado por la mirada de Emilia más que por su identidad, balbuceó.
—L-la razón por la que se sabe que son ellos es simple. Es por la sangre.
—¿La sangre?
—Sí, la sangre. Esos Hombres Murciélago beben sangre humana. Al parecer, eligen a sus víctimas basándose en la calidad de su sangre...
El tendero hizo una pausa, pero lo que seguía era fácil de imaginar. Si elegían a sus víctimas por la sangre, primero debían comprobar su calidad. Eso significaba que probaban la sangre en el mismo lugar del secuestro. Dejaban rastros tan evidentes que cualquiera podía identificar que eran ellos.
—Ese grupo de Hombres Murciélago se mueve por todo el país buscando parejas. Parece que esta vez el objetivo es este pueblo y los de alrededor. Por eso les dije que tuvieran cuidado.
—Ya veo... ¿Y no hay forma de detenerlos?
—¿A los Hombres Murciélago? Si te enfrentas a ellos y los haces enfadar, ahí sí que estarías en un problema serio. Si no te resistes, solo beberán la sangre que necesiten, pero si los desafías, correrá más sangre de la que puedan beber. No hace falta pensar qué opción es mejor, ¿verdad?
Como reprendiendo la idea de Emilia, el tendero negó lentamente con la cabeza. Luego les advirtió que “no hicieran ninguna tontería” y regresó a su trabajo.
Su actitud dejaba claro que pensaba que era más sabio dejar morir a una persona secuestrada que enfrentarse a ellos. Seguramente era su forma de sobrevivir en ese pueblo y un consejo dado con buena fe, pero...
—Incluso si me dice eso, hay razones por las que no puedo dar marcha atrás.
Tras hacer una profunda reverencia al tendero y agradecerle la información, Emilia declaró que su conclusión era distinta. Luego, se alejó del puesto con Frederica y Garfiel.
—¿Ustedes qué piensan? ¿Creen que Otto-kun ha sido secuestrado?
—No qui’ro ni pensar’o, pero vi’ndo que no ha v’nido y oyendo cómo op’ran... creo que ha’ta Otto-nii podría hab’r caído.
—Diferentes tierras tienen diferentes reglas. . Las habilidades habituales de Otto-sama podrían no ser suficientes aquí... Esa posibilidad ciertamente existe. Pero...
—No podemos causar molestias a la gente del pueblo por actuar por nuestra cuenta
—añadió Emilia.
Frederica asintió tímidamente. Si lo que decía el tendero era cierto, los Hombres Murciélago eran un grupo muy peligroso. Existía la posibilidad de que, al causar un alboroto siendo forasteros, provocaran la ira de los secuestradores. En ese caso, sus colmillos podrían dirigirse al pueblo en lugar de a ellos.
—Entiendo que exista esa preocupación. Lo entiendo, pero...
—¿Emily?
—Lo entiendo... pero estoy muuuuy enfadada. ¿Está mal sentirme así?
—...
—Yo creo que el matrimonio es algo precioso e importante. Por eso, no me gusta nada que busquen esposa llevándoselas por la fuerza, y si Otto-kun está en peligro, con más razón quiero hacer algo.
Sus palabras eran modestas y muy propias de ella, pero Frederica podía sentir su indignación. Y Frederica estaba de acuerdo: aunque la palabra “matrimonio por secuestro” sonara imponente, la acción en sí le resultaba inaceptable. Además, sabía que Emilia casi había pasado por algo similar con un Arzobispo del Pecado en la Ciudad de las Compuertas.
—En aquel entonces, me hizo muy feliz que Subaru viniera a buscarme. Esta vez, quiero ser yo quien vaya a rescatar a alguien... Aunque esta vez no sea Subaru, sino Otto.
—...¿Habla en serio? Hacerse enemigos podría dificultar nuestra búsqueda de Subaru- sama y los demás.
—Pero, hermana, eso es...
—Garf.
Con una sola palabra, Frederica hizo callar a su hermano menor que intentaba intervenir. Entendía lo que Garfiel quería decir, pero precisamente por eso, Frederica estaba cuestionando la determinación de Emilia.
Ante la pregunta de Frederica, los ojos amatista de Emilia brillaron con firmeza.
—Puede que causemos un escándalo nada más llegar. Pero aunque sea más difícil movernos, es mucho mejor que perder a Otto-kun, ¿verdad?
—... Si esa es su determinación, no tengo nada que decir. Aunque estoy segura de que Ram nos regañará severamente después.
Si Ram se enteraba de que, tras confiarle la situación, habían terminado así, sería inevitable que se enfadara. Aunque, en ese caso, probablemente el primero en recibir las quejas sería Otto.
—Parec’ qu’ nos h’mos pu’sto de acuerdo. Entonc’s, ¿qué vamos a hac’r?
Garfiel chocó sus puños frente a su pecho y sonrió mostrando los colmillos, elevando su feroz espíritu de combate.
—Veamos... El tendero dijo que los Hombres Murciélago buscan a gente con sangre que parezca sabrosa... ¿Cómo se supone que uno hace que su sangre sea sabrosa?
—A mí m’ gu’ta la carne, pero la sangr’ no e’ mi e’pecialidad... —murmuró Garfiel.
Tanto Emilia como Garfiel ladearon la cabeza, sin idea de cómo evaluar el sabor de la sangre. Ciertamente, era difícil intentar acercarse a los gustos de los Hombres Murciélago. Frederica tampoco tenía idea de qué hacía a una sangre "sabrosa".
Sin embargo...
—Emily, Garf, tengo una propuesta.
—¡! ¿Se te ha ocurrido algo?
—Sí. Aunque es un método que no me gustaría mucho usar.
Ante la mirada expectante de Emilia, Frederica se subió la manga de su ropa. Deslizó sus dedos sobre su piel, donde se traslucían levemente sus venas.
—Yo tampoco tengo buen ojo para distinguir la calidad del sabor de la sangre. Pero conozco una sangre que se considera deliciosa. —la mía.
—¿La sangre de Frederica?
—¡O-oye, hermana, no m’ digas qu’...!
Garfiel palideció y agarró a Frederica por los hombros. Ella apartó suavemente sus manos, sintiendo la fuerza de su preocupación. El temor de Garfiel era justificado.
—Emily, la sangre que corre por mis venas es especial. Se llama “Sangre Rara”.
—¿Sangre Rara...?
—Personalmente no tengo sentimientos fuertes al respecto, pero...
Fue Clind quien le dijo que su sangre era especial. Para ser precisos, fue tras un incidente provocado precisamente porque alguien codiciaba su sangre, cuando Clind, tras derrotar al culpable, se lo reveló. Frederica no recordaba que esa supuesta sangre especial la hubiera ayudado nunca; más bien, recordaba vívidamente que solo le había traído problemas.
Sin embargo...
—Si lo que escuché es cierto, es muy probable que mi sangre sea del agrado de los Hombres Murciélago. Al menos, es mejor que no tener ninguna pista.
—Clind no dijo qu’ no hab’áramos de eso con cualqui’ra —dijo Garfiel mirándola con seriedad.
A diferencia de hace un momento, cuando estaba ansioso por rescatar a su hermano de juramento, ahora mostraba una preocupación genuina por su hermana real; se veía tan gallardo que era una lástima que Ram no estuviera allí para verlo.
Frederica agradecía de corazón el sentimiento de Garfiel.
—Pero no creo que haya otra oportunidad mejor que esta para que mi sangre sea de utilidad. La advertencia de Clind era para evitar que ocurrieran cosas malas, ¿verdad?
—¿Cre’s que e’tará bien mientra’ sea por Otto-nii...?
—Sí, lo creo. —Emily.
Tras asentir ante la mirada de Garfiel, Frederica se dirigió a Emilia. Ella había estado observando atentamente el brazo de Frederica —o mejor dicho, pensando en la sangre que corría por su interior—. En sus ojos se reflejaba la misma preocupación que en los de Garfiel.
Aquí, quien tenía el derecho de decidir si el plan seguía adelante era Emilia. Si ella decidía priorizar la seguridad de Frederica y prohibía el plan, tendrían que buscar otra forma.
Pero Frederica tenía una certeza... o mejor dicho, una esperanza.
—Hagámoslo. Garfiel y yo te protegeremos sin falta.
Era la esperanza de que, cuando se viera obligada a tomar una decisión difícil, Emilia tuviera la fuerza necesaria para tomarla.
5
Sujetándose la cabeza, que le palpitaba de dolor, Otto se burló de sí mismo por haber metido la pata.
—Y eso que tenía la intención de ser cuidadoso...
Había evitado a toda costa entrar en callejones solitarios o tener contacto con gente sospechosa; en tierras desconocidas, uno no puede permitirse un error del que no pueda recuperarse. Lo esencial era no acercarse al peligro en primer lugar.
Sin embargo, toda esa prudencia fue hecha añicos sin contemplaciones ante la audacia del enemigo. O mejor dicho, más que audacia, preferiría llamarlo temeridad o pura violencia.
En cualquier caso, fue durante un breve momento cuando no había nadie alrededor que lo golpearon en la cabeza.
—Parece que soy el único aquí.—murmuró Otto mientras observaba su entorno, aguantando el dolor.
Tras ser golpeado y transportado a algún lugar, Otto se encontraba ahora encerrado en una jaula de hierro. El espacio apenas le permitía tumbarse, por lo que difícilmente podía considerarse un entorno cómodo.
Además, parecía que no era el único; había otras personas en su misma situación dispersas por el lugar. Podía escuchar sollozos y gemidos provenientes de los alrededores; todos estaban sumidos en la desesperación.
Aun así, el hecho de que no hubiera rastro de sus compañeras —ni de Emilia ni de Frederica— era, al menos, un alivio para él.
—Otro secuestro... de verdad, debo de tener un vínculo inquebrantable con la compraventa de personas.
Si el objetivo era el secuestro, lo más probable es que se tratara de trata de personas. Ya había sido capturado por traficantes una vez en el pasado, así que empezó a considerar seriamente la posibilidad de estar maldito. Si se ponía a pensar en ello, tendría que replantearse toda su vida, la cual nunca parecía estar libre de altercados, pero entonces...
—¿...?
De repente, un escalofrío recorrió su cuerpo al sentir que el aire se enfriaba, y Otto entrecerró los ojos para mirar fuera de la jaula.
Debido a la penumbra y al ambiente gélido, Otto supuso que las celdas estaban en un sótano o en algún tipo de cueva, pero aquel repentino frío no le daba buena espina. Y, en efecto, su premonición no tardó en cumplirse.
—Damas y caballeros, lamento haberlos hecho esperar tanto.
Con esas palabras, el espacio fuera de las celdas se distorsionó y una silueta negra se materializó en el lugar.
El hombre que apareció allí era alto y delgado, vestía ropajes negros y llevaba su cabello verde peinado hacia atrás. A primera vista transmitía una impresión gélida, pero poseía una belleza tan impactante que hacía estremecer la columna vertebral. Sin embargo, quizás debido a la falta de luz, su tez se veía tan pálida como la de un cadáver, lo que le confería un aire irremediablemente inquietante.
Ante la mirada de un expectante Otto, el hombre hizo una profunda reverencia.
—Mi nombre es Jacques-Rosé Blau. Sé que el método ha sido algo descortés, pero hay una razón por la que los he reunido aquí. Sí, una razón de fuerza mayor.
El hombre que se presentó como Jacques-Rosé habló con un tono de voz solemne.
Si a lo que él llamaba “descortés” era a golpear a alguien de improviso para secuestrarlo, a Otto le habría gustado recibir una disculpa con un poco más de sinceridad. No obstante, interrumpir con comentarios innecesarios y ganarse la antipatía del captor no sería una buena jugada. Lo mejor era escuchar sus exigencias y luego decidir cómo actuar.
Otto, que pensó esto y guardó silencio, terminaría felicitándose a sí mismo desde el fondo de su corazón por haber tomado esa decisión. Y es que las palabras que Jacques-Rosé pronunció tras levantar la vista fueron:
—Todos ustedes, aquí reunidos, son candidatos para convertirse en mi “Novia de Sangre”. Para la pareja de alguien como yo, que hereda una estirpe antigua, es indispensable contar con un poseedor de sangre digna.
—...
Las palabras de Jacques-Rosé resonaron en el espacio con una claridad casi musical, provocando que los sollozos se detuvieran en seco. Fue un instante en el que pareció que el tiempo se había congelado.
Otto aprovechó ese momento para analizar lo que Jacques-Rosé acababa de decir y observar con más detalle las jaulas a su alrededor. Fue entonces cuando se dio cuenta: todas las personas encerradas en las otras celdas eran mujeres.
“... Entonces, ¿por qué estoy yo aquí?”, se preguntó con total desconcierto, aunque logró contener la duda en su interior.
Si lo hubiera dicho en voz alta, atrayendo todas las miradas, quién sabe qué habría pasado. Aunque, a decir verdad, Otto tampoco sabía hasta qué punto el haberse quedado callado mejoraría su situación.
De lo único que estaba completamente seguro era de lo siguiente:
—Ram-san y Petra-chan definitivamente me van a regañar después.
Era la certeza absoluta de que recibiría una reprimenda monumental por parte de las dos mujeres más temibles de su grupo.
6
Una mujer alta caminaba por los oscuros callejones del pueblo de Mozotto.
Con paso firme y silencioso, lucía una espalda erguida y una larga cabellera dorada que caía suavemente. La nuca y las orejas que se asomaban entre los mechones, así como la poca piel que quedaba a la vista, eran de una blancura casi traslúcida; solo con verla de espaldas, cualquiera tragaría saliva al imaginar la belleza de su rostro.
Sin embargo, para aquellos que la observaban fijamente desde las sombras y sentían ese nudo en la garganta, el mayor atractivo de la mujer no era su apariencia, sino el dulce y fragante aroma a sangre que les acariciaba la nariz.
Al parecer, la mujer estaba herida en su brazo izquierdo, pues se alcanzaba a ver un vendaje en la muñeca que asomaba por debajo de la manga. La hemorragia ya se había detenido y no parecía ser una herida de gravedad. No obstante, aunque la lesión no supusiera un peligro para ella, la fragancia que emanaba su sangre era algo imposible de ocultar.
Por eso...
—...
Conteniendo el aliento en la penumbra, dos cazadores cruzaron miradas, intercambiando intenciones en silencio.
Cualquier motivo para dudar o excusa para dejarla pasar se desvaneció ante el embriagador aroma de esa sangre. Mientras sentían un escalofrío recorrerles todo el cuerpo, ambos emergieron lentamente de las sombras.
Se deslizaron tras ella sin hacer el menor ruido ni emitir presencia alguna. En las calles sumidas en el crepúsculo, caminar de forma tan desprevenida era el colmo de la imprudencia, especialmente cuando los rumores ya debían de haberse extendido por todo el lugar.
Aun así, estaban profundamente agradecidos por ese descuido. Después de haber sido recriminados incesantemente por no poder conseguir una “ofrenda”, su paciencia y frustración finalmente darían frutos.
La atacarían por la espalda y le arrebatarían el sentido en un instante. O tal vez, al capturarla, sus garras podrían rasgarla un poco y dejar que la sangre fluyera... Justo en el momento en que se lamían los labios...
—Se han vu’lto codicios’s, ¿verdad? Eso no está p’rmitido.
—... ¿Eh?
Sorprendidos, los dos giraron sobre sí mismos cuando el dueño de una voz áspera les dio unas palmadas en el hombro desde atrás. Allí, parado detrás de ellos que supuestamente se habían puesto detrás de la mujer, había alguien más.
Era una silueta con ojos verdes que brillaban en el crepúsculo de la callejuela y unos colmillos afilados...
—¡...!
Un pavor gélido les recorrió la espalda y sus cuerpos se movieron por instinto. Si el ser atraídos por el dulce aroma de la sangre había sido puro instinto, alzar sus garras como acto reflejo también lo era. Pero ninguna de las acciones dictadas por su naturaleza tendría éxito.
—¡Hup!
Las garras que habían alzado fueron atrapadas por las manos de su oponente, quien las levantó con total naturalidad. No solo eso, atrapó los brazos de ambos; los dos atacantes habían sido frenados en seco al unísono.
Mientras se quedaban congelados por la sorpresa, el desconocido les retorció los brazos con fuerza bruta y rugió:
—¡Pó’tense bien!
Su visión dio vueltas y fueron estampados contra el suelo de espaldas, totalmente indefensos. El impacto les robó el aliento y, sin poder siquiera emitir un quejido de dolor, su conciencia estalló en blanco y empezó a desvanecerse.
En un estado de confusión absoluta, sin comprender qué acababa de suceder, sus mentes se perdieron en la distancia...
—¡Garf, eso fue demasiado!
—¡No s’ pudo evita’! ¡Mi asombroso yo ta’poco pensó qu’ terminaría así!
—¡Esperen, ustedes dos! ¡Ah, no! ¡Se van a desmayar!
Más allá de su conciencia fragmentada, se escuchaban esas voces discutiendo sin rigor alguno. Mientras el pesimista pensamiento de que tal vez morirían cruzaba sus mentes, sintieron que sería horrible si esas fueran las últimas voces que oyeran en su vida. Por ello, como aferrándose a un último deseo, rezaron hasta el último segundo antes de que todo se volviera negro para que no fuera así.
7
—Ya veo, así que se trata de un “matrimonio por secuestro”.
Otto se acarició la barbilla en silencio tras haber consolado a las mujeres que sollozaban en la jaula de hierro y logrado extraer esa información.
El lugar al que había sido llevado tras ser golpeado y atado en un callejón resultó ser, efectivamente, el escondite de los responsables del “matrimonio por secuestro” que tanto se comentaba en Mozotto y los pueblos vecinos.
Aquel hombre alto que se había presentado antes con voz y actitud grandilocuentes, Jacques-Rosé Blau, era el cabecilla y representante de los “Hombres Murciélago” responsables de los raptos.
—...
Mientras ponía en orden la situación, Otto maldijo, para empezar, su propia mala suerte.
Era consciente de que tenía una constitución propensa a verse envuelto en desgracias allá a donde fuera, pero como últimamente se había asentado en el campamento de Emilia, quizás se había relajado un poco.
Y más aún tratándose del Imperio de Vollachia, un lugar donde su sentido común no dictaba las reglas. Se recriminó a sí mismo por no haber sido más precavido ante los peligros que conllevaba actuar en solitario.
—Aun así, si me culpo demasiado, incluso el incidente en Pristella podría terminar siendo considerado mi mala suerte, así que me gustaría mantener eso con moderación.
En primer lugar, si se trataba de encontrarse con la desgracia en cada destino, se podría decir que la naturaleza de Subaru y Emilia era bastante similar a la suya. Resultaba triste pensar que lo suyo era un esfuerzo combinado entre todos, pero considerando que sin esa naturaleza nunca se habrían conocido, era un dilema agridulce.
En cualquier caso...
—A juzgar por la situación, supongo que me han confundido con una mujer...
Era algo en lo que no quería pensar demasiado, pero las pruebas circunstanciales parecían indicarlo irremediablemente.
A su alrededor, en aquella jaula de hierro que distaba mucho de ser cómoda, había unas veinte personas cautivas, y todas ellas eran mujeres. Si el “novio” del matrimonio por secuestro era Jacques-Rosé, lo natural era que buscara mujeres. El único punto de discordancia en toda esa lógica era, precisamente, el propio Otto.
Lo cierto era que Otto elegía deliberadamente ropas que ocultaran su complexión física. Además, siendo consciente de que sus rasgos faciales eran algo andróginos, entendía que pudieran confundirlo. Ese rostro y físico que carecían de imponente presencia solían ser cartas útiles para negociar con ventaja en una mesa de negocios, pero...
—En momentos como este, envidio la mirada intimidante de Natsuki-san y Garfiel...
Aunque esos rasgos no fueran aptos para los negocios, la capacidad de alejar los problemas era atractiva. Por supuesto, una mirada siniestra también podía atraer otro tipo de complicaciones, así que nada era ideal en este mundo.
Al final, uno no puede jugar más que con las cartas que le han repartido.
Pensó que lo mejor sería poder intercambiar la mirada, el rostro, la voz o la estatura según el oponente, pero eso era pedir demasiado. O tal vez, sería perder el valioso capital que era uno mismo.
—La hora de reunión acordada ya debe haber pasado.
Según las mujeres, los rumores del matrimonio por secuestro se habían extendido incluso por Mozotto. Si Otto no aparecía en el punto de encuentro, Emilia y los demás deberían ser capaces de vincular su desaparición con los rumores.
Normalmente sería una situación de la que uno se reiría por lo absurda que era, pero Frederica y Petra sabían que Otto había llegado a vestirse de mujer en el pasado, así que les resultaría fácil llegar a esa conclusión.
No le hacía mucha gracia que las disparatadas ideas de Subaru o Roswaal resultaran útiles en un momento así.
—Supongo que sería cruel culpar al margrave por eso. El responsable es Natsuki-san por crear tan mal precedente.
Como sea, lo más sensato para Otto era no causar alboroto y esperar el rescate de Emilia y los demás. Si intentaba escapar por su cuenta de forma imprudente, podría poner en peligro a las otras mujeres secuestradas. Por muy frustrante que fuera, debía limitarse a observar la situación.
Por el momento, mientras no se descubriera que era un hombre, no debería tener problemas para vigilar los acontecimientos con calma.
—Intentaré no llamar mucho la atención... quizás debería ser consciente de usar una voz un poco más aguda...
Si Subaru estuviera en su lugar, seguramente habría interpretado el papel de mujer de forma tan perfecta que al propio Otto le habría dado repelús. Si fuera Garfiel, incluso si descubrieran el engaño, habría intentado solucionar la situación por la fuerza bruta.
En resumen, el hecho de que él, el más mediocre de todos, hubiera sido el capturado, era la causa de este callejón sin salida. Rezó para que, al menos, Jacques-Rosé y sus secuaces se tomaran su tiempo para examinar a las novias...
—¡Ha llegado el momento! ¡Es hora de elegir a mi Novia de Sangre!
—¿Espera, ¿quééé??
En el mismo instante en que se preparaba para una espera prolongada, Otto soltó un grito de reacción instintiva al escuchar aquel anuncio. Se tapó la boca a toda prisa, pero tras una reacción tan dramática, ya era demasiado tarde.
En aquel espacio extraño lleno de jaulas con mujeres secuestradas —una cueva sumida en la oscuridad y el aire frío—, Jacques-Rosé apareció haciendo resonar sus botas sobre el suelo firme.
Aquel hombre imponente de mirada intensa clavó sus ojos de color púrpura en Otto, que se cubría la boca.
—¿Qué ocurre, mi candidata a novia? No esperaba que soltaras un grito de sorpresa tan sonoro.
—No, es que... bueno... me pareció que era todo muy repentino. Pensé que se tomaría mucho más tiempo para elegir a una novia que estuviera a la altura de su estirpe — respondió Otto, negando lentamente con la cabeza y ocultando su boca con la manga.
Trató de proyectar una voz deliberadamente frágil, manteniendo la mirada baja para parecer asustado y así camuflar su constitución y su sexo. Preferiría no haber hablado, pero en esta situación no tenía opción.
Ignorando el conflicto interno de Otto, Jacques-Rosé se cruzó de brazos robustos y asintió.
—Entiendo tu punto, candidata. Sin embargo, ni yo ni mis hermanos tenemos mucho tiempo restante.
—Pero... no debería elegirse a una Novia de Sangre así a la ligera, ¿verdad? Considerando la nobleza de su estirpe, no debería ser fácil encontrar a alguien que esté a su altura...
—Lo que dices es muy lógico. No obstante, yo tampoco esperaba encontrar fácilmente a alguien que estuviera a la altura desde el principio. Eso sería pedir demasiado. Más bien, la clave está en elevar a la novia elegida hasta que sea un ser digno de mi estirpe. ¿No es eso lo fundamental?
—E-eh... bueno, me parece un pensamiento muy noble.
Otto estaba confundido, habiendo recibido una respuesta mucho más racional de lo esperado.
La réplica de Jacques-Rosé era sorprendentemente sensata, mostrando que era más realista de lo que Otto había asumido. De hecho, si se interpretaba la “estirpe” como el linaje familiar y se entendía que no quería ser pretencioso al elegir novia, era una respuesta ideal.
El problema era que el método para reunir a las candidatas era el secuestro, y entablar una relación amistosa con una novia traída de esa forma era imposible en la cultura que Otto conocía. En resumen, el razonamiento de Jacques-Rosé fallaba desde la base.
Si esa era la forma en que los Hombres Murciélago elegían pareja, Otto sentía una enorme brecha cultural por el hecho de que hubieran mantenido esa costumbre hasta la época actual.
—Sin embargo... pareces preocuparte muy seriamente por mí y por mi estirpe.
—¿Perdón?
—Al ser traídas de esta manera, la mayoría de las jóvenes solo lloran y se lamentan; ni siquiera es normal que crucen palabras conmigo. Pero tú, aunque tu voz tiembla, has mantenido una actitud diferente. Quizás...
Al escuchar el tono conmovido de Jacques-Rosé, Otto sintió que un presentimiento nefasto le quemaba las entrañas. Pero por mucho que su alma se consumiera ante ese mal presentimiento, que aquello se detuviera o no dependía enteramente de la voluntad del otro. Por lo tanto, Otto no tenía forma de evitarlo...
—Podría ser que tú fueras la compañera adecuada para mí.
—...
“Lo dijo”, pensó Otto.
Dudaba seriamente de si debería sentirse halagado en este caso, pero tenía la certeza de que la conversación estaba fluyendo en esa dirección. Era esa sensación de “tal como me temía”.
Los ojos de Jacques-Rosé observaban a Otto a través de los barrotes. Sin que se diera cuenta, las mujeres de alrededor habían dejado de sollozar y ahora mostraban en sus pupilas una mezcla de esperanza y curiosidad.
Entendía la esperanza: si se elegía a una novia, quizás las demás candidatas serían liberadas. Pero no quería saber a qué se debía la curiosidad.
—¿Cuál es tu nombre?
Otto consideró brevemente responder impulsivamente con su nombre real, pero sabía que las acciones emocionales a menudo conducían a reflexiones y profundos arrepentimientos después. Se contuvo con todas sus fuerzas.
Suprimiendo su impulso, Otto decidió que tenía que maximizar la situación a su favor.
Y así, tomando su decisión, respondió:
—Me llamo... Audrey Soufflé.
8
— Entonces, el hermano mayor de Jagi y Moses es el novio del “matrimonio por secuestro”, ¿verdad?
—S-sí...
—Así es.
—Ya veo... Pero si quiere encontrar a su propia novia, creo que sería mejor que su hermano mayor la buscara por sí mismo, en lugar de hacer que sus hermanos pequeños o sus amigos la busquen por él.
Emilia bajó las cejas mientras hacía una observación algo fuera de lugar. Los dos jóvenes a los que estaba regañando —los hombres murciélago Jagi y Moses, cuyas extremidades estaban inmovilizadas por el hielo de Emilia— ponían caras largas.
Desde su perspectiva, no solo les habían dado una paliza, sino que ahora les estaban sermoneando. Naturalmente, no se sentirían inclinados a escuchar obedientemente o arrepentirse.
Además, si sus acciones seguían las leyes de su tribu, sentir remordimiento sería aún más difícil.
—Entiendo el punto de Emily, pero es difícil cerrar la brecha entre las costumbres de diferentes razas... —comentó Frederica.
—Me d’ igual, no pod’mos deja’los ir así como así. La ca’tidad del hermano Otto está en juego —gruñó Garfiel.
—... S-sí, ya lo sé.
Frederica negó lentamente con la cabeza, reprendiendo con la mirada al malhablado de Garfiel. Era una forma muy directa de decirlo, pero dada la situación de Otto, no se podía decir que fuera simplemente una broma. Después de todo, Frederica había hecho el papel de señuelo precisamente por el temor a ese tipo de peligros.
El plan para atraer a los hombres murciélago que realizaban el “matrimonio por secuestro” consistía en usar a Frederica como cebo, y el factor decisivo fue la “Sangre Rara” que corría por su cuerpo.
Era lo suficientemente peligroso para una mujer sola estar en un callejón desierto. Dado que el objetivo del culpable era una mujer y la sangre que fluía por sus venas, Frederica era sin duda la candidata ideal.
De hecho, habían logrado pescar al objetivo con una facilidad asombrosa.
—Aunque, dado que los oponentes resultaron ser niños, quizás no era necesario que fuera yo —añadió Frederica.
Bajo su mirada, Jagi y Moses, que estaban sentados en el suelo inmovilizados, no parecían ser más que unos niños de la misma edad que Petra. Su forma de ocultar su presencia y sus pasos era tan tosca que Frederica se sintió inquieta mientras esperaba el ataque, preguntándose si no sería algún tipo de trampa o engaño antes de que Garfiel los atrapara.
—En realidad, no eran más que unos niños inexpertos...
—¡Eso no es cierto! ¡Tu sangre olía deliciosa!
—¡Así es!
—¡Eso no es un cumplido! —exclamó Frederica, alzando la voz ante aquel halago tan fuera de lugar.
Sea como fuera, habían tenido éxito en capturar a sus objetivos tal como planeaban. Según ellos, el propósito del “matrimonio por secuestro” era buscar a la “Novia de Sangre” para que su hermano mayor —el jefe de los hombres murciélago— se casara. Decían que era una gran empresa para preservar su antigua y noble sangre para las generaciones futuras, pero...
—Y pa’a eso s’ dedican a secu’strar gen’e por la fuerza... Vaya mi’rda de “gran empresa”
—bufó Garfiel, visiblemente harto.
—¡Es la forma tradicional de nuestra tribu! ¡Mi hermano no se equivoca!
—¡Eso!
—... Cada raza tiene sus propias preocupaciones o sufrimientos que solo ellos entienden, así que no es algo en lo que yo pueda meterme tan fácilmente, pero...
Ante la réplica de Jagi y compañía hacia un exasperado Garfiel, Emilia intervino con rostro serio, clavando sus ojos amatista en los dos. Ante su mirada transparente y solemne, Jagi y Moses se quedaron sin aliento.
— Si ese método solo les hace sentir bien a ustedes y lastima a todos los demás, creo que deberían encontrar una mejor manera. Al menos, nosotros nos sentimos muuuuy tristes por esto.
—...
—¿Siempre buscan novias de esta manera?
—... Normalmente no.
—Es verdad...
Ante la pregunta de Emilia, los hermanos Jagi y Moses respondieron cabizbajos. Al oírlo, Emilia murmuró un “Ya veo”, pero Frederica alzó las cejas con sorpresa. Había dado por hecho que aquel método estaba arraigado entre los hombres murciélago del Imperio.
—Si dicen que normalmente es distinto, ¿por qué usan este método para buscar una novia ahora?
—Porque mi hermano dijo que era necesario.
—Así es.
—O sea, qu’ lo hacen porqu’ su hermano mayor lo dic’ y no sab’n los detall’s, ¿eh? No m’ gu’ta cómo su’na eso.—gruñó Garfiel, haciendo vibrar su garganta con molestia.
Ante sus palabras, los hermanos se encogieron de hombros. Frederica se preguntó si la irritación de Garfiel iba dirigida a los dos por obedecer ciegamente a su hermano, o al hermano que ordenaba realizar el “matrimonio por secuestro”.
Fue en ese momento, mientras Frederica intentaba adivinar los pensamientos de Garfiel, cuando Emilia habló:
—¿Podrían llevarnos con su hermano mayor?
—¡¿Eh?!
Los hermanos abrieron mucho los ojos ante la petición directa de Emilia. Frederica se frotó la frente ante el enfoque característicamente directo de Emilia.
Ella misma tenía intención de proponer lo mismo, pero estaba buscando la forma adecuada de pedirlo.
Había pensado que serían necesarios los engaños o la persuasión... palabras feas, pero útiles. No creía que, con la forma de pedirlo de Emilia, ellos fueran a aceptar así como así.
Sin embargo...
—Ustedes dos también piensan que este método es extraño, ¿verdad? Por eso antes parecían tan incómodos y desanimados.
—¿No s’rá más bien porqu’ les han dad’ una paliza y e’taban deprimidos? —intervino Garfiel.
—Puede ser. Pero yo creo que quizás no sea solo por eso.
Respondiendo a Garfiel, Emilia se puso en cuclillas para estar a la altura de Jagi y Moses, y volvió a preguntarles:
—¿Y bien?
Ante la insistencia de su pregunta y la transparencia de sus ojos amatista, los hermanos vacilaron hasta que finalmente...
—Siento que mi hermano está un poco... impaciente.
—Así es...
—¿Impaciente? ¿Por eso tiene que casarse pronto y por eso lo del matrimonio por secuestro?
—Sí...
—Es verdad.
—¿Saben la razón de esa impaciencia? ¿Se lo ha dicho su hermano?
Ante la pregunta de Emilia, que ladeó un poco la cabeza, los dos negaron. No sabían la causa de esa extraña sensación que percibían en su hermano. Sin embargo, ambos asintieron confirmando que esa sensación era real; no parecía que estuvieran mintiendo.
¿Por qué el hermano de estos jóvenes había recurrido al “matrimonio por secuestro”? Para conocer la razón...
—Definitivamente, quiero que nos dejen ver a su hermano. Vamos a escuchar sus verdaderos sentimientos.
—Pero... sería como traicionarlo...
—Así es...
—Ustedes buscaban una novia por el bien de su hermano. Pero querer saber si esto es realmente bueno para él también es porque se preocupan por él. Entonces...
Emilia hizo una pausa y puso suavemente sus manos en los hombros de Jagi y Moses. Luego, asintió hacia ellos con mirada seria.
—No duden. Para poder ser verdaderos aliados de su hermano, deben conocer la verdad. Yo no creo que ese sentimiento sea una traición.
—...
Al recibir las palabras de Emilia, el titubeo en los ojos de Jagi y Moses tembló. Frederica pudo ver claramente cómo sus palabras habían llegado al corazón de los jóvenes.
Si Roswaal u Otto hubieran dicho eso, ella habría sospechado de alguna intención oculta tras sus palabras. Pero en la forma en que Emilia intentaba convencerlos, no existía tal doblez. Por eso, Frederica pensaba que la presencia y la voluntad de Emilia tenían un gran significado.
—¿Hablarás con nuestro hermano... junto con nosotros?
—... Sí, así es.
—¡Sí, por supuesto!
Emilia asintió con una cálida sonrisa ante la débil petición de los jóvenes hermanos. Al verla, Frederica no pudo evitar sentir admiración, al igual que Garfiel que hinchó el pecho con orgullo por su señora.
9
—Esta paz es solo temporal. Tarde o temprano, llegará el momento en que el fino hielo se resquebraje y el agua gélida comience a filtrarse sin descanso. Para entonces, debemos haber recuperado nuestra fuerza.
Jacques-Rosé enfatizó sus palabras cerrando con fuerza su mano de dedos largos y grandes.
Al escuchar la voz de aquel hombre, cargada de una profunda inquietud, Otto dejó caer los hombros con desánimo, pensando que su talento para atraer la mala suerte había alcanzado su punto máximo. Por supuesto, lo que había hecho era necesario; aquella excusa fue algo que se vio obligado a decir por pura necesidad.
Sin embargo...
—Lo comprendes, ¿verdad, Audrey?
Decir que la influencia negativa de Subaru no tuvo nada que ver en la decisión de ser llamado así, sería mentir.
El nombre de “Audrey Soufflé” que le había dado a Jacques-Rosé estaba vinculado a un recuerdo sumamente complejo para Otto; una memoria compuesta, básicamente, por elementos bastante desagradables.
Pero para mantener a Jacques-Rosé en el error de que era una mujer, no podía decirle un nombre de hombre. Así que no le quedó más remedio que echar mano de sus peores recuerdos.
Jacques-Rosé continuó apasionadamente, ajeno a la introspección de Otto.
—Desde que el emperador Vincent Vollachia ascendió al trono, una paz momentánea se ha asentado en este Imperio que no conocía el fin de las guerras. Pero yo lo sé. Sé que esa paz, que ahora yace tranquila, acabará por levantarse, o será apartada, y todo volverá a estallar en llamas. Por eso...
—... ¿Y siguiendo la tradición del matrimonio por secuestro, nos ha seleccionado a nosotras como candidatas?
—Como ya he dicho, soy plenamente consciente de que es una exigencia egoísta. En compensación por imponerles estas molestias y la falta de libertad, pienso cumplir los deseos de mi novia en la medida de lo posible. Aunque, por supuesto, ella tendrá que cumplir con su obligación.
—¿A qué obligación se refiere...?
—Naturalmente, al papel de la Novia de Sangre. Recibiré la sangre que fluye por ese cuerpo puro.
Jacques-Rosé, de pie al otro lado de los barrotes, respondió sacando pecho con orgullo.
Aquella vestimenta negra que envolvía su imponente figura, similar a un traje de gala, debía de ser su mejor atuendo; una prenda elegida meticulosamente para no faltar al respeto a las candidatas reunidas.
Aunque sus métodos eran terribles, Jacques-Rosé parecía tener una naturaleza innata bastante seria. Sus actos no nacían del egoísmo o la codicia, sino de una preocupación genuina por el futuro de su tribu.
Otto, que llevaba menos de medio día en el Imperio de Vollachia, no podía asegurar si los temores del hombre eran realistas o no.
Otto reconocía al actual Emperador, Vincent Vollachia, como alguien que manejaba hábilmente el Imperio, notorio por el conflicto constante, para forjar la presente tranquilidad.
Por supuesto, es natural que la perspectiva cambie entre los implicados y los de fuera. Si los ciudadanos del Imperio decían que el reinado del emperador estaba llegando a su límite y mostraba signos de colapso imperceptibles para otros, cabía esa posibilidad.
No obstante, también existía una gran probabilidad de que todo fuera fruto de la paranoia de Jacques-Rosé.
—¿De verdad cree que el futuro del Imperio no es prometedor?
—Las habilidades de Su Majestad el Emperador son admirables. Sin embargo, los sentidos de quienes acechamos en las sombras incluso de día son agudos. El manto de la noche se aproxima, está a la vuelta de la esquina.
—Y para ello, es necesario que los Hombres Murciélago se unan. ¿Y la Novia de Sangre es para eso?
—Se dice que, en el pasado, cuando los vientos de la guerra azotaban con furia el Imperio, los ancestros de los Hombres Murciélago se jactaban de ser guerreros que valían por mil. Eso solo era posible gracias a la existencia del “Soberano de Sangre” que lideraba a la estirpe y a la “Novia de Sangre” que lo apoyaba. ¡Recuperaremos a los poderosos Hombres Murciélago de aquella era antigua!
Jacques-Rosé sentenció con fuerza, y las pupilas de sus ojos púrpuras se volvieron delgadas rendijas.
El leve crujido de huesos indicaba el afilamiento de dos prominentes colmillos dentro de su boca. Este cambio hacia un cuerpo adaptado para el combate, distinto de la bestificación, representaba diferencias individuales entre semihumanos. En otras palabras, Otto podía afirmar con confianza—
Independientemente del estado real del Imperio, la fuerza de Jacques-Rosé por sí sola era sin duda genuina.
—Eso lo hace aún peor...
Otto no podía descartar que fuera una paranoia, pero sabía que quien hablaba era alguien fuerte. Dado que intentar embaucarlo con palabras conllevaba el riesgo de que el hombre perdiera los estribos, Otto dudaba incluso en usar su labia habitual.
—...
Afortunadamente, gracias a lo mucho que le gustaba hablar a Jacques-Rosé, Otto estaba logrando alargar la conversación sin importar sus propias intenciones. Sin embargo, su instinto agudizado tras años como comerciante itinerante ya había evaluado correctamente la fuerza de Jacques-Rosé y había izado la bandera blanca: escapar era imposible.
Debido a sus características, los Hombres Murciélago no solo tenían una excelente visión nocturna, sino que poseían un oído increíblemente sensible.
Otto, que solía buscar soluciones mediante su “Protección Divina del Lenguaje del Alma”, no se atrevía a decir ni una palabra indiscreta, aunque fuera en un lenguaje que el otro no pudiera entender.
Si haber sido capturado fue mala suerte, el hecho de no poder escapar se debía a la calidad del oponente. La compatibilidad era la peor posible. A este paso, incluso si tenía la desgracia de ser llevado al matrimonio, la vida conyugal tampoco prometía ir por buen camino.
—... Por cierto, ¿cómo se decide quién será la novia?
—He oído que, cuando vea a la indicada, lo sabré por instinto... En este momento espero a que mis hermanos regresen con más candidatas, pero ahora mismo ya casi me he decidido.
—... ¿Podría saber por quién?
—No seas desvergonzada.
La mirada acalorada de Jacques-Rosé desde más allá de los barrotes hizo que Otto vislumbrara una vida conyugal destinada a colapsar en la noche de bodas.
Otto esperaba desesperadamente que los hermanos de Jacques-Rosé demoraran su regreso, postergando así cualquier decisión. Pero tan pronto lo deseó, Otto se dio cuenta de su error.
Al fin y al cabo, la primera vez que llamó la atención de Jacques-Rosé fue justo después de desear que no ocurrieran más problemas...
—Jacques-Rosé.
Casi al mismo tiempo que Otto maldecía su suerte, un Hombre Murciélago que hacía de guardia se acercó al lugar donde estaban las víctimas del secuestro. Al ser llamado, Jacques-Rosé levantó la vista.
—Llámame “Soberano de Sangre”.
—Entendido. Soberano de Sangre, Jagi y los demás han vuelto. Traen a la novia.
—¿Ah, sí? Han vuelto. No obstante, usa las palabras correctamente. Son “candidatas a novia”, no “la novia”. No creo que ninguna esté a la altura de mis ojos, pero al menos mis hermanos han hecho un trabajo decente. Parece que finalmente ha brotado en ellos la conciencia de ser los hermanos del Soberano...
—Además, han traído a tres.
—¡¿A tres?! Ya... ya veo. Me alegra que tengan más iniciativa de la que esperaba — Jacques-Rosé se aclaró la garganta para recomponerse ante aquel informe de resultados superior a sus expectativas.
—Pero no les daré un trato de favor por ser las candidatas elegidas por mis hermanos. Lo importante es si son recipientes dignos de la antigua sangre. En las aptitudes de la Novia de Sangre no cuenta el número, sino la calidad de la sangre y su voluntad.
—En efecto. ...Tenga cuidado, Jacques-Rosé.
—Te he dicho que me llames Soberano de Sangre... ¿Cómo que “tenga cuidado”?
Jacques-Rosé ladeó la cabeza ante las confusas palabras de su camarada tras corregirlo. Ante él, el hombre que ya debía de haber visto a las nuevas candidatas bajó la voz. Miró a Jacques-Rosé con una mezcla de lástima por no estar al tanto de la situación.
—Hace un momento me dijiste que usara las palabras correctamente, ¿verdad?
—Sí, así es. ¿Y qué con eso?
—He usado las palabras correctas. Lo que viene... es la novia.
Justo después de que el hombre pronunciara aquellas palabras tan tajantes y definitivas, Jacques-Rosé frunció sus gruesas cejas.
—... Ah.
Jacques-Rosé hizo vibrar levemente su nariz y levantó la cabeza como movido por un resorte. Su expresión solo podía describirse como de asombro absoluto; una mezcla de estupefacción, asombro y júbilo.
Otto, al no ser un Hombre Murciélago, no captó el significado de esa reacción. Sin embargo, la respuesta llegó pronto de una forma que incluso él pudo comprender.
—¡Hermano, hemos vuelto!
—¡Así es!
Aparecieron dos jóvenes con rasgos que aún conservaban cierto parecido con Jacques-Rosé, seguidos por tres siluetas. Entre ellas, la figura de una mujer alta capturó de inmediato la atención de Jacques-Rosé y de todos los Hombres Murciélago presentes.
Era una belleza caracterizada por su larga y hermosa cabellera dorada y sus ojos verdes como gemas. Al verla, los ojos púrpuras de Jacques-Rosé se inyectaron en sangre al instante.
—T-tú eres...
—Es un placer conocerle. Me llamo Frederica —respondió la mujer con una elegancia impecable, haciendo una reverencia con su postura perfecta de siempre, a pesar de vestir ropajes distintos a los habituales.
Con la aparición de Frederica Baumann, la atmósfera de la cueva cambió por completo.
Otto no sabía si debía alegrarse de ese cambio en el ambiente, pero considerando todo lo demás, soltó un profundo suspiro de alivio.
—He estado recibiendo malas cartas todo este tiempo, pero parece que por fin la suerte se pone de mi lado...
Y así, sintiendo que la certeza de una vida matrimonial desastrosa se alejaba, dejó que las comisuras de sus labios se relajaran con debilidad.
10
Bajo la guía de los hermanos Jagi y Moses, llegaron a una cueva oculta en las profundidades de un bosque no muy lejano del pueblo de Mozotto, tras una pared de roca hábilmente camuflada al pie de un acantilado.
—Encontrar este tipo de cuevas naturales es la especialidad de los Hombres Murciélago —presumió Jagi.
—Así es —añadió Moses.
—Otra vez dentro de un agujero... —murmuró Emilia con inquietud mientras observaba la entrada de la gruta.
No era para menos. Si se contaba el tiempo, no habían pasado ni doce horas desde que entraron al Imperio guiados por los Hombres Topo. Después de pasar más de dos días atravesando la “Oscuridad Eterna” y tener que meterse en otra cueva de inmediato, era normal que estuviera harta.
—Ah, no, no pasa nada. Cuando estuvimos con Musica y los demás, hicimos que Petra- sama se esforzara mucho. Esta vez tengo que estar atenta para que no ocurra lo mismo
—dijo Emilia, tratando de no ocultar la causa de su ansiedad mientras asentía hacia Frederica.
Frederica también estaba de acuerdo con ella. Se sentía muy responsable por el hecho de que Petra, a quien habían dejado en la posada junto a Beatrice, hubiera tenido que sobre esforzarse.
Además, debían rescatar a Otto, quien era tan propenso a cometer locuras como la propia Petra, antes de que se convirtiera en la tercera persona en recibir accidentalmente un “sello maldito de juramento” en su cuerpo.
——Tranqui’a. Pase lo qu’ pase, Mi asombroso yo no d’jara qu nadie t’ toque un pe’o..
—… Sí, eso es reconfortante —asintió Frederica hacia su hermano menor, que chocaba sus puños frente a su pecho con determinación.
A decir verdad, Frederica tenía serias dudas sobre si este plan era el adecuado, pero contaba con la garantía de Jagi y compañía, además de la imperiosa necesidad de resolver el asunto sin causar un gran escándalo.
Resultaba irónico que dicha solución terminara haciendo que Frederica mirara a Garfiel con ojos complicados...
—... Soy Garnet.
Declarando eso sin un ápice de vacilación o cambio en su tono, Garnet —o más bien, Garfiel se presentó con orgullo.
Frederica se presentó con su nombre real, Emilia dio el suyo falso como “Emily”, y cuando llegó el turno de Garfiel, este soltó su alias sin dudarlo.
Garfiel llevaba puesto por encima el abrigo que le había dado Frederica, tratando de ocultar en lo posible su complexión y su rostro. Sinceramente, a excepción de su baja estatura y sus ojos hermosos, su disfraz no pasaba por femenino ni por asomo, pero así habían logrado llegar hasta allí.
Normalmente, un disfraz así no funcionaría. Era un plan que deberían haber reconsiderado convenciendo a Emilia, quien fue la de la idea. Sin embargo, esta vez funcionó.
Y fue por una sola razón: la “Sangre Rara” de Frederica les arrebataba a los Hombres Murciélago cualquier capacidad de juicio normal.
—...
Un hombre imponente observaba a Frederica con los ojos muy abiertos. Dado que Jagi y Moses lo llamaban “hermano”, era evidente que él era Jacques-Rosé, el representante de la estirpe en esta cueva. Su mirada ignoró por completo a Emilia y a Garfiel para quedarse clavada en Frederica.
Aunque era de gran ayuda que el burdo disfraz de Garfiel no fuera descubierto...
—...
No era una sensación agradable sentir que esa mirada atravesaba a Frederica y se dirigía directamente a la sangre que corría bajo su piel. Frederica era consciente de que su apariencia no encajaba en los cánones simples de “linda” o “hermosa”, pero aun así no le molestaba que elogiaran su aspecto o su vestimenta.
Tampoco le disgustaba que alabaran su trabajo o su personalidad.
Sin embargo, que alguien encontrara valor en la sangre que fluía por sus venas le producía una sensación totalmente distinta a que elogiaran su largo cabello o dijeran que sus ojos verdes eran bellos.
—¡Increíble! ¡Lo que me habían dicho era cierto! ¡Si te encuentras con la persona adecuada, lo sabrás al primer vistazo!
—E-eh... ¿ah sí?
—¡Frederica, la sangre que corre por tu interior es fragante y rebosante de vida! ¡Eres exactamente la Novia de Sangre que yo y mi estirpe hemos buscado durante tanto tiempo!
Jacques-Rosé hincó una rodilla en el suelo y exclamó con los ojos inyectados en sangre. Por la forma en que Jagi, Moses y los otros Hombres Murciélago se tapaban la boca sorprendidos, Frederica pudo intuir vagamente lo apasionada que era aquella declaración de amor.
Seguramente la estaba halagando muchísimo, pero a ella no le llegaba al corazón.
Era una sensación extraña; como si alguien elogiara la blancura del vaho que soltaba al respirar. Era algo relacionado con ella, sí, pero un tipo de elogio que no sentía como un mérito propio.
Por supuesto, comprendía que en la cultura de los Hombres Murciélago, acostumbrados a lamer la sangre de otros, aquello debía de ser la declaración definitiva de su vida.
—Esto... señor Jacques-Rosé, yo...
—Dicho esto, pidamos a las otras candidatas a novia que regresen a sus casas. Jagi, Moses, ayuden a escoltarlas. Trátenlas con cortesía; ahora son damas que han pasado a ser nuestras invitadas de honor.
—¡Señor Jacques-Rosé!
—Por supuesto, Frederica, tú eres un caso aparte. No eres una invitada, sino la Novia de Sangre que debemos recibir... ¡Ah, es cierto, Audrey! Siento haberte dado esperanzas en vano.
Jacques-Rosé se puso en pie y comenzó a organizar todo con una rapidez pasmosa. En cuanto puso sus ojos en Frederica, ordenó de inmediato la liberación de las otras víctimas del secuestro.
Frederica alzó la voz ante la falta de disposición del hombre para escuchar, pero se quedó desconcertada —al igual que Emilia y los demás— cuando Jacques-Rosé mencionó el nombre de “Audrey”.
Detrás de Jacques-Rosé había una jaula, y en ella, al igual que en las demás, había una silueta cautiva. Y esa persona a la que llamó “Audrey” no era otra que...
—¡¿O-Otto-sama?!
—... No, soy Audrey.
—¡¿Cómo puedes decirlo con tanta calma! ...Ah, ya veo, ¿así están las cosas?
Dentro de la jaula, quien levantaba ligeramente la mano era Otto, el motivo principal por el cual Frederica y los demás se habían preocupado y habían venido hasta aquí. Frederica sintió que se le escapaban las fuerzas al confirmar que estaba a salvo y que, en efecto, había sido secuestrado, pero comprendió de inmediato por qué se hacía llamar “Audrey”.
Seguramente, al ser raptado por error tras ser confundido con una mujer, intentó actuar para que no lo descubrieran.
—Aunque es una coincidencia fatal que Otto-sama se llame Audrey justo cuando Garf se hace llamar Garnet...
—Jajaja, es una coincidencia horrible, ¿verdad? Olvidémoslo en cuanto salgamos de aquí, por favor —respondió Otto con una risa seca y tono suplicante ante la sorpresa de Frederica.
Anteriormente, cuando Garfiel y Otto usaron esos alias, fue debido a ciertas circunstancias en las que ambos tuvieron que vestirse de mujer. “Circunstancias para vestirse de mujer”... era una frase que, incluso al decirla, le daban ganas de ladear la cabeza.
Para ser exactos, en aquella ocasión Subaru también se vistió de mujer, así que los involucrados fueron tres. A Frederica le vino a la mente el escalofriante chiste de qué pasaría si Subaru también estuviera vestido de mujer ahora mismo.
Como sea...
—Siguiendo la tradición, he logrado encontrar a la Novia de Sangre. Ahora, solo queda celebrar la boda entre yo, el Soberano de Sangre, y mi novia, y después...
—¡Alto ahí!
—¿Hm?
Jacques-Rosé pretendía seguir con sus planes ignorando la voluntad de los presentes, pero Emilia se interpuso ante su gran cuerpo y lo miró fijamente desde abajo.
Ataviada con su túnica de “obstrucción cognitiva” y con la capucha de orejas de gato puesta —lo cual la hacía verse extremadamente adorable—, Emilia mostró una mirada tan seria que Jacques-Rosé frunció sus gruesas cejas.
—¿Eres una acompañante de Frederica? Deberían volver a su hogar... o mejor dicho, por ser sus acompañantes, ¿debería invitarlos a la boda?
—Bueno, me encantaría asistir a una boda. ¡Pero solo si la novia y el novio miran hacia la misma dirección y prometen ser felices juntos!
——Eso es...
—Con tu forma de hacer las cosas, ¿de verdad crees que la novia está de acuerdo? Antes de que llegara Frederica, parece que las otras chicas no paraban de llorar. Incluso Otto-kun estaba igual.
—¡Es Audrey!
—¡Incluso Audrey estaba igual!
Jacques-Rosé se llevó la mano a la barbilla y torció el gesto ante el ímpetu de Emilia. Esta, que parecía no haber entendido el propósito del alias de Otto, señaló con la mano a las otras candidatas que seguían en las jaulas.
—No me gusta que se use la “tradición” como excusa para hacer sufrir a la gente. Y no soy la única que piensa así. Jagi y Moses, tus propios hermanos, también lo piensan.
—¿Qué? ¿Ustedes... es eso cierto?
La mirada de Jacques-Rosé se clavó en sus hermanos tras las palabras de Emilia. Por un instante, los jóvenes se encogieron ante la expresión de su hermano mayor, pero Garfiel los apoyó poniendo sus manos sobre los hombros de ambos. Emilia también se mantuvo firme frente a ellos, hablando en su nombre.
Por eso...
—S-sí, hermano. Esto... después de todo, no está bien.
—Así es...
Haciendo acopio de valor, Jagi y Moses le dieron su opinión a su hermano y jefe de la tribu. Ante sus palabras, Jacques-Rosé abrió mucho los ojos y soltó un suspiro.
—... ¿Fueron ustedes quienes les metieron esas ideas en la cabeza?
—No digas “meter ideas”. ¡Hablamos muy en serio sobre esto!
—¡¡SILENCIO—!!
El rugido de Jacques-Rosé cayó sobre Emilia como si quisiera aplastarla. Sin embargo, ella no retrocedió ni un paso, aunque el viento del grito agitara su túnica. Recibió la presión de Jacques-Rosé de frente y la rechazó con dignidad.
—No servirá de nada que finjas estar enfadado de esa manera. Si me rindo aquí, les fallaría a Jagi y a Moses, que se han armado de valor.
—Gr...
—Antes de intentar alejarnos a gritos, hablemos como es debido. Jagi y los demás te ayudaron a buscar una novia porque sabían que la necesitabas. Eso es...
—Para prepararse para el inminente colapso del Imperio, al parecer.
La pregunta sincera de Emilia fue respondida por Otto, quien había pasado más tiempo conversando con Jacques-Rosé aquí.
Habiendo aparentemente pasado un tiempo considerable con Jacques-Rosé como "Audrey", Otto levantó la barbilla desde dentro de la jaula y habló:
—Cree que se acerca un tiempo de gran agitación en el Imperio. Por eso, piensa que deben recuperar la fuerza que los Hombres Murciélago tenían en su época de esplendor. Eso es lo que planeaba.
—¿Época de esplendor...? Ah, ¿por eso empezaste a hacer lo del matrimonio por secuestro de antes?
——Las tradiciones se vuelven tradiciones por una razón, y conllevan sus beneficios.
Jacques-Rosé no negó la deducción de una sorprendida Emilia. El imponente hombre admitió que esa era la razón por la que había ordenado a sus hermanos y camaradas reunir candidatas para ser la Novia de Sangre.
—Pero..., se supone que el Imperio es muuuuy pacífico ahora mismo. Dicen que no ha habido conflictos reales en años.
—Ya lo he dicho. El colapso está cerca. Una balanza desequilibrada tarde o temprano perderá la estabilidad. Si el impulso es fuerte, el contenido de la vasija que cuelga de ella se derramará violentamente.
—Y por eso quieres una Novia de Sangre, ¿no?
El colapso del orden del Imperio. Una acción para proteger a su estirpe y prepararse para lo que estaba por venir. Si fuera una simple excusa, sería una idea tan retorcida que daría ganas de reírse.
Sin embargo, precisamente por lo absurda que sonaba, parecía ganar credibilidad. Las intenciones de Jacques-Rosé podrían ser reales después de todo.
Aun así...
—¿En qué se basa exactamente para pensar que el orden del Imperio va a colapsar?
—Es la intuición de los Hombres Murciélago.
—¿Intuición...?
—No la subestimes, Frederica. Nuestra intuición, y especialmente la mía, es terriblemente aguda.
—Pero Jaggi y Moses fueron atrapados bastante fácilmente...
—¡Eso es porque mis hermanos son solo hombres-murciélago a medio desarrollar!
Cuando empezó a incluir excepciones, la credibilidad de sus palabras se volvió dudosa.
Sin embargo, el obstinado Jacques-Rosé no parecía tener intención de retirar su opinión ni de acceder a un diálogo para reconsiderar sus actos. Sus convicciones eran demasiado fuertes.
A este paso, cabía la posibilidad de que Emilia terminara congelando a todos los Hombres Murciélago junto con la cueva para zanjar el asunto. Esa inquietud secreta de Frederica fue...
—... Intuición d’ Hombres Murciélago y trad’ción, ¿eh? Sí qu’ t’ aferras a cosas qu’ no s’ pued’n ver como si fueran t’soros sagrados.
... interrumpida por Garfiel, quien hizo castañear sus colmillos y se quitó lentamente el abrigo.
Aunque su “disfraz” apenas lo era, al mostrar su apariencia claramente masculina, la agitación cruzó los ojos de Jacques-Rosé. Pero la verdadera sorpresa vendría justo después. Garfiel señaló a Jacques-Rosé y le espetó:
—¿Por qué t obs’sionas tanto con la trad’ción? ¿Aca’o sale a’go bu’no de tod’ eso?
—... En el pasado, los Hombres Murciélago presumían de una fuerza equivalente a mil guerreros. Esa fue nuestra era de poder. Es decir, si seguimos la tradición del pasado y recibimos a una Novia de Sangre...
—Cons’guirás es’ pod’r de guerr’ro invencibl’ de aqu’llos ti’mpos, ¿no? Qué inter’sante.
Garfiel volvió a hacer castañear sus colmillos con fuerza, manteniendo un duelo de miradas con el imponente Jacques-Rosé a pesar de la diferencia de estatura. Aunque dijo que era interesante, no había ni un ápice de diversión en su rostro. Los dos hombres se miraban con semblantes feroces y salvajes.
—¿Me estás diciendo que si lamas su sangre te convertirás en un Hombre Murciélago jodidamente fuerte?
—No sirve la de cualquiera. Tiene que ser la Novia de Sangre... o mejor dicho, en este caso, la sangre de Frederica. Ella, una belleza de sangre pura, es el ser que he estado buscando.
—Ugh, eso se siente sutilmente desagradable... —murmuró Frederica.
Jacques-Rosé abrió los brazos mostrando un atisbo de su supuesta capacidad de aceptación, pero su enfoque estaba totalmente errado. Mientras Frederica negaba con la cabeza detrás de él, Garfiel soltó un resoplido.
—Está bi’n. Te daré la sangr’ que tanto des’as.
—¡¿Garfiel?!
—¡Espera, ¿qué estás diciendo, Garf?! ¡Yo no...!
Ante esa propuesta arbitraria, Emilia y Frederica reaccionaron al instante. A Frederica ya le había costado aceptar lo de derramar sangre para actuar como cebo y atraer a Jagi y los demás. Que alguien la lamiera realmente era algo que le desagradaba, aunque supiera que no sería directamente sobre la herida.
Sin embargo...
—... Tienes algún plan, ¿verdad? —preguntó Otto con calma desde el interior de la jaula.
Ante la pregunta, Garfiel se encogió de hombros.
—Está claro. Si l’ demu’stro que aqu’llo a lo qu’ se aferra e’ un error, le entrarán ganas d’ escuchar a los qu’ le rod’an. “Así habló Garfiel Tinsel”.
11
Las acciones de Garfiel y sus resultados fueron simples y claros; por lo tanto, no había forma de distorsionarlos.
Con la mediación de Emilia y Otto, Frederica había compartido su sangre, aquella “Sangre Rara” que corría por sus venas con Jacques-Rosé, haciendo realidad el deseo de Garfiel.
A decir verdad, Frederica era bastante indiferente al valor de su propia sangre, a pesar de ser considerada especial.
Sin embargo, al ver con sus propios ojos cómo Jacques-Rosé se imbuía de un aura de poder tras lamer la sangre, y cómo su elevada estatura crecía todavía un poco más, pudo comprender por qué él insistía tanto en la existencia de los legendarios Hombres Murciélago capaces de enfrentarse a mil guerreros, y por qué la Novia de Sangre era indispensable para lograrlo.
Pero...
—... G-gah...
Jacques-Rosé cayó de espaldas, fulminado por un puñetazo que impactó de lleno en su rostro. Con la marca del puño grabada en la cara y con su orgullosa nariz y sus colmillos fracturados, el Soberano de los Hombres Murciélago —quien había activado todo su cuerpo al absorber la “Sangre Rara” y se encontraba en un estado de plenitud que superaba cualquier límite— yacía derrotado.
El propio Jacques-Rosé se había jactado de sentir su cuerpo más ligero que nunca en su vida.
Seguramente, en su interior había brotado la certeza de haber alcanzado el nivel de los antiguos Soberanos de Sangre de las leyendas. Pero bastó un solo golpe de Garfiel, quien había aceptado el desafío para probar su fuerza, para silenciarlo.
—Si sigu’s la trad’ción, obtendrás e’ pod’r para sup’rar cualqui’r tormenta que azote al Imperio... El mundo no e’ tan e’trecho como pa’a qu’ las cosas salgan así d’ fácil — sentenció Garfiel tras derrotar a su oponente de un solo golpe, aunque su rostro no mostraba la alegría propia de un vencedor.
Los Hombres Murciélago, que habían llegado incluso a recurrir al “matrimonio por secuestro” para recrear su leyenda, presenciaron tanto el renacimiento de ese mito como su caída inmediata. El puño de Garfiel fue la negación más absoluta posible.
Frederica, por su parte, se quedó sin palabras ante el crecimiento de su hermano menor.
—“Siempre decía que la fuerza física era su único talento, pero...”
Cuando vio a Garfiel repeler a los asesinos que atacaron la mansión durante los incidentes del “Santuario”, ya se había sorprendido enormemente por su habilidad. Sin embargo, en aquel entonces, la sorpresa por el reencuentro tras más de diez años fue mayor, y en sus entrenamientos posteriores como oficial militar del campamento, no parecía haber tenido un cambio tan drástico.
Pero en los eventos de la Ciudad de las Compuertas, donde según le contaron libró una lucha a muerte, Garfiel había roto su cascarón.
A decir verdad, Frederica era consciente de que ella no habría podido hacer nada contra un Jacques-Rosé potenciado por su sangre.


Y a ese mismo Jacques-Rosé, Garfiel lo había doblegado, literalmente, con una sola mano.
—¡Hermano! ¡¿Estás vivo?!
—¡Dinos algo!
Durante unos segundos, los presentes se quedaron atónitos ante el resultado, pero Jagi y Moses recobraron el sentido y corrieron desesperados hacia su hermano mayor. Lo ayudaron a incorporarse mientras gemía y escupía sangre, llamándolo con insistencia. Con la sangre goteando de su nariz y colmillos rotos, Jacques-Rosé no lograba enfocar la mirada.
—Yo... yo...
—Es mi victoria.
—... Ah.
Su conciencia, agrietada por aquel impacto tremendo, regresó a la realidad ante la declaración de victoria. Sus ojos púrpuras captaron a Garfiel, que lo miraba desde arriba con el puño cerrado todavía extendido. Al ver ese puño, Jacques-Rosé comprendió su derrota y la de sus ideales.
—...¿Era mi capacidad insuficiente? No, ¿será que, al final, la lógica dicta que el poder siempre es aplastado por un poder mayor?
Había seguido la tradición, encontrado a la Novia de Sangre y se había convertido en el Hombre Murciélago más fuerte... para acabar derrotado. Para alguien como Jacques- Rosé, que anhelaba el poder por la preocupación que sentía por el futuro de su estirpe, aquello debía de ser una desesperación inconmensurable.
Ante el murmullo de Jacques-Rosé, Garfiel entrecerró los ojos ligeramente.
—Por mucho qu’ te aferr’s a la trad’ción y esas cosas, eso ti’ne un límit’. No pued’s confiar en a’go qu’ consigu’s por el camino fácil o m’diante atajos. Mi puño tampoco s’ hizo grand’ por tom’r el camino fácil.
—Ah...
Mientras hablaba, Garfiel abrió el puño que tenía extendido y colocó su mano sobre Jacques-Rosé. De su palma surgió una luz tenue que comenzó a sanar las heridas sangrantes del hombre.
Jacques-Rosé parpadeó sorprendido al sentir cómo el dolor se alejaba gracias a la magia curativa.
—Tú... ¿por qué...?
— Mi nombre es Garfiel Tinsel. Igual que tú, yo también fui una vez un tonto que fue derribado por intentar cargar con todo solo.
—Un tonto... —susurró Jacques-Rosé con voz débil mientras era sanado.
Miró sus propias manos, sintiéndose perdido ante la realidad de que el ideal que creía haber alcanzado y el futuro que había imaginado se habían desmoronado con tanta fragilidad.
Para él, que buscaba la fuerza de su raza recurriendo incluso a tradiciones que rozaban la superstición, esta derrota seguramente grabó una herida imborrable en su alma.
Era cruel, pero con esto las víctimas del “matrimonio por secuestro” cesarían. A cambio, el futuro de Jacques-Rosé y los suyos se volvía incierto; sus dudas sobre el porvenir del Imperio no se habían disipado y su solución se había desvanecido como el rocío.
Sin embargo...
—Todo esto... es porque soy... débil...
—Sí, er’s débil. Así qu’ hazte fu’rte de una vez.
Las palabras de Garfiel se solaparon con el lamento de Jacques-Rosé. El Soberano de los Hombres Murciélago abrió mucho los ojos.
—¿Hacerme fuerte, dices? Si incluso con la ayuda de la Novia de Sangre no he podido contigo...
—Ser fu’rte o débil no ‘s solo cu’stión de músculos. Si fu’ra por eso, la fu’rza física del Capitán —al que considero el más fuerte del mundo— sería una compl’ta basura.
—Garfiel, no digas esas cosas. Si Subaru te oyera, se pondría a llorar —lo reprendió Emilia.
Garfiel torció el gesto con una sonrisa feroz ante el regaño por su comentario despreocupado. En esa sonrisa ya no quedaba ni rastro de la irritación que sentía antes del combate. La mirada que dirigía a Jacques-Rosé tenía una suavidad similar a la de alguien que observa a un semejante.
—Ya lo dij’, ¿no? Yo solía ser como tú.4 Pero ahor’ mis músculos son ba’tante buenos, y e’ tipo d’ fuerza que mid el Capitán tampoco e tan mala. Hay más d’ un tipo d’ fuerza.
—...
—Carg’s con e’ futuro de tus hermanos y d’ tu estirpe sobr’ tus hombros. Entiendo por qué estás tan t’nso. También enti’ndo eso d’ sentir qu’ no pued’s confiar en los demás ni de’egar en ellos. Pero... eso e’ una mierda.
Sus palabras fueron tajantes, y existía la posibilidad de que Jacques-Rosé se sintiera humillado. Sin embargo, ni Frederica, ni Emilia, ni Otto intervinieron. Porque sabían que en las palabras de Garfiel no había intención de rebajar a Jacques-Rosé.
Eran, sin duda alguna, palabras que brotaban del interior de Garfiel. Una respuesta a la que él mismo había llegado tras dudar, sufrir y luchar desesperadamente. Garfiel decoró ese momento en el que entregaba su respuesta con una mezcla de timidez y orgullo.
Porque...
—El hombre más fu’rte qu’ conozco e’ capaz de pedir ayuda a los qu’ le rod’an cuando está en apuro’. Y si algui’n más tiene problemas, es el prim’ro en tender’e la mano. Nunca está solo. No pu’de dejar a nadi’ solo. Siento que, por fin, he apr’ndido a expr’sarlo bien.
—Eso es...
—Quizás no sea el e’tilo del Imperio. Pero, ¿qué sntido ti’ne aferrar’e a un e’tilo del Imperio que está a punto de rompers’?
Garfiel cerró un ojo y retiró la mano que tenía extendida. Al hacerlo, el rostro de Jacques-Rosé ya no tenía la nariz rota y sus colmillos habían vuelto a crecer, aunque fueran pequeños.
El Soberano, que ya había recuperado el enfoque de su mirada, escuchaba atónito las palabras de Garfiel mientras sus hermanos le limpiaban la sangre del rostro sanado con sus mangas.
—Hermano... puede que no seamos de mucha ayuda, pero...
—Es verdad.
Jagi y Moses agarraron la manga de Jacques-Rosé, avergonzados de haber renunciado a pensar por sí mismos creyendo que obedecer ciegamente era lo mejor para su hermano. Los demás Hombres Murciélago también rodearon a su Soberano, que seguía sentado en el suelo, y lo llamaron por su nombre: “Jacques-Rosé”.
Al ver los rostros de su gente, Jacques-Rosé contuvo el aliento por un instante.
—... Les dije... que me llamaran Soberano de Sangre —respondió con una voz que conservaba el orgullo de su cargo, pero que sonaba un poco más ligera, como si se hubiera liberado del peso de su derrota y de la falta de futuro.
Al oír sus palabras y ver la reacción de los Hombres Murciélago, Frederica sintió que el mensaje de Garfiel había llegado a su destino.
—Garfiel, ¿verdad? Es... no, es nuestra derrota. Devolveremos a las mujeres que trajimos a sus hogares sanas y salvas. El plan para el renacimiento de los antiguos Hombres Murciélago queda cancelado.
Jacques-Rosé, con su gente a sus espaldas, miró a Garfiel desde su posición de rodillas. A diferencia de cuando estaba eufórico por haber encontrado a la Novia de Sangre, ahora que había recuperado la compostura, habían decidido liberar a las candidatas del “matrimonio por secuestro”.
Dicho esto, el brillo regresó a los ojos de Jacques-Rosé.
—Independientemente de nuestras tradiciones, me gustaría recibir a Frederica como mi esposa. Dudo mucho que en el futuro pueda conocer a una mujer que la supere...
—E-eh... es un honor muy grande, de verdad. Pero...
Aquella propuesta, ahora desvinculada de la desesperación o la necesidad extrema, llegó al corazón de Frederica más que la anterior. Aun así, no fue lo suficiente como para que se lo planteara seriamente.
—Seguramente hay muchísimas mujeres mejores que yo. Es un honor que me valore tanto bajo sus propios criterios, por supuesto.
Pero ese no era el aspecto por el que Frederica deseaba ser valorada. Además, ella tenía cosas que hacer con las personas a las que amaba en este momento, antes que elegir a un compañero en un encuentro tan dramático.
Justo cuando Frederica se disponía a rechazar cortésmente la propuesta, Garfiel se puso a su lado y puso una mano de forma tosca sobre su hombro.
—E’cucha bien: ella e’ mi hermana, así qu’ no pu’do entregársela a cualqui’r tipo m’diocre. Y d’sde luego, ¡nunca s’ la daría a algui’n más débil qu’ mi asombroso yo!
—¡Garf!
Garfiel le espetó aquello a Jacques-Rosé y compañía mientras hacía castañear sus colmillos. Frederica no pudo evitar mostrar también sus colmillos afilados en señal de protesta hacia su hermano por poner condiciones tan imposibles.
Como ya se ha dicho, ella no tenía intención de aceptar la propuesta de Jacques-Rosé. Sin embargo, después de ver el combate de hace un momento, las condiciones de Garfiel eran demasiado estrictas.
—¿Acaso pretendes que me quede soltera de por vida?
—¡Bah! ¡Ant’s eso qu’ dejar qu’ mi hermana s’ case con un debilucho!
Ante la respuesta de su hermano, que no mostraba ni un ápice de arrepentimiento, Frederica se frotó el entrecejo. Mientras lo hacía, sintió que no era una sensación tan mala, y su corazón se llenó de una mezcla compleja de sentimientos junto con el alivio de haber resuelto la situación.
12
—Garfiel, estás en esa edad en la que quieres que tu hermana mayor te mime. Es reaalmente lindo.
Había sido un incidente bastante extremo, pero a ojos de Emilia, esa era la mejor forma de resumirlo.
En realidad, se podría decir que habían tenido mucha suerte. El propósito del “matrimonio por secuestro” era genuino, los Hombres Murciélago liderados por Jacques-Rosé poseían un mínimo de decencia, contaron con alguien que calmó a las mujeres secuestradas para evitar el caos total, y tenían la fuerza bruta necesaria para aplastar la tradición.
Si uno solo de esos engranajes hubiera fallado, la situación no habría terminado así.
—No me molestaron las palabras de Garf, pero el resultado no tiene nada de adorable
—comentó Frederica.
El golpe definitivo para rechazar el cortejo de Jacques-Rosé habían sido las palabras de Garfiel, pero si se tomaba en serio el comentario de Emilia y eso terminaba condenándola a la soltería de por vida, sería una tragedia.
Frederica también tenía el deseo de soñar con un matrimonio feliz, aunque no tuviera a nadie en mente todavía—. Al menos, me gustaría que mi pretendiente se fijara en mí, y no en mi sangre.
—Con alguien como usted, señorita Frederica, no creo que tenga problemas para encontrar pareja —dijo Otto.
—¿Usted cree? Me resisto un poco a tomar en serio los halagos de los caballeros.
Al igual que muchas otras mujeres, Otto había sido rescatado de las garras de los Hombres Murciélago. Frederica sonrió vagamente ante su cumplido mientras se acariciaba su larga cabellera dorada.
A decir verdad, Frederica ya había sido cortejada por otros hombres antes; sin embargo, al pasar tanto tiempo rodeada de gente como sirvienta de Roswaal o Annerose, y debido a los recientes y frecuentes intentos de capturarla por su “Sangre Rara”, a veces sentía que preferiría renunciar a esa sangre especial si pudiera.
—Pero, Frederica, usaste esa sangre tuya que tanto te desagrada para salvar a Otto- kun. Estaba pensando que...
—¿Pensando?
—Yo también lo pasé mal por mi cabello, el color de mis ojos y mi origen. Pero creo que, si no fuera por eso, ahora no podría estar con Subaru... ni con todos ustedes.
—...
—¡Ah! No digo que fuera bueno sufrir. Creo que lo mejor es ser feliz sin tener que pasar por penas. Pero es como si lo malo no tuviera un significado puramente negativo — explicó Emilia, buscando las palabras adecuadas mientras gesticulaba un poco nerviosa.
Era una duda nacida de una mezcla perfecta entre no querer incomodar al otro y su honestidad al intentar transmitir sus sentimientos. Era un gesto amable y considerado, quizás demasiado valioso para servir de cierre a una historia que empezó con Otto siendo confundido con una mujer y terminó con Garfiel moliendo a golpes a un Hombre Murciélago pesimista.
—Pero ha sido una su’rte, Otto-nii. Por poco t’rminas conv’rtido en la e’posa de algui’n. Habría sido muy raro qu’ viniéramos a bu’car al Capitán y acabara’ casado —se burló Garfiel.
—Sí, tiene toda la razón. Ya veía venir el fracaso de mi vida matrimonial, así que me salvaste, Garfiel.
—Es verdad. Si Subaru se entera de que casi convierten a Otto-kun en una novia, se va a quedar muuuuy sorprendido —añadió Emilia.
—... Esto, a quien le propusieron matrimonio formalmente fue a la señorita Frederica. ¿No deberíamos decir que fue “el Alboroto de la novia Frederica” en lugar de involucrarme a mí?
—¿Eh? Pero...
Con su característica resiliencia mental, Otto ya se preparaba para olvidar su propio papel de víctima. Sin embargo, por mucho que intentara cambiar el enfoque del problema para el futuro, difícilmente colaría. Después de todo, todo empezó porque Otto fue secuestrado y ellos se movilizaron para rescatarlo.
Aun así, la única capaz de mostrar consideración por los sentimientos de Otto en ese momento era Frederica.
—Está bien, Otto-sama... informaremos de eso cuando nos reunamos con Dudley y los demás. Y por supuesto, también cuando veamos a Subaru-sama.
—Se lo deberé eternamente, señorita Frederica.
—Oh, pues prepárese para pagarme esa deuda con creces.
Frederica aceptó cargar con la responsabilidad de la historia, y Otto puso cara de haberse quitado un gran peso de encima. Emilia, por su parte, mantuvo una expresión de duda durante un rato, pensando que “algo olía raro”, pero probablemente acabaría aceptando la versión si se la repetían lo suficiente.
Garfiel, en cambio, seguramente se lo recordaría a Otto de vez en cuando para burlarse.
—Cambiando de tema, sobre esa “crisis del Imperio” de la que hablaba el señor Jacques-Rosé... —dijo Frederica.
—¿Deberíamos considerarlo solo una predicción pesimista del futuro o...? Debido a la situación, no pudimos preguntarle a las otras mujeres de las celdas —comentó Otto.
—Cuando pregunté por el pueblo antes de que tú desaparecieras, hermano, no oí nada parecido —añadió Garfiel.
Cambiando el rumbo de la conversación, sus dudas se centraron en Jacques-Rosé y los Hombres Murciélago, y en esa vaga ansiedad por el futuro del Imperio que los impulsó a cometer tales actos. Jacques-Rosé dijo que ocurriría “dentro de poco”, pero ¿estaba realmente tan cerca? Y si fuera así, ¿les afectaría también a ellos?
— “Superaremos la crisis que se avecina como uno solo. Si nos necesitan, llámennos en cualquier momento. Los Hombres Murciélago acudirán”.
Frederica creía que esas palabras de Jacques-Rosé no eran un intento de quedar bien con ella, sino una muestra de gratitud desbordante tras haberle hecho entrar en razón, literalmente, a golpes. Aunque esperaba que nunca llegara el momento de tener que pedirles ayuda.
—...
Además, aunque se hubieran arrepentido, el futuro de Jacques-Rosé y los suyos no era brillante. Lo que habían hecho tenía una escala considerable. Aunque las víctimas regresaran a salvo, no creía que todo se solucionara sin más.
No sabía cómo se juzgaban los crímenes en el Imperio de Vollachia, pero cabía la posibilidad de que les esperara un castigo severo.
Sin embargo...
—El Emperador de Vollachia se esfuerza mucho por mantener este país en paz, ¿verdad? Entonces, seguro que también escuchará lo que Jacques-Rosé tiene que decir.
Al ver a Emilia creer con tanta fe en un futuro brillante, Frederica también sintió ganas de creer en ella. Aunque existía la posibilidad de que la paz del Imperio se hubiera mantenido mediante métodos sangrientos que Emilia ni siquiera imaginaba.
—Pero ahora que estamos buscando a Natsuki-san, no tenemos necesidad de preocuparnos por eso —concluyó Otto, llegando a la misma conclusión que Frederica pero sin intención de compartir esa inquietud con Emilia. Sus palabras fueron frías pero confiables, haciendo que Frederica tuviera ganas de perdonarle su descuido de hoy.
Aunque, en realidad, el descuido no había sido solo de Otto, sino de todos.
—Aun así, aunqu’ hayamo’ traído de vu’lta a Otto-nii, me pesa e’ corazón pens’r en qué les dir’mos a Petra y a Beatrice —dijo Garfiel rascándose la cabeza.
Frederica estaba de acuerdo. Petra, que se había quedado en la posada conteniendo sus ganas de ir, debía de estar convencida de que traerían alguna pista sobre el paradero de Subaru. Si regresaban tarde y sin ninguna información, se llevaría una gran decepción.
Cargando con ese dolor de cabeza, el grupo regresó a la posada y...
—¡Chicos, malas noticias! ¡Ha aparecido “Natsumi Schwartz”!
—...
En la recepción de la posada, Petra, que los esperaba con impaciencia, soltó esas palabras nada más verlos, dejando la mente de todos en blanco.
—¿Eh? ¿Natsumi está en el Imperio? ¿Por qué? —preguntó Emilia.
A diferencia de Frederica y los demás, Emilia ladeó la cabeza con una sorpresa distinta. Ella era la única que no conocía el verdadero significado de ese nombre. Pero, antes de revelarle la verdad, debían confirmar qué quería decir Petra con eso.
—¿Natsumi Schwartz? ¿A qué se refiere...? —preguntó Frederica.
—Parece que, a cierta distancia al oeste de aquí, hay una ciudad llamada Guaral. Y dicen que una “Doncella de Cabello Negro” llamada Natsumi Schwartz está involucrada en un incidente que ocurrió allí —respondió Beatrice.
—¡Beatrice! ¿No deberías estar descansando? —exclamó Frederica.
Beatrice, que debía estar en “modo ahorro” al estar lejos de Subaru, fue quien dio la explicación ante los ojos asombrados del grupo que acababa de llegar.
—Después de oír algo así, no puedo quedarme durmiendo tan tranquila.
—Ya, p’ro... Lady Petra, ¿cómo e’ qu’ te llegó esa información? —preguntó Garfiel.
—Quería saber cualquier cosa sobre Subaru... pero no es solo eso.
Garfiel puso una mano sobre la cabeza de Petra para alabar su logro, y ella, que normalmente habría evitado el gesto con suavidad, miró a todos con inquietud. Era un preámbulo que daba muy mala espina.
—Para empezar, el nombre de Natsumi Schwartz y el título de “Doncella de Cabello Negro” ya me dan dolor de cabeza, pero ¿qué ha pasado exactamente? —preguntó Frederica.
—... Esto, parece que esa “Doncella de Cabello Negro” ha capturado la ciudad de Guaral.
—¿Que ha... capturado una ciudad?
Petra eligió sus palabras para intentar suavizar la noticia, pero fue tan suave que el significado no llegó a Frederica y los demás de inmediato
Uno normalmente no decía que alguien "capturó" una ciudad a menos que...
—No pensab’ qu’ se fu’ra a qu’dar quieto, pero... —murmuró Garfiel.
—¿Qué demonios está haciendo ese hombre...? —añadió Otto.
Garfiel y Otto llegaron a la misma conclusión que una estupefacta Frederica. Probablemente Petra y Beatrice ya habían llegado a ella también. Subaru, de quien pensaban que estaría pasando por graves penurias tras ser transportado al Imperio, y cuya única esperanza era que estuviera a salvo junto a Rem... ese esquema tan simple se hizo añicos.
Además, capturar una ciudad era abiertamente rebelión contra el orden establecido.
—No puede ser... ¿será a esto a lo que se refería el señor Jacques-Rosé?
El colapso del orden del Imperio. Jacques-Rosé había sentido intensamente su llegada. Lo que no sabían si era verdad o no, de repente cobró un realismo aterrador. Y precisamente por la existencia de alguien a quien conocían muy bien.
—El nombre de Natsumi es...
—... Se trata de Subaru, Emilia —sentenció Beatrice.
—¿Subaru?
Beatrice le reveló la verdad a la única que no había seguido el ritmo de la situación. Para Emilia, que no sabía que Natsumi Schwartz era la identidad de Subaru vestido de mujer, fue un impacto total. Frederica sintió una culpa irracional, como si hubiera sido cómplice de una mentira, aunque no lo hubieran ocultado a propósito.
Sin embargo, Emilia dio una palmada y exclamó:
—¡Ya entiendo! Subaru también está usando un nombre distinto para no hacerse famoso en el Imperio. Es igual que Otto-kun y Garfiel.
—¿Eh?
—Claro, ustedes dos tomaron prestados los nombres de Audrey y Garnet, ¿no? Pues es lo mismo que está haciendo Subaru con el nombre de Natsumi —concluyó Emilia, asintiendo para sí misma con la información que tenía.
Frederica y los demás se miraron entre sí. En realidad, con los datos que tenía Emilia, era natural llegar a esa conclusión. Y no había una razón de peso para desenredar esa cuerda y explicarle la verdad ahora mismo. Lo importante era...
—Subaru está usando un nombre que nosotros podemos reconocer. Creo que es su forma de decirnos dónde está.
Tanto Frederica como Otto y los demás estuvieron de acuerdo con la opinión de Emilia. A decir verdad, tras llegar al Imperio atravesando la “Oscuridad Eterna” y haber corrido de un lado a otro para rescatar a un Otto secuestrado nada más llegar, estaban agotados física y mentalmente, pero...
—Mañana, en cuanto amanezca, partiremos. Hacia...
—Guaral... es una ciudad amurallada, supongo —añadió Beatrice.
—¡Hacia ese tal Guaral! —declaró Emilia con el puño cerrado.
Por fin tenían una pista que los acercaba al paradero de los desaparecidos Subaru y Rem. Al pensar en el aura inquietante y el olor a conflicto que rodeaba la situación del Imperio, los nervios estaban a flor de piel, pero...
—¡Seguro que todo saldrá bien! ¡Volveremos todos juntos a casa!
Ante la enérgica declaración de Emilia, nadie tuvo ánimos de llevarle la contraria.
En efecto, el rumor sobre la “Doncella de Cabello Negro”, Natsumi Schwartz, que habían escuchado, se refería sin duda alguna a Natsuki Subaru, a quien tanto buscaban. Sin embargo, la ciudad amurallada a la que se dirigían se encontraba en medio de la mayor crisis desde su fundación, y el reencuentro con Subaru y los demás no sería nada fácil.
El colapso del orden del Imperio que tanto temía Jacques-Rosé Blau estaba ocurriendo sin lugar a dudas; la paz de Vollachia se había quebrado, dando paso a una contienda sin precedentes en la historia imperial.
Pero...
—¡Espéranos, Subaru, Rem! ¡Iremos todos por ustedes!
Mientras Emilia miraba hacia el frente con determinación, los ojos de quienes la acompañaban no mostraron ni un ápice de duda.

