El Emperador / El Comerciante / Natsuki Subaru
Capítulo 4
El Emperador / El Comerciante / Natsuki Subaru
1
Pisando con fuerza el suelo duro y abriéndose paso con los hombros contra el viento, avanzaba a zancadas.
A medida que se acercaba al destino, la impaciencia que lo hacía querer asomarse del carro de bueyes se volvió incontenible y, con ese momento ya a la vista, su cuerpo salió disparado con ímpetu.
Le pareció oír voces que intentaban detenerlo por aquí y por allá, pero no le llegaban a los oídos.
Dejándolas atrás, se encaminó en línea recta hacia el edificio que buscaba. Al irrumpir en la construcción de madera más grande del centro de la aldea, las miradas de varias personas en su interior se concentraron en él.
Y entonces…
—Has vuelto. Pero qué rapidez.
Quien lo dijo con total desparpajo fue el hombre arrogante que llevaba la máscara de oni.
Sin decir nada ante aquella actitud que daba lo inevitable por hecho, avanzó en línea recta. Sin detener el impulso, extendió la mano y arrancó sin piedad la máscara de oni del hombre que lo miraba desde arriba.
Sin ofrecer resistencia, la máscara le fue arrancada y quedó al descubierto el rostro apuesto del hombre.
Lo agarró por el cuello de la ropa a aquel ser de odioso rostro demoníaco y lo puso en pie. Y, a punto de asestarle un puñetazo en la cara…
—Espera, Subaru.
Justo antes de que soltara el golpe, alguien detuvo por la fuerza, desde atrás, su brazo derecho, ya echado hacia atrás.
Quien lo detuvo fue Mizelda, la jefa de la aldea, una mujer alta de cabello teñido de rojo. Subaru abrió la boca para protestar ante aquella acción, pensando que a esas alturas era inadmisible.
Pero, antes que eso, Mizelda se adelantó con un “¿bien?” de preámbulo y,
—Nada de golpes en la cara. En otra parte, lo permito.
—¡Oraaah!
Recibiendo la respuesta inquebrantable de Mizelda, tras una pausa, Subaru hundió el puño en el torso extendido.
Quizá esperaba que le golpearan la cara; el hombre a quien le habían arrancado la máscara soltó un “guh” de dolor y retrocedió. Solo con eso no se disipaba todo el resentimiento acumulado, pero…
—¡No creas que con esto quedamos a mano, maldito bastardo...!
—Hmph, qué tipo más codicioso.
El hombre que no se callaba, recogiendo la máscara de oni caída a su lado y volviéndosela a poner, no era otro que Abel.
Tras asestarle un golpe al hombre que era la causa de todo su resentimiento acumulado, Subaru exhaló con fuerza.
Porque había recorrido en sentido contrario un camino de más de tres días, solo para asestar ese golpe.
2
—¡Contempla, hermana! ¡Al parecer, este es el famoso poblado de “los Shudrak”! ¡Está en el corazón de un lugar recóndito, tal como decían los rumores! ¡Un gran descubrimiento!
—¡Oh! ¡Qué genial, manito! ¡Mira esto, ve! ¡To’os tienen unos abdominale’ de acero, como los mío’! ¡De acero, manito!
—¡De acero!
Aquellos comentarios despreocupados, dichos sin venir a cuento, resonaron en el cielo de la aldea.
Quienes intercambiaban opiniones sin ningún reparo eran los hermanos O'Connell, Flop y Medium, que acabaron siendo invitados casi sin querer al poblado de las Shudrak.
En mitad de la plaza, los hermanos estaban rodeados, junto con su carro de bueyes, por las Shudrak reunidos por curiosidad; pero su conversación, carente de toda sensación de peligro, seguía su curso habitual, y destacaba el gran empaque de ambos.
—Has traído a un grupo bastante ruidoso. ¿Esa es la gente necesaria para su viaje? Si es así, tú y yo tenemos valores distintos.
—No voy a negar que tengamos valores distintos. Pero esa actitud tuya es inadmisible, por mucho que se mire.
—¿Oh?
Sentados en el suelo de la sala de reuniones, Subaru y Abel se enfrentaban frente a frente, igual que hacía unos días.
Abel, que hacía un momento había recibido el golpe punitivo de Subaru en el estómago, no mostraba intención alguna de arrepentirse en sus palabras o actos. Era un rival del que no esperaba una disculpa, ni la intención de darla.
Pero no podía dejar pasar la mención a Flop y los suyos.
Entonces…
—Señor Abel, nosotros arrastramos a esa gente a esto. Fueron amables con nosotros, que estábamos varados frente a la ciudad… Esa es la única razón.
Quien explicó en su lugar el motivo de la ira de Subaru fue Rem.
A diferencia de la vez anterior, la sala no había sido despejada, y otros rostros además de Subaru y Abel participaban en la conversación. Junto a Subaru estaban sentadas Rem, de rodillas, y Kuna y Holly, que habían sido sus acompañantes; junto a Abel, las hermanas Mizelda y Taritta.
Por cierto, en cuanto a Ruy, la cuidaba Utakata, de edad similar. A estas horas estaría en el carro de bueyes de la plaza, junto a Flop y los suyos, rodeados de Shudrak.
En fin…
—Gracias a la cooperación de esos dos, pudimos volver sanos y salvos. En consecuencia, el señor Flop y los suyos ahora son blancos de los soldados de la ciudad...
—No. Te corrijo: quienes persiguen a los nuestros y a los de afuera no son los soldados de la ciudad, sino los del imperio. Quienes sirven a este país se han convertido en enemigos de ustedes.
Las frías palabras de Abel, dichas tras la máscara de oni, se clavaron en Subaru y Rem.
Al oír aquella manera tan seca de hablar, Rem solo pudo bajar la mirada de sus ojos azul pálido, sin fuerzas. Subaru también entendía que, ciertamente, era un hecho innegable.
Pero comprenderlo y que el corazón lo aceptara eran cosas distintas.
—Que los soldados imperiales del campamento me tuvieran en el punto de mira fue culpa mía. La enemistad también es resultado de las acciones que elegí.
—Así es. Es una enemistad que ya habías forjado antes de contactar con las Shudrak.
—No puedo poner excusas a esa enemistad. Fui yo, sin duda, quien creó los enemigos. Pero la factura de esa enemistad debía pagarla yo solo, ¿no?
Era cierto que la mayor parte de la culpa era de Subaru, pero el problema aquí era la actitud de Abel.
Él debía de entender, desde el principio, el peligro de que Subaru y los suyos entraran en Guaral. Debía de haberse dado cuenta de la posibilidad de que se toparan con soldados imperiales supervivientes y fueran atacados.
—Por eso les ordenaste a Kuna y a Holly, de antemano, que nos esperaran fuera de la ciudad. Para que, si nos perseguían y huíamos de la ciudad, nos cubrieran.
—¡Cierto, cierto~! Fue por un pelo~. Si Kuna y yo no hubiéramos estado, a estas horas la cabeza de Subaru estaría partida en dos de un hachazo, seguro~.
Holly, que masticaba unas bolitas de masa sentada con las piernas cruzadas, lo soltó con total despreocupación. A diferencia de Kuna, a su lado con cara de incomodidad, ella no captaba el ambiente del lugar.
Por supuesto, Subaru agradecía la ayuda de Holly y las demás. Sin su cooperación, era muy probable que la tragedia de tener la cabeza partida se hubiera vuelto real.
—Los ojos de Kuna vigilaban, y los brazos de Holly nos salvaron... Eso se resume en disparos de arco desde la distancia: la combinación de las habilidades de las dos.
—Que la cosa fuera tan grave, yo no lo había oído.
Las palabras con que Kuna añadió eso carecían de fuerza, prueba de su sentimiento de culpa hacia Subaru y los suyos.
Aun así, la culpa que cargaba Kuna podía decirse que estaba mal dirigida. Antes de entrar en Guaral, las palabras que ella le dedicó al despedirse le habían dado a Subaru una pista.
Sin ese consejo, no habría podido obtener la ayuda de la que hablaba Holly.
Pero…
—Esa consideración se aplica solo hasta Kuna y Holly. A ti, que previste perfectamente que esto pasaría, no pienso tratarte con amabilidad.
Precisamente por eso, lo primero que hizo al volver fue el golpe de castigo a Abel.
Si, al recibirlo, Abel hubiera mostrado señales de arrepentimiento, la cosa habría sido distinta. Pero, como cabía esperar, Abel, lejos de arrepentirse, no mostraba ni remordimiento.
Es más, resoplando como si dijera “¿y qué con eso?”…
—¿Irrumpe de vuelta con furia, me asesta un golpe, y lo único que tiene para decir son reproches mezquinos? Para empezar, yo te había aconsejado desde el principio que el camino no sería fácil.
—Gu...!
—Que esto te sirva de pago por aferrarte a la comodidad inmediata sin usar la cabeza. La ciudad más cercana al campamento incendiado es el destino más probable para los soldados en fuga. Es una verdad evidente.
—¡Entonces...! ¡Entonces debiste decirlo desde el principio!
Las palabras de Abel, con una rodilla levantada, se clavaban una a una en la inmadurez de Subaru.
Pero el acto de Abel, que sabía del peligro y lo dejó pasar, era una simple ayuda al enemigo: si su perspectiva de quién era aliado y quién enemigo estaba errada, equivalía a tenderles una trampa.
—Tú lo sabías todo desde el principio. Que pudiéramos toparnos con soldados imperiales supervivientes en Guaral, que huyéramos de la ciudad en estampida, y que en ese caos Rem...
—...
—¡En fin! Tú lo sabías todo. Y, aun así, te quedaste callado.
Si se dejaba llevar por el impulso y seguía hablando, palabras que no debía decir amenazaban con escapársele. Conteniéndolas de inmediato, Subaru concentró su ira en Abel, procurando no mirar el rostro de la Rem que tenía al lado.
A Subaru, que avivaba las llamas de su ira, Abel lo observaba con serenidad; no… con frialdad.
Con aquella mirada penetrante, ¿hasta dónde veía este hombre a través del mundo?
Y, viéndolo todo, ¿con qué propósito los traía de un lado a otro?
—Responde, maldito bastardo. ¿Por qué nos...?
—Solo me ahorré un trabajo innecesario.
—¿Trabajo innecesario...?
Ante la actitud de Subaru, a punto de morderlo, Abel lo dijo con un sonido indistinguible de un suspiro.
Cuando Subaru parpadeó ante esa respuesta, Abel acarició lentamente el suelo de la sala con la mano, recogió tierra seca en la palma y…
—Gente como tú valora más lo que ven sus propios ojos de necio que el consejo de un sabio. Más que cualquier cosa que yo diga, la dureza de la lluvia que cae sobre uno habla por sí sola.
—...
—Gracias a eso, lo habrás comprendido con dolor: no tienen salida.
Mientras lo decía, la tierra se deslizó goteando entre los dedos de la palma de Abel.
Con ese simple gesto, Subaru se vio obligado a tomar conciencia de que estaban acorralados por todos lados.
Tratándose del emperador del Sacro Imperio de Vollachia, manipular a los demás con palabras hábiles era fácil. Ante un emperador curtido en mil batallas, las súplicas de Subaru equivalían al chillido de un mono enjaulado.
—...Al final, ¿qué es lo que quieres hacer y cómo?
—Mi objetivo ya lo he anunciado: recuperar lo que me fue arrebatado. Para ello, el imperio actual es mi enemigo. Y también es tu enemigo.
—...¿Y me estás pidiendo que coopere contigo?
—Por ahora, te he explicado que no tengo razón para hacerte daño.
Las palabras de Abel se filtraban como veneno en el Subaru que se agarraba la cabeza.
La labia de Abel, que no le dejaba obtener una respuesta clara, parecía tener la astucia veterana de envolver a Subaru en humo y, a la vez, daba la sensación de ponerlo a prueba.
Una y otra vez, Abel no se lo declaraba a Subaru, pero seguía insistiendo.
Insistiendo en que pensara con su propia cabeza y eligiera.
—...¿O sea que todo está en la palma de tu mano? No me gusta.
—...Por desgracia, los únicos que puedo hacer bailar en mi palma son algunos. Precisamente porque no logré controlar a los que no bailaban, ahora estoy sentado sobre la tierra.
Su respuesta al Subaru que le había espetado aquellas palabras sonó casi como una autoburla.
No se veía su expresión, y el tono de su voz tampoco cambió. Pero sonaba a autoburla. Era algo raro… no: era la primera autoburla de Abel que Subaru oía.
—...
Observando de frente a aquel Abel, Subaru meditó en silencio.
Tanto sobre su futuro y el de los suyos como sobre la verdadera intención de Abel, que no lograba comprender. No quería que los planes de aquel hombre volvieran a arrastrarlo a una desgracia parecida.
En realidad, ¿qué estaba pensando Abel?
Ni Subaru creía que Abel se tomara tantas molestias para atraerlo a su bando. No encontraría en Subaru un valor tan grande.
Y, aun así, si había una razón por la que Abel quisiera tener a Subaru a mano, no era por Subaru mismo, sino por el interés en lo que arrastraba consigo…
—¡Señor esposo! ¡Esta gente es de lo más alegre y generosa! ¡Me tienen impresionado!
—¡Uaah!?
Subaru contenía la respiración, en plena meditación seria.
Flop apareció en la entrada de la sala de reuniones, haciendo resonar su hermosa y potente voz. Mientras contemplaba los rostros de los presentes dentro de la sala…
—Vaya, vaya, disculpen la tardanza en saludar. Por lo que veo, ustedes son los representantes de esta aldea. ¡Oh! ¡Y las dobles de las señoritas Kuna y Holly!
—Es la propia.
—Soy yo~.
—¡Ah, ¿sí?! ¡Mis disculpas!
Alisándose el largo flequillo con la mano, Flop llegó al centro de la sala con movimientos enérgicos. Y allí, con una sonrisa encantadora, hizo una reverencia.
—Permítanme presentarme de nuevo: ¡soy Flop O'Connell! Me dedico a la venta ambulante junto con mi hermana Medium y Botecliffe. Por diversas razones, parece que he acabado acompañando al señor esposo, la señorita esposa y la sobrinita en su disparatada travesía. ¡En adelante, encantado de tratar con todos ustedes!
—Da la impresión de conocer la etiqueta... o de no conocerla. ¿Qué hacemos, hermana?
Ante el enérgico saludo de Flop, Taritta puso cara de dolor de cabeza. Lanzó una mirada fugaz a su hermana Mizelda, buscando el juicio de la jefa.
—Así es... no, es un buen mozo. Le daremos una habitación.
—Hermana...
Mizelda, con los brazos cruzados, juzgó por la cara el trato que darle a Flop.
Era un juicio de Mizelda muy simple y comprensible, pero se podía sentir el desgaste de Taritta al sostener a su hermana jefa. Por supuesto, si ese fuera el único criterio de Mizelda, Subaru no podría quedarse en la aldea, así que debía de haber algo más.
—Ah, señora Mizelda, quiero confirmar una cosa. El señor Flop es... digamos, mi invitado; lo traje por mi cuenta. Pero ¿no tendrá que pasar por el Ritual de Sangre ni nada...?
—¿El Ritual de Sangre? ¿Acaso es una especie de ceremonia de bienvenida tradicional de esta aldea!? ¡Pues me encantaría experimentarlo yo también!
—Es una ceremonia tradicional, pero demasiado violenta para ser una bienvenida.
Flop se mostraba entusiasmado con la idea de aceptar el desafío, pero incluso él se echaría atrás si le dijeran que podría tener que luchar contra una mabestia. Aunque daba miedo que ni siquiera entonces cambiara de actitud; en cualquier caso, Subaru no quería que pasara por eso.
—Desde que estaba al otro lado de la pared ya lo sabía: es un tipo ruidoso.
Y quien no daba la bienvenida a Flop era el emperador despiadado de la máscara de oni.
Flop, cálido como la luz del sol, y Abel, de sangre fría: un contraste de lo más marcado. Al menos, que no pareciera haber razón para que Abel sintiera aprecio por Flop le helaba la sangre a Subaru.
—¡Oh! Una máscara curiosa... ¿Acaso es usted el jefe de la aldea? Leí en alguna parte que quienes visten de manera especial ocupan posiciones especiales.
El primer encuentro de los dos comenzó cuando Flop mencionó el atuendo extravagante de Abel.
No era culpa de Flop deducirlo por la máscara de oni llamativa, pero era difícil considerar a Abel uno de “los Shudrak”. Después de todo, todo lo que no era la máscara de oni estaba culturalmente a años luz de los demás Shudrak. Mirándolo de nuevo, era un atuendo demasiado incongruente.
—La idea no está mal, pero te falta atención y reflexión. Hace un momento decías que te dedicas a la venta ambulante...
—¡Ah, así es! Cargamos mercancías en el carro de bueyes que tira el Botecliffe de mi hermana y recorremos el imperio comerciando... ¡Somos hermanos errantes que vagamos con el viento!
Con la mano en el pecho, Flop respondió como cantando.
Entonces, desde la plaza, fuera del edificio, se oyó una voz: “Como to’a la vida, manito!”. Ni siquiera una pared bastaba para ocultar lo unidos que estaban los hermanos. Pero ni siquiera aquella prueba de su entrañable relación parecía bastar para calentar el corazón helado de Abel.
Abel, al oír la respuesta de Flop, resopló un pequeño “hmph” y…
—Natsuki Subaru, dijiste que recogiste a estos en la ciudad.
—No trates a la gente como objetos. Para empezar, si se describe la situación con precisión, lo correcto es decir que nos recogieron el señor Flop y los suyos.
—Lo importante es la esencia. No tengo tiempo para trivialidades. Pero, por primera vez, te elogiaré por haber vuelto. Bien hecho.
—No me siento elogiado... ¿Qué estás tramando?
Siendo sincero, la valoración de Subaru era que Flop y Abel no congeniaban.
Por eso había planeado que Flop esperara en la plaza y presentarlo en el momento oportuno, pero la reacción de Abel fue imprevisible para Subaru.
Eso sí, el interés de Abel no era la personalidad de Flop. Ni, por supuesto, la existencia de Medium, de quien solo conocía el volumen de su voz. Entonces, la respuesta era clara.
—Comerciante, ¿qué tan familiarizado estás con Guaral?
—¡Excelente pregunta, señor alcalde! Puedo presumir de tener muchos conocidos en Guaral. Después de todo, es evidente que alejarse demasiado pone en riesgo la vida. Incluso para el comercio ambulante, hay que recorrer siempre los mismos lugares y acostumbrarse al camino.
—Suena a la delgada línea entre la prudencia y la cobardía...
Ante la respuesta de Flop, siempre rebosante de confianza positiva, Kuna exhaló un suspiro de asombro.
Pero, al oír la respuesta de Flop, Abel, tras la máscara de oni, guardó silencio. No… los oídos de Subaru captaron, levemente, un sonido que no era silencio.
Era un sonido pequeño que brotó de la garganta de Abel.
—Es un golpe de suerte. Un hallazgo, Natsuki Subaru. Un comerciante ambulante familiarizado con la ciudad seguro que conoce un pasadizo o dos.
—Oye, espera, Abel. ¿Pasadizo? ¿Qué estás diciendo?
—¿Otra vez buscas respuestas en los demás? Parece que no entiendes el sentido de mis repetidas preguntas. A semejante necio, no tengo palabras que regalarle.
Su manera de hablar irritaba a cada paso, pero Subaru no podía rebatir las palabras de Abel.
Para romper la conversación y marcharse dándole la espalda, Natsuki Subaru estaba demasiado solo, sin un solo aliado. Por eso, por más irritante que fuera, se puso a meditar.
No: sin necesidad de pensar, ya intuía a grandes rasgos lo que Abel tenía en mente.
Con solo oír la pregunta que acababa de hacerle a Flop, era evidente.
—Abel, tú no estarás pensando...
—Incluso una cabeza lenta, si la usas, puede encontrar la respuesta. Sí, es justo lo que estás pensando.
Devolviendo la mirada al Subaru de labios temblorosos y mejillas tensas, la mirada penetrante de Abel, tras la máscara, anunciaba un plan despiadado.
Y, para que lo supieran también todos los que no eran Subaru, Abel dijo…
—Haré caer la Ciudad Fortaleza de Guaral. Necesito esa ciudad como próxima base.
3
La caída de la Ciudad Fortaleza de Guaral: esa era la siguiente jugada que Abel planeaba.
Mientras su cerebro digería lo que se había declarado con tanta solemnidad, Subaru llegó de inmediato a una conclusión.
Que era un plan demasiado descabellado.
—...¿Quiere decir que entrarán en la ciudad usando un pasadizo?
Junto al Subaru que rechinaba los dientes ante el plan temerario, quien murmuró con voz serena fue Rem.
Rem, sentada con las piernas dobladas a un lado, observaba fijamente a Abel con sus ojos azul pálido. Una mirada que, más que fulminar, parecía querer escudriñarlo.
Ante eso, Abel se encogió de hombros con un “ni falta hace decirlo”.
—Ustedes también lo habrán visto: la ciudad está rodeada de murallas por los cuatro lados, y en la puerta principal, la única entrada, hay un control. Se necesita una vía para esquivarlo y entrar en la ciudad.
—Aunque lográramos entrar, había muchos soldados imperiales dentro de la ciudad. Aunque pudiéramos ignorar el control, creo que hay demasiados enemigos.
Ante el Abel que ordenaba los obstáculos para la caída de Guaral, Rem rebatió con lógica impecable. Abel resopló ante esa actitud, pero, por otro lado, la confusión de Subaru se hizo más profunda.
La causa era, por supuesto, ver a Rem discutiendo de frente con Abel.
Por el contenido de la discusión, la postura de Rem podía decirse que estaba del lado de Subaru, opuesto al ataque a Guaral.
Pero su forma de plantear el punto de vista era demasiado acertada. Como si, en el breve tiempo que había estado en Guaral, hubiera calibrado a fondo ese punto.
—Natsuki Subaru, ¿qué sabes tú de la diferencia de fuerzas entre ataque y defensa en una batalla?
—¿Eh? ¿La diferencia de fuerzas entre ataque y defensa...? ¿Algo como la regla del ataque triple?
—La regla del ataque triple... Vaya, bien dicho.
Ante la respuesta refleja de Subaru, Abel asintió con admiración.
La regla del ataque triple era una forma de pensar sobre las fuerzas en una batalla, según la cual era deseable que el bando atacante tuviera tres veces más efectivos que el defensor.
Esto se debía a la diferencia en la conciencia del objetivo entre ataque y defensa: mientras el atacante debía derribar al rival, el defensor no necesitaba derribarlo, sino que le bastaba con hacerlo retroceder o bloquear el ataque.
En este caso, las Shudrak, liderados por Abel, debían ocupar la ciudad para hacerse con Guaral, mientras que los soldados imperiales y los guardias apostados en la ciudad podían rechazar el ataque y, en última instancia, cumplir su objetivo con solo atrincherarse.
La idea era que se necesitaba esa cantidad de fuerza para compensar la diferencia en la tasa de cumplimiento del objetivo, pero…
—Es imposible reunir tres veces las fuerzas de la ciudad. Señora Mizelda, ¿cuánta gente hay en esta aldea?
—En total, ochenta y dos personas. Sumando a Abel y a ese hombre... a Flop, unos cien.
—No sé cómo contabilizas al tipo guapo, pero el caso es que somos apenas un centenar. Y esa ciudad, incluso calculando a la baja, tenía más del triple de efectivos, ¿no?
Dejando de lado la fórmula de cálculo de Mizelda, Subaru estimó así las fuerzas de Guaral.
La ciudad no llegaba a los diez mil habitantes, pero los guardias que velaban por su seguridad debían ser bastantes. Y, encima, se les habían unido los soldados imperiales a quienes habían incendiado el campamento.
Aquellos soldados imperiales, incluido Todd.
—Al menos tienes conocimientos básicos en la cabeza. Pero la razón por la que callaste no parece ser la preocupación por la diferencia de fuerzas, sino otro miedo.
—Es cierto que estoy cagado de miedo, pero también es cierto que la diferencia de fuerzas es terrible.
Con la sensación de que le habían leído el pensamiento, Subaru chasqueó la lengua, avergonzado.
De hecho, al oír que atacarían Guaral, el primer obstáculo que le vino a la mente a Subaru fue Todd. Con solo pensar en volver a enfrentarlo, las entrañas se le revolvían.
Para empezar, si se pensaba conforme a la regla del ataque triple, la cosa no tenía ni discusión.
—No se me ocurre cómo revertir esta diferencia de fuerzas, salvo que se nos una un soldado capaz de vencer a mil, o que el comandante enemigo resulte ser estúpido de remate.
—Por desgracia, no creo que se pueda esperar ninguna de las dos. Con la fuerza de las Shudrak se podría hacer huir a cualquier tropa mediocre, pero aun así, si nos envuelven en número, perderemos. Y, encima, he oído que el comandante enemigo es Zikr Osman. Un jugador sólido y aburrido, pero sin puntos débiles.
—Zikr... Ese nombre me suena.
La primera vez que lo oyó fue de boca de Todd, antes de que su relación se echara a perder.
Recordaba que el campamento imperial, ya incendiado, había tenido como comandante de operaciones a un tal Zikr. Creía que, al quemar el campamento, también habían dado cuenta de ese hombre.
—Los que estaban en el campamento eran soldados rasos. Para empezar, para ocultar el verdadero objetivo de la operación militar, la información que se les dio fue la mínima... Un General de Segunda Clase jamás iría al frente por una tribu minoritaria del bosque.
—Entonces, ¿el comandante se quedó en la ciudad desde el principio?
—De hecho, si nada hubiera salido mal, habrían conseguido un resultado más que suficiente. La falla de ese plan se debió a mi mando y... ah, sí, y a tu existencia, Natsuki Subaru.
Con retorcida malicia, Abel obligaba a Subaru a enfrentar la responsabilidad de la que quería apartar la mirada.
Rechinando los dientes ante aquello, Subaru se llevó la mano a la boca.
En cualquier caso, era muy probable que ese tal Zikr, el General de Segunda Clase, estuviera apostado en Guaral.
Según había oído, los rangos del imperio iban, de mayor a menor, de General de Primera Clase, General de Segunda Clase y General de Tercera Clase; y el segundo desde arriba era, a todas luces, un tipo de bastante nivel.
—Entonces, ¿qué? Estamos en inferioridad numérica, el comandante enemigo es un peso pesado de los que se cuentan con los dedos de una mano... y encima están en alerta porque hemos revuelto el avispero, ¿no?
—Exacto. ¿Comprendes ahora el peso de tu responsabilidad?
—¡Estoy diciendo que esto no tiene ni discusión!
Las críticas de Abel pinchaban la falta de previsión de Subaru una y otra vez, pero el problema estaba en otro punto.
En la actitud de Abel, que aun con tan pocas posibilidades de victoria no dejaba de insistir en la batalla. Subaru se mantenía firme en que era inútil siquiera intentarlo.
Y, para empezar…
—Yo estoy firmemente en contra de pelear. Ya te lo dije claramente cuando salí de aquí: yo... yo solo quiero volver a casa con Rem.
—Pero ya se ha demostrado que eso es difícil. ¿Crees que tus enemigos son solo los soldados imperiales que entraron en Guaral? ¿Puedes afirmar que estarás a salvo en otra aldea o ciudad?
—...
—Adondequiera que vayas, ya no puedes comprar tu paz. Te he dado tiempo para que lo sientas en la sangre. ¿O acaso el veneno aún no te ha hecho suficiente efecto?
La mirada burlona de Abel se puso a picotear el espíritu pusilánime de Subaru.
Sintiendo como si le desgarraran el cuerpo, Subaru exhaló un largo suspiro y se vio obligado a reconocer, por más que le fastidiara, que las palabras de Abel eran verdad.
Las penurias vividas en la Ciudad Fortaleza le habían levantado a Subaru un muro mental en su interior.
Aunque intentara huir del país llevándose a Rem, en cualquier lugar que no fuera Guaral, la misma inquietud y desconfianza no se disiparían jamás.
La autocomplacencia de Subaru se había perdido a cambio de cinco muertes.
—Entonces, ¿qué tal si te vendo al enemigo?
Tras pasar por la experiencia de verle cortar toda salida y escuchar reproches por su imprudencia, Subaru torció el gesto y lanzó esa pregunta.
Por un instante, el aire de la sala se tensó ante las palabras de Subaru. En el borde de su campo de visión, vio claramente cómo Rem, a su lado, abría los ojos de par en par.
Pero Abel, el que iba a ser vendido, soltó una risita y…
—Hmph. Por fin parece que te funciona la cabeza. Pero...
—Esa propuesta no se puede aceptar, Subaru.
Con una velocidad que no se veía venir, Mizelda desenvainó una daga y posó la hoja contra el cuello de Subaru.
Ante aquel movimiento fulminante, Subaru contuvo la respiración y alzó la vista hacia el rostro de la alta jefa, que se había movido en un instante. En la belleza de su mirada intensa, los ojos de Mizelda albergaban a la despiadada cazadora que llevaba dentro.
—Nosotros ya hemos decidido: lucharemos junto a Abel. Si esa es la voluntad de a quien el Ritual de Sangre reconoció como hermano de sangre, no hay otra opción.
—...Sé que es un descaro decirlo yo, que recuperé a Rem gracias a la fuerza de ustedes. Pero, en serio, ¿a todos les parece bien?
Mizelda irradiaba una determinación inquebrantable, pero la pregunta de Subaru la rebasaba.
Mizelda, que como jefa debía encarnar la forma de ser de las Shudrak, era imposible de convencer. Aun así, las demás Shudrak podían tener otra opinión.
Taritta, Kuna y Holly, presentes allí, quizá tuvieran otra opinión.
—Hace un momento este también lo dijo. La diferencia de fuerzas es abismal y el rival es un veterano temible. Sabía desde el principio que no había ninguna posibilidad de ganar luchando...
—Probablemente, Subaru esté equivocado~.
—¿Equivocado...?
Ante la pregunta de Subaru, que buscaba otras opiniones, quien respondió primero fue, contra todo pronóstico, Holly.
Holly, que había estado escuchando en un rincón de la sala mientras mordisqueaba carne seca, miró con sus ojos redondos al Subaru inmóvil y…
—No hables de ganar o perder: aunque nos retiráramos aquí, sería nuestra derrota~. Si no pudiéramos luchar por nuestros hermanos, el alma se nos mancharía~.
—¿El alma se mancharía...? ¿Hablas de cosas como el honor o dar la cara ante los espíritus ancestrales?
—Eso, eso: Subaru también lo entiende~.
Incluso con una sonrisa, Holly confirmó las palabras de Subaru.
Pero aquello no era la prueba de que se hubieran comprendido, sino la prueba de que era imposible comprenderse.
Subaru también entendía que existiera esa forma de pensar.
Pruebas invisibles como el honor o el nombre de la familia, que no contribuían directamente al cuerpo: era cierto que había quien las atesoraba y las cuidaba por encima de todo. Pero, por mucho que se llevara al extremo, era una forma de pensar que no podía coexistir con Subaru, para quien no había nada más valioso que la vida.
—¡Kuna! ¡Señorita Taritta! ¿Ustedes dos también piensan lo mismo!?
—Yo no tengo las ideas tan definidas como Holly o la jefa...
—...Sigo la decisión de mi hermana. Esa es mi voluntad.
—Ya veo...
Las otras dos, a las que había sacado el tema, tampoco le dieron la respuesta que Subaru esperaba.
Había pensado que quizá Kuna, algo desviada de la ortodoxia Shudrak, podría... pero también eso había sido un error de cálculo. Y Taritta, de obediencia absoluta a Mizelda, ni se diga.
Parecía que el punto muerto se prolongaría, pero…
—...Señora Mizelda, retire el arma. Esa persona no tiene la menor intención de entregar a Abel al enemigo.
Y quién más, sino Rem, fue quien le pidió a Mizelda que retirara la daga.
Al recibir su mirada, Mizelda entrecerró los ojos.
—¿Me das órdenes a mí, Rem? Tú no has pasado el Ritual de Sangre. Te permito quedarte en la aldea por petición de Subaru, pero no tienes ningún derecho a replicar.
—Entonces, con más razón debería retirar el arma. Esa persona pasó por la ceremonia... por ese Ritual de Sangre, y fue recibida como hermano de sangre. Herirlo no está bien.
—Mmm...
Mizelda intentó intimidar a Rem intensificando su mirada, pero, al recibir una respuesta tan firme, fue ella quien se quedó sin palabras. Al final, guardó la daga en su vaina con rapidez.
Tras liberar a Subaru, se quedó mirando fijamente a Rem y…
—Por ahora, tus palabras han sido las correctas. Pero si Abel y Subaru vuelven a discrepar, me pondré del lado de Abel. No lo olvides.
—¿Es porque la mirada de esa persona es la de un criminal redomado, acorde a su olor corporal?
—Unos ojos algo penetrantes también tienen su encanto. Pero a mí me gustan los hombres guapos.
La escena a punto de estallar se calmó, pero, para ser el último intercambio, fue una conversación que daba risa.
En fin, Subaru también se liberó de aquella situación en la que estuvo a punto de que le cortaran el cuello, y se acarició suavemente el cuello donde había estado la hoja. Luego, miró a Rem.
—...¿Qué deseas?
—...No, es que no sabía a cuál de las dos reaccionar: si a que me defendiste, o a que te pusiste a destrozar mi cara.
—No he hablado de tu cara. Era de tu mirada. Y de tu olor corporal. Me retuerce la nariz. Siéntate más lejos, por favor.
—¡¿Ahora dices que...!?
La actitud de Rem entró en una era glacial, y Subaru se sintió herido cuando ella se sentó más lejos.
Pero, en su interior, una confusión mucho más compleja atormentaba a Subaru. En realidad, no entendía por qué Rem había dicho algo que sonaba a defender a Subaru.
Porque, en la posada de Guaral, ella no había deshecho su equipaje.
—Me han interrumpido. Pero, aunque lograras escabullirte de los ojos de las Shudrak, la idea de venderme al enemigo sería inútil.
—...Gracias por recomponer el hilo. De paso, te pregunto: ¿por qué?
—Tú también pasaste un tiempo, aunque breve, en la ciudad. ¿Acaso no te enteraste de cómo se está gobernando ahora la capital imperial?
—¿Que cómo está la capital...? ¡Ah! ¡Cierto, es verdad! ¡Tú...!
Dándose una palmada en la rodilla, Subaru se puso en pie sin pensarlo. Y, atrayendo todas las miradas del lugar, llamó: “¡Señor Flop!”.
Flop, que daba vueltas a la cabeza sin poder seguir los cambios de la situación, se giró con un “¿mh?” y…
—¿Qué ocurre, señor esposo? Siendo honesto, estoy en el colmo de la confusión y el desconcierto. Sin poder seguir la conversación en absoluto, solo percibo que los temas van llegando a su clímax, ¡y eso…!
—Perdón por dejarle atrás, pero déjeme confirmar algo. Lo que me contó en Guaral: el edicto de la capital imperial... o mejor dicho, la declaración del Emperador.
—¿La declaración del Emperador? ¿Hablas de los líos de la capital imperial?
Flop chasqueó los dedos, y Subaru asintió ante su comprensión.
El recuerdo de los feroces intercambios que repetiría hasta seis veces contra Todd se le había grabado a fuego en el cerebro, pero aquella conversación con Flop también había tenido lugar en Guaral.
—La cuestión era que los líos de la capital imperial se habían extendido hacia afuera, y que el Emperador saldría personalmente a resolverlos, ¿no? Decía que era un anuncio sin precedentes...
—Así es. De hecho, es la primera vez desde que Su Excelencia el Emperador ascendió al trono. Aun así, tiene una trayectoria de gobernar el imperio hasta ahora. ¡No hay de qué preocuparse! ¡Viva el Imperio de Vollachia!
Levantando ambos brazos, Flop hurgaba sin querer en la herida vieja de Subaru.
En cualquier caso, el problema no era la alabanza, sino el movimiento del Emperador que acababa de mencionar.
—Si el Emperador se presenta en persona ante las multitudes, ¿qué puesto ocupas tú, y quién eres? ¿Puedes demostrar que no eres un chalado de remate que se cree emperador?
—¿Demostrarlo? ¿Y para qué necesitaría hacerlo?
—¿Qué?
Abel, sentado con una rodilla levantada, se rio de las dudas de Subaru con un resoplido. Luego, llevándose la mano al pecho, como para exhibir su propia existencia…
—Dejando de lado a los insensatos que me han declarado la guerra, si a estas alturas aún me tratas como a un insolente que acumula disparates, ¿cómo piensas explicarte la situación en la que te encuentras?
—Eso es...
—Deja de aferrarte a ideas simplonas que ni siquiera tú puedes creerte del todo, solo para obtener paz. Elimina a tiempo las posibilidades que no encajan, y lo que queda es la pura verdad.
Las palabras de Abel eran duras, pero Subaru era consciente de que su propio razonamiento cojeaba.
Que el hombre de la máscara de oni fuera un impostor haciéndose pasar por el emperador, y que Subaru y todas las Shudrak estuvieran siendo engañados por sus mentiras... era un giro sin salvación y, además, poco creíble.
De hecho, Abel había usado la fuerza de las Shudrak y la información extraída de Subaru para ganar la batalla contra los soldados imperiales. Era un hecho que no se podía achacar a un simple hábito de mentir.
—Pero entonces, ¿qué pasa con la capital imperial? Si va a tomar el mando directo, es imposible que el Emperador no aparezca en público.
—Entonces aparecerá. Un impostor muy parecido a mí... Para que no se note la ausencia del emperador, usaré al mejor de los dobles: Chisha Gold.
—¿Chisha...?
Era un nombre que no le sonaba, pero aquello significaba que era el doble del emperador... no, de Abel.
En un país donde vivía la ley del más fuerte, propia del imperialismo, era fácil imaginar que el emperador usara un doble para protegerse de asesinatos.
Pero que el enemigo usara a ese doble para arrebatarle el trono al emperador era un contrasentido en toda regla.
—Cállate. Soy consciente.
—Ah, ¿sí? Pues a mí me has traído un buen lío. Si al menos el imperio estuviera estable...
Los problemas de Subaru se habrían limitado a que Rem, sin memoria, le diera un trato gélido.
Debería haber estado en pleno viaje para escapar con esfuerzo del Imperio de Vollachia y reunirse con Emilia y los demás. Y, por una extraña ironía del destino, estaba en esta situación.
—Mmm, mire, señor esposo...
Quien llamó así al Subaru que hacía una mueca amarga fue Flop.
Frunciendo el ceño de su rostro de rasgos finos e inclinando la cabeza en un ángulo bastante pronunciado…
—Llevo un rato escuchando y me parece que estás manteniendo una conversación muy extraña con el señor alcalde. Para ser honesto, hasta la broma de hacer caer Guaral me tiene sorprendido...
—Broma... no, olvide eso. Verá, señor Flop, tenía pensado explicárselo...
—¡Ah, y me encantaría que me lo explicaras! ¡De lo contrario, no me quedará más remedio que tragarme lo que he oído y llegar a esta conclusión!
Diciendo eso, Flop apuntó con el dedo, enérgico, directamente a Abel.
Y entonces…
—¡La descabellada idea de que ese señor alcalde de la máscara sea Su Excelencia el Emperador!
—...
—¿Oh, oh, oh? Si te quedas callado en ese punto, me pones en un aprieto, señor esposo. Por suerte, tengo fama de sacar conclusiones precipitadas. Así que también tengo la flexibilidad de retractarme enseguida...
—Tú... eres la viva imagen de la deshonestidad.
Si pretendía ocultarlo, era una conversación carente de tacto.
Por eso, Flop, que escuchaba a un lado, llegó sin querer a la conclusión correcta. Y fue el propio Abel quien mostró su disgusto por el hecho de que Flop hubiera llegado a la verdad por sus propios medios.
Aunque Abel lo insultó con la mirada a través de la máscara llamándolo “deshonesto”, Subaru también se indignó.
—¿Que yo soy deshonesto? ¡No eres quién para decir eso! ¡Para empezar, yo también sé que no es algo que se pueda andar pregonando por ahí!
—Entonces deberías haber hecho esa evaluación antes de traerlos de vuelta. Parece que aún no comprendes bien la situación. Te di tiempo de sobra para pensar mientras te perseguían los enemigos en Guaral.
—...
—Con algo más valioso que tu propia vida a tu lado, ¿por qué transiges en tu pensamiento? Si no piensas ponerlo a tu altura, traerlo de vuelta desde el principio fue un error.
Al oír “algo más valioso que tu propia vida”, Subaru pensó en Rem, a su lado.
Las palabras que siguieron también le dolieron a Subaru como si le cortaran la carne. El argumento de Abel era simple y claro: le decía que, estando en la posición de tener que proteger a Rem, por qué escatimaba esfuerzos.
Por supuesto, Subaru no tenía intención de escatimar esfuerzos ni recuerdo alguno de haber transigido.
Pero, a los ojos de Abel, que llevaba su pensamiento mucho más profundo y lejos que Subaru, lo que Subaru pensaba era del todo insuficiente, inferior, ni siquiera digno de consideración.
Le estaba recriminando que no debía haber traído de vuelta a personas en quienes no se podía confiar lo bastante como para revelarles las circunstancias.
Abel exponía la ingenuidad de Subaru, que había pensado que no podía involucrar a Flop y Medium, y la descartaba con frialdad como una idea absurda.
—Yo...
—Permítame interrumpir un momento la conversación, ¡señor alcalde!
Subaru se quedó sin palabras, pero quien levantó la mano con ímpetu en su lugar fue Flop.
Se adelantó con decisión, se sentó con las piernas cruzadas dejándose caer con fuerza, y quedó frente a Abel.
—¿O acaso no es usted el señor alcalde? ¿Cómo debo llamarlo entonces?
—Ahora no tengo ningún título. Me llamo Abel, pero puedes llamarme como quieras.
—¡Entendido! Entonces, como tiene su encanto, seguiré llamándolo señor alcalde.
Con una risa franca, Flop se dio fuertes palmadas en ambas rodillas y…
—Me da miedo que no me lo niegues, pero quiero retomar el tema de antes. El señor alcalde me preguntó por los pasadizos de la ciudad...
—Sí, lo pregunté. ¿Tienes alguna idea, comerciante?
—¡Sí! Estuve a punto de responder que sí, y lo siento. ¡Pero si se va a usar para atacar Guaral, no puedo responderle!
Extendiendo la palma hacia delante, con el rostro radiante, Flop lo afirmó con rotundidad.
Ante aquella declaración tan tajante, hasta Subaru, que escuchaba a su lado, abrió mucho los ojos. Quizá, tras la máscara de oni, Abel también entrecerró levemente los ojos.
Tanta seriedad, que no se reflejaba en su tono, había en las palabras de Flop.
—...
Flop destacaba por sus acciones bastante extravagantes, pero no era tonto.
Él también había deducido que Abel, ante sus ojos, era alguien de una posición muy elevada. Como no era ni confirmado ni negado, se podía decir que era una conjetura cercana a la certeza.
Es decir, le había plantado un NO al presunto emperador.
—...¿Eres consciente de lo que eso significa?
—Por supuesto que sí, señor alcalde, que no es nadie. Si se trata de ir a la guerra, me niego. También quiero evitar hacer daño a alguien con mis propios conocimientos.
—Es un sueño. En la realidad, la malicia ataca sin considerar tus circunstancias. ¿Piensas extender la palma ante todo eso y suplicar que se retiren?
—¡Si es necesario, sí!
—Aunque lo hicieras, no daría resultado. Esto es el País de los Lobos.
Al afirmarlo, de todo el cuerpo de Abel emanó una aura espectral que helaba y atravesaba.
No era cuestión de cantidad de fuerza, sino una presión aterradora en la que se manifestaba la magnitud de su existencia. Hasta Rem, que de haber luchado habría podido aplastar a Abel, y las Shudrak contuvieron la respiración y se pusieron tensos.
Por supuesto, Subaru fue intimidado hasta el punto de que su respiración peligraba. Flop no era una excepción.
Pero Flop, aunque estaba expuesto al aura espectral del emperador…
—Aun en el País de los Lobos, las ovejas también viven. Si un lobo viene a morderme el trasero, subo al carro de bueyes y huyo con mi hermana. Es lo que he repetido hasta hoy, señor alcalde.
El alegato de Flop, con las mejillas tensas pero sin perder la sonrisa.
Al oírlo, el aura espectral que emanaba de Abel se disipó de repente. Al instante, la presión que había invadido la sala de reuniones desapareció, y Subaru recuperó la libertad de respirar.
Pero, aunque recuperó el aliento, la calma interior no volvió a Subaru.
—F-Flop...
La sonrisa de Flop, que lanzó una mirada fugaz al Subaru que lo llamaba con voz ronca, resultaba deslumbrante.
Tenía un matiz cercano a la sonrisa amarga, pero no había arrepentimiento en el perfil de Flop. Pero, aunque él no se arrepintiera, en el pecho de Subaru, que lo había traído, el arrepentimiento no hacía más que crecer.
Después de todo, Flop había contradicho de frente al emperador de Vollachia.
Si por eso se ganaba su desagrado, Abel, que controlaba a las Shudrak, podría hacer con Flop lo que quisiera.
Pero, en contra de los temores de Subaru…
—...Contra lo que sugiere tu discurso blando, parece que tienes agallas. Eres un tipo problemático, comerciante.
—¿De verdad? Y yo que presumía de tener un rostro que cae bien a la gente.
—Lo confirmo.
Abel, que había retirado su aura, no dirigió la punta de su ira hacia Flop.
Flop, por su parte, respondió sin que se supiera si era consciente de haber hecho equilibrios peligrosos. A la declaración de Mizelda, NO COMMENT.
En cualquier caso, fue un intercambio sorprendente. Tanto por el temple de Flop como por la actitud de Abel, que parecía aceptarlo de buen grado. Habría jurado que…
—...Creía que el señor Abel era alguien mucho más testarudo.
—¿¡Espera, Rem!?
Subaru abrió los ojos de par en par ante la frase de Rem, que parecía reflejar lo que él pensaba.
Era cierto que le sorprendía, pero no lo había dicho porque no ganaba nada con decirlo. Y, al decirlo Rem, la máscara de oni de Abel se giró hacia ella.
—Menuda subestimación. Para empezar, ¿qué esperas que le haga?
—...Creía que al menos lo torturarías para sonsacarle la información.
Rem, que respondió así a la pregunta de Abel, era demasiado honesta en su impresión.
Aunque tampoco era una opción que Subaru no hubiera considerado. Si Abel quisiera doblegar a Flop a su voluntad, no sería raro que ordenara a las Shudrak hacer algo parecido a la tortura.
Pero Abel, ante esas palabras, se encogió de hombros y respondió: “es inútil”.
—Es cierto que, a veces, el dolor es el mejor medio de negociación. Pero la fiabilidad de la información obtenida así es terriblemente baja. Los humanos mienten con toda tranquilidad para escapar del dolor inmediato.
—...
—Y, además, en ese caso tienes una mirada que dice que te harías escudo a costa de tu vida.
Abel evaluó así la mirada de Rem, que lo observaba fijamente.
Al mirarla, en el perfil de Rem, con las mejillas tensas, había una solemnidad trágica que amenazaba con borrar su encanto. Aquel perfil evidenciaba que la evaluación de Abel era cierta.
—No puedo cometer la estupidez de reducir mis efectivos para obtener información poco fiable. Por eso, negociación.
—¿Negociación?
—Comerciante, compraré los conocimientos que posees. Que sea una negociación con ese fin.
Bajando la rodilla que tenía levantada y sentándose con las piernas cruzadas, pesadamente, habló Abel. Flop, con los ojos muy abiertos y una sonrisa en los labios, se enfrentó a Abel.
Y entonces…
—¡Cuando oigo la palabra negociación, la sangre de comerciante me hierve! ¡Pero lo diré claro: soy muy testarudo! ¡Aunque me partan la cabeza, no aceptaré lo que no pueda aceptar!
Y con ello lo afirmó con rotundidad.
4
—Eso de “aunque me partan la cabeza” no tiene nada de gracia... No tiene nada de gracia, señor Flop.
Recordando la perorata con la que Flop acababa de iniciar su batalla de negociación, Subaru hizo una mueca amarga.
Flop no lo habría dicho con mala intención, pero para Subaru, que había visto dos veces cómo le partían la cabeza, era una frase que lo tomaba por sorpresa.
—...
Entrecerrando los ojos, Subaru observó la sala de reuniones desde una colina algo alejada.
Dentro de la sala, todavía se desarrollaba la negociación entre Abel y Flop, la que llamaban “trato comercial”.
Era el duelo entre Abel, que quería un punto de apoyo para hacer caer Guaral, y Flop, que no estaba dispuesto a revelar sus conocimientos. Subaru estaba fuera de la sala porque Abel le había notificado, de hecho, que quedaba fuera de combate.
Le dolía. Pero Subaru no podía presentar ninguna razón para quedarse.
—...La negociación parece estar estancada, ¿no?
—...
A Subaru, sumido en la vergüenza, le llegó a la espalda la voz de una muchacha que le resultaba familiar. Una voz que, aunque le resultara familiar, querría oír una y otra vez.
Pero eso era cuando Subaru podía estar de ánimo tranquilo.
—Rem...
Al volverse, vio a Rem apoyada en su bastón en la suave pendiente de la colina. Ante su mirada fija, Subaru encogió los hombros como si estuviera clavado en el sitio.
Aunque estaba frente a Rem, su corazón, lejos de latir con alegría, se enfriaba.
La razón era clara: durante los días que tardaron en volver a la aldea de las Shudrak, había apartado la mirada, usando la ira hacia Abel como excusa, de la conducta inexplicable de Rem en Guaral.
Había un límite para seguir apartando la mirada de lo desagradable y apañárselas sobre la marcha. Al final, aquello siempre acababa por alcanzarlo, y no le quedaba más remedio que enfrentarlo.
Como ahora, que se veía obligado a enfrentar los ojos serios de Rem.
—No cede por mucho que diga el señor Abel. El señor Flop es sorprendentemente testarudo, ¿verdad?
—...Sí, es admirable. Rodeado de las Shudrak, tener el valor de decir que no quiere ayudar a herir a nadie con sus conocimientos... es increíble.
Observó el devenir de la negociación durante un rato, pero la conversación estaba estancada ante la tozudez de Flop. Abel cedía prometiendo reducir al mínimo las bajas humanas, pero no era un golpe decisivo.
Y, aun así, Subaru sentía alivio ante la actitud obstinada de Flop.
Porque, además de él, había alguien que rehuía la guerra y contradecía de frente a Abel.
Pero…
—No creo que se pueda decir tan a la ligera que es admirable.
—...¿Qué?
En contraste con Subaru, que veía a Flop con buenos ojos, Rem lo dijo en voz baja. Ante el Subaru que abrió los ojos sin querer, Rem continuó con el rostro inexpresivo y una mirada serena.
—No quiero herir a nadie con mis conocimientos: entiendo ese sentimiento. Pero ¿y el daño que resulte de que el señor Flop no revele sus conocimientos? ¿No se puede decir que también eso hiere, y con conocimientos?
—Eso es... retorcer las cosas. Echarle a Flop hasta el daño que nace de que no hable es una simple acusación infundada.
—Puede ser. Pero creo que huir eternamente no es realista.
Ante Abel, que había dicho que esto era el País de los Lobos, Flop había declarado que la oveja huiría.
Y Rem habló con pesimismo—no: con realismo—de que eso era un sueño. Ella también era una de las que habían estado en Guaral. Conocía de sobra la tenacidad de los soldados imperiales.
Rem estaba preguntando si podrían seguir sacudiéndose aquella persecución despiadada en el futuro.
—Pero espera. Espera, Rem. Lo que dices es descabellado. Tú misma dijiste que odias la guerra. Y, sin embargo, esa manera de hablar tuya...
—...
—Suena como si estuvieras aceptando la idea de luchar.
Con la garganta temblorosa, a Subaru no le salían las palabras.
Pero, como dice el refrán de que los ojos hablan más que las palabras, aquel frágil diálogo entre Subaru y Rem transmitía sus sentimientos no solo con las palabras, sino también con la mirada.
El tono trágico que albergaba aquella mirada le pareció a Subaru el mismo que cuando había discutido con Abel en defensa de Flop.
—...No te entiendo, y me duele.
Al ver la actitud de Rem, Subaru soltó sin filtro la emoción que le había brotado en el pecho.
Estaba sinceramente feliz de que ella hubiera despertado.
Creía que la tristeza de que no recuperara la memoria tendría alguna solución.
Pero, en un imperio donde no podía confiar de corazón en nadie, la actitud poco cooperativa de Rem, a quien debía llevar de vuelta junto a Emilia y los demás, se le clavaba en los pies como una flecha.
Cada vez, el dolor lo hacía querer encogerse sobre sí mismo.
—...Tú no deshiciste el equipaje en la posada de Guaral, ¿verdad? Gracias a eso pudimos escapar más rápido, pero me quedó dando vueltas todo el tiempo.
—Eso fue...
—Cuando se llega a una posada, la mayoría de la gente se relaja o guarda el equipaje, supongo. Claro, es posible que tú no seas así. Pero...
No quería decir lo que seguía.
Habría preferido seguir apartando la mirada, pero, sintiendo que ya no podía evitar mencionar la conducta inexplicable de Rem, ya no pudo seguir haciéndolo.
Por eso…
—Pero tú estabas intentando huir de mí otra vez, ¿no?
—...
El silencio de Rem se le clavó, y Subaru sintió su corazón sangrar.
Pero una costra que ya había arrancado no volvía a cumplir su función. Sin importarle que la sangre fluyera y la herida quedara al descubierto, solo le quedaba arrancarla del todo. Soportando el dolor.
—Que no puedas... que no puedas confiar en mí, está bien. Me duele, pero lo entiendo. Sin ningún recuerdo, para ti soy alguien con un olor imperdonable, y no tienes ninguna razón para creer en mí. Entiendo que quieras alejarte porque no puedes confiar en mí.
—...
—Pero es verdad que hay gente que espera tu regreso... que te quiere. Si me odias, no tienes que dirigirme la palabra. Aguanto incluso que me apartes la mano. Pero deja de intentar alejarte.
—...
—Te lo pido: no me... no me dejes fuera de tu vida.
Su voz suplicante temblaba, y sus ojos parecían empañarse por las lágrimas que se acumulaban.
No hacía más que exponer ante Rem aquella figura patética e insoportable.
Una figura que jamás habría mostrado a Emilia, a Beatrice ni a los demás compañeros.
Al menos, Subaru se había esforzado a propósito por no mostrársela a sus compañeros. Aunque no se supiera si de verdad lo había logrado, así lo había hecho.
Porque había decidido que solo ante Rem mostraría su debilidad.
Pero eso no significaba, en absoluto, que quisiera cargar a Rem —sin memoria, sin apoyo, desamparada en tierra extranjera— con el peso de Natsuki Subaru.
—...
Ante la patética súplica de Subaru, Rem no dijo nada.
Aun así, con la vista a punto de nublarse por las lágrimas, Subaru no apartó los ojos de ella, y ella tampoco intentó apartar los suyos de Subaru.
Y un silencio los envolvió por un momento…
—No era...
—...
—No era que quisiera abandonarte.
Así, con torpeza, eligiendo las palabras, dijo Rem.
Era una actitud que, hasta entonces, Rem jamás había mostrado ante Subaru.
Unas palabras que cuidaban de Subaru, al que debía considerar un objetivo a vigilar, y que procuraban no herirlo.
Y tenían una resonancia que hacía creer que no eran un invento salido de la angustia. Aunque quizá incluso eso no fuera más que la esperanza de Subaru.
—Tú...
Aferrándose a aquella esperanza frágil, a un hilo al que no debía aferrarse, Subaru intentó elegir las palabras.
Qué pensaba Rem, qué deseaba, qué creía al decirlo.
Sin saber siquiera si debía conocer esa respuesta, con el único deseo de no terminar la conversación con ella, Subaru intentó seguir hablando.
Pero…
—¡Aaah uuuh!
—¡Uah!?
Antes de eso, alguien se le abalanzó con un golpe a la altura de la cintura, y el cuerpo de Subaru rodó por la colina.
Con el ambiente roto de golpe, Subaru, aturdido, sacudió la cabeza preguntándose qué pasaba.
—¡Ru! ¡No está bien subirse encima de Su! Uu la detuvo: Ru lo hizo por su cuenta.
—¿U-Utakata...? ¿Entonces esto es...?
Quien se disculpó con cara inocente fue la muchacha Shudrak, Utakata. Y, donde apuntaba su mirada, la muchacha de cabello dorado que montaba a horcajadas sobre el pecho de Subaru era…
—Estábamos en medio de una conversación importante. Bájate ahora mismo.
—¿Ah?
Con el trasero aún sobre Subaru, Ruy le dio palmaditas en la mejilla. Apartando aquella mano con fastidio, Subaru fulminó con la mirada a la Ruy que tenía a un palmo.
—Nada de “ah”. Utakata, por favor.
—Como lo pide Su, la obedezco. Uu, buena esposa y madre sabia.
Sin que se supiera si entendía el significado de sus palabras, Utakata tiró del brazo de Ruy para que se levantara. Ruy, no obstante, estaba muy contrariada, y Subaru, que se incorporó, exhaló un profundo suspiro.
—Y todavía sin saber qué demonios eres tú...
Arzobispo del Pecado, ser maligno, la “Gula”: Ruy Arneb.
Para adornar a la muchacha que tenía delante, se le ocurrían insultos y lindezas de sobra. Pero aquella muchacha no se superponía con la que había encarnado todos esos calificativos.
La muchacha malvada de entonces no había ayudado a Subaru, ni se había preocupado por él, ni le había sonreído con inocencia.
Pero…
—Ruy.
—¡Uuh!
Al oírse llamada así, el rostro de Ruy se iluminó de golpe y corrió hasta Rem.
Como si hubiera aprendido a lanzarse a los brazos de Rem, que se apoyaba en su bastón, Rem recibió el salto de Ruy, no demasiado impetuoso, y le acarició suavemente la cabeza.
Tuvo sentimientos encontrados. Y pensar que ella era la Arzobispa del Pecado de la “Gula” que había sido parte de la situación actual de Rem…
—Tus ojos...
—¿Eh?
—Tu manera de mirar a esta niña me desconcierta. Esta niña está tan apegada a ti, y sin embargo, tú..
Subaru guardó silencio ante la Rem que murmuraba eso con Ruy aferrada a su cintura.
¿Era la continuación de las palabras que antes no pudieron seguir? Su verdadera intención, a punto de revelarse.
Pero, por más que esperó, Rem no hiló las palabras siguientes, y Subaru cerró los ojos…
—...¿Qué quieres que haga por ti?
La frase que por fin logró soltar era, sí, la cumbre de la humillación.
Era una manera cobarde de dejar la respuesta en manos de Rem.
Pero, si tanto las palabras como las acciones que Subaru eligiera iban a ser rechazadas por Rem, no le quedaba otra. Preguntarle directamente qué deseaba Rem, qué quería que hiciera.
Y, si la respuesta que ella soltara fuera algo que Subaru no pudiera cumplir, quizá entonces llegaría la ruptura definitiva de su relación: así, con ese miedo, preguntó.
Y, ante esas palabras de Subaru, ella contuvo el aliento por un momento…
—...No quiero que haya una guerra.
Dijo.
Eso… Subaru podía aceptarlo. De hecho, cuando el campamento imperial fue incendiado, ella, creyendo que Subaru lo había orquestado, le había arremetido con una furia descomunal.
Rem no deseaba la guerra. No le gustaba. De eso no había duda.
Por eso pudo convencerse de que su argumento no había cambiado en nada.
Pero, justo cuando Subaru estaba a punto de convencerse, Rem continuó.
—Pero también creo que no podemos seguir huyendo. Que las palabras del señor Flop no son realistas. Y...
—¿Y tampoco puedes apoyar la opinión de Abel?
—...No.
Con un leve movimiento de barbilla, Rem asintió ante la pregunta de Subaru.
Aquel asentimiento tímido era la prueba de que ella misma era consciente de estar diciendo algo descabellado… con razón.
Apoyar la opinión de Flop, que no quería luchar, y al mismo tiempo suscribir la de Abel, que decía que no había más remedio que luchar: era una forma de pensar que podía llamarse la personificación del oportunismo.
Siendo sincero, hasta Subaru pensaba que ojalá una opinión tan conveniente pudiera prosperar.
No quería luchar. Pero tenía que luchar.
No quería quitar vidas humanas. Aun así, tenía ante sí una guerra en la que no tendría más remedio que quitarlas.
Si tenía que chocar con esa dualidad que envolvía la vida…
—Tú...
—¿Ah?
Subaru, con una mueca amarga, se solidarizaba con las ideas contradictorias de Rem. Pero, hacia ese Subaru sumido en la angustia, Rem, con Ruy en brazos, dirigió sus ojos azul pálido.
Y, hacia el Subaru que contenía la respiración, como reuniendo una vez más una pequeña determinación…
—¿Tú... podrías hacer algo al respecto?
Dijo, casi como si se aferrara a él.
Al recibir esa pregunta, Subaru se quedó rígido como si un rayo lo hubiera alcanzado.
Era era una pregunta demasiado, demasiado despiadada.
Aún más cruel si se comparaba con el Subaru que se definía a sí mismo como cobarde, como miedoso.
El no querer luchar y el saber que no había más remedio que luchar: la tercera respuesta, que no era ninguna de las dos opciones... eso era lo que Rem le pedía a Subaru.
¿Por qué? Ella, que lo había olvidado todo, que había perdido la confianza y el cariño hacia Natsuki Subaru, que sentía desconfianza y repulsión por el hedor que lo rodeaba, ¿por qué le hacía esa pregunta a Subaru?
¿Por qué Rem le dirigía a Subaru una mirada tan aferrada?

—...
Aquella pregunta terriblemente unilateral, que se podía llamar egoísta, encendió a Natsuki Subaru.
Habría estado permitido enfadarse, insultarla a gritos, recriminarle su capricho.
Era tan así, que la elección de Rem tenía que haber sido de lo más egocéntrica.
Pero lo que brotó en Subaru en ese instante fue un sentido del deber que surgía del fondo del alma.
—Yo...
Tenía que luchar. Tenía que resistir.
Sentía que tenía que destrozar la realidad presente.
Flop O'Connell, que rehuía la guerra y se negaba a revelar sus conocimientos.
Vincent Abellux, que se preparaba para la guerra inevitable y buscaba ganarse la supervivencia.
Los dos se habían aferrado a opciones casi inevitables dentro de sus circunstancias.
Natsuki Subaru tenía que encontrar una respuesta, un camino, distinto al de esos dos.
¿Y por qué? Porque…
—Porque yo soy el héroe en quien Rem creyó.
Y porque era el hombre que, con su tozudez para no rendirse como única arma, había seguido luchando en este otro mundo.
Una filosofía que dejara de funcionar solo porque hubiera cruzado una frontera no era lo que había guiado los pasos de Natsuki Subaru hasta hoy. Eso creía.
Los días en que conoció a Emilia, fue salvado por ella y corrió a toda velocidad para salvarla.
El juramento de tomar la mano de Beatrice, sacarla de la biblioteca prohibida y decidir estar juntos.
El presente en que se había definido a sí mismo como quien salvó a Rem, fue salvado por ella, fue amado y respondía a ese amor y confianza.
Todo aquello encendía la sangre de Natsuki Subaru, exigiéndole que cambiara esta situación limitada.
Algo, algo: tenía que haber algo.
Los días en el Reino de Lugunica, los días desde que fue arrojado al Imperio de Vollachia, la gente que había conocido, los enemigos a los que se había enfrentado, quien estuviera a su lado, quien lo esperara más allá: todo se convertía en materia prima.
Piensa, razona, imagina, atrapa las posibilidades posibles.
En este mundo donde absolutamente todo el mundo era superior a él, la única forma de luchar que le quedaba a Natsuki Subaru era su tenacidad para aferrarse a la vida y su astucia.
Entonces, entonces, entonces, entonces…
—...Ah.
Subaru, que había abandonado la sala de reuniones abatido por la impotencia, dominado por la sensación de derrota, sin poder hacer nada.
En la mente de aquel Subaru, una idea brotó como un rayo.
Atrayendo hacia sí aquella posibilidad, casi una broma pesada, Subaru examinó con seriedad si podía elevarla hasta convertirla en un plan sólido.
—...
Los ojos de Rem observaban fijamente al silencioso Subaru.
Ella le tapó la boca a la Ruy que estaba a punto de armar escándalo, contuvo a la Utakata que inclinaba la cabeza a su lado para que no soltara palabras de más, y miró a Subaru.
Ella, que se suponía no tenía memoria, con una mirada igual a la de cuando sí la tenía.
Como si creyera que Natsuki Subaru alcanzaría una respuesta a la que nadie más podía llegar.
Y entonces…
—Rem.
Rem se enderezó ante el Subaru que murmuró aquello con la mano aún en la boca.
No hubo respuesta. De algún modo, ella también comprendía que no se la pedía.
Pero, sin percatarse de la reacción de Rem, Subaru contuvo la respiración en silencio y continuó.
—He encontrado la respuesta a lo que yo haría.
5
Con pasos pesados, pisando la tierra dura, empujó la puerta de la sala de reuniones.
Y el hombre de la máscara de oni, al ver aparecer a Subaru, resopló con disgusto. Con una actitud que parecía decir que no estaba invitado.
—¿Qué quieres, Natsuki Subaru? No tienes nada que hacer aquí si no puedes ofrecer una opinión constructiva.
De hecho, le dijeron que no estaba invitado, pero los pies de Subaru no se detuvieron.
Abel, que quizá perdonaría la irreverencia de Flop, difícilmente perdonaría la de un Subaru sin convicciones. Se acercó a él y miró de frente, desde arriba, aquella máscara de oni aterradora.
—¿Ha avanzado la charla, bastardo?
Subaru extendió la mano y arrancó por la fuerza la máscara de oni del rostro de Abel.
Ante aquel gesto sin vacilación, hasta Mizelda y las demás Shudrak abrieron mucho los ojos. Y ni hablar de Flop, que veía por primera vez el rostro descubierto de Abel.
Pero Subaru no reparó en esas reacciones. Ante su pregunta, Abel esbozó con crueldad una sonrisa que helaba la espalda, negó levemente con la cabeza y…
—La negociación va mal. Este comerciante es más terco de lo que esperaba.
—Ya veo. Entonces, en lugar de ti, que no sabes convencer a nadie, lo convenzo yo.
—¿Qué?
Con una satisfacción maliciosa, Subaru miró desde arriba el rostro de Abel, que fruncía sus bien formadas cejas.
Luego, Subaru se giró hacia Flop.
Flop, que aunque sin confirmación había estado discutiendo de frente con el presunto emperador, desconcertado por el cambio en el semblante y la actitud de Subaru, lo llamó: “¿Señor esposo?”.
Y, ante los dos, que albergaban dudas de distinta índole, Subaru anunció.
Su contenido era…
—Tengo un plan para lograr que Guaral se rinda sin derramamiento de sangre. Si se trata de una batalla donde no corra sangre, ¿no podría darse un arreglo en el que ambas partes cediéramos un poco?