Se Cierra el Telón - La Balada de Batalla
Se Cierra el Telón
La Balada de Batalla
Sección 1
Estaba lloviendo el día del funeral.
—Apuesto a que habría sido de las personas que dicen: «Este es el clima adecuado para un funeral» —Conwood, a quien realmente no le sentaba bien su traje formal de Caballero, miró al cielo mientras decía eso.
Wilhelm asintió y dijo: «Sí, seguro» en respuesta a sus palabras jocosas. Aunque no solo fue él quien respondió así, todos los demás que lo oyeron también alzaron la voz en señal de acuerdo y conformidad.
Ella era el tipo de mujer a la que le gustaba decir cosas que podían poner nerviosa a la gente. Después de conocerla durante tanto tiempo, todos habían tenido al menos una experiencia en la que se llegaron a hartar de su actitud.
Por eso los hombres presentes podían compartir fácilmente lo que sentían por ella. Incluso el ramo de flores blancas que Conwood le había ofrecido daba la impresión de que no le sentaba bien a este hombre rudo.
Habían pasado más de diez días desde que «La Subyugación del Dragón De la Plaga» tuvo lugar en la Ciudad Comercial de Picoutatte.
El Reino entero se había angustiado al descubrir una nueva batalla que comenzaba apenas unos años después del fin de la Guerra Semihumana, y la participación tanto de un Dragón maligno como de uno bondadoso trajo de nuevo a la memoria el pacto que el Reino había hecho con el Dragón Divino.
Irónicamente, las acciones de Stride habían infundido nueva vida al Reino Dragón de Lugunica.
Los planes para restaurar la ciudad devastada ya estaban muy avanzados, y la gente despertaba gradualmente de su dolor y comenzaba a caminar hacia el mañana cargando su pena. Este funeral de estado se encontraba entre los rituales necesarios para ese proceso.
Y entonces…
—Usted debe ser el señor Wilhelm. Mi Madre me ha contado mucho sobre usted —se lo dijo un niño que aún no había cumplido los diez años, haciéndole una profunda reverencia.
Tenía el cabello de color añil hasta los hombros, un rostro bien proporcionado que hacía presagiar su futura apariencia apuesta, y vestía ropa formal sobre su cuerpo esbelto y prejuvenil. Miraba fijamente a Wilhelm con sus ojos azul y amarillo.
Incluso sin ese rasgo distintivo, Wilhelm no habría tenido problemas para encontrar otros rastros de Roswaal J. Mathers, su compañera de armas que cayó en aquella batalla.
—Soy un Caballero del Reino, Wilhelm van Astrea. Su Honorable Madre me ha ayudado mucho. Tengo una gran deuda con ella. Mi esposa y yo le debemos todo.
—… —el joven no respondió.
Wilhelm continuó:
—Nunca tuve la oportunidad de decírselo a su Honorable Madre, pero le estoy muy agradecido. Ella asumió una gran carga. Quiero pagar esa deuda. Si alguna vez se encuentra en problemas, si alguna vez necesita algo, solo dígamelo.
Wilhelm hizo una pausa y se arrodilló. Se quitó su amada espada de la cadera, con funda y todo, y la depositó a sus pies. Luego miró fijamente al muchacho y dijo:
—Le prestaré mi fuerza.
Así le juró a Karl Mathers, el recuerdo viviente de su amiga perdida, con la más elaborada cortesía que un Caballero podía ofrecer.
La palabra de un Caballero era su vínculo. Sin importar la dificultad o el peligro, este juramento no se rompería.
—Imagino que mi Madre debe estar pataleando en algún lado por haberse perdido la visión del Demonio de la Espada juramentándose ante su hijo —dijo Karl con una leve sonrisa, y Wilhelm quedó desconcertado por esa expresión.
La solitaria suavidad de sus labios, esa sensación de que el muchacho miraba algo preciado, se parecía tanto a su madre.
—Lord Karl, usted… No, espere. Cuando herede el puesto, también heredará el nombre, ¿correcto?
—Sí, eventualmente. Pero no de inmediato. Pasará un tiempo antes de que me haga llamar Roswaal. Hasta entonces, por favor, llámeme Karl.
Wilhelm dudó:
—Me dijeron que el nombre original de su Honorable Madre era Julia. Lo supe cuando grabaron la lápida.
—Es costumbre que los que ostentan este cargo mantengan en secreto sus nombres originales una vez que lo heredan. Pueden revelarlo a su cónyuge, o tal vez a un amigo muy cercano —Karl guiñó un ojo, dejando solo su ojo azul visible.
—Lo entiendo —Wilhelm suspiró y asintió.
Había conocido a Roswaal durante cinco años, y ella nunca había mencionado el tema de su verdadero nombre con él. Probablemente nunca había planeado decírselo.
Supuso que no era porque su relación hubiese sido superficial.
—Para mí, su Honorable Madre será siempre y para siempre Roswaal.
—Seguro que mamá también pensaba así, por eso no se lo dijo.
Ante eso, Wilhelm tuvo que detenerse a reflexionar sobre una inesperada sensación de plenitud. El muchacho, a lo sumo, hablaba en nombre de su madre. Mas, por alguna razón, Wilhelm sentía casi como si fuera la propia Roswaal quien se lo decía.
Pero eso sería demasiado sencillo.
—Guardaré sus palabras cerca de mi corazón —dijo Karl—. En algún lugar, algún día, puede que necesite tomar prestada su fuerza, señor Wilhelm. Cuando eso ocurra…
—Superaré cualquier obstáculo para llegar hasta usted. En el juramento de un Caballero no hay falsedad.
Hubo una pausa, y luego Karl esbozó una pequeña sonrisa:
—Siento la mirada de mi sirviente sobre mí, así que supongo que debo retirarme.
Wilhelm pudo ver a Clind, el mayordomo, de pie a poca distancia detrás de Karl.
Se preguntó cómo estaría llevando el elegante joven la muerte de su Señora.
Una cosa no había cambiado: seguía sirviendo a la Casa de Mathers y cumpliría con su deber. Wilhelm podía verlo en su porte.
—Entonces debo despedirme por hoy. Nos volveremos a encontrar, en algún lugar, algún día.
Cuando el muchacho se dio la vuelta para marcharse, Wilhelm dijo:
—Lord Karl Mathers.
—¿Sí?
—Le ofrezco mi gratitud. A usted y a su Honorable Madre. Gracias. Les debo mucho.
Eran palabras sencillas, sin la formalidad ni la ostentación del juramento más sagrado de un Caballero; fue del mismo modo que le había hablado a la madre del muchacho.
Karl escuchó y, durante un segundo, se quedó con los ojos ampliamente abiertos. Luego dijo:
—Tenga cuidado de que no lo lastimen, para que viva una larga vida.
Con esas palabras, extrañamente adultas, se alejó, y esta vez Wilhelm lo dejó ir.
Sección 2
La cámara era demasiado sólida para llamarla propiamente una habitación de invitados.
Tenía un grueso suelo y muros de piedra, y estaba protegida por el efecto de un Meteor. Incluso el aliento de un Dragón necesitaría varios intentos para destruirla. Estaba custodiada día y noche por tropas de élite.
El asunto del «Deseo de Destrucción» quizás se había resuelto, pero Stride había dejado serias interrogantes tras de sí. No se podía estar seguro de que no apareciera algún imitador en el futuro, y la habitación mostraba la seriedad con que se tomaba esa posibilidad.
—Si no supiera más, muchacho, diría que esta habitación parece menos diseña’a pa’ mantener fuera a los intrusos y más pa’ mantener a alguien dentro.
—Mmm. Me sorprende bastante escucharlo decir eso, Honorable Consejero —Miklotov se encontraba en una habitación revestida de hierro dándole un tour a un visitante muy importante del Rey.
Incluso en su juventud, Miklotov había sido considerado un sabio y su majestad Gionis le tenía en alta estima. Otros afirmaban que poseía una astucia superior a su edad o que era un hombre cuyo ingenio no debía tomarse a la ligera.
Aun así, esa reputación no era más que adulación. Miklotov no podía evitar pensar esto al contemplar a la persona que había acomodado su enorme complexión en los límites de una silla demasiado pequeña, con visible aburrimiento. Se trataba de un miembro del Clan de los Gigantes, cuya existencia no podía revelarse, y que mostraba una abierta hostilidad hacia Miklotov… no, hacia todos los humanos del Reino. También era la persona que el Rey Gionis había acogido como consejero. Fue esta decisión la que confirmó para Miklotov que lo hizo palidecer en comparación con su Rey.
—«Consejero», ¡je! —dijo el Gigante—. Basta de tonterías. Tienes que estar loco pa’ estar solo en una habitación conmigo.
—Podría hacerme daño, pero ¿y entonces? Es usted quien no puede permitirse ser imprudente conmigo.
—¿Eso es sarcasmo? Ser imprudente cuando se supone que no podía serlo es lo que me trajo hasta aquí. ¿O me equivoco?
—Si definimos la imprudencia como el producto de estar acorralado, entonces quizás lo seas. Usted tenía otros planes, otras opciones. Eso es lo que lo salvó esta vez —Miklotov bajó la mirada y dejó que una nota de gratitud impregnara su voz.
—Tch —esto provocó que el Gigante chistara de forma ruidosa y para nada complacida.
—Debo preguntar por qué —continuó Miklotov—. Pensé que usted odiaba al Reino, que odiaba a los humanos. ¿Por qué nos ayuda?
—No odiaba. Yo odio. Los odio a to’os uste’es incluso ahora. Un fuego arde en mi corazón por arrancar de raíz a ca’ uno de uste’es, y no se ha extingui’o ni una sola vez en to’a mi vi’a.
—… —Miklotov no supo qué decir ante eso.
—Sin embargo, no rebajaré mis méto’os a los suyos. Si lo hiciera, mi gente en verda’ habría muerto en vano. Eso no es lo que deseo. Eso es to’.
Este Gigante estaba dispuesto a suprimir el odio inmortal que lo abrasaba por dentro.
A Miklotov se le ocurrió que esto podría hacer al Gigante incluso más terrible que cuando había sido abiertamente hostil, pero tuvo cuidado de no dejar que el pensamiento se reflejara en su rostro mientras se levantaba de su silla. No quería dejar que esto se prolongara demasiado e incurrir en aún más desagrado. Ya había expresado su agradecimiento e indagado sobre la razón de la cooperación del Gigante. Todo lo que quedaba era…
—No es que intente adularlo, pero ¿necesita algo? Sin su consejo, las cosas habrían ido incluso peor de lo que fueron. Me gustaría complacerlo, en la medida de mis posibilidades.
—Algo que necesite —murmuró el Gigante, y el odio en sus palabras era inconfundible.
—… —Le recorrió un escalofrío por la espalda a Miklotov.
Mientras él miraba, con los ojos ampliamente abiertos, el Gigante se encogió de hombros y comenzó a sonreír.
—¿Preguntas si hay algo que necesite, muchacho? ¡Si hay algo, entonces lo he necesita’o desde el día de mi nacimiento! ¡Porque mi gente, los semihumanos, no han si’o libres ni una sola vez!
—… —Miklotov no tuvo respuesta para esto.
—Mira ahora tu Reino de Lugunica. Aún no he lanza’o na’ contra uste’es. Pero algún día, las cadenas que me atan se romperán, y entonces sabrán… sabrán quién de nosotros merece realmente estar encadena’o.
Miklotov sintió vergüenza por haberse quemado descuidadamente en una herida no cicatrizada, en una llama imperecedera. Pero a pesar de la vergüenza, le preguntó al Gigante que vivía con esa herida y ese fuego:
—¿Puedo transmitir sus palabras textualmente a su majestad Gionis?
—… —el Gigante no ofreció respuesta, pero, para Miklotov, su silencio sonó como un deseo.
¿Recibiría alguna vez una respuesta, aunque fuera odiado, aunque fuera ridiculizado, aunque fuera abrasado por la llama de la ira?
—Mmm… Sé que yo pedí este trabajo, pero creo que aun así me llevé la peor parte —murmuró Miklotov, en voz suave para que nadie lo oyera, justo antes de salir de la habitación, y luego suspiró brevemente.
Sección 3
—Nunca imaginé que sería al único al que dejarían vivir en la deshonra.
Ocho Brazos Kurgan se encontraba en el lugar que se había convertido en su refugio, la fortaleza que marcaba las escaramuzas fronterizas entre el Imperio de Vollachia y el Reino, y exhaló un largo suspiro mientras contemplaba su arrepentimiento y su humillación.
Quizás era comprensible, en la medida en que su supervivencia era totalmente inesperada.
Devastado por su batalla con Wilhelm, el derrotado Kurgan debería haber perdido la vida allí mismo. Excepto que, antes de sucumbir, el poder curativo de la bendición del Dragón Divino había intervenido.
En consecuencia, de todos los miembros de la facción de Stride, solo él —el guerrero— había sobrevivido. Era profundamente irónico.
Y aun así, no había ningún rastro en su voz de que maldijera su destino. Si acaso, sus ojos parecían los de alguien que había pasado de estar poseído por algo a estar en paz. Parecía aceptar el resultado con calma.
Como si la derrota hubiera sido su más profundo deseo.
—No te veo muy afectado por ello. No me vayas a decir que decidiste retirarte mientras estabas ganando —dijo una voz.
—La victoria y la derrota carecen de valor cuando se trata de Stride. En tal sentido, siempre fue derrota tras derrota. Mas en sus postreros momentos, mi hijo cumplió su deseo largamente anhelado. Esto me provoca contento.
—¿Su deseo largamente anhelado…?
—Aquel era alguien que habría debido morir cual don nadie. Mas desafió toda razón y non feneció solo.
Wilhelm no tenía ni idea de qué clase de aspiración se le había concedido a aquel hombre. Lo más probable era que Kurgan tampoco lo supiera. Nadie podía saber lo que pasaba por esa mente.
Aquel hombre había pisoteado el mundo a su antojo y al final murió cumpliendo su descabellado deseo.
Vivió y luego murió. Aun así, aquel hombre tuvo a gente que había intentado quererlo, aunque no lo comprendieran.
—Que os vaya bien, Demonio de la Espada.
Esta vez, no intercambiaron más palabras entre ellos.
Kurgan no mostró ni un solo signo de resistencia hasta que lo entregaron al emisario del Imperio. Probablemente allí fue donde Kurgan trazó la línea como guerrero, o quizá como padre.
—¿Qué va a pasar con él en el Imperio? —preguntó Wilhelm a Bordeaux, que estaba a su lado, mientras veían salir el carruaje de dragón de la estación fronteriza rumbo al Imperio.
Bordeaux, que se había encargado del traslado, se cruzó de brazos y después habló:
—El Imperio nos debe mucho por esto. Su miembro de la Realeza Imperial que huyó de su país provocó un revuelo con la intención de derrocar a otra nación. Parece inevitable que nuestras relaciones se deterioren.
—Sería así si reconocieran la existencia de Stride, supongo.
—Sí, exactamente. Y te garantizo que no lo harán. Probablemente todo se reduzca a buscar un compromiso en el que el Reino tampoco lo reconozca.
—Vaya mierda. ¿Eso es política? —escupió Wilhelm.
—No has visto ni la mitad. Créeme, no soy mejor que tú para resolver problemas que no se puedan solucionar a golpes —dijo Bordeaux con una sonrisa torcida.
Tenía razón: era un mundo que ni él ni Wilhelm encontraban muy agradable. Pero a diferencia de Wilhelm, Bordeaux no tenía más opción que probarse a sí mismo en ese campo de batalla poco ideal.
—Esta será la última vez que empuñe mi hacha —dijo Bordeaux.
—… —Wilhelm no respondió.
—En la última batalla pude luchar junto a ti, Grimm, los miembros del escuadrón… y con Pivot. Me perdonaron la vida, e incluso pude contemplar la majestuosa figura del Dragón Divino. El espectáculo termina aquí para mí.
Viendo a Bordeaux ahora, nadie podía afirmar que se hubiera retirado por miedo o por exceso de filosofía. Wilhelm se preguntó qué podría decir en su lugar, pero al no encontrar las palabras, miró al cielo.
Las nubes se desplazaban empujadas por el viento, cambiando lentamente sus formas. El corazón de Wilhelm estaba desgarrado por el saber que el tiempo avanzaría, incesante, y que no hay nada que no cambie.
—Wilhelm —dijo Bordeaux.
—… —Wilhelm no respondió.
—Espero que tú —y tu corazón— nunca cambien.
Era inusualmente sentimental para Bordeaux, pero Wilhelm no pudo simplemente reírse para apartarlo. En cambio, el Demonio de la Espada miró a lo lejos en el cielo azul y juró en silencio atesorar esas palabras para siempre.
Sección 4
«Voy a dar el sí con Carol.»
Grimm le entregó torpemente un trozo de papel en el que había escrito tras un rato de beber juntos.
Estaban en su bar habitual, y la noche acababa de empezar a caer. El establecimiento estaba lleno de gente hablando, y el olor a alcohol flotaba en el aire, lo que lo convertía en el lugar ideal para perderse en conversaciones ociosas.
—¿Qué es lo que se debe decir aquí? ¿Ya era hora? ¿O felicidades?
«Ambos serían propios de ti.»
—Ya veo. Sí, supongo que sí. Entonces ya era hora, y muchas felicidades.
Los dos alzaron sus tarros e hicieron un brindis en celebración.
«Iba a dar el sí», en pocas palabras, iba a hacer su proposición de matrimonio. No era ningún secreto que ambos se querían de verdad y que llevaban tiempo saliendo. Tanto era así, que los que los rodeaban habían estado esperando ansiosamente cuándo sería.
Su diferencia de estatus social, ya que Carol era una noble y Grimm un plebeyo, había influido en su retraso. Aunque solo ellos dos lo veían como un problema; los demás que los conocían no pensaban que fuera para tanto
—¡Después de todo, tú hiciste más que nadie en esa batalla!
Nada menos que Grimm había recibido el mayor mérito de entre la gente de la Fuerza de Subyugación en los acontecimientos recientes.
Había peleado contra Stride, la mente maestra, rescatado a la capturada Santa de la Espada e incluso ayudado en la batalla contra el Dragón Negro. Era seguro decir que había desempeñado un papel activo en casi todas partes.
En consecuencia, Grimm recibió en silencio el honor de ser un Gran Caballero, lo que le daba las mismas cualificaciones que un noble, aunque solo durante su propia generación. Eso significaba que su diferencia de estatus con Carol había desaparecido.
—¿Cuándo será la boda?
«Dentro de no mucho. Voy a hablarlo con Carol.»
—Me vas a invitar, ¿verdad?
«Me sorprende que siquiera hayas considerado la posibilidad de no ser invitado.»
Mientras intercambiaban bromas, uno en voz alta y el otro por escrito, Wilhelm y Grimm continuaron bebiendo. Aquel no era normalmente un lugar donde se sirviera el licor más exquisito… pero esa noche era distinta, en no poca medida gracias a las noticias tan especiales que Grimm había traído.
No obstante, su matrimonio no era lo único extraordinario que tenía para contar.
—¿Vas a renunciar?
«Renuncio a la Orden de Caballeros», expresó Grimm al desplegar el papel que había preparado en respuesta a la pregunta de Wilhelm.
Lo que había escrito allí habría sido extraño para abordar el tema, pero adecuado como respuesta.
Grimm bajó ligeramente la mirada y garabateó una continuación de lo que había dicho en el papel.
«Voy a casarme con Carol y a retirarme de la Orden de Caballeros. Eso es lo que he decidido.»
—¿Pero por qué?
«Quiero permanecer al lado de Carol, estar junto a ella es para lo que vivo. Me di cuenta claramente con lo que pasó hace poco.»
Ahora que lo pensaba, desde que se conocían siempre lo había traicionado la impresión que tenía de él.
Su aspecto era ordinario y su origen nada destacable. Grimm había dejado su pueblo natal e ido a la Capital Real con las vagas esperanzas de convertirse en un héroe; la conexión entre él y Wilhelm no era más que ambos hubieran sobrevivido a su primera batalla. Después de eso, fue reclutado por el Escuadrón Zergev de Bordeaux, entró en combate como miembro de una de las unidades más selectas del Ejército Real y, en algún momento del camino, terminó convirtiéndose en el amigo más cercano de Wilhelm.
Un hombre que no encajaba en el molde, un hombre que no cabía en él. Por eso su decisión de retirarse de la Orden era propia de su persona, tras obtener méritos suficientes para ser reconocido como Caballero y haber tomado a su esposa como justa recompensa por ello.
Y haberlo hecho para poder permanecer al lado de la mujer que amaba… aquello fue una auténtica jugada maestra
—Eres un gran idiota.
«Mira quién habla.»
—¡Pues ya lo dije! Cobarde que ni siquiera pueda empuñar una espada.
—… —Los ojos de Grimm se agrandaron por la inesperada provocación.
Su mirada de shock a Wilhelm le pareció terriblemente satisfactoria.
Parecía que lo recordaba. Eso fue de cuando se conocieron…
«Me armaré de valor y levantaré mi escudo», respondió Grimm.
Érase una vez Grimm, quien no lograba comprender el motivo detrás de por qué peleaba, y no había podido responder a su pregunta. Wilhelm se había sentido decepcionado de verlo actuar así y lo maldijo como un cobarde.
Más de siete años habían pasado desde entonces, y ahora, finalmente, le había dado una respuesta.
Lo que significaba que su relación llegaba a un fin gracias a esto.
—¿Qué vas a hacer después de renunciar? ¿Te harás cargo del negocio familiar, o algo así?
«Mi hermano menor se encargó de eso. Además, me molesta escucharte hablar de eso como si fuera el problema de otra persona, Señor.»
—¡OYE! —dijo Wilhelm, frunciendo el ceño mientras seguía las últimas palabras de Grimm de su rápida y fluida escritura.
Ni siquiera Wilhelm era tan obtuso como para no captar el significado de aquel apodo.
—No me digas que…
«Lady Tishua ya ha dado su consentimiento.»
—Pero escuché de mi Honorable Madre que soy el próximo Jefe de familia, así que… —dijo Wilhelm.
«Carol y yo esperamos que cuide bien de nosotros, Señor.»
Los labios de Wilhelm se torcieron al verse superado con tanta facilidad, y dio un largo trago al licor. Era inquietantemente delicioso. Y eso sin contar que, en esencia, ya estaba ignorando el puesto que supuestamente había heredado de Bertol como Jefe de la casa.
Se limpió de los labios un hilo de vino y, con él, aquella extraña sensación en su corazón, una mezcla de arrepentimiento y alegría.
—¡Y yo que creía haberme librado por fin de ti! —dijo.
—… —ante la evidente expresión de derrota de Wilhelm, Grimm rio, por así decirlo, sin emitir sonido alguno.
Sección 5
—Me voy a casar con Grimm.
Theresia, quien había estado pasando el tiempo ociosamente sentada en su mecedora, no pudo evitar estallar en carcajadas.
No porque estuviera sorprendida, sino porque le parecía adorable.
Carol se le había acercado con semblante serio diciéndole que tenía algo importante que contarle. Y con la cara aún enrojecida, tardó mucho, mucho tiempo en encontrar las palabras para soltar tal confesión.
—¿La-lady Theresia? ¿Por qué se ríe?
—Bueno, Carol, es porque, por la cara que estás poniendo ahora, parece como si fueras a proponer un duelo. Justo cuando me preguntaba qué ibas a decir con esa expresión, dices esto… Eres tan, tan, tan lindaaa.
—Por favor, deje de burlarse de mí… —dijo Carol, encorvándose ligeramente, jugueteando con su manga.
Theresia sintió que otra sonrisa asomaba a su rostro. Carol ya no podía ocultar en absoluto el hecho de su amor, y Theresia estaba segura de que la concesión del título de Caballero a Grimm era la causa. Ahora que la diferencia de estatus entre ellos había desaparecido, su boda no podía estar lejos.
—¿Vas a convertirte en Carol Fauzen? ¿O él va a ser Grimm Remendis?
Carol dudó.
—Yo… Pienso tomar su apellido, Fauzen. Mi hermano menor heredará el apellido Remendis. Mi nombre… Mi nombre merece ser borrado de la línea Remendis, de todas formas.
—Carol, no di…
—Es necesario, Lady Theresia. Por muy tolerantes que puedan ser usted y Lady Tishua conmigo. Aún puedo sentir ese día en mis propias manos —aquí Carol demostró su bien conocida obstinación. No tenía intención de ceder en este punto.
Carol se veía muy seria y parecía haber tomado una decisión, así que Theresia no tenía ni el derecho ni el valor para menospreciar esa resolución. Aun así, había algo que deseaba saber.
—Si abandonas la familia de la «Funda»… ¿también me dejarás a mí?
—¡Va a hacerme enojar, Lady Theresia, aunque sea usted quien lo diga!
Profundamente aliviada al oír eso, Theresia sacó la lengua en señal de disculpa, sin ningún esfuerzo por ocultar su torpeza. Quería respetar la decisión de Carol, y lo haría. Pero siempre habían estado juntas, y Theresia quería que siguieran estándolo para siempre. Ese era su verdadero deseo.
Y para ayudar a que se cumpliera…
—¿Estás realmente bien con Grimm? ¿De entre todos es él quien te hace la más feliz?
—Lady Theresia…
—Solo quiero que seas la más feliz del mundo, Carol. Por eso quiero que estés con la persona que te haga la más feliz. ¿Grimm cumple los requisitos? ¿Es la persona que está destinada para ti? ¿Es tu Wilhelm? —a Theresia se le humedecieron los ojos mientras hablaba.
Carol la abrazó suavemente y le acarició la espalda para consolarla.
—No llegaré a decir que está haciendo el ridículo, Lady Theresia, pero creo que está confundida.
Era como una hermana mayor consolando a su hermana menor, o una madre a su hija, y en efecto, Theresia se sintió invadida por una sensación de seguridad.
Al mismo tiempo, se sintió ligeramente patética. Carol debía estar mucho más nerviosa que ella.
Aun así, Carol sonrió mientras abrazaba a Theresia.
—Está bien, Lady Theresia. Su Carol está tan feliz como puede serlo. Grimm es mi destino… O, no, no lo es. El destino no lo eligió. Fui yo.
—Sí… Confío mucho más en tu elección que en el destino —Theresia se secó las lágrimas, pero luego frunció los labios—. Pero eso no es justo, Carol. Cuando lo dices así, no hay nada que pueda decirte.
—No, supongo que no. Ahora puede contarme entre aquellos que han derrotado a la Santa de la Espada.
—Creo que lo haré. Tienes razón… Debo ser la más débil y patética de mi linaje. Una Santa de la Espada fracasada que no hace más que perder batallas. Espero que sigas derrotándome en el futuro.
—Solo espere y verá. Su Carol estará siempre a su lado, Lady Theresia —Carol soltó a Theresia y colocó suavemente su mano sobre la de la otra mujer, y entonces ambas se miraron a los ojos.
La sirvienta de Theresia era tan segura y adorable que daba orgullo, y se había vuelto fuerte. En sus ojos, en su rostro, Theresia podía ver una de las razones de su transformación.
No es que hubieran podido recuperarlo todo. Había muchas cosas que nunca volverían. Pero aun así, Theresia estaba agradecida de que ella y Carol pudieran sonreírse mutuamente y pasar el tiempo juntas.
Ofreció una oración de agradecimiento a todos aquellos que habían dado todo para hacerlo posible.
Sección 6
Así da comienzo el acto final de la larga «Balada de Batalla del Demonio de la Espada».
—Carol y Grimm se veían muy felices, ¿verdad?
—Mjm, sí.
—Cuando veo a Carol así, ni siquiera puedo ponerme triste porque me la hayan quitado.
—Mjm, sí.
—Wilhelm, ¿te entristece que Carol te haya quitado a Grimm?
—Mjm, sí.
—¡Agh! ¡Ni siquiera me estás escuchando! —exclamó Theresia.
Ella y Wilhelm estaban en la recámara de la mansión Astrea, donde Wilhelm daba respuestas evasivas a sus comentarios.
Theresia infló las mejillas de fastidio, pero Wilhelm parecía no notarlo. Estaba completamente absorto en otra cosa: pegando su oreja al vientre de Theresia, escuchando al niño que llevaba dentro.
—Guarda silencio, Theresia —dijo—. No oigo al bebé llorar.
—¡No está llorando! ¡Y de todas formas, deberías estar escuchando lo que dice tu querida, preciada y amada esposa!
—Escucharé luego.
—¿Cómo puedes decir eso? ¡No puedo creerlo!
Theresia podía quejarse de la actitud de su marido, pero al mismo tiempo, estaba emocionada de ver a Wilhelm, que antes había tenido miedo incluso de tocarla, interactuando activamente con el bebé.
¡Claro está, siempre y cuando fuera cuidadoso de darle también a ella su justa parte de amor y atención!
—¿Y? —preguntó Theresia—. ¿Te dijo algo el bebé mientras estabas tan ocupado descuidando a tu esposa?
—Nah, ni una palabra. No oigo nada. Empiezo a preguntarme si estará muerto.
—¡No digas cosas tan horribles! ¡Está vivo! ¡Ahora mismo lo sentí moverse!
—No es cier… ¡Guoa! ¡Sí se movió! —Wilhelm estaba a punto de discutir con la madre del niño, pero el bebé comenzó a patear en el vientre.
Theresia puso la mano de Wilhelm en su vientre justo donde estaba el niño, para que pudiera sentirlo, y él se veía feliz, de hecho, dichoso.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que habían compartido un momento tan inocuo, tranquilo e irreemplazable? Theresia casi sintió que era un lujo tremendo, que pedía demasiada indulgencia.
—Por otra parte, somos recién casados y padres aprendices. Merecemos un poco de lujo de vez en cuando.
—¿Lujo? Solo somos tú y yo juntos. Todo lo anterior fue lo que estuvo mal.
—Ah-ahí vas otra vez, diciendo cosas así con tanta facilidad. ¡No es justo! Podrás estar conmigo hoy, ¿verdad? —preguntó Theresia, sentándose erguida en la cama y mirándolo hacia arriba.
Wilhelm alzó una ceja y asintió suavemente.
—Sí. Por fin todo está resuelto… Aunque, estoy seguro de que volverá a estar agitado dentro de poco.
—El ejército se está reorganizando, ¿no? El Escuadrón Zergev se va a fusionar con otra unidad y se hará más grande… Y hasta oí que iban a convertirlo en la Guardia Real.
La fuente de este pequeño chisme era Tishua, que se movía en los círculos sociales de la alta nobleza.
Algunos decían que la vida social de Tishua era solo una forma de olvidar su dolor, pero Tishua misma lo veía de otra manera. Estaba acumulando historias que contar. Algún día, cuando se reencontrara con su amado marido Bertol, tendría muchos relatos con los que sorprenderlo.
—Es muy propio de ella —dijo Wilhelm—. Pero eso de la Guardia Real, no estoy tan seguro.
—¿Por qué no? Me parece maravilloso que reconozcan todo lo que has hecho.
—Tienes menos oportunidades de salir de la Capital Real cuando formas parte de la Guardia. Tan pocas que tendré aún menos ocasiones para blandir mi espada. Aun así, gracias a eso, puedo quedarme a tu lado.
—… —Theresia se quedó sin habla por un momento.
—Por eso estoy dividido. Aunque, supongo que la gratitud es más fuerte.
Theresia podía ver en el rostro de Wilhelm que esto le preocupaba genuinamente. Para ella, él era tan adorable como exasperante.
No había muchas cosas en el corazón de Wilhelm que pudieran compararse con la espada. Podía discutir con él, claro, pero también se preguntaba: como esposa del Demonio de la Espada, ¿cuál era la respuesta correcta?
—Bueno, la decisión está tomada, así que tendrás que inclinarte hacia el lado de «mí» en esos sentimientos. Aunque lleve un tiempo.
—De todas formas, tenemos unos días juntos. Déjalo todo en mis manos. Comida, baño, todo.
—Te dejaré encargarte de la comida, pero no me ayudarás a bañarme.
—Oye, estoy tratando de ser considerado. En parte, al menos.
—¡La consideración no debería ser parte de esto! Estoy… ¡estoy embarazada, ¿sabes?!
—Sí, pero sigues siendo Theres…
—¡Bien! ¡Pues no! ¡Ya es suficiente! ¡No más! ¡Discusión terminada! Ven aquí, dame un abrazo —uno cariñoso y fuerte— ¡y eso es todo por ahora!
Con el rostro completamente rojo, Theresia extendió los brazos y atrajo a Wilhelm hacia ella, para abrazarlo. Su tono frenético dejaba demasiado claro lo que realmente quería, pero Wilhelm esbozó una sonrisa irónica y la consintió.
“¡Oh, esto es algo de él que no soporto!”. Siempre encontraba nuevas formas de enamorarse de él y siempre lo haría.
Una vez más, Theresia se preguntó si era aceptable que viviera su vida sintiéndose como si estuviera en las nubes, tal como estaba.
“No tienes por qué preocuparte por eso.”
Theresia sintió como si pudiera oír a su padre, Bertol, decir eso. De hecho, estaba segura de que probablemente él lo habría dicho.
Por eso, de repente, esas palabras salieron de su boca.
—Ojalá mi padre hubiera conseguido ponerle nombre a nuestro hijo.
Ese había sido el último deseo de Theresia allí, en el sueño evocado por el Ojo Maligno, cuando se había reunido con la familia que jamás esperó volver a ver.
Bertol le había dicho con una sonrisa que quería romperse la cabeza y decidir después de pensarlo un poco… pero ¿y después qué?
—Theresia —Wilhelm, aún abrazando a su esposa, susurró cuando escuchó eso—, hay algo que aún no te he dicho.
—¿Eh?
—Es algo que me dio tu Honorable Madre. Dijo que quería que lo entregara cuando se presentara la oportunidad.
Él sacó una carta arrugada y se la presentó. Luciendo confundida, Theresia la tomó. Parte del papel estaba roto, e incluso había sido doblada un montón de veces. Lo oscuro de sus bordes eran probablemente manchas de sangre.
Theresia abrió la carta con los dedos temblorosos.
—Oh… —dijo con una voz apenas audible.
—Parece que tu Honorable Padre lo había estado pensando bastante.
Theresia soltó un pequeño y tembloroso suspiro en respuesta a las palabras de Wilhelm.
Había una muy muy larga lista de nombres escritos en la carta que había abierto… Más de los que podía contar. Muchos de ellos tenían rastros de haber sido marcados, considerados, rechazados o con signos de exclamación a su alrededor.
Pero solo uno de ellos, uno solo, el último que quedaba, tenía un círculo a su alrededor.
—… Heinkel —lo expresó con palabras. Dejó que saliera de su boca y pronunció el nombre.
Heinkel; ese nombre tocó suavemente una fibra sensible de Theresia.
—Parece que solo se le ocurrían nombres de niños —dijo Wilhelm—. Supongo que se podría decir que estaba obsesionado con eso. Ese tipo de cosas también eran muy propias de tu Honorable Padre.
—Sí, en verdad que sí lo es. Tienes razón, es todo, cada parte de eso, muy propio de mi Padre.
Ella nunca se lo había pedido directamente. A pesar de eso, debió de apresurarse a hacerlo por su cuenta, y se rompió la cabeza día y noche, esforzándose de verdad por pensar en un nombre.
—Mantuvo nuestra promesa.
Ella había pensado que la promesa que hizo con su padre tras su muerte, una promesa que él no debería haber sido capaz de mantener, no se habría cumplido.
Aun así, Bertol lo hizo. Era un hombre capaz de hacer eso. Un hombre que realmente lo haría. Desde lo más profundo de su corazón, Theresia se sentía orgullosa de él.
—Heinkel, Heinkel, Heinkel —dijo Wilhelm, probando el nombre de su hijo.
Se había reído de que Bertol no hubiera considerado la posibilidad de que no fuera niño, pero aun así, pronunció el nombre.
“…Heinkel será tu nombre. Un nombre que tu valiente y maravilloso abuelo pensó para ti. Un nombre que será pronunciado con amor muchas, muchas veces desde el momento en que nazcas.”
—Ha sido duro para ti incluso antes de nacer, y estoy segura de que lo será después, pero Wilhelm y yo estaremos aquí para ti. Después de todo, tu mamá y tu papá te aman —dijo Theresia.
—Y parece que Grimm y Carol también se quedarán con nosotros por un largo tiempo. Así que ya sabes, eso significa que definitivamente no te aburrirás cuando salgas —añadió Wilhelm.
—Te amo, Wilhelm… ¿Y tú?
Wilhelm devolvió la mirada a su amada esposa y dijo:
—Ya lo sabes.
Algunas cosas nunca cambiaban, y era exactamente eso lo que ella amaba de él.

… Y así también esta historia llega a su fin.
Una historia sobre un hombre y una mujer que fueron manipulados por el mal del «Deseo de Destrucción» y su amor, que primero fue puesto a prueba y luego correspondido.
Ha habido muchas despedidas, y el balance entre lo que se había perdido y lo que se había ganado estaba fuera de equilibrio. Pero nadie debería poder cuantificar el valor de la felicidad y la infelicidad en los demás.
Por ahora, solo debes escuchar la balada del campo de batalla.
¿Qué deseaba al final el Demonio de la Espada que ardía de amor? ¿Qué deseaba este Demonio torpe que, al final, solo podía hablar a través del campo de batalla? Y cuando todo estaba dicho y hecho, ¿qué es lo que deseaba?
… Que el mañana que soñó esté allí al final de la «Balada de Batalla del Demonio de la Espada».
FIN