Sexto Acto - Un Destello de Esplendor
Sexto Acto
Un Destello de Esplendor
Sección 1
Theresia era llevada por el vacío. Sentía que se hundía en un abismo profundo y oscuro.
En ese lugar, hasta sus propias manos y pies parecían casi inexistentes. Se tocó el vientre y pidió disculpas. En su útero había un infante esperando su momento para nacer. Esta materialización del amor entre Theresia y Wilhelm, la Santa de la Espada y el Demonio de la Espada, enfrentaba una amenaza que rozaba su propia vida antes siquiera de llegar al mundo.
Si Theresia no lograba salir de la oscuridad, el niño nunca tendría oportunidad de nacer…
—Yo nunca, jamás permitiré que eso suceda —dijo Theresia, y su voz era la de una madre, baja pero intensamente decidida.
Cualquier cosa que la esperara, sacaría a este niño adelante sin contratiempos.
La fosa abismal recibió a Theresia, con su determinación incluida, y la oscuridad profunda se abrió para revelar…
—Sí… por supuesto. Si esto debe mostrarme los pecados que he cometido, entonces solo hay una cosa que podría ver —dijo, contemplando la tierra teñida de carmesí donde ahora se encontraba.
El viento era seco, el cielo tan alto y lejano que parecía haber abandonado la tierra. Theresia estaba sobre una torre, construida con piedras mal encajadas y a medio derruir.
Hasta donde alcanzaba a ver en todas direcciones había figuras que la miraban con ojos vacíos. Extendían dedos manchados de sangre, alzaban aullidos lastimeros como el gemido de la tierra. Era una horda de muertos.
Reconocía a cada uno de esos cadáveres: eran todas las personas que Theresia había matado.
La Santa de la Espada había tomado su espada para luchar en la Guerra Semihumana, y en su nombre, había quitado incontables vidas.
Si era cierto que en la vida no había ni noble ni vil, y que todas las vidas pesaban igual, entonces esas balanzas estaban terriblemente desequilibradas. Si esos muertos deseaban denunciarla, Theresia no tenía derecho a negárselo.
—¿Es aquí… adonde me han llevado mis pecados?
Contempló a la multitud de muertos, la evidencia de su transgresión, y sus rodillas temblaron. Instintivamente, su cuerpo buscó encogerse en el suelo, pero se cubrió el vientre con las manos y pensó en la vida que llevaba dentro.
Mientras aquellos a quienes había dado muerte se empujaban para ser los primeros en alcanzarla, una vida preciosa permanecía dentro de ella, una vida que se había comprometido a traer a este mundo. Así que se mantuvo erguida, enfrentando a la horda.
—Por favor —dijo—. Dame valor, Wilhelm.
No eran las palabras de la Santa de la Espada, pues Theresia no lo era más, sino simplemente una mujer. Ofreció la plegaria desde lo profundo de su corazón… antes de, esquivando los dedos de los muertos, saltar por propia voluntad desde la torre que se derrumbaba.
En este mundo sometido al Ojo Maligno de la Soberbia, se enfrentaba a una batalla contra sus propios pecados.
Sección 2
Una terrible batalla también se estaba desarrollando afuera, con la Ciudad Comercial de Picoutatte como telón de fondo.
En el cielo había un Dragón Negro, en la tierra había gente, todas las Protecciones Divinas habían sido arrebatadas del mundo, y el engendro del desastre solo se reía.
De pie en el tejado de la torre que dominaba la ciudad, Stride, el «Deseo de Destrucción», extendió los brazos y escuchó el aullido del Dragón resonar por la ciudad con total satisfacción.
—¡He aquí! El escenario ha sido dispuesto y los actores ya se han congregado —dijo—. La Santa de la Espada redúcese a un ser ordinario, las Protecciones Divinas fuéronles arrebatadas y la salvación del Dragón non habrá de llegar. ¡El tiempo del fin se avecina, crueles Observadores! Decidme… ¿cuál habrá de ser vuestra próxima jugada?
Sus ojos brillaban intensamente, y aunque su rostro era el de un hombre medio muerto, su voz rebosaba vigor. Su grito no iba dirigido a nadie en particular, sino que era un clamor salvaje y de mofa contra el mundo entero. Quien lo hubiera visto se habría maravillado del poder que el odio podía dar a un hombre.
Detrás de Stride, cuya ropa negra ondeaba con el viento agitado por el Dragón, había otro campo de batalla traído a Picoutatte por la malicia. Era una mezcla de las habilidades de los Shinobi para deslizarse entre las sombras y una mujer cuyo poder físico estaba respaldado por un entrenamiento sangriento.
Mathers, que había seguido de cerca los planes de Stride gracias a su puro ingenio, también luchaba en este campo de batalla de una manera que Stride y los suyos no esperaban. ¿Por qué una especialista en magia se habría molestado en dominar las artes marciales?
Las técnicas de Roswaal, que fluían de una a otra sin interrupción, demostraban tener mucho a su favor en aquel sencillo combate a muerte. Pero lo que realmente mantenía el interés de Stride era otra batalla, una más turbia.
—¡Aagh… Ahh! —aún con lágrimas brotando de sus ya hinchados ojos, Carol bramaba con su espada danzando.
No era propio de una mujer presentarse en batalla, pero esta casi compensaba eso con la cautivadora belleza de su manejo de la espada. Cada vez que la hoja se encontraba con el gran escudo, se oía un sonido casi musical, y chispas se esparcían por la azotea.
El sonido metálico de la gran espada y el gran escudo al chocar no era el del odio o la hostilidad; era el de una súplica del corazón que no podía ser ignorada y un amor que no podía ser rechazado. Era un choque no deseado entre dos personas enamoradas.
—Mi venerable persona lanzó el hechizo sobre esa mujer non solo por la fuerza que poseía, sino porque los vínculos que mantenía servían a mis propósitos. Y he aquí que demostró ser una combatiente excelsa… muy por encima de cuanto cabría esperar de una mera sirvienta —Stride observó el intercambio entre la espadachina que había sometido con su hechizo y el escudero que recibía cada uno de sus golpes de frente.
El propio Stride, por supuesto, no valía nada en el fragor de la batalla, pero tenía buen ojo para los excelentes guerreros. La batalla que tenía ante sí ahora confirmaba su juicio. Pero cuanto más duraba, más estropeaba su drama.
—¿Agrg? ¡Ah… Ahh! ¡N-no, no! ¡Grimm, huyeee!
Los ojos de la mujer que lloraba brillaron tenuemente con un color amatista. Entonces empezó a moverse más rápido, hasta un observador inexperto podía notarlo. Sus golpes se volvieron más fuertes, y el escudero, incapaz de mantener su posición, fue empujado hacia atrás.
—Con mi hechizo he abierto por la fuerza la puerta que yacía cerrada, colmando su cuerpo de energía hasta el exceso. Durante eras fue aqueste un arte luengamente vedado, pues conduce el cuerpo físico allende de aquello que le es permitido soportar… mas si uno de mis títeres se quebranta, ¿qué pérdida supone eso para mi venerable persona?
—Ah… ¡Ahh! ¡Aaaahhhhh! —los gritos de la mujer ahogaron el despiadado murmullo de Stride.
Su furia podría haber estado dirigida contra él, pero sus técnicas, refinadas hasta la perfección, eran blandidas contra el hombre al que afirmaba amar.
Un poder mayor que su propia habilidad innata fue extraído a la fuerza de Carol, sus huesos crujían, su piel comenzaba a rasgarse. Aun así, la tormenta de ataques no amainaba. El escudero no podía defenderse lo suficientemente rápido, y solo era cuestión de tiempo que acabara nadando en un mar de sangre.
No obstante, el escudero, forzado completamente a la defensiva, tenía una oportunidad para cambiar el curso de la batalla. Ninguna batalla podía ganarse simplemente dejándose golpear una y otra vez. Así que, en lugar de defenderse, tenía que conseguir un revés.
—Grimm, por favor, tienes que…
… «matarme», supuestamente, ahí es donde concluiría la súplica entre lágrimas de la mujer.
Francamente, Stride no tenía intención de que la incesante danza de espadas de la mujer terminara de otra forma. Una batalla entre dos enamorados solo podía terminar con la muerte del hombre o de la mujer. Uno de ellos perecería.
Si el hombre no tenía agallas para hacerlo, mientras la mujer pudiera seguir siendo usada contra Mathers, esto solo terminaría cuando su espada partiese el cráneo de su amado; o eso suponía Stride. Pero su suposición se desmoronó al momento siguiente.
—¿Qué?
El escudo resbaló de las manos al hombre… no, él lo soltó, quedando indefenso ante el próximo golpe de la mujer.
—C̷̝̏a̸r̶̪̀o̵͘o̵͚͂ő̴ḻ̷̔ —dijo el hombre, y al pronunciar el nombre de la mujer, su expresión era terriblemente… tierna.
—… —los ojos de la mujer se agrandaron, y por un instante su brazo se tensó, lista para partir al hombre de la cabeza hasta la espalda baja.
El sonido del acero desgarrando hueso y carne, destrozándolos… no se escuchó. El golpe se detuvo a un centímetro de la frente del hombre. ¿Un milagro de amor único en la vida? Definitivamente no era.
—T̵̩͠ú̷̅… T̸̍ú̴̹̕ s̷͘a̴ḅ̵͠e̴s̶̃ c̷̱̉u̶á̵́n̴t̴͙͑o̶ t̵̀ḯ̵e̷̻̒m̸̢̈́p̵̖͑ō̴̱ l̸̨̓o̶s̶͝ͅ h̷e̶ o̵̽b̵̩̈s̵̜̐e̷r̶̈v̶́ͅa̸͂d̴̿ô̴͜ ǎ̶̯ t̵̛̺i̷ y̴̳̎ a̵̧͋l̷̜̀ D̸͊e̷m̸̑ỏ̶̰n̷͠i̷̤͒ỏ̵ d̶̃ė̴̝ l̸ạ̶͝ Ę̷̓s̷͝p̶a̶̻̎d̴̙͛a̶͒, C̸̍a̶͒r̶̀o̷͆l̸̻̐ —dijo el hombre, que había lanzado las manos al aire y atrapado la espada entre ellas.
Eso no se podía hacer con un escudo. Con un escudo uno se defiende, pero solo se puede parar, desviar, apartar. Así que el hombre había soltado el escudo y había puesto su vida en juego para impedir que la mujer blandiera la espada que ella no quería empuñar.
No era necesario arriesgar la vida por la victoria ni siquiera por razones lógicas. Esto era la absoluta locura del amor.
—… — atravesado por la luz en los ojos del hombre, por primera vez, Stride vio verdaderamente a su oponente —el hombre al que llamaban Grimm— y vio un valor más allá del de un amante luchando contra el títere controlado por un hechizo.
Su rostro se torció por sí solo; no por ira, sino por placer.
Placer ante el encuentro inesperado con un milagro.
—¿Acaso tú has de ser aquel…? —susurró Stride.
—¿A̵͇̐ q̶u̷é̷ t̶͠e̴̠͒ r̵̾e̴f̴i̶ȇ̴͜r̷̗̄e̷̹̿s̷̕?
—A ti me refiero. ¡¿Has de ser tú la baza triunfante de los Observadores, y non el Demonio de la Espada?!
La expresión de Grimm no pasó de la incomprensión. Pero Stride ni siquiera se detuvo ante la molestia de esa respuesta. Ya había tomado una decisión.
Esto requería una prueba. Tenía que averiguar si este hombre era el último muro que debía escalar en su vida.
—¡Shasuke! —Stride levantó la mano derecha y el dedo medio brilló, resplandeciente con una luz ámbar, y la larga mano de la muerte alcanzó a través de las sombras.
La gran sombra proyectada por el Dragón Negro se onduló como la superficie de un estanque, y un instante después, el Shinobi que Stride había llamado apareció detrás de la espadachina. Su hoja plata brilló mientras buscaba quitar dos vidas a la vez.
El Shinobi podía usar a la mujer como escudo y atacar desde un punto seguro, atravesando el corazón de Grimm de un solo movimiento. Grimm había soltado su escudo y sus manos estaban ocupadas con la espada de la mujer, sin dejarle forma de defenderse. Ni siquiera podía ver al Shinobi.
El ataque despiadado detendría los corazones de ambos amantes a la vez.
—No puedo permitir que hagas eso.
Que ella pudiera alcanzar a un Shinobi que se movía entre las sombras al instante se debía a un largo y duro entrenamiento en el arte del movimiento. La distancia entre ellos simplemente desapareció, y alguien se interpuso entre el asesino potencial y la espadachina.
El golpe envió una sangre de un rojo sorprendentemente brillante que salpicó el tejado.
—Qu… ¿qué? —jadeó la espadachina cuando alguien tropezó contra su espalda.
Finalmente tomando conciencia de la pelea de vida o muerte que ocurría directamente detrás suyo, giró la cabeza todo lo que pudo, movió los ojos hasta donde le era posible… y entonces, lo vio.
Roswaal J. Mathers se había lanzado frente a la estocada que se aproximaba y se había dejado atravesar.
Los ojos verdes de Carol se abrieron ampliamente ante la visión, y ella bramó:
—¡JULIA!
Su terrible grito rasgó el aire, resonando por todas partes.
Sección 3
Esta conversación ocurrió poco después de que Wilhelm empezara a ver al fantasma de Pivot.
“Soy la misma culpa que aún habita en tu corazón después de todo.”
—Está bien. Te escucharé.
“Tienes mi gratitud. Entonces, ¿continuamos? Aunque, es seguro decir que de lo que voy a hablarte ahora son casi todos tus propios pensamientos.”
—… —Wilhelm no respondió.
“Wilhelm, no te recomiendo que sigas aceptando esta situación.”
—Un momento. ¿Yo? ¿Aceptándolo?
“Sí, es cierto. Incluso tú ya deberías estar convencido de ello. De que el yo que está aquí contigo no es el mismo Pivot Arnancy que sirvió como Subcapitándel Escuadrón Zergev. Al fin y al cabo, soy una silueta que se creó a partir de la semejanza del Pivot que conoces, no soy más que un farsante.”
—No es ci…
“¿No es cierto? Entonces intenta preguntar algo realmente personal, por favor. Como los recuerdos de la infancia de Pivot o su familia. No sería capaz de decirte ni la más mínima cosa sobre ellos.”
—… —una vez más, Wilhelm no dijo nada.
“Y la razón es porque no sabes nada sobre el pasado de Pivot, ni sobre su familia. Al final, soy un arrepentimiento que sale a la luz de tu pecado que se aferra al fondo de tu corazón; no puedo decirte nada que tú no sepas.”
—… —aun así, Wilhelm permaneció en silencio.
“Tienes que controlarte y reconocerlo. Soy el sentimiento de culpa que nació en ti cuando despertaste a una parte de tus emociones, al volverte más humano. En pocas palabras, estoy diciendo que soy la primera persona a la que lamentaste su muerte.”
—La primera… muerte que…
“Mi existencia es como un espejismo de un vapor que eventualmente se desvanece. Tu viejo compañero de guerra del que guardas remordimientos, PivotArnancy ya falleció. No tendrás la oportunidad de hablar con él nunca más.”
—… —Wilhelm guardó silencio.
“Por eso, Wilhelm, tienes que ser consciente de esto.”
—… —una vez más Wilhelm no dijo nada.
“… La próxima te toca a ti.”
—¿Tan lejos se halla vuestra mente de aqueste lugar?
—¡Aagh!
Un golpe pesado fue el precio que Wilhelm pagó por su ensoñación y su lapsus de atención. Una cuchilla llegó silbando hacia él; era una muerte segura. Para evitarlo, Wilhelm tuvo que apostarlo todo a su destreza con la hoja y a la fuerza de su espada; enfrentó el golpe con un tajo ascendente que fue lo bastante poderoso para partir la tierra.
Vino un estruendo atronador, seguido de un impacto tremendo. El aire, sin exageración, se partió, y el suelo se levantó. Esta era la destrucción causada por el choque de espada contra espada, guerrero contra guerrero, habilidad contra habilidad. La batalla entre el Demonio de la Espada y Ocho Brazos trajo devastación a la ciudad comparable a un desastre natural.
—Non podéis permitiros distracción alguna. Habéis de dirigir vuestra espada hacia mí, y yo habré de dirigir la mía hacia vos… Aquesta es la más grande representación que la vida misma puede ofrecer, ansí que procurad non arruinarla.
—¡Tus teatralidades son como una puta imagen exacta de tu ridículo dueño, ¿no crees?! —respondiendo al comentario de Kurgan con un arrebato de mala actitud, Wilhelm escupió la sangre que se había acumulado en su boca.
Ningún ataque había llegado realmente a impactar, pero su oponente era Ocho Brazos Kurgan, un Dios de la Guerra que tenía todo el derecho de llamarse el guerrero más fuerte del Imperio de Vollachia. Una mera ondulación de su fuerza habría sido suficiente para matar a la mayoría de las personas. Si bien Wilhelm había esquivado perfectamente cada golpe, aun así pasaban factura a su resistencia, e incluso él se estaba desgastando.
Sin siquiera considerar a Kurgan en la ecuación, la situación era abrumadoramente mala para Wilhelm, y para todo el escuadrón de las fuerzas del Reino, de hecho.
Mientras se distanciaba e intentaba reajustar su posición, Wilhelm dio un vistazo a la avenida principal. Mientras él y Kurgan luchaban, el combate cuerpo a cuerpo entre la guardia de la ciudad, controlada por el Ojo Maligno, y el Escuadrón Zergev, liderado principalmente por Bordeaux, se intensificaba. Los miembros del escuadrón se veían forzados a luchar con una mano atada a la espalda para evitar matar a sus compatriotas, pero no podía permitir que esa elección los llevara a entregar sus vidas.
“Si y cuando el momento lo requiera, el Joven Señor tomará su decisión, no me cabe duda. Wilhelm, concéntrate en tu enemigo.”
Otra mirada, y allí estaba Pivot, de pie junto a Wilhelm mientras intentaba recuperar el aliento. El fantasma tenía razón. Lo inteligente era dejar que Bordeaux hiciera lo que había que hacer si se llegaba a lo peor. En este momento, a quien Wilhelm tenía que derrotar era a Kurgan, justo ahí delante de él.
—Paréceme que habéis caído bajo el hechizo del Ojo Maligno —dijo Kurgan.
—¿Qué? —Wilhelm parpadeó, sorprendido por la voz grave.
Kurgan cruzó los cuatro brazos que no sostenían cuchillas frente a su pecho, con su terrible semblante fijo en Wilhelm, no, con el fantasma de Pivot a su lado.
Seguramente, no podía ver a Pivot. Pero había observado el monólogo de Wilhelm, los movimientos de sus ojos, y tal vez había adivinado la verdad. Quizás ayudaba que estuviera en el mismo bando que el portador del Ojo Maligno que había hecho que Wilhelm empezara a ver este fantasma.
Sea como fuere, Kurgan podía decir que Wilhelm estaba atrapado por el Ojo Maligno.
—El Ojo Maligno de la Vanagloria hace que sus víctimas perciban una realidad ajena a la verdad. Pone ante los atormentados por la culpa el semblante de sus propios pecados, e hiérelos con ello. Stride juzgó digna a esa moza de convertirla en su cónyuge, mas non puedo sino sentir harta decepción al comprobar que incluso el Demonio de la Espada fue presa de tales añagazas.
—¿Decepción?
—Una quiebra de confianza, sí, Demonio de la Espada. Las recriminaciones del Ojo Maligno únicamente han de apresar a los débiles.
La decepción del Dios de la Guerra, en cierto modo, hirió el corazón de Wilhelm más que cualquier burla de Stride. Era la segunda vez en la vida de Wilhelm que lo consideraban débil. La primera vez, Theresia se lo había dicho por encima del hombro cuando reveló que era la Santa de la Espada para protegerlo. Nunca olvidó la sensación de impotencia que sintió en ese momento. Creía haber matado su debilidad. Entonces, ¿por qué su sombra aún acechaba su camino?
¿Podría ser que Wilhelm Trias, al convertirse en Wilhelm van Astrea, hubiera traído consigo algo que no debía?
Si era así, entonces para ser lo suficientemente fuerte como para derrotar a Ocho Brazos una vez más, tendría que…
—En efecto… eso es cuanto se requiere. Eso mismo es lo que esperaba de vos.
—De mí… —Wilhelm fortaleció su agarre en la espada y luego miró hacia arriba, como guiado, hacia Pivot.
Si el fantasma era el propio sentimiento de culpa de Wilhelm, si era una manifestación de su debilidad, y si la única forma de deshacerse de él era pisando el cadáver que ya había pasado una vez…
—… —Pivot devolvió la mirada de Wilhelm en silencio. Cruzó las manos detrás de la espalda e hizo ademán de tocar la espada en su cadera, solo esperó la respuesta.
Y Wilhelm…
—¡NO TE ATREVAS A MENOSPRECIAR A NUESTRO CAPITÁN DE VANGUARDIA, CABRÓN DE OCHO BRAZOS! —el gran grito rasgó el aire tenso y arrebató la determinación de Wilhelm.
Vino de Bordeaux, rodeado de guardias por todos lados, empapado en sangre y empuñando su hacha.
No era el único en mal estado. Cada miembro de los soldados que cargaban a través del combate cuerpo a cuerpo tenía sus propias heridas. Todos estaban cubiertos de sangre, y cada uno parecía más que dispuesto a continuar la batalla.
Mientras Bordeaux estaba en el centro de todo ello, engalanado con sangre, esbozó una sonrisa de «perro loco» y dijo:
—Me tomó una eternidad apenas traerlo de nuevo del camino de una bestia al de un hombre. No voy a tolerar que lo conviertas de nuevo en una bestia con tu jodida lógica egoísta.
Bordeaux golpeó el extremo de su hacha contra la calle, apoyándose en ella para enderezarse, luego la blandió contra Kurgan y aulló. El ruido hizo que los ojos de Kurgan se agrandaran ligeramente, y entonces Bordeaux volteó hacia Wilhelm.
—No tienes que contenerte, Wilhelm. No hay nada que te impida mantener la frente en alto. Sin importar con lo que cargues, ¡eres la Espada del Reino, el más fuerte del Reino! ¿O ME EQUIVOCO?
—¡NO, SEÑOR! —bramaron los Caballeros en respuesta.
Alzaron sus armas al cielo. Agotados de intentar luchar contra la guardia de la ciudad sin matar a nadie, confiaban en que Wilhelm y su espada sacaran la situación adelante. Confiaban sus vidas a él.
Era como el opuesto exacto de las creencias que habían estado sosteniendo a Wilhelm hasta ese momento.
Pivot rompió el silencio y el ensueño de Wilhelm con una pregunta:
“¿Esta es la prueba de que tu fuerza está en ser el Demonio de la Espada que lo abandonó todo?”
Wilhelm lo miró y vio que su expresión ya no era fría y distante; estaba sonriendo. Una sonrisa que Wilhelm no recordaba haber visto en Pivot en vida. Una característica más de un «fantasma» que atendía a las necesidades de Wilhelm, tal vez.
—Casi me tienes acorralado con tu silencio, ¿y ahora simplemente vas a cambiar de parecer así como así?
“¿Acorralado? Cielos. Nunca quise acorralarte. Sigues siendo tan malo como siempre para escuchar a la gente hasta el final”, Pivot se encogió de hombros con cariñosa exasperación. Ese era un gesto que Wilhelm reconocía de él. “¿No recuerdas cómo perdí la vida ante tus propios ojos?”
—Sí. ¿Cómo podría olvidarlo?
“Para ti, debió haber sido como un golpe inesperado. En ese momento, dudo que pudieras imaginar que alguien se sacrificaría por ti en el campo de batalla.”
Ese hombre había hecho precisamente eso inimaginable, poniéndose frente al guerrero más fuerte entre las fuerzas del mal y recibiendo un golpe mortal para proteger a Wilhelm. Incluso ahora, Wilhelm soñaba con ello.
“Wilhelm, la próxima te toca a ti”, dijo Pivot una vez más.
Eran como palabras de un hechizo, de una maldición. Así como Pivot había muerto, ahora Wilhelm debía hacer lo mismo. Pero mientras Pivot pronunciaba las palabras, sonreía, no como si fueran una maldición, sino una bendición.
“La próxima te toca a ti, cuando llegue el momento de poner tu vida en juego por lo que te importa.”
—… —Wilhelm se quedó sin aliento.
De repente, tomó la espada en su mano y golpeó el mango contra su frente. Sintió y oyó la conmoción recorrerlo, y la sangre brotó de la piel fisurada.
“Wilhelm van Astrea, el Demonio de la Espada que deseaba vivir la vida como el acero. Hasta el momento, y de ahora en adelante, imagino que muchas muertes te ensombrecerán hasta el final del camino que recorres. Aun así, nunca debes dejar de recorrerlo.”
Wilhelm se secó con la manga la sangre que le corría por la frente, apretó los dientes y miró hacia delante.
“Estas son las únicas palabras que yo, como antiguo Subcapitán del Escuadrón Zergev, tengo que decirle al actual Capitán.”
—Ya basta —dijo Wilhelm.
“Que las fortunas de la guerra te acompañen. Dejaré al Joven Señor a tu cuidado.”
Wilhelm dio un paso adelante. Pivot, que había estado a su lado, no lo siguió.
Por supuesto que no. En realidad, él no estaba allí. Los muertos no podían seguir los pasos de los que aún vivían.
Tal como había hecho antes, vio al Demonio de la Espada lanzarse a abrir una brecha en el frente. Y entonces…
—Siento haberte hecho esperar. ¿Empezamos de nuevo? —dijo Wilhelm.
Kurgan hizo una pausa y después dijo:
—Paréceme que habéis descubierto una convicción que roza mis esperanzas. Mas ni aun ansí…
—Sí. No creo que sea exactamente a lo que te referías.
Wilhelm y Kurgan se acercaron el uno al otro una vez más, calculando el alcance de sus armas.
Kurgan le había ofrecido a Wilhelm una gran cantidad de su perspicacia, pero era el consejo y la advertencia de un Dios de la Guerra, lo que él creía que estaba bien decir.
Así fue que Ocho Brazos contempló al recién inspirado Demonio de la Espada no con decepción, sino con alegría. Kurgan, Bordeaux y los soldados, Pivot, todos habían depositado muchos sueños en Wilhelm. Pero ahora…
—Ahora puedo enfrentarme a ti como igual sin ningún lastre.
—… —Kurgan lo observó en silencio.
—No pienso perder esta.

Difícilmente se podría decir que la situación había tomado un giro a favor de Wilhelm. Theresia aún estaba en manos del enemigo, Carol seguía siendo un títere de Stride, y no sabía si Roswaal y Grimm estaban a salvo, ni cuánto tiempo podrían resistir Bordeaux y los demás.
No obstante, precisamente porque ahora no llevaba nada que no necesitara, el Demonio de la Espada pudo bramar con toda la fuerza del hombre que había gritado como escupiendo sangre:
—¡Protejan el Reino hasta el final!
—¡SIIIIIÍ! —fue el grito de respuesta del Perro Loco y sus soldados mientras exprimían hasta la última gota de su fuerza.
El Demonio de la Espada sonrió, Ocho Brazos sonrió y así comenzó el momento más largo que compartirían el más fuerte del Reino y el más fuerte del Imperio.
Sección 4
Había sido apuñalada en el vientre, el calor brotaba mientras caía de rodillas.
Su cuerpo se había movido por voluntad propia. Qué error tan tanto. Qué estupidez había cometido.
No podía morir. Había jurado que esa era la única cosa que absoluta y definitivamente no podía hacer. Y aquí había dejado que ese juramento fuera arrastrado por sus emociones, y se había lanzado a la lucha así.
“Ahh, sí, pero… aún así. Aún así, yo… Aunque yo…”.
—¡JULIA!
Oyó a alguien gritar su antiguo nombre. Eso la hizo sonreír. En algún lugar profundo de su corazón, un lugar que había estado vacío ahora estaba lleno mientras la invadía el alivio.
Tuvo un pensamiento: “Me alegro de haberla mantenido a salvo”.
Era lo único que Roswaal J. Mathers…
—… —mientras Roswaal sonreía, y Carol gritaba y lloraba, Grimm Fauzen sintió su corazón arder en el pecho.
Sostenía firmemente el arma de Carol, mientras Roswaal había inmovilizado al Shinobi que iba a tenderles una emboscada. Justo en ese momento, no había nadie que detuviera un ataque contra el desastre andante.
—¡G̶͉͝R̸̈́R̵̽R̶̒A̷̕͜A̵͂Ä̶̜́A̷̞̓Ḧ̸̝́Ḧ̴̱́H̶̩́! —aulló Grimm, pisando con fuerza y lanzando su gran escudo por los aires de una patada.
En ese momento, miró más allá de Carol y Roswaal, las dos mujeres, y vio a Stride a los ojos.
Había puesto toda su energía en esa patada, y envió el escudo volando hacia el indefenso desastre.
El disco giratorio de plata era un trozo de metal tan pesado como un torso humano. Si impactaba contra el cuerpo de alguien, podía fácilmente hacerlo pedazos… y se dirigía directamente hacia Stride, donde estaba de pie en el borde de la azotea.
—¡Mi Señor! —uno de los Shinobi, Shasuke, intentó cruzar las sombras para detener el ataque, pero falló.
Roswaal, con el vientre atravesado, le había sujetado el brazo y no lo soltaba.
—Vaya —dijo con una sonrisa seductora—, desgarrarle el estómago a una chica… Qué cruel.
La sangre había desaparecido de su rostro sonriente, pero fue suficiente para interferir fatalmente en el intento del Shinobi de alcanzar a su Señor. El enorme escudo se acercaba a Stride sin que nadie lo detuviera, más cerca, cada vez más cerca, acercándose a aquel que había declarado que no poseía fuerza para el combate. Jamás podría evitarlo.
—¡Tch! —chistó Stride, pero fue ahogado por el sonido metálico de un impacto.
Con un sordo golpe, el escudo de Grimm golpeó la azotea y rodó. Había sido derribado por una misteriosa espada que Stride había desenvainado del aire, una hoja enjoyada de color carmesí que brillaba con una gran luz.
—La «Espada Yang» de Vollachia, transmitida en el Imperio de Vollachia —dijo Roswaal, con sangre goteando de su boca mientras terminaba el pensamiento de Grimm.
Grimm frunció el ceño al oír el nombre, y entonces se dio cuenta de que era la reliquia, la espada de poder absoluto. Comenzó a endurecer su expresión al comprender que Stride había estado mintiendo sobre su incapacidad para pelear.
Por otro lado, mientras Grimm observaba, con cautela escrita en su rostro, ocurrió algo difícil de creer. El brazo izquierdo de Stride, cuya mano sostenía la espada, comenzó a incendiarse.
—¡Nngh…! ¡Condenada cosa…! —el rostro de Stride se contorsionó de agonía, y la «Espada Yang» cayó de su mano ardiente.
Antes siquiera de golpear el piso de la azotea, desapareció tal como había llegado, en el aire. Las llamas que atormentaban a Stride, mas no desaparecieron, sino que buscaron consumirlo.
—¡Ruégole perdón por aqueste atrevimiento, Su Señoría! —gritó Shasuke.
Y entonces, antes de que las llamas pudieran alcanzar el torso de Stride, el Shinobi saltó hacia él y le cortó el brazo. Este cayó al suelo, donde ardió hasta convertirse en nada más que un montón de cenizas ennegrecidas.
El rápido pensamiento del Shinobi había salvado la vida de Stride por un muy poco. Este cruzó el brazo que le quedaba frente a su pecho y exhaló.
—Ansí pues, un brazo le es arrebatado a mi venerable persona de forma tan inesperada… más aún…
Levantó el pie y pisó el miembro ennegrecido. Luego rascó algunos trozos carbonizados y los apartó de una patada, furioso. Eran sus anillos, incapaces de mantener su forma con el calor. Los cinco anillos de su mano izquierda que habían sido tan cruciales para los «Diez Mandamientos de la Soberbia». Lo que implicaba que…
—Ya no harás lo que te plazca, desgraciado —llegó una voz fuerte y clara que resonó en el tejado.
Provenía de Carol, que había recuperado su libertad y sostenía en brazos a la desplomada Roswaal. Giró sus ardientes y claros ojos hacia Stride, luego habló a Roswaal, que yacía en sus brazos.
—¡Lady Mathers! Si puede oírme, ¡resista, por favor! ¡Lady Mathers!
Mientras gritaba, Carol le quitó la capa y la enrolló alrededor de la herida en el vientre de Roswaal, que aún supuraba sangre de forma abundante. La capa rápidamente se volvió pesada por la sangre, pero no detuvo la hemorragia.
No impidió que la vida de Roswaal se escapara de ella.
—Por favor, Lady Mathers, abra los ojos… Por favor, solo abra los ojos —la voz de Carol tembló impotente. Pero sus ojos se agrandaron cuando sintió un toque en su mejilla.
—¿Me llamaste… Julia… o escuché… mal? —Roswaal había logrado abrir los ojos, aunque solo le era posible mantenerlos así. Se había quitado el guante de la mano izquierda y tocó la mejilla de Carol, y una sonrisa suave, pero demasiado efímera, flotaba en su rostro—. Me alegraría… igualmente… si no lloraras, Carol. Tú… siempre pareces como… si sufrieras mucho…
—Oh…
—Te enojas fácilmente… pero en realidad… una sonrisa es lo que mejor te queda —dijo Roswaal entre jadeos.
Carol contuvo las lágrimas e intentó sonreír, pero fracasó. Logró borrar el fracaso de su rostro, lo intentó de nuevo, y esta vez, lo consiguió. Sus ojos estaban rojos e hinchados de llorar, y nunca iba a engañar a nadie para que pensara que no había estado llorando. Pero aun así, Carol sonrió, tal como esa persona a quien tanto apreciaba le había pedido.
Entonces dijo:
—Si la llamo Julia… por favor, ¿me molestaría, como siempre solía hacerlo?
—Sí… sí, eso estaría bien. Me gustaría eso —una sonrisa apareció en el pálido rostro de Roswaal, y asintió varias veces. Había visto lo que quería ver.
Entonces giró sus ojos multicolores, iluminados con un amor parpadeante, y dijo:
—Hay un mayordomo en mi casa, un hombre llamado Clind. Dile que cuide de Karl…

—¡N-no! ¡No, no puede hacerme esto! ¡Por favor, Lady M…!
—Julia —Roswaal puso un dedo sobre los labios de Carol para detener sus gritos entre lágrimas.
Carol fue sorprendida por la sensación, pero luego pareció aferrarse a ella.
—Julia, por favor…
Una sola lágrima trazó un camino por su mejilla.
Roswaal… no, Julia, la atrapó cariñosamente con su dedo.
—Sé feliz —dijo—. Sé feliz con Grimm.
—¿Julia?
Con esas últimas palabras, como una plegaria, el peso en los brazos de Carol pareció aumentar. Pero al mismo tiempo, fue como si algo hubiera abandonado su abrazo.
—¿Julia? Julia… ¡JULIA, JULIA, JULIA!
La cabeza de Julia cayó hacia un lado, y toda la fuerza abandonó su cuerpo. Y no solo la fuerza. Algo más importante —lo más importante de todo— se fue con ella, para no regresar jamás.
—Jul…
—Ansí que ha fenecido… en medio de todo aquesto —la voz era terriblemente seca pero no llevaba consigo ningún indicio de sarcasmo o burla.
Stride, sin su brazo izquierdo, contempló a Julia tomando su sueño eterno en los brazos de Carol. Su expresión era fría, una mezcla de emociones cruzaba sus ojos. Lo que realmente había en su corazón, nadie podía adivinarlo.
Excepto que, en algún lugar de esas emociones, Carol creyó vislumbrar soledad y envidia.
—No te atrevas.
En el momento en que Carol vio esas cosas, su ira alcanzó el punto de ebullición. Acababa de perder a alguien; una persona a quien apreciaba le fue arrebatada.
—La muerte sería demasiado buena para ti, Stride.
—Sí… quizá ansí sea. Resultaríale difícil a mi venerable persona soportar un final igual al de los hombres ordinarios.
Carol se negó a seguir escuchando sus parloteos. Respiró hondo, forzándose a contener sus emociones desbordadas.
Primero, deslizó el cuerpo inerte de Julia sobre el suelo, cruzándole las manos sobre el pecho. Limpió suavemente la sangre que había goteado de los labios de la mujer, alisó el cabello sobre su frente, y entonces se puso de pie.
Con Espada de Caballero en mano, Carol se situó junto a su amante, que había recuperado su gran escudo, y con su amiga a sus espaldas, enfrentó al enemigo.
—Mi Señor, paréceme que el momento decisivo ha llegado.
—El hechizo que te mantenía atado a cenizas ha sido reducido. Dime, pues, ¿qué te retiene aún en aqueste lugar? ¿Non albergabas acaso, junto a tu inútil hermano menor, el anhelo de cercenar la cabeza y arrancar el corazón del pecho de mi venerable persona al menor descuido?
—El hermano menor soy yo, Shasuke, Su Señoría. Raizo, mi hermano mayor, entidad aparte es. Y en cuanto a nosotros… hasta el postrero instante hemos jurado permanecer junto a vuestra merced, medie hechizo o non.
—Jum —resopló Stride, su arrogancia indemne ante la muestra de lealtad de Shasuke. ¿Por qué buscaría Shasuke obedecer a un hombre tan destructivo como él?
—Algunos hallan salvación bajo la deslumbrante luz del sol. Otros encuentranla en la ponzoñosa inmunda —dijo Shasuke—. Non pidoos comprensión alguna. Tan solo hablo de aquello que es.
—Cuando el Señor está equivocado, el sirviente debe tomar medidas para corregirlo —respondió Carol—. Pero ya está bien de ti. No escucharé más.
—Razón te asiste. Ya non hay provecho alguno en dar oído a cuanto dices —dijo Stride, robándole el protagonismo a Carol cuando estaba a punto de moverse.
Por otro lado, lo que realmente la desconcertó no fueron sus crueles palabras, fue algo que sacó de los pliegues de su ropa y alzó en alto. Cuando lo vio, Carol se quedó sin palabras, y Grimm, igualmente, agrandó los ojos en conmoción.
Era un libro, un solo tomo con una cubierta negra. Stride lo sostenía en alto como si fuera profundamente importante, pero la cubierta no llevaba título, y a simple vista era imposible adivinar lo que podría haber dentro. No obstante, supieron inmediatamente lo que era.
Era el símbolo del mal absoluto, que solo debería haber sido poseído por los elegidos…
—Non habría de ser menester el pronunciar más palabras vanas, ¿non es ansí? Mas, aquesto poco importa. El Santo de la Espada, el Dragón Divino, el Reino, el Imperio, las Protecciones y las Maldiciones; el precio y la noción de todas aquestas cosas están entretejidas con los designios de los Observadores en los altos cielos. Por ende, mi venerable persona non alzará reparo alguno en ello. He de mostrar que ninguna pieza es inmune a ser ferida y que el tablero puede quebrarse.
—¿Qué estás…? ¿Qué estás diciendo, desgraciado? Stride, ¡maldito!
—Non es que yo albergue alguna creencia necia hacia esa Bruja, mas, emulando a ese diligente truhan que entregóme este libro y contribuyó en el manejo de mi Autoridad… Los «Diez Mandamientos de la Soberbia», he de decir esto…
—… ¡Arzobispo del Pecado del Culto de la Bruja, representando a la Soberbia, Stride Vollachia!
—¡¿El Culto de la Bruja?! ¿Y… tomas el nombre de Vollachia?
—Aun cuando, por desventura, non soy más que una farsa que logró hacerse con el Factor de Bruja y la manifestación de una Autoridad. A diferencia de aquel diligente truhán, non albergo intención alguna de rendir culto a la Bruja de la Envidia. Por otra parte, la Bruja constituye una amenaza incluso para los propios Observadores… de modo que quizá, al final, ella se halle de mi parte.
Los bordes de los labios de Stride se elevaron con sarcasmo, y los pensamientos de Carol se dispararon en todas direcciones. El Culto de la Bruja y el Imperio de Vollachia… Si ambos formaban parte de las maquinaciones de Stride…
—C̵̼̍ä̴r̵o̵̲̽l̶͚̇ —dijo Grimm, tocándole el hombro y asintiéndole—. N̸̿o̶s̵̍o̷t̶̒r̵o̷͆s̷͗ m̶̻̀a̴t̷̒a̶r̸̅ë̵m̵̓o̵͘š̸ a̸ ẻ̷̗s̷͝t̶̆e̴͗ t̴̉i̶̮̋p̷o̶. S̷̍ö̴l̷ȍ̵̜ e̶͛s̴ ũ̶ǹ̸̳ m̷͛o̴̾t̵i̴v̴ȏ̵͓ m̴̅á̵s̵ p̴̰̒a̷r̴̿a̸ h̵̅͜a̷c̵̹͊ė̷r̸l̵o̸.
—Sí —dijo Carol lentamente—. Sí, tienes razón.
Solo esas palabras fueron suficientes para aliviarla un poco, y el caos en su cabeza se disipó. En ese momento, debían preocuparse por la seguridad del Reino, por derrotar al líder enemigo y, sobre todo, por…
—Soy Carol Remendis. Soy hija de la Familia Remendis, que durante generaciones ha servido como «Funda» de la Familia Astrea. Pero ahora, solo esta vez…
Se puso en posición con su espada lista, y recuerdos cruzaron por su mente de todas las veces que la otra mujer la había desconcertado. De todas las veces que la había enfurecido. De todas las veces que habían reído juntas. De cuánto la había querido Carol.
Así que ahora, por este único instante, Carol no peleaba como una hija del linaje Remendis.
—¡Como amiga de Julia, yo, Carol, te venceré!
—Harto osadas son esas palabras en labios de una mujer que non pudo librarse de mi maldición. ¿Acaso tu pequeño amigo nada ha de decir?
—N̵̩̄o̸̰̐ —fue todo lo que dijo Grimm.
Stride alzó una ceja y exclamó:
—Joo.
El rostro de Grimm estaba firme. No mostraba ni ira ni odio, sino que miraba a Stride con un inquebrantable sentido del deber.
—E̶r̵̂ĕ̵s̵̎ s̵͙̾õ̵͜l̶̏o̷ o̶̭̾t̵r̴o̷̔ v̵̰̉ill̵͘a̶n̴̐o̸ c̵̐o̶͂n̶̟̔ e̴̛l̷ q̴̝̕u̸͘e̸ m̶͇͝e̴ t̶͐o̸p̵é̴.
—¡Magnífico! —sonrió Stride desde el fondo de su corazón ante esa conversación.
Carol concluyó que tal vez nunca lo entendería, aun si tuviera toda la eternidad para intentarlo.
Con eso, se puso junto a Grimm, lista para la pelea, espada y escudo unidos. Shasuke empuñaba sus dos espadas, dispuesto a proteger al aún sonriente Stride.
Los dos bandos se lanzaron el uno contra el otro, pero alguien más fue incluso más rápido.
Se escuchó un gran aullido, y el Dragón Negro, que se había liberado de los hechizos de Stride, engulló la Aguja, el símbolo de Picoutatte, con una explosión de su aliento.
Sección 5
Corrió y corrió. El mundo parecía no tener fin.
Si aquello era realmente un lugar nacido de su sentimiento de culpa, tal vez era natural que durara para siempre. Porque, al fin y al cabo, un pecado cometido nunca puede ser realmente perdonado ni expiado.
—¡Qué pesimista…!
Theresia apartó el pensamiento en cuanto le vino a la cabeza y siguió corriendo, con la respiración entrecortada. Podía librarse de la horda de muertos que la perseguían, pero nunca escapaba realmente de ellos. La rodeaban como si supieran dónde estaba. No le daban tiempo ni para descansar.
Por otra parte, nunca se sentía cansada, sin importar cuánto ni cuán lejos corriera.
—Incluso aquí, siento el vientre pesado, mi resistencia flaquea y no percibo mi Protección Divina…
Theresia divisó unos peñascos rocosos y se lanzó entre ellos, apoyando la mano contra la pared mientras evaluaba su estado.
Entre su embarazo, la pérdida de sus Protecciones Divinas y la relativa tranquilidad de sus días desde que se había retirado, absorta en la vida de recién casada, su fuerza no era ni de lejos la que había sido.
No serviría de nada si seguía así, permitiendo que el niño que llevaba en el vientre se viera envuelto en todo lo que estaba ocurriendo y quedándose atrapada por el Ojo Maligno. Melinda era la esposa de Stride y la clave de sus planes. Si Theresia pudiera destruir su Ojo Maligno…
—¡Tendría que ayudar a Wilhelm y a los demás que están luchando afuera!
Como ocurría con las Protecciones Divinas, también con muchas formas de poder especial: el estado mental del portador influía significativamente en ese poder. El efecto del Ojo Maligno era inmenso, pero si pudiera anularse, los cimientos del plan de Stride se convertirían en una espada frágil, a punto de romperse.
Ese había sido el objetivo de Theresia, pero hasta ahora solo había logrado que quedara más atrapada, absorbida de forma más profunda en el plan.
—Sin mi espada… realmente soy solo una mujer débil.
Mientras permanecía allí reflexionando, las personas a las que Theresia había matado se acercaban, llamándola para que se uniera a ellas.
Al ver los rostros de los fallecidos, al escuchar el dolor en sus voces, Theresia pensó que su decepción anterior había ido más allá de la arrogancia hasta rozar lo inhumano. Incluso si aún conservara la Protección Divina de la Santa de la Espada, ¿podría volver a matarlos? ¿Podría matar a quienes ya habían muerto una vez? ¿Acaso deseaba verdaderamente volver a una vida empapada en sangre?
En un mundo que daba forma al pecado, los muertos, que eran el símbolo de su culpa, maldecían a Theresia, la pecadora, y se acercaban, buscando imponer un castigo acorde a lo que había hecho. Más cerca, cada vez más y más cerca…
—¡Ah…!
¿Se había perdido demasiado en sus pensamientos? ¿O quizá, en el fondo, deseaba ser castigada?
De pronto, Theresia descubrió que su escondite entre las rocas estaba rodeado por todos lados por los muertos. No había adónde huir; estaba acorralada.
Miró de un lado a otro, pero no vio ninguna vía de escape. Colocó las manos en su vientre mientras sus labios temblaban y dijo:
—Wilhelm…
No. Él no estaba allí.
—Carol…
No. Ella tampoco estaba allí.
—Alguien… ¡Cualquiera!
No. No había nadie allí. Theresia estaba completamente sola. Absolutamente sola en aquel lugar.
—Ayúdame… ¡Padre!
—Sí. Sí, por supuesto que lo haré.
Su frágil grito de auxilio fue respondido con un abrazo tan cálido que le dieron ganas de llorar.
—¿Qu…? —murmuró Theresia.
Y en ese instante, varios destellos brillantes de tajos de espada cayeron sobre los muertos que estaban a punto de despedazarla, dispersándolos.
Los ojos azules de Theresia se agrandaron al ver a los hombres armados con Espadas de Caballero que la habían salvado.
No era posible que ellos estuvieran allí.
—¡Oigan, no le roben el protagonismo a su padre así!
—¡Vamos! ¡Nosotros estábamos tan preocupados por Theresia como tú!
—¡¿Qué?! ¡¿Vas a discutirme aquí y ahora?! —la voz del hombre que abrazaba a Theresia casi se quebró al responder a los demás.
Theresia había escuchado estas bromas antes y reconoció la calidez de la conversación. Sacudió la cabeza de un lado a otro con vigor. No, aquello no estaba bien. No podía ser. No podía estar pasando.
—Cargas con una responsabilidad demasiado grande, hermana mayor. Sé que odias haber matado a tanta gente como la Santa de la Espada, pero nunca pienses que nosotros somos parte de tu culpa.
—¡Claro que no! ¡Y es precisamente por la forma en que te gusta cargar con nosotros que pudimos estar aquí!
Reconoció las fuentes de las dos voces. Una, un rostro amable; la otra, un joven viril que llevaba su espada con despreocupación sobre los hombros.
—Casilles… Carlan… Mis hermanos…
—No me olvides, yo también estoy aquí, Theresia.
—¿Thames? ¿Incluso tú?
Eran su hermano menor, Casilles, y su segundo hermano mayor, Carlan. Y allí, flexionando sus bíceps, estaba un joven que se parecía mucho a su padre, pero cuya actitud audaz lo hacía muy diferente. Su hermano mayor, Thames.
Había perdido a sus tres hermanos en la Guerra Semihumana, sin esperar volver a verlos jamás.
—Esto es un milagro forjado por el amor. ¿No lo crees, Theresia?
—Padre, ¿de qué estás hablando?
—¡¿Qué?! ¿Después de todo lo que acaba de pasar, esa es tu actitud? ¡Pensé que estarías emocionada!
Esta reacción desconcertada, evidentemente, venía de su querido padre, Bertol. Theresia sacó la lengua y dijo:
—Solo estaba bromeando —y después enterró el rostro en su pecho.
Sintió cómo las lágrimas brotaban de sus ojos. No era un error. De hecho, había podido reunirse con ellos aquí.
—Padre… Estás…
—No debes culparte, Theresia. Lo mismo aplica para Carol. Ni tú ni ella han hecho nada que merezca culpa.
—Pero… pero había tantas cosas que todavía quería hablar contigo…
—Créeme, conozco la sensación de tener asuntos pendientes. Quería tener a mi primer nieto en brazos y asistir algún día a la boda de Carol. Iba a hacer de este aniversario con Tishua el más grandioso de nuestras vidas, y esperaba poder compartir una copa con el joven Wilhelm dentro de poco. Es más…
Mientras Bertol contaba sus lamentos con los dedos, Theresia sintió que no podía contener las lágrimas.
Ella también había querido esas cosas. Las había querido para él. Pero la oportunidad nunca llegaría. Los asuntos quedarían inconclusos, para siempre…
—Pero Theresia, escúchame. Está bien —dijo su padre.
—¿Qué…?
—Ninguna vida termina sin que queden cosas por hacer. Nadie puede hacer absolutamente todo lo que desea. ¿Y por qué? Porque yo viví en la dicha y morí en la dicha, y en una vida humana feliz, no hay fin para los deseos. Si terminara los asuntos que tengo ahora, solo encontraría otro deseo al que aferrarme y esperar con ilusión. Siempre lo haría, sin fin —Bertol infló el pecho y dijo—: Theresia, lo importante es que te queremos. Lo que no pudimos hacer pasará a ti, a tu hijo, y al hijo de ese hijo. Y eso es algo bueno.
—Padre…
—Así que no te importe que le echaremos muchas ganas para asegurarnos de que puedas hacer eso por nosotros. ¿No es así, muchachos? —Bertol levantó la cabeza, y la expresión en su rostro era ciertamente gallarda.
Sus tres hijos voltearon hacia él y dijeron…
—Bueno, ya hemos empezado mientras charlabas
—Realmente eres malísimo con la espada, papá, así que incluso cuando dices «le echaremos muchas ganas», solo seremos nosotros quienes lo hagamos
—¡¿Queeé?! ¡¿Así se le habla a su padre?! Si van a ser así, muchachos, ¡entonces no voy a traer a nuestro refuerzo!
Incluso mientras Theresia y Bertol habían estado hablando, los hijos de Bertol habían estado ocupados descuartizando a los muertos que se acercaban, y no estaban terriblemente impresionados con su padre. En cambio, Theresia, con las manos de Bertol en sus hombros, inclinó la cabeza y preguntó: «¿Refuerzo?». No podía imaginar quién podría ser más útil que la salvación que ya había recibido.
—Esa sería yo, Theresia. Aunque no puedo decir que me haga muy feliz.
La respuesta a su pregunta fue acompañada por el destello de una espada de un recién llegado que bailó hasta el campo de batalla. Abatió a toda una horda de muertos de un solo golpe, tenía el cabello largo y una figura delgada, demasiado delgada. De cierto modo parecía solitario.
—¡Tío Fribal…!
—Fribal van Astrea, el anterior Santo de la Espada, esconde su vergüenza y se presenta en el campo —el hombre apoyó su espada contra su hombro, sonriendo tan sutilmente que casi podía pasarse por alto.
Fribal van Astrea era el anterior Santo de la Espada y el hermano menor de sangre de Bertol.
Theresia había heredado su Protección Divina del Santo de la Espada de él, así que en más de una ocasión había tenido motivos para resentir a su tío por el cruel destino que la Protección Divina había traído consigo.
—No pretendo expiar el haberte enjaretado con esa carga —dijo Fribal—. Era inevitable que tarde o temprano asumieras esa responsabilidad.
—Sí, tío —dijo Theresia tras un momento—. Lo sé. En su momento, no pude cumplir con mi deber.
—Es cierto. Huiste de él, y supongo que hay vidas que se perdieron a cambio. Si eso es un pecado, que así sea. Aun así…
En medio de este increíble encuentro, la masa de muertos seguía atacando sin descanso. Fribal ni siquiera se molestó en darse la vuelta, sino que los hizo volar por los aires con un golpe tremendo, aunque a Theresia le dolió en lo más profundo ver a los muertos siendo abatidos por segunda vez.
—… No te culpes. Puede que este sea un mundo forjado por tu sentimiento de culpa, pero estas no son las vidas que tú tomaste. Tu culpa está fuera de lugar.
—Suenas igual que antes, tío…
—Entiendo tu deseo de creer que lo que has hecho es un pecado. Pero si eso es así, ¿qué soy yo entonces? ¿Qué son Thames y tus otros hermanos que han venido a ayudarte?
—… —Theresia calló ante la pregunta, reflexionando. Justo a su lado, Bertol no parecía muy contento, pero ella ni siquiera lo notó.
¿Qué estaba tratando de comunicarle su tío? Consideró la pregunta con atención. Después de todo, nunca había tenido la oportunidad de hablar tan francamente con él en su vida.
—Este lugar no es el abismo de tus pecados —dijo Fribal—. Este es un mundo al que da forma lo que la persona hechizada desea creer. Fue un corazón bondadoso, una persona bondadosa, quien formó este lugar.
—Una… persona bondadosa…
—No te ahogues aquí en tu culpa, Theresia. No puedo permitir que mueras en este lugar. Nada se expía con la muerte. Al contrario, debes vivir —dicho esto, Fribal se paró frente a Theresia y Bertol, cubriéndolos, y lanzó un ataque contra la horda de muertos. Thames y los demás estaban con él, formando una línea inexpugnable.
Qué alentador era tenerlos allí. ¿Acaso era la falta misma de la Protección Divina del Santo de la Espada lo que le permitía siquiera tener ese pensamiento? ¿Era producto de los caprichos del Dios de la Espada, que antes había ignorado sin piedad a los hermanos de Theresia mientras se dedicaban a la espada?
—Hay tantas cosas que quiero decir… —comenzó Bertol, pero luego hizo una pausa y miró a los hombres de Astrea como si fueran algo imposiblemente radiante.
Había resentimiento en sus ojos, el anhelo de un hombre que no había sido bendecido con ningún don para la espada.
Pero desapareció pronto, reemplazado por compasión en los ojos azules que miraron hacia abajo, a Theresia, entonces continuó:
—Fribal tiene toda la razón. Theresia, debes vivir. No lleves esta culpa contigo. De hecho, tu padre está sorprendido de que te hayas acorralado de manera tan completa.
—No me había dado cuenta de que se había puesto… tan grave —respondió Theresia.
Ahora que se le había dado forma concreta, solo podía decir que su conciencia de sus propios sentimientos había sido demasiado tenue.
Bertol puso su mano en el hombro de su hija, la joven que albergaba esa profunda oscuridad en su interior, y sonrió.
—No te digo que olvides tu culpa. Pero quiero que dejes de permitir que gobierne tu vida. No es necesario vivir solo para expiar. Si, aun así, tu corazón sigue doliendo… entonces paga la deuda que debes.
—¿La… deuda?
—Vive, no para expiar los pecados cometidos, sino para devolver la bondad recibida. Vive en la dicha y muere en la dicha. Eso es lo que quiero para hija mía —sonrió ampliamente, y los ojos de Theresia se agrandaron.
¿Acaso se permitía una vida así en el linaje de los Santos de la Espada? ¿Era posible una forma de ser tan amable para los Astrea, obligados a actuar como la Espada del Reino?
Bertol Astrea, por su parte, sonreía: él mismo lo había logrado.
—Padre…
—¿Qué pasa?
—El bebé que llevo en el vientre… quería que tú le pusieras el nombre.
—Ah… Ya veo. Claro, claro.
Ante la pequeña petición de Theresia, la sonrisa de Bertol se hizo aún más amplia. Se pasó una mano por su melena de cabello rojo, del mismo color que el de Theresia, y dijo:
—Entonces voy a romperme la cabeza pensando en uno.
—Por supuesto, Padre. Es una promesa.
Una promesa que nunca podrían cumplir, lo sabía Theresia, incluso mientras la hacía.
Entonces tomó el brazo de su padre y se dio la vuelta una vez más hacia los hombres de Astrea que tenía delante.
—Thames, Carlan, Casilles, tío Fribal —dijo, llamando sus nombres, y uno por uno voltearon para mirarla.
Theresia grabó sus rostros, grabó la imagen de ellos conteniendo las oleadas de muertos, grabando la visión en su mente. Aunque no podían relajar su defensa ni un instante, le mostraron su lado más fuerte, para que ella nunca los viera en la debilidad.
Esto la hizo comprender a Theresia que siempre había sido protegida así.
—Los quiero a todos —dijo—. Los quiero muchísimo.
“¿Conseguí darles una sonrisa apropiada?”
“¿Conseguí ser la Theresia Astrea que conocían antes de que me añadieran el «Van» a mi nombre?”
“… ¿Puedo pensar en las sonrisas que todos me mostraron al final como una respuesta a eso?”, pensó Theresia, después de haberle mostrado a su familia su amor por ellos y haberlos visto por última vez.

Sección 6
Un sonido similar al de cristales quebrándose señaló su colapso.
—Aah… agh… —por un instante, Theresia colocó las manos sobre su pecho y se encogió por el dolor de no haber estado respirando.
Una y otra vez, inhaló el aire polvoriento que la recibió al regresar.
Y allí…
—¡Ah… ahhhh! ¡AHHH! ¡MI… MI OJO! ¡¿ROMPISTE EL HECHIZO?!
El grito de Melinda llegó poco después de que Theresia volviera en sí. Se cubría los ojos con ambas manos, después corrió hacia la ventana presa del pánico y miró al exterior. Allí, se arrancó su cabello color ceniza y volvió a aullar.
—¡ESTO NO ES POSIBLE! ¡NO PUEDE SER! ¡NO, NO, NO, NO NOOOOOOOO!
—¿Melinda? —preguntó Theresia.
—MI OJO MALIGNO DE LA VANAGLORIA ESTÁ ROTO… ¿QUÉ HAY CON EL DESEO DE MI SEÑOR MARIDO? ¡¿QUÉ HAY CON SUS AMBICIONES?! ¡AHH!
Aún afectada por la confusión, Melinda de repente pareció tener un pensamiento. Volteó hacia Theresia, quien se había incorporado hasta lograr sentarse y se limitaba a mirarla. Con ambos ojos cerrados, Melinda avanzó hacia ella. Extendió las manos, agarró los hombros de Theresia y acercó su rostro directamente al de ella. Al darse cuenta de lo que iba a hacer, Theresia gritó «¡No!» e intentó apartar a la mujer.
—¡GRGHHH!
Theresia llegó demasiado tarde. Los ojos de Melinda se abrieron, y se enfrentó de nuevo al Ojo Maligno. En cambio, al instante siguiente, Melinda se tambaleó hacia atrás como si hubiera recibido una descarga eléctrica y cayó de rodillas. La sangre comenzó a gotear de sus ojos, y el patrón de telaraña dentro de ellos se volvió gradualmente rojo.
—¡¿Qué?! ¡No, no, no te esfuerces tanto! —exclamó Theresia.
—N-no… ¡NO ME TOQUES, POR FAVOR! —gritó Melinda, apartando la mano de Theresia cuando esta se extendió para sujetarla—. TÚ… LO HICISTE A PROPÓSITO… ¡¿PERO CÓMO?!
—…. —Theresia calló un momento y después dijo: —Mi familia me envió de vuelta aquí. Me dijeron que no me aferrara a mi culpa.
Melinda miró al suelo mientras lágrimas de sangre brotaban de sus ojos. Estaba profundamente arrepentida. Sabía que Theresia la había provocado deliberadamente para que usara el Ojo Maligno, con el fin de tener la oportunidad de romper el hechizo de los guardias en la ciudad de abajo. Habría sido una cosa si Stride le hubiera dado instrucciones al respecto, pero Melinda nunca podría haber imaginado un plan así por sí misma. Theresia estaba segura de que su tío había tenido razón.
—Sé que realmente te importaba mi bebé —dijo Theresia—. Detengamos esto. Ya fue suficiente.
—N-no pu…
—¿No puedes hacerlo? No, eso no es cierto. Ahora mismo, no tengo mi espada, no tengo mi Protección Divina. Solo soy una madre. Solo una mujer. Si tienes a alguien a quien amas, como yo… —Theresia no podía entender ni siquiera contemplar la posibilidad de la humanidad de Stride, a quien Melinda amaba y apoyaba. Pero eso no significaba que Theresia tuviera que rechazar a Melinda.
Melinda permaneció en silencio durante un largo momento. Mantenía los ojos cerrados, mirando primero hacia arriba y luego hacia abajo, una y otra vez. Y, al final, pareció llegar a algún tipo de decisión.
Al divisar un rayo de esperanza, Theresia dijo:
—Sí, eso es —e intentó tomar la mano de la mujer…— ¿Qué?
… excepto que, en el mismo instante, Melinda empujó a Theresia con todas sus fuerzas, haciéndola caer de espaldas. Theresia solo pudo quedarse allí tumbada, parpadeando en conmoción.
Justo entonces, hubo un tremendo ruido sobre ellas, y el aliento del Dragón Negro envolvió la Aguja, enviando una conflagración que se derramó en su habitación.
Sección 7
Un Shinobi era un guerrero creado a través de un proceso de tormento, forjado en las agonías del infierno.
Primero, te quitaban tu nombre. Luego, tu familia, tus posesiones, tu pasado, tu futuro, todo lo anterior para convertirte en Shinobi te era arrebatado, tu vida quedaba reducida a lienzo en blanco. Solo entonces eras la materia prima apta para ser moldeada.
Lo que seguía era entrenamiento, drogas, hechizos y todo método horrible de cada época y rincón del mundo. Solo uno de cada cien candidatos se abstenía de suicidarse, y de cada cien de esos, solo uno salía mentalmente intacto. De cada cien de esos, solo uno sobrevivía al entrenamiento, y solo uno de cada cien que sobrevivían emergía como un Shinobi completo.
Por ello, Raizo y Shasuke, hermanos gemelos que habían completado el proceso juntos, eran algo nuevo en la aldea de Shinobi, una obra de arte sin igual, y se esperaba mucho de sus futuras carreras.
Los adultos de la aldea deberían haberse dado cuenta, no obstante, siendo hermanos gemelos, Raizo y Shasuke no habían sido aptos para ser Shinobi desde las primeras etapas del proceso de selección.
Al final, los «Gemelos Shura», que a veces habían sido llamados la obra maestra e insuperable de la aldea, fueron casa por casa, masacrando a todos los adultos que les habían quitado todo, y a todos aquellos que eran sus aliados. A partir de entonces, el dúo se convirtió en fugitivo.
Incluso mientras cazaban a sus perseguidores, Raizo y Shasuke sabían que no podían vivir huyendo por mucho tiempo. Y aun así, aunque sus vidas no estaban destinadas a durar mucho, igualmente no había razón para terminarlas antes. Quizás por eso hicieron lo que hicieron.
—Os daré el más extravagante de los usos antes de desecharos.
Como invitación, esta no era ni amable ni justa, y ambos hermanos la aceptaron.
Su verdadero deseo era servir a alguien con grandes ambiciones, por absurdo que fuera su objetivo. El único, el que no tenía igual, que utilizó a los fugitivos «Gemelos Shura» como los Shinobi que eran fue el hombre que sería criticado en silencio por muchos: Stride Vollachia.
Así que incluso ahora, mientras el mundo se acababa…
—¡Mi Señor!
Cuando el aliento de fuego del Dragón Negro vino hacia ellos, Shasuke sujetó a Stride y se lanzó al aire.
Un instante después, la Aguja fue destruida por una ola de calor, consumida por un poderío de fuego literal nunca imaginado. El viento de la explosión quemó la piel de Shasuke, y supo que aquellos que no habían escapado debían estar muertos.
Pero una voz le hizo cosquillas en el oído, un susurro áspero de furia:
—¡Oye, idiota! ¡¿Adónde crees que vas?!
Shasuke se giró en el aire, solo para encontrarse con un golpe de espada que no pudo evitar. Le mordió el hombro, haciéndolo caer dando tumbos.
La mujer guerrera de cabello dorado había perseguido a Shasuke hasta el mismísimo aire; era Carol.
Sabía que su manejo de la espada era excelente, pero la había considerado poco más que eso. Ahora se movía por el aire como si caminara sobre suelo firme, golpeando Shinobi y su carga con una lluvia de impactos.
—¡Saltar por el aire es mi truco! ¡Cometiste un grave error táctico! —dijo la mujer.
Shasuke siseó:
—¡Si vos os halláis aquí… entonces de vuestro amado qué ha sido! ¡¿Qué destino hubo de correr?!
El tejado había sido chamuscado por las llamas; solo aquellos que sabían huir al aire habían escapado. Y a diferencia de Shasuke, que llevaba a Stride en brazos, Carol no llevaba a su amante con ella.
¿Un hombre común con nada más que un escudo sobredimensionado? Jamás podría haber sobrevivido.
Stride, desde los brazos de Shasuke, miraba por encima de su hombro y dijo con una voz cargada de fervor:
—Precisamente por ello hubo de sobrevivir, simplón.
Shasuke siguió la mirada de su Señor, fija en el tejado, donde aún perduraba el último calor de las llamas.
Un gran escudo brillaba en la azotea. Era el hombre ordinario, que había desviado el calor y protegido el cuerpo de la bella dama muerta.
—¡Yo soy la funda y Grimm es el escudo, la gente que siempre está junto a la espada como sus amigos!
Desviando el relampagueante golpe de espada con su kunai, Shasuke retrocedió, pero encontró un lugar donde aterrizar: sobre el lomo del Dragón Negro.
La criatura rugió. Medía decenas de metros de largo, así que el peso de un simple humano insignificante no sería nada para él. Libre del hechizo de los anillos, el Dragón bramaba y aullaba. Mientras tanto, el Shinobi y la espadachina combatían a través del lomo, alas y brazos de la monstruosa criatura sobrenatural, intercambiando golpes como una historia salida de un sueño.
El Dragón se retorcía bajo sus pies, sus garras y cola cortaban el aire sin piedad. Un solo golpe de la criatura podría matar a cualquiera de ellos al instante. Shasuke apretó los dientes y se preparó contra los vientos azotadores. Sosteniendo a su Señor con su herido brazo izquierdo, usó el derecho para luchar contra una espadachina de primera categoría. Él, que había sido forjado como el guerrero definitivo, demostró toda su habilidad mientras mantenían una batalla en movimiento a través de una criatura que bien podría haber salido de una broma, o de una leyenda.
“¿Y tales cosas pueden ocurrir? ¿Puede el mundo tolerarlas?”
¿Podía un Shinobi, destinado a acechar en las sombras de la historia, en los rincones oscuros del mundo, en el fondo invisible de las historias, siempre escondido, siempre ahuyentado, consumiéndose en la oscuridad, podía una persona así mantenerse de pie en este escenario abierto?
—¡Mmnaja! —Shasuke enseñó los dientes y escupió un suspiro. No, se rio.
Shasuke, que había sido criado siempre diciéndole que desechara sus emociones y cerrara su corazón, Shasuke, que junto con su hermano Raizo había fracasado en convertirse en Shinobi y se había convertido en fugitivo, se rio por primera vez en mucho tiempo.
Ahora se alegraba de haber maldecido su destino y unido sus manos a las maquinaciones de un hombre que buscaba destruir el mundo.
—¡Ahhh! ¡Todos son dioses, mas aquesto ha sido harto deleitoso! —gritó.
Volvió a reír, y entonces, a una velocidad cegadora, dirigió su hoja hacia el pálido cuello de Carol. Pero el mayor golpe de la vida de Shasuke no fue nada ante la técnica del Demonio de la Espada, la más fuerte del Reino.
¿Cómo, entonces, podría el escudero que había observado esa técnica de cerca durante tantos años no defenderse de ella?
—¡C̸̠͘a̸͓͐r̷ò̷̙l̵͌! —gritó el hombre que había saltado sobre el lomo del Dragón, arriesgando su vida por ese único golpe.
Lo atrapó con su escudo, y sin perder un instante, la mujer pateó hacia el cielo, elevando su espada por encima de su cabeza.
Shasuke dejó que su arte Shinobi fluyera a través de su cuerpo, endureciendo su carne como el acero. Pero ya sabía que su técnica era impotente ante ese golpe brillante.
—Pregúntome si mi hermano mayor cumplió con su papel.
El golpe cayó en diagonal, atravesando el hombro derecho de Shasuke y saliendo por su cadera izquierda, partiéndolo en dos. Shasuke tosió sangre, pero incluso mientras recibía el golpe mortal, había una amplia sonrisa en su rostro.
Solo esperaba que su hermano también estuviera sonriendo.
—Mi Señor… permitid que preceda a vuestra merced…
Allí, empapado en sangre sobre el lomo de un Dragón de tres cabezas, Shasuke tuvo un pensamiento:
“Puede ser que yo, entre los Shinobi, el único sea que jamás haya muerto de forma tan excelsa.”
Sección 8
“Pa’ ser honesto, no ‘toy tan interesado en gente como ustedes dos. Esos tipos a los que les dieron la vuelta y fueron derrotados eran débiles, y eso fue culpa suia. ¿Io? La razón por la que ‘toy haciendo esto del Shinobi es, ia sabes… Aspiro a un día, en algún lugar, tener una muerte inconcebiblemente llamativa y fructífera. Ahora guárdenlo en secreto, ¿sí?”
Raizo y Shasuke conocieron al Shinobi después de que hubieran destruido su aldea y huido. Era el Shinobi más fuerte que jamás habían conocido, el que había visto la muerte más de cerca que nadie, y el más misterioso.
El viejo Shinobi era más fuerte que Raizo y Shasuke; la historia de los «Gemelos Shura» casi termina allí mismo. Pero por algún antojo o capricho, había decidido perdonarlos, permitiéndoles seguir adelante para encontrar a Stride y aceptar su promesa de usarlos como Shinobi, y eso los llevó a este momento.
¿Por qué habría de recordar a aquel extraño Shinobi justo ahora?
Quizás porque parecía que él estaba a punto de cumplir la ambición del Shinobi antes que el propio hombre.
—Después de todo, un hombre como yo planeó asesinar nada menos que al Rey de Lugunica.
Y qué Señor tan entregado había encontrado; qué profundos eran sus crueles y pequeños planes.
En este punto, Stride debía estar intentando llevar a cabo su gran ambición. Kurgan, Melinda y también Shasuke debían estar luchando con las tropas de élite del Reino en el gran escenario llamado Picoutatte. Por su parte, Raizo permanecía casi ajeno a esa batalla épica mientras regresaba a la Capital Real de Lugunica y se colaba en el castillo.
Cuando perdieran a su Santa de la Espada, a su Dragón Divino y finalmente a su Rey, ya no quedaría nadie que se aferrara al consuelo del mito que había sido el cimiento de la prosperidad del Reino durante tanto tiempo.
Dicho propiamente, implicaría que la ambición de Stride, junto con Raizo y los demás que habían actuado como sus manos y pies, habían cambiado el curso del mundo por pura fuerza bruta.
En silencio, Raizo se deslizaba de una sombra a otra, lo más rápido que podía, hacia el Castillo Real. Su sentido del tiempo se había distorsionado gravemente, pero sabía que era mitad de la Hora del Fuego, y que el Rey, Gionis Lugunica, estaría tomando una siesta en su dormitorio.
Incluso entonces, Raizo era cuidadoso y minucioso, moviéndose sigilosamente sobre el techo de la recámara de Gionis. Cuando aguzó el oído, pudo oír la suave respiración de un hombre dormido. Todo lo que tenía que hacer era entrar en la habitación a toda velocidad y romperle la columna.
No era propio de Raizo hacer sufrir innecesariamente a sus víctimas. No obstante, para dramatizar la muerte del Rey, probablemente tendría que dejar el cuerpo en un lugar más visible…
—Parece que es un rival formidable. Entonces, temo que no tendré que contenerme con usted. Disculpa.
Era una voz que no debería haber oído, y aun así la oía. Nada más escuchar las palabras, algo se enrolló alrededor del lado derecho de su cuerpo y comenzó a aplastarlo con una fuerza inmensa.
—¡Mgahh… aaahhh! —Raizo se retorció; estaba siendo devorado por el propio aire.
Perdió su brazo y su pierna derechos. Mientras sentía y oía cómo la carne y el hueso se trituraban y arrancaban, atravesó el suelo bajo sus pies y cayó al dormitorio. Sabía que el lado derecho de su cuerpo estaba totalmente destrozado, y el izquierdo solo estaba un poco mejor. Las heridas eran mortales.
—Vos sois harto habilidoso… ¿Consideraríais... por ventura... convertiros en Shinobi?
—Aprecio su generosa estima hacia mí. Sin embargo, ya sirvo a una casa. Mis disculpas.
Dicho esto, un hombre de cabello azul vestido con un uniforme de mayordomo saltó ágilmente de la cama. Rayaba en la insubordinación que alguien como él durmiera en el lugar reservado para el Rey, pero en la medida en que esto era una trampa para atrapar a un asesino, había funcionado a la perfección.
—Fue idea de mi Señora. Lord Miklotov lo aprobó, y Sir Orphe ayudó a prepararlo. Perfecto.
—En tal caso, ¿Gionis Lugunica…?
—Está en un lugar seguro. Ahora, prepárese.
Raizo comprendió entonces que cualquier esperanza de matar al Rey se había desvanecido. Encontrar al monarca desaparecido, sortear a sus guardias y quitarle la vida ya no era realista.
Además, había un problema más fundamental. Raizo dudaba de que el joven que tenía delante lo dejara ir tan fácilmente.
—Creía haber considerado ya a cuantos poderosos habitaban el Reino... mas vos… ¿quién sois?
—No soy alguien cuyo nombre valga la pena mencionar. Solo tengo una cosa que me gustaría decirle. Despedida.
—¿Y qué sería aquello?
—Si es alguien que toma a la historia como enemiga, entonces diría que yo también formo parte de ella. Eso es porque soy alguien que conoce la era de las Brujas de hace varios siglos. Veterano —el joven lo dijo con tal sencillez, y luego hizo una reverencia.
La muerte estaba cerca. El aliento de Raizo olía a sangre. Saboreó las palabras del joven y rio diciendo:
—Paréceme ese un relato de viajes asaz maravilloso… uno que he de relatarle a mi Señor cuando lo vea en los infiernos.
—Entonces dale tu mejor hospitalidad. Y al alma de mi Señora, consuelo, si fueras tan amable. Te lo agradezco.
Raizo no siguió la lógica del hombre, ni su razonamiento. Solo sabía que el resultado era el que deseaba, y así se preparó para pelear.
No sabía el nombre de este hombre, pero tampoco había preguntado nunca el nombre de aquel Shinobi. Su propia muerte podría florecer de manera ligeramente distinta a las grandes imaginaciones de aquella persona, pero aún así.
—Mi Señor, adelántome a vuestra merced.
Podría morir como quien había servido a un Señor que priorizaba la sustancia sobre la forma; como quien había luchado por romper el molde del mundo.
Raizo sintió una sacudida poco habitual de sentimiento fraternal hacia Shasuke:
“Lo lamento”, pensó, “por ser el único al que le ha sido concedida muerte como aquesta”.
Sección 9
—Mi Señor, adelantome a vuestra merced —con esas palabras, el cadáver del Shinobi cayó del lomo del Dragón, esparciendo sangre y vísceras por doquier.
Carol apenas vio cómo el cuerpo de su implacable enemigo desaparecía de su vista. Asió su espada y se preparó para continuar la batalla.
Ante ella estaba el hombre que se hacía llamar Arzobispo del Pecado, el hombre que, ahora despojado de su leal guardaespaldas, se aferraba al lomo del Dragón contra el viento azotador. El desastre andante, Stride Vollachia.
—Parece que te has quedado sin ideas, monstruo —dijo Carol—. El Dragón ha escapado de tus garras, y todos tus planes son cenizas.
—Ansí que eres de las que habla sin pensar en cuanto notan que la marea ha cambiado. Mas mi venerable persona ha de perdonarte. Cambiar tu guisa de obrar al vibrato fluctuante de la melodía también es propio de un papel menor como el tuyo.
Que se le quemara el brazo, la pérdida de sus últimos aliados y el hecho de que ni siquiera pudiera mantenerse en pie sobre el lomo del Dragón no hacían sino avivar la arrogancia de Stride.
—¿Recurriste a toda esta violencia como venganza por ser incapaz de
alcanzar la felicidad ordinaria? —preguntó Carol en voz baja.
—¿Eh? —Stride parecía haber sido tomado por sorpresa por un momento al escuchar la voz serena de Carol.
Luego, el rostro decidido de Carol se reflejó en sus ojos, y él miró al suelo. Sus hombros temblaron y un sonido de gorgoteo salió de su garganta. Se
estaba riendo.
—Je-je-je… ¡Ja, ja, ja, ja! AJAJA… ¡JAJAJA! ¡Cretina! Hablas cual bufón. ¿Podrías sentir lástima por mi venerable persona? Menuda necia has de ser, al encontrarte al lado de venerable presencia, quien se halla en el centro de todo cuanto ha acontecido, y non obstante, ¡solo logras aqueste exiguo ápice de comprensión!
—Así es, soy una tonta. Es porque soy tonta por lo que fui engañada por escoria como tú, perdí a aquellos a los que debía proteger y dejé morir a mi amiga. Me odio por ser una idiota todo este tiempo —Carol miró sus manos manchadas de sangre.
Había permitido que su amiga irreemplazable muriera, y había puesto las manos encima del hombre al que le debía todo cuando debía haberlo protegido; tantos errores había cometido. Cuando pensaba en ello, no podía evitar la sensación de que no había hecho más que cometer errores desde el día que conoció a Theresia.
Y aun así, para ella, para la estúpida Carol Remendis, Grimm dijo…
—Ÿ̸̺́o̸̰̒… T̷͆e̴ a̴̮͗m̵̄ò̷̠.
Carol asintió al hombre a su lado, y una suave sonrisa se formó en su rostro.
—Sí, y yo también te amo. Julia también me amaba. Bertol también me apreciaba mucho. … Y Lady Theresia también me ama.
Al oír eso, la sonrisa desapareció del rostro de Stride, junto con la burla y el escarnio de sus ojos. En su lugar, soltó el lomo del Dragón y se puso lentamente de pie.
No sabía cómo pelear. Si no se aferraba a las escamas del Dragón, solo tendría unos segundos para estar allí. De hecho, pronto perdería el equilibrio, y su cuerpo sería arrojado al vacío…
—Admítolo —dijo Stride.
Su rostro ya parecía haber olvidado que alguna vez sonrió, y el viento lo empujaba. Mientras Carol y Grimm lo miraban atónitos, dijo:
—Habéis ganado… por agora.
—¿Crees que ahora puedes…! —Carol vio que Stride pretendía destruirse a sí mismo, y quiso detenerlo.
Impulsándose desde el lomo del Dragón, se lanzó hacia adelante.
Stride se entregó al viento, pero Carol lo alcanzó. No permitiría que él mismo se impusiera esa sentencia. Al menos, quería que una espada de la Casa de Astrea lo rematara. Debía creer que eso ayudaría a Julia a descansar en paz.
—¡N̸̙͝O̴͉͝O̷̘̓Ǒ̸̦O̵̳͂Ö̶͍́! —gritó Grimm, atrapándola mientras saltaba, haciéndola caer de vuelta sobre el Dragón.
Se había abalanzado sobre ella desde un lado y la atrapó, haciendo que ambos cayeran en el lado opuesto a Stride. Un instante después, la cola del Dragón barrió el mismo lugar donde habían estado.
Carol se había salvado de ser estrellada en pedazos ensangrentados, pero a cambio había perdido cualquier posibilidad de atrapar a Stride.
Las tres cabezas del Dragón aullaron, ajenas a la frustración de Carol, y entonces la criatura se lanzó en picado tras el desastre andante.
Vio cómo los labios de aquel hombre formaban una sola palabra mientras observaba a la bestia acercarse: «Ven».
En este amargo final, escaparía de la espada de Carol, entregando su vida en cambio a los colmillos del monstruo que él mismo había invocado.
Un instante antes de que la bestia lo alcanzara…
—¡SU EXCELENCIA!
Una mujer saltó al vacío desde la ventana de la torre que se desmoronaba. Estaba tan quemada que parecía un milagro que siguiera viva. Era Melinda, y se aferró a su marido justo cuando el Dragón se abalanzaba sobre él.
Sus fauces se cerraron sobre ambos, marido y mujer desapareciendo juntos.

Sección 10
El espantoso calor de las llamas que envolvían el tejado de la torre se sentía incluso dentro de la estructura.
La oleada de calor que inundó la ventana abierta encendió el aire polvoriento como una maldición, convirtiendo al instante el piso más alto de la Aguja en un paraíso de llamas y arremetiendo contra Theresia y Melinda, que aún estaban allí.
No, eso no era del todo cierto. Las llamas solo asaltaron a una de ellas en aquella habitación.
Melinda empujó a Theresia fuera de la cámara y cerró de golpe la puerta de hierro que daba a las escaleras con todo su cuerpo, quedando ella en el espacio plagado de fuego. El fuego le abrasó la espalda sin piedad.
—¡AH! ¡AAAAAAAAAAHHHHHHHHHHH!
Theresia pudo oír los gritos de dolor incluso a través de la puerta. Cubriéndose el vientre, corrió de vuelta hacia ella, pero la puerta había comenzado a derretirse, y sus frágiles brazos no tenían la fuerza para abrirla.
—¡¿Puedes a…?! ¡Melinda! ¡Melinda! ¡Abre la puerta! —gritó Theresia, golpeando el metal cada vez más caliente.
La habitación del otro lado era un infierno tal que lo notaba a través de la barrera. Sin alguna forma de protegerse de la intensidad del calor, ningún humano podría…
—¿Por qué…? ¿Por qué me salvaste así?
—El niño… que llevas en el vientre… no tiene… pecado alg…
—¡Melinda! —exclamó Theresia, levantando la cabeza de golpe al oír la débil voz. El metal deformado se interponía implacable entre ellas, separando para siempre a las dos mujeres como enemigas—. ¡Melinda, escúchame! Puedo intentar darte primeros auxilios, así que mira si hay algún sitio por donde puedas arrastrarte para salir…
—Soy… el Ojo Maligno de mi Señor Marido… Soy… la… indigna esposa… de
mi Señor Marido… mi Señor Marido…
—¿Melinda?
La voz de Melinda era delirante. Theresia supo al instante lo que eso significaba. Había estado en muchos campos de batalla durante los momentos álgidos de la Guerra Civil en su papel de Santa de la Espada.
Había oído ese tipo de voz muchas veces en los frentes de batalla donde la vida y la muerte se entrelazaban.
… Era la voz de un ser humano atrapado por la muerte y a punto de perder
la vida.
El fuego que había irrumpido en la habitación había quemado el cuerpo de Melinda tan gravemente que la muerte era casi inevitable. Y ella había salvado a Theresia de heridas igualmente mortales. Por reflejo, sin duda inconscientemente, siguiendo la bondad que albergaba en su corazón, había salvado al hijo de Theresia.
Theresia apretó los dientes y cerró el puño con fuerza. Debía volver a esa habitación de algún modo. Aunque no pudiera salvar a Melinda, no podía dejar que la otra mujer muriera sola.
Nadie merecía morir solo.
Theresia se apresuró hacia la azotea, sosteniendo el peso de su vientre mientras avanzaba. Con la forma en que el Dragón estaba causando estragos, Theresia sentía terror al pensar qué podría haberle pasado a Carol, que aún estaba allí arriba. Le pareció una eternidad lograr abrir la puerta, que estaba deformada por el calor de las llamas, pero finalmente consiguió entreabrirla y salió a la azotea.
Cuando lo hizo, lo primero que vio en la azotea, aún caliente por la furia persistente de las llamas, fue el cadáver de una mujer hermosa tendida allí con los ojos cerrados.
—R… Roswaal… —Theresia supo de un vistazo que era ella, y que esos ojos no volverían a abrirse jamás.
La agonía llenó el corazón de Theresia. Wilhelm y Carol sin duda también llorarían su muerte, pues había sido una amiga insustituible para ellos.
Entonces jadeó y dijo: «¡El Dragón Negro!». No había tiempo para seguir el dolor de su corazón, porque allí estaba el Dragón Negro, batiendo sus alas y dando vueltas en el cielo a la altura de la azotea de la Aguja. Apenas podía distinguir varias figuras sobre su lomo. Al cabo de un rato, una de ellas, alguien vestido de negro, resbaló del Dragón, cayendo más y más…
—¡SU EXCELENCIA!
En ese instante, un grito resonó en el aire, y una mujer de cabello ceniza se precipitó desde la ventana de la torre. Era la mujer bondadosa, su cuerpo hinchado y cubierto de crueles quemaduras: Melinda.
Se aferró a Stride mientras caía por el aire, su pequeño cuerpo apretándose contra él lo más posible. En sus ojos, aquellos que durante tanto tiempo habían sido denostados como Ojos Malignos, Theresia pudo ver la dicha.
Cara a cara con su marido, Melinda tomó la mano de Stride entre las suyas, y por ese único instante se acercaron el uno al otro, como una pareja verdaderamente enamorada.
Entonces las tres cabezas del Dragón aullaron, y la pareja fue engullida por sus grandes fauces mientras este se lanzaba en picado tras ellos.
Las tres cabezas competían entre sí para hincar sus crueles colmillos en la pareja, despedazándolos miembro por miembro. No importaba que las tres bocas condujeran a un mismo estómago. Era como si cada cabeza estuviera empeñada en bañar sus propios colmillos en sangre mientras el Dragón reducía a la pareja a trozos ensangrentados.
—Ufm… —Theresia cayó de rodillas.
Las fuerzas la abandonaron y no pudo mover las piernas. ¿Era decepción o alivio? Su corazón y su mente no sabían qué hacer con lo que había presenciado del final de Melinda. Theresia había querido hablar más con ella.
Si hubiera podido hacerlo, quizás habría llegado a comprender una fracción de la felicidad que había visto en aquellos Ojos Malignos durante los últimos momentos de Melinda.
—Lady Theresia…
—… —levantó la vista sorprendida al oír su nombre, y vio a Carol.
La otra mujer se arrodilló y posó suavemente una mano en la mejilla de Theresia. Theresia puso la suya sobre ella, sintiendo su calidez, y cuando vio que Carol había recuperado efectivamente su libre albedrío, lloró.
—Carol… Carol, ¿estás bien?
—Lo estoy, todo gracias a Grimm… y a Julia.
—Julia… —Theresia no reconocía ese nombre, pero los ojos de Carol se lo mostraron. Cuando lo pronunció, se llenaron de un profundo amor y tristeza.
Roswaal J Mathers —la mujer a quien Carol llamaba Julia— había permitido que Carol y Theresia se reencontraran como ahora lo hacían.
—L̴̥̅a̴͝d̴͂y̸̞͆ T̷̻͆ḣ̸͓e̵͒ṛ̴̀e̴͋s̵i̶a̷̽… —llegó otra voz.
—Grimm… Oh, Grimm, lo siento tanto. Te impuse una terrible carga. ¿Y dónde está Wilhelm?
—E̴͝s̷̪͗t̷̕á̷ ṕ̴̼e̶̢͂l̸͋e̶̊ȃ̵n̶̿d̴̂ő̶ —dijo Grimm, de pie junto a Carol, y Theresia cerró los ojos.
Wilhelm estaba peleando. Sí, por supuesto, pues claro que lo estaba haciendo. Wilhelm siempre estaba peleando. Siempre empuñando su espada, siempre batallando para proteger algo.
Así que, por supuesto, en ese momento, su batalla continuaba.
—Los líderes de la facción de Stride han muerto —dijo Carol—. Pero el Dragón Negro…
—Solo podemos esperar que regrese de donde vino sin causar más estragos —respondió Theresia.
Se decía que el Dragón Divino Volcanica era un ser sabio, inteligente y compasivo, pero incluso Lugunica, llamado el Reino Dragón, no tenía registro de ningún encuentro real con otro Dragón que no fuera Volcanica. Este Dragón Negro parecía a punto de reescribir las leyendas.
Entonces Carol jadeó y señaló el cielo.
—¡Miren! ¡El Dragón!
Una vez que terminó de masticar al malvado monstruo y a su esposa, el Dragón desplegó sus alas y se elevó muy alto en el cielo sobre la ciudad. Ojalá batiera las alas y se dirigiera de vuelta hacia la Gran Cascada que se consideraba el hogar de los Dragones.
Era una esperanza frágil. Y pronto resultó vana, aniquilada por los rayos de calor emitidos cuando cada una de las cabezas del Dragón miró en una dirección diferente y rugió.
Olas de calor devastador arrasaron la ciudad, haciendo que las calles estallaran en llamas a su paso. Edificios deshabitados explotaron, propagando aún más el incendio. Se oían gritos por toda la ciudad.
—¡La ciudad! Mgn… ¡¿El Dragón sigue enfurecido?! —exclamó Carol.
—Ë̴́s̴̊ǎ̶s̷̀ v̴̇o̶̿c̵̔e̶͒s̷̚… ¿t̷̪͐o̴d̷̄ȏ̷͍s̵̀… v̷͋o̶̩͐l̸v̶̅i̸ē̶r̶̉ő̷̥n̴̿ ẹ̶͓͚̺̮͖̱̑͐͌̓̀̽̐̄͑͋͘͠n̷ s̶̻̀í̴? —dijo Grimm
Cada uno reaccionó a su manera ante la destrucción causada por el Dragón: Carol ante la furia de la criatura, Grimm ante los gritos de las calles.
Theresia, por su parte, agrandó los ojos y exclamó:
—¡Wilhelm!
Mientras el Dragón de tres cabezas se posaba en lo alto del cielo, con las alas negras extendidas, un destello de luz plateada se dirigió hacia él. Era un tajo de Wilhelm van Astrea, el Demonio de la Espada, arremetiendo contra el Dragón Negro.
El Dragón bramó de nuevo, rugiendo ante este ataque inesperado realizado por una criatura insignificante que nunca debería haber podido alcanzar el cielo. El golpe de Wilhelm sí infligió daño al Dragón, una herida superficial en sus alas.
—¿Hasta dónde puede llegar ese hombre…? —Carol observó a Wilhelm atacar al Dragón como si no pudiera creer lo que veían sus ojos.
A su lado, Grimm esbozó una sonrisa algo dolorida. Luego volteó hacia Theresia.
—P̷͋o̴r̶ f̶a̴v̴̐ō̴r̷, h̵͗u̸y̵̓a̴ c̴̫͘o̸ṇ̷̄ C̷̓å̵r̷͐o̶l̸͗, L̷̥̄a̵d̶y̸ T̷͆h̸́e̴̊r̴e̶s̶i̷a̴
—¿Grimm? —dijo ella.
Su mirada estaba fija en el vientre de Theresia. Solo entonces ella se dio cuenta de que no había apartado las manos de su vientre desde que había visto al Dragón. Casi por sí solas, ofrecían un suave roce al niño que llevaba dentro, para tranquilizarlo.
En los ojos de Carol brilló un destello de duda. Ella aún podía pelear, así que ¿no debería hacerlo?
—Grimm, yo… ¡oh!
Él silenció su objeción acercándola a él y presionando sus labios contra los de ella.
—…
Dulces, delicados, sus labios se tocaron. Carol se tensó sorprendida; luego, cuando Grimm la soltó suavemente, se sonrojó intensamente y dijo:
—Qu… Qu-qué, qué…
—D̶͂è̵j̸́ͅỏ̶ l̶̀a̶̿ v̴͒i̷d̸͛a̸ d̸e̶ l̷a̶ p̴̀e̸r̴s̴̋o̵n̴̊a̴ a̴ ĺ̴a̶ q̵u̴͂e̶ a̷͠m̵ö̵́ e̵̳̒n̸̼̾ t̶u̵̲͗s̶͗ m̵̄a̵͛͜n̶̚o̶͎̍s̴̃.
—S… sí, lo entiendo. Grimm, solo, por favor… cuídate —el titubeo de Carol se había desvanecido en sus labios.
Posó las manos en el pecho de él como si hiciera una plegaria. Grimm, aceptando lo que había en el corazón de ella, asintió firmemente a Theresia. Sus ojos estaban llenos de certeza y determinación, y Theresia no hizo nada por detenerlo.
—N̷o̵͂ p̶̈́ǔ̶e̷d̵̒o̷ d̶e̶j̵a̸r̵l̷̄o̴͘ p̴e̸l̴e̵a̶r̷̚ s̴õ̴l̵o̴ —dijo Grimm.
—Entonces ve, Grimm Fauzen —respondió Theresia—. La Santa de la Espada, Theresia van Astrea, reconoce tu determinación.
—S̶̟̉e̴ l̸̾o̵͐ a̸̘̕ġ̵r̴̒a̷d̵̈́e̶͇͂z̴̊c̸ơ̸ —Grimm aceptó las palabras de Theresia como una bendición e inclinó profundamente la cabeza, con el rostro radiante.
Luego les dio la espalda a ambas, miró hacia el cielo crepuscular donde el Demonio de la Espada libraba una batalla increíble contra el Dragón Negro, y bramó:
—¡G̴̛̹R̶͚̕A̸̲͝A̸͈͑Ȧ̷̯Å̷̺A̵͉͝Ã̷̧A̸̬̅A̴̺̋!
Con su gran escudo a la espalda, saltó desde la azotea de la Aguja a un edificio cercano. Desde allí, saltó al nivel del suelo, sin romper su paso, y corrió hacia donde su amigo estaba peleando.
Al verlo partir, Carol levantó suavemente el cuerpo de Roswaal entre sus brazos. Cuando miró de nuevo a Theresia, toda la ansiedad y la tristeza habían desaparecido de sus ojos.
Theresia asintió, firme y fuerte.
—Lady Theresia —dijo Carol—, retirémonos.
—Sí. Hagamos lo que hay que hacer. Que quienes nos aman se sientan orgullosos.
Sección 11
Retrocediendo un poco en el tiempo, justo al momento antes de que el Demonio de la Espada se lanzara contra el Dragón Negro…
—Ansí que… el sortilegio del Ojo Maligno se ha roto.
Una temible cuchilla cayó sobre Wilhelm, pero él la desvió, asestando luego un golpe de refilón en el enorme pecho de su oponente. Ocho Brazos, semidesnudo y azul, dio un paso atrás y murmuró esas palabras con voz grave.
Solo de reojo Wilhelm vio la importancia de esas palabras. Apretó los dientes y resopló con fuerza.
Justo por el rabillo del ojo, vio que los guardias de la ciudad de Picoutatte estaban soltando sus armas y mirándose unos a otros, desconcertados. Habían estado bajo el control del Ojo Maligno, usados como peones para obligar al Escuadrón Zergev a pelear contra sus propios compatriotas, pero ahora estaban libres y habían vuelto en sí.
—¡Dalo todo, Wilhelm! ¡Déjanos el resto a nosotros! —gritó Bordeaux, y el escuadrón alzó sus espadas en alto y gritó su aprobación.
Luego comenzaron a llamar a los confundidos guardias, tratando de alejarse del campo de batalla lo más rápido posible.
Observando la impecable orden de Bordeaux, Kurgan sonrió, pareciendo una montaña sonriente.
—Virtuosismo. Buen soldado es. Una loa os concedo por vuestros soldados bien entrenados.
—Sí, bueno, su Capitán es el menos fiable de todos. Así que más le vale tener una base sólida debajo.
—Bromeáis… aun ansí, si el control del Ojo maligno se ha quebrado… — a Kurgan lo interrumpió el rugido del Dragón que caía desde lo alto.
Miraron hacia arriba y vieron al monstruo de tres cabezas retorciéndose en el cielo: algo se había pegado a él.
De hecho, había varios ahí arriba, peleando sobre el lomo del Dragón, de todos los lugares para hacerlo. Debían ser completos idiotas.
—Y tengo que ir a apoyar a esos idiotas. Hora de que te rindas y mueras —dijo Wilhelm.
—Lamento informaros de que non sois el único obligado a respaldar a uno de tal condición. La necedad non os pertenece solo a vos —mientras se decían esto, sus hojas destellaron en blanco, espada y cuchillas se encontraron de nuevo.
Wilhelm se impulsaba desde el suelo y las paredes, usando la ciudad entera, mientras Kurgan blandía sus ocho brazos y cuatro cuchillas como una tormenta furiosa.
Durante toda la contienda, Wilhelm se preguntó una y otra vez: ¿por qué se habría aliado este hombre con Stride?
¿Acaso era por su ardiente deseo de probarse en combate contra los enemigos más fuertes? Ese sería un motivo demasiado superficial.
Wilhelm no llegaría a decir que cuando cruzas espadas comprendes la humanidad del otro, pero hay ciertas cosas que el duelo realmente te transmite. El modo de vida que Wilhelm encontraba en las cuchillas de Ocho Brazos no era el de un asesino cualquiera.
—Pero, por otra parte, tampoco parece que esté controlado por los anillos.
No había vacilación ni indecisión en el arte de la espada de Kurgan, como en aquellos que habían estado siguiendo órdenes en contra de su voluntad. Y, en primer lugar, había algo en la forma en que Stride y Kurgan interactuaban que distaba mucho de la fanfarria ceremonial de una relación Señor-sirviente.
La forma en que hablaba con franqueza sobre la actitud de Stride, la forma en que le ofrecía consejo, la forma en que le ayudaba de esa manera. Tal vez la forma en que interactuaba con Stride era porque…
—… Ustedes dos, ¿son como padre e hijo? —exigió saber Wilhelm, incluso mientras giraba como un trompo, asestando una incontable sucesión de golpes
—Sí, mas non por la sangre —dijo Kurgan, bloqueando los golpes supersónicos, con chispas volando por todas partes.
La relación entre Stride y Kurgan era la de un hijo y un padre sin parentesco de sangre; entonces, ¿uno había criado al otro?
—Lo siento, pero un cabrón como tú no tiene talento para criar niños —dijo Wilhelm.
—Tampoco me hallo en desacuerdo con vos. Non obstante, espero que non cometáis los mismos yerros que yo; maguer, por desgracia, bien podría suceder que el rostro de vuestro hijo nonato jamás lleguéis a verlo.
—¡Como digas, sigue parloteando! —espetó Wilhelm, y la velocidad de sus golpes se hizo aún mayor.
Cuando Kurgan giró sus cuchillas de lado para interceptarlos, sus ojos se agrandaron un poco. Comenzaron a aparecer grietas en las Cuchillas Demonio.
Era la prueba de que Wilhelm había asestado golpe tras golpe en el punto exacto, con una precisión perfecta, y un instante después, la terrible hoja del Demonio de la Espada finalmente destrozó una de las preciadas armas de Ocho Brazos.
Los ocho brazos y cuatro cuchillas ofrecían una defensa casi impenetrable, pero entonces, el impulso de la batalla cambió.
Wilhelm, el que había derrotado a la Santa de la Espada, avanzó para terminar el duelo de un solo golpe rápido.
—¡Cuchillas Demonio!
En ese preciso instante, un escalofrío que nunca antes había sentido envolvió todo su cuerpo.
Ante él, Kurgan extendió sus ocho brazos arriba y abajo, izquierda y derecha; las tres Cuchillas Demonio restantes se abatían sobre Wilhelm desde tres direcciones diferentes, mientras sus manos libres agarraban cada hoja y tiraban hacia atrás, actuando como una especie de punto de apoyo. Esta fuerza restrictiva generaba una enorme cantidad de energía latente que pedía a gritos ser liberada. Y cuando se desatara, un poder inimaginable se abalanzaría desde tres direcciones.
—¡Veamos si aquesto sois capaz de esquivar, Demonio de la Espada!
Era una carta de desafío que se le lanzaba. Si Wilhelm evitaba el golpe, la victoria sería suya; si no, perdería. El Demonio de la Espada apretó los dientes.
El Dios de la Guerra arrojó la muerte contra él desde tres lados, cada uno lanzado como un cometa.
Sección 12
Hagamos un espacio para hablar de ciertos padre e hijo.
La sucesión al trono del Sacro Imperio de Vollachia se determinaba mediante un ritual conocido como el «Rito de Selección Imperial», en el que los diversos aspirantes se mataban entre sí hasta que solo quedaba uno.
Stride Vollachia estaba entre aquellos destinados a participar en esta disputa sucesoria.
No fue tan complicado cómo Stride terminó al cuidado de Kurgan. La familia de Stride reconoció la debilidad física de su hijo desde una edad temprana y lo entregaron a otra Casa con la condición de que el niño renunciara a sus derechos al trono. La Casa que lo aceptó lo envió a Kurgan con la petición de que lo entrenara.
Tal vez en deshonra, mas Stride seguía siendo de la Realeza Imperial de Vollachia. Un asesinato abierto sería inapropiado. Pero si llegaba a morir bajo la severa tutela de Kurgan, que así fuera. No obstante, Stride sobrevivió.
Stride usó su innata codicia y sus dotes de observación para frustrar las esperanzas de mucha gente, e incluso para demostrar que tenía el temple para estar entre aquellos que lucharían por el trono.
Pero sin nadie que respondiera por él, nunca participaría en la batalla.
Envenenado, Stride pasó tres días y tres noches vomitando sangre. Siete días y siete noches estuvo entre la vida y la muerte, luego durante tres meses enteros vagó entre sueños y realidad. Cuando finalmente el veneno cedió…
—Escucha, Kurgan. Mi venerable persona vislumbró la verdad en medio de mi delirio. Vi cómo son los Observadores, sentados en los altos cielos, mirándonos con desdén, jugando con nosotros como si fuésemos meras piezas sobre un tablero
Stride estaba más delgado y acabado que nunca. Se había convertido en un hombre medio muerto. Aun así, en sus ojos ardía una ambición por el trono mucho mayor que la que había mostrado antes, y esto fue lo que llevó a Kurgan a seguir el camino que eligió.
—Por insensato que sea el camino recorrido, Stride hijo mío es. Yo non he de seguir al Imperio que ordena muerte, y non vida, sobre mi hijo.
Este hijo suyo, insensato y aislado, incapaz de amar a nadie, aunque no hubiera nadie más, al menos Kurgan lo amaría.
Al final, Kurgan sospechaba que este hombre sería consumido por las llamas del odio y la furia, que su cadáver sería ultrajado por propios y extraños, que su forma de vida sería cruelmente rechazada.
Kurgan había hecho todo esto. Haría todo esto. No tenía intención de disuadir a Stride de sus planes. Si Stride iba a tomar el camino de la muerte, entonces Kurgan lo recorrería con él.
Junto con los demonios de la venganza, los «Gemelos Shura», quienes quemaron su aldea natal para huir de ella. Junto con la Novia Ceniza, que maldijo su sangre tras ser rechazada por su Ojo Maligno. Y junto con el ahora héroe caído, Ocho Brazos, juntos verían hasta dónde llegaba el «Deseo de Destrucción».
… Ese era su propio tipo de amor que podía dar a su insensato hijo, un Padre, al que incluso habían llamado el Dios de la Guerra.
Mientras la muerte se abalanzaba sobre él como tres cometas, el Demonio de la Espada dio una respuesta de lo más sencilla.
Si una muerte inevitable se le acercaba, solo necesitaba asegurarse de que el acero en su mano fuera aún más rápido.
Superó la alta velocidad para alcanzar la velocidad supersónica, y luego la velocidad supersónica para alcanzar la velocidad divina, hasta que su espada se convirtió en una fuerza que trascendía la propia noción del acero.
Arriba, izquierda, derecha. No sabía qué sintió Ocho Brazos en el corazón en el momento en que Wilhelm bloqueó los tres golpes de frente.
En ese momento, ni el propio Wilhelm comprendió lo extraordinarias que habían sido sus desvíos. Quizás no fue ni un ápice menos impresionante que cuando derrotó a Theresia van Astrea, la Santa de la Espada, en la ceremonia que marcó la conclusión de la Guerra Semihumana.
En otras palabras, fue una jugada que trascendió incluso a la Santa de la Espada…
—En otra era… hubo un hombre versado en la espada hasta la perfección —dijo Kurgan.
—… —Wilhelm no dijo nada.
—La habilidad con la espada de aquel hombre era venusta, salvaje, serena, feroz y de una fuerza inmensa.
Era una historia que había cautivado a muchos de los que vivían por la espada en este mundo. Si la envidia hacia el Santo de la Espada era una fascinación por la habilidad pura, entonces el nombre del dominio absoluto de la técnica era…
—… ¿Habéis acaso puesto vuestro pie sobre los peldaños de la Espada Celestial?
—Tch. Déjate de estupideces. ¿Qué demonios voy a saber yo de la Espada Celestial? —Wilhelm chistó y guardó su espada en la funda.
Luego se dio la vuelta y vio a Kurgan, sus ocho brazos colgando de forma lánguida a los costados, sin ninguna función, y una profunda herida que le iba del pecho al vientre.
Las cuchillas que había dejado caer se clavaron en el suelo, y mientras permanecía de pie entre ellas, el Dios de la Guerra sonrió:
—Magnífico —Kurgan pronunció solo esa breve palabra, y entonces la sangre brotó de sus labios. Su gran figura se derrumbó de rodillas y cayó hacia adelante con un golpe sordo.

Wilhelm lo observó y luego dio un largo suspiro.
—Por fin. Era un maldito cabrón muy duro…
—¡Wilhelm!
Tras la lucha de vida o muerte con este hombre, no hubo resplandor de victoria. En lugar de eso, Wilhelm luchaba contra una fatiga abrumadora, pero Conwood se acercó a él corriendo, con asombro en el rostro.
—¡Increíble! ¿Derrotaste a Ocho Brazos de Vollachia? Eres realmente un…
—No es momento, Conwood. Esta batalla no ha terminado. ¿Dónde están los guardias de la ciudad?
—Bordeaux ha puesto a los ilesos y a los heridos leves a ayudar a trasladar a los gravemente heridos. Intentamos librar una batalla defensiva, pero aún así hubo muchas bajas.
—Me preocupa adónde se fueron Grimm y Roswaal. Más que otra cosa, en realidad.
Cuando levantó la vista, pudo ver un cambio en el Dragón Negro que había estado dando vueltas alrededor de la Aguja sobre ellos. Sus tres cabezas parecían estar peleando por algo, y entonces la criatura se disparó hacia el cielo. A Wilhelm le habría encantado verlo volar hacia lo lejos, pero evidentemente, esto no terminaría tan fácilmente.
El Dragón enfurecido estiró sus cabezas, y cada una comenzó a arrojar fuego en una dirección diferente. La ciudad fue incinerada, las calles se llenaron de los gritos de la gente agobiada por la gran luz blanca, y el Dragón rugió.
—Supongo que no está muy contento de haber sido invocado aquí por alguien que no tenía modales. Si no detenemos a esa cosa, es solo cuestión de tiempo hasta que el Reino sea destruido —dijo Wilhelm.
Mientras Conwood lo miraba horrorizado, Wilhelm se dio la vuelta lentamente hacia el monstruo.
—¡E-espera, Wilhelm! —exclamó Conwood—. No irás… ¡no irás a pelear realmente contra esa cosa, ¿verdad?!
—¿Qué? ¿Acaso alguien del Reino Dragón no debería matar Dragones?
—¡No es eso lo que me preocupa! Sino… ¿vas a pelear contra esa criatura? —Conwood no pudo decir abiertamente que era imposible. No con los profundos ojos azules que Wilhelm le dirigió al fijar la mirada en él.
—Conwood, vuelve con el resto del escuadrón y asegúrate de que los ciudadanos salgan de aquí. Nuestro mensajero debería poder traer los refuerzos para cuando hayas terminado. Voy a hacer picadillo a ese estúpido lagarto usando toda la fuerza del Reino —Wilhelm no mencionó si era realmente posible. Había hablado, y haría lo que había dicho.
Por consiguiente, Conwood se tomó unos instantes para recuperar el aliento y luego asintió.
—No te mueras antes siquiera de ver la cara de tu hijo, Wilhelm —dijo.
—Hablando de eso, intenta encontrar a mi esposa. Esto no parece algo que pueda pelear mientras busco a mi mujer al mismo tiempo —dicho esto, Wilhelm salió disparado como una bala.
No tenía idea de cuánto del comportamiento del Dragón era por instigación de Stride. Apretó los dientes. El villano debía tener algún objetivo más allá de simplemente desatar a la bestia sobre el Reino.
Se impulsó desde la calle destrozada, subió corriendo por la pared de un edificio chamuscado por las llamas, saltó de un tejado carbonizado a otro y alzó su espada contra el Dragón donde flotaba en un cielo ahora bañado por el crepúsculo.
—¡YAAAAAAAHHH!
Probablemente el Dragón apenas era consciente de él, un ser trivial que ofrecía una resistencia trivial.
El destello plateado del Demonio de la Espada se clavó en el ala, a la vez horrible y a la vez hermosa, de la criatura.
Sección 13
…Corrió, primero a paso firme, luego apresurado y finalmente a toda velocidad.
Grimm Fauzen seguía corriendo desesperadamente en línea recta por la ciudad que se había convertido en un campo de batalla.
Rayos de calor habían rasgado sin rumbo la ciudad. La metrópolis fue abrasada por los haces de luz blanca que salieron disparados desde distintas direcciones, envolviéndola en brillantes llamas rojas. Se había convertido en un infierno, donde incluso respirar abrasaba los pulmones.
El sol poniente en el cielo, junto con el parpadeo de las deslumbrantes llamas en el suelo, trataban cada uno de abrasar el mundo de rojo.
Gritos de rabia llenaron el cielo, gritos de dolor recorrieron el suelo, todo mientras Grimm corría hacia los sonidos del eco de acero.
—¡’i̷l̴h̸̓ẽ̶l̸m̴…!
La batalla que se libraba en el cielo había trascendido hace tiempo a lo que los humanos podían comprender.
¿Cómo se enfrenta uno a un Dragón que tiene alas, es varias veces más grande, tiene escamas más fuertes que el acero y es un ser que ha marcado su estatus como criatura de mito? ¿Cómo se puede tener el valor de luchar contra algo así?
¿Cómo podría un ser humano tan insignificante enfrentarse solo a una criatura tan poderosa?
¿Quién podría evitar encogerse de miedo y soltar la espada? ¿Quién podría evitar retroceder con lágrimas en los ojos?
… No obstante, Grimm siguió adelante. Él no podía pelear solo en un lugar así.
—… E̷͛s̶p̸͊é̶r̴a̸m̶e̸.
“Voy en camino. Partiendo, en este mismo instante. Sin falta, te alcanzaré.”
—…
“No dejaré que pelees solo. Nunca”.
—¡AHHHHHHHHHHHHHH!
Blandió su Espada Sagrada y rechazó con todas sus fuerzas las Garras del Dragón que se dirigían hacia él. Sus dos hombros crujieron al recibir el impacto, algunos de sus músculos se rompieron y sintió como si se hubiera roto algunas muelas de tanto apretarlas.
“Frágil. Estoy siendo de lo más lamentable que nunca. Mi espada está en la peor calidad en este momento.”
“Necesito recordar mi final con Kurgan. El momento en que evité el golpe de muerte segura de ese tipo, y acercarme a él todo lo que pueda. O… acercarme a los niveles en los que estaba mi técnica con la espada cuando arrebaté a Theresia del Dios de la Espada.”
—KRAAAAAAAAAAAAUGH
El Dragón lanzó un rugido atronador, y la fuerza de su vibración sacudió a Wilhelm, que había apoyado los pies en la torre. Esquivó a duras penas su cola, que se había abalanzado directamente sobre él, y se preparó para la réplica que voló parte de la azotea de la torre, antes de volver a correr por su cola hasta su lomo.
—¡¡¡YAAAAAAAAAHHH!!!
Lo apuñaló con su espada en la punta de la cola y corrió a través de ella, la sangre brotando como si lo estuviera persiguiendo. Al parecer, incluso los Dragones sangran rojo. Después de todo, era una criatura viva, probablemente podría matarla si le atravesaba el corazón.
—¡Porque si no sería una gran molestia matarlo cortándole las cabezas!
—KRAAAAAAAAAAUUUGH
Una de sus tres cabezas le mostró los colmillos a Wilhelm cuando este lanzó su grito de rabia en su lomo. Si le clavaba los dientes, lo triturarían en diminutos pedazos; por lo tanto, si dejaba de moverse, su vida estaría perdida al instante.
Wilhelm acercó su espada a los colmillos, los apartó y se lanzó de nuevo hacia el siguiente movimiento. Una de sus otras cabezas se dirigió hacia él desde un ángulo diferente para impedir su golpe. Oliendo la sensación de que la muerte se precipitaba hacia él por la espalda, tensó los brazos con fuerza. Sin embargo, su objetivo seguía siendo la cabeza del Dragón frente a él.
El ataque que le llegaba por detrás no le molestaba. Porque…
—… ¡¡GRIMM!!
—¡H̸͆G̶̈Y̷̅A̵̚Ä̵́A̵͋A̴͝Ǎ̷…!
Respondiendo a la llamada de su compañero de guerra, Grimm trepó a lomos del Dragón y atrapó sus colmillos con su gran escudo. Aun así, no era el tipo de enemigo al que pudiera oponerse la fuerza física del hombre. Cuando recibió su golpe, una de sus rodillas se dobló por el impacto y se rompió con un estridente crujido. Contuvo sus gritos con fuerza.
—¡¡W̸I̸͗L̶̈́H̷E̵L̶̉M̷͒!!
Respondiendo a la llamada de su compañero de guerra, Wilhelm giró sobre el lomo del Dragón y clavó su Espada Sagrada a través de sus colmillos. La deslizó hacia su cara y cortó de arriba abajo, desgarrando sus fauces. La fuerza arrancó algunos de los colmillos del Dragón y la sangre fresca brotó a borbotones, empapando aún más a Wilhelm.
—GRAAAAAAAAAAUUUUUUUGHHH
Retorciéndose por la agonía de tener una de sus caras desgarrada, el Dragón Negro giró en espiral por el cielo. Tanto Wilhelm como Grimm salieron despedidos por los aires al ser zarandeados por su impulso.
No había nada que Grimm pudiera hacer, encorvado mientras se agarraba la rodilla, incapaz de ponerse de pie correctamente. Wilhelm se impulsó contra una pared, se abrió paso hacia él y lo agarró del brazo, logrando apenas que ambos cayeran sobre el tejado de otro edificio.
—¡Aagh! Mierda… ¡Qué maldito idiota imprudente eres…!
—A̶j̸ā̴j̴̛a̶̅… m̷͒i̵r̶a̸ q̶u̸i̷é̸n̶ h̶a̴b̸l̷̓a̴.
Las comisuras de los labios de Wilhelm no pudieron evitar curvarse en una sonrisa después de que Grimm lo regañara con su voz áspera. Miró hacia arriba, hacia el Dragón Negro que rugía furioso.
Wilhelm entrecerró sus ojos azules y chistó.
—Tch. Qué hijo de puta tan terco.
—¿…? un rastro de confusión se dibujó en la expresión de dolor de Grimm al oír lo que Wilhelm había murmurado.
Wilhelm exhaló un pequeño suspiro en respuesta y levantó su amada espada hacia el Dragón Negro en el cielo.
—Mira cómo pelea, es jodidamente horrible. ¿De verdad pelean así los Dragones? La forma en que lo hacen es como la de un aficionado que no tiene ni idea de cómo hacerlo.
—E̶̚n̴t̷o̴n̷̛c̶ė̶s̷…
—No es ningún Dragón… Es ese maldito de Stride.
—… —Grimm se quedó sin palabras ante la declaración de Wilhelm.
Su reacción fue natural. Ni siquiera Wilhelm lo había dicho como una afirmación con una base clara, sin embargo, la intuición de Grimm le gritaba diciéndole que así era.
Sospechaba que el poder conocido como los «Diez Mandamientos de la Soberbia» pertenecía en realidad al propio Stride; los anillos no eran más que catalizadores. Y ahora, en la hora final, lo estaba utilizando para controlar al más terrible de los títeres.
—En el peor de los casos podemos detenerlo si matamos a su titiritero, Stride, pero…
—… E̶̅s̶o̶͝ e̵s̷͆ i̸m̶ṕ̴o̵ŝ̵i̷b̵l̴e̴… É̸l̷̛ e̶s̴̆t̶á̷ m̸̈u̵̢̎e̷r̶t̵̛o.
—… Eso es lo que pensaba — dijo Wilhelm, rechinando los dientes.
A cambio de su propia vida, Stride había arrebatado al Reino su única esperanza de detener al Dragón Negro. Hasta el amargo final, todo parecía hallarse en la palma de su mano.
—…
Wilhelm se dio la vuelta. Grimm yacía mirando hacia arriba, con las rodillas destrozadas. Si intentaba hacer algo más, puede que sus piernas jamás volvieran a funcionar.
Tomaría tiempo que llegaran los refuerzos, y Bordeaux y los demás ya estaban demasiado ocupados evacuando a los ciudadanos. Y no había señal alguna de Roswaal. Sin duda, aquello iba a ser una batalla ardua. De ninguna manera daría prioridad a su propia seguridad en una situación así. Ese era el tipo de mujer que era.
“¿…Cuánto voy a poder hacer solo?”
—… W̴̿i̷l̸h̴e̷l̶m̵̑ —Grimm habló desde su lado.
Wilhelm lo miró una vez más y después tragó saliva. Aquella expresión en su rostro…
—N̷̏o̶ e̷s̷t̶á̵s̷ s̸o̵l̷͝o̵.
Llegó una respuesta, a través de sus palabras llenas de creencia y convicción.
Las voces comenzaron a surgir de todas partes alrededor de la ciudad en llamas.
—…
Wilhelm levantó la cabeza al oír esas voces, y sus ojos se abrieron ampliamente.
Desde todos los rincones de la Ciudad de Picoutatte, la gente alzaba la voz, levantaba sus espadas y miraba fijamente al Dragón Negro en el éter.
El aullido del Dragón Negro les rompió el corazón, sus calles fueron abrasadas por su aliento de fuego y habían caído de rodillas; nada más que eso, y aun así, como Wilhelm, que estuvo luchando solo, alzaron sus voces como un solo hombre.
Y, de pie junto al portaestandarte, Conwood, con el Escuadrón Zergev que dirigía este clamor entusiasta estaba…
—… Theresia.
Allí, sostenida por Carol justo a su lado, estaba la figura de Theresia con su cabello rojo meciéndose en la brisa abrasadora.
Su esposa embarazada estaba allí, majestuosamente a la cabeza de los hombres más valientes del Reino, con el pecho orgullosamente erguido. Sus corazones se conmovieron profundamente con su voz, y sus almas destrozadas se despertaron una vez más. Ahora, la gente en las calles se levantó.
—… Wilhelm.
De pie a la cabeza, los labios de Theresia se agitaron mientras miraba al quieto Wilhelm. Solo él supo de inmediato que ella lo había llamado.
Ella no llevaba una espada, había seguido siendo una Madre, y aun así seguía inspirando a todos como la Santa de la Espada.
“Maldición, qué esposa tan increíble tengo.”
—KRUUUUUUUUUUARGH
Ni una sola persona se había rendido. Ni una sola persona había cedido. Ni una sola persona había desviado su mirada al suelo.
Su voluntad se dio a conocer directamente al Dragón Negro en el cielo; olvidó su dolor y tembló de ira. Entonces, sus tres cabezas empezaron a acumular de nuevo su aliento de fuego, preparándose para liberar una horrenda cantidad de calor hacia el suelo. … Pero en un instante…
—¡¿QUÉ DEMONIOS LE ESTÁS HACIENDO A MI MUJER?!
Para una de sus cabezas, clavó su Espada Sagrada en el fondo de sus fauces, impidiéndole liberar su aliento ardiente.
Para otra de ellas, le clavó el gran escudo en las fauces, haciendo que su calor abrasador explotara dentro de su garganta.
Para la última cabeza, le agarró las fauces cortadas y se las retorció para que soltara su aliento de fuego contra sus propias alas.
—GRAAAAAAAAAAAAAAAAAAAGH
Hubo una explosión en el aire, y el Dragón Negro soltó un rugido mientras caía a lo alto de la torre. El Demonio de la Espada empezó a caer al suelo al mismo tiempo, con medio cuerpo cubierto de llamas.
Wilhelm siguió cayendo de cabeza a la tierra, habiendo herido de gravedad al Dragón Negro. A este paso, iba a caer a su muerte. Pero, debajo de él estaba…
—No tienes ni idea de cuántas veces habrías muerto sin mí cerca. Grandísimo idiota.
Wilhelm fue atrapado por un par de brazos gruesos y musculosos. Consiguió abrir los ojos a la fuerza en medio de su dolor, y pudo ver a un hombre que le dedicaba una sonrisa decidida… Bordeaux.
Wilhelm le devolvió una sonrisa irónica.
—Nunca he visto a nadie tan oportuno como tú —dijo—. ¿Cómo supiste exactamente dónde iba a caer?
—Te vas a reír… pero una voz familiar me dijo: «Joven Señor, vaya y atrápelo».
—… —Wilhelm se quedó atónito.
—Por eso llegué a tiempo. No estoy seguro de si fue una fantasía del pasado, un sueño o qué, pero sea como sea, resultó muy útil.
Al oír eso, Wilhelm cerró los ojos. Ya no oía la voz. Había sido el símbolo de su arrepentimiento, la prueba de que aún estaba bajo el control del Ojo Maligno. Era imposible que ese producto de su delirio pudiera afectar de algún modo a la realidad.
Y a pesar de eso, sin al menos ese milagro, no estaría vivo en este momento.
—Peleaste y lo hiciste bien. Ganaste esta —dijo Bordeaux.
—No te adelantes, imbécil —replicó Wilhelm, respirando con dificultad mientras saltaba de los brazos de Bordeaux—. Ese Dragón no ha muerto aún.
En cambio, Bordeaux sacudió la cabeza hacia los lados y dijo:
—Ahí es donde te equivocas. Esta batalla ha terminado. Su Majestad se ha movilizado.
—¿Su majestad Gionis? —Wilhelm frunció el ceño ante un nombre que nunca esperó oír en ese momento.
Gionis Lugunica, del Reino de Lugunica: Wilhelm conocía bien la profundidad de su decencia, pero le costaba imaginar al Rey como la pieza clave de esta batalla. ¿Acaso tomaría las armas él mismo y vendría aquí a derribar al Dragón con su propia mano?
No obstante, al momento siguiente, Wilhelm se quedó sin aliento. La razón fue el impacto, y la fuente de este último fueron sus propias acciones.
En algún momento, sin siquiera darse cuenta, Wilhelm se había arrodillado e inclinado la cabeza.
Miró a su alrededor y vio que Bordeaux, a su lado, había hecho lo mismo. Podía sentir en su piel que todos los demás allí habían hecho lo mismo. El silencio envolvía la ciudad. Las gallardas voces que poco antes se alzaban desafiando los rugidos del Dragón se habían desvanecido. Nadie hablaba, pero todos se inclinaban naturalmente.
Pues era…
“De acuerdo con el Pacto de la Antigüedad, para los descendientes del Rey León, he acudido presuroso ante vuestra merced, poniendo mis alas a vuestro servicio.”
Ante su abrumadora presencia, esa sensación de asombro que impulsaba cada instinto a postrarse frente a él, ese tono de voz que hacía imposible siquiera pensar en desafiarlo, y el impacto que traía, como si susurrara directamente al alma, cada una de las almas de la ciudad se arrodilló.
Los pensamientos se tiñeron de blanco, las voces se congelaron por la sorpresa y los sentidos de sus cuerpos dejaron de funcionar.
Aun así, un nombre, un nombre que todos en el Reino conocían, el temor hacia «El Absoluto», surgió en la mente de todos.
El noble ente que había hecho el Pacto con el Reino Dragón de Lugunica, verdaderamente un ser que era un auténtico Dragón…
“Yo soy Volcanica. He escuchado el clamor de la sangre de mi viejo amigo, y por ello heme aquí manifestado.”
Con su llegada en sus alas, el Dragón Divino Volcanica resolvió todos los asuntos.
Mientras todos en el asombrado campo de batalla permanecían arrodillados, el silencio que reinaba en el mundo fue abruptamente interrumpido por un bárbaro ruido de destrucción. Provenía de la Aguja, donde el Dragón Negro de tres cabezas había intentado levantar su enorme cuerpo, y al hacerlo había asestado el golpe final a la torre de piedra.
El asombro también se apoderó del Dragón Negro. Temía a Volcanica como a un ser al que no podía resistirse. Qué pequeño se veía ante el Dragón Divino. Patética y débilmente insignificante. Incluso cuando todos evitaban mirar directamente a las criaturas, la diferencia era clara.
Era imposible que los instintos del Dragón Negro no comprendieran su desesperada posición. No obstante, el Dragón Negro no se rindió, una voluntad de pelear se alojó en todos los ojos de sus tres cabezas, y desplegó sus alas hacia el Dragón Divino.
Lanzó un rugido. Un rugido que resonó en todo el cielo rojo sangre de Picoutatte.
¿Había sido una ilusión de Wilhelm o su grito estaba lleno de júbilo?
“Os habéis convertido en un ser lastimero, Valgren. ¿Habéis, por ventura, perdido a vuestro amado hijo y rebajado vuestro Resto de Dragón a la malignidad?”, la voz de Volcanica estaba llena únicamente de lástima, lo que conmovió sus corazones.
Su cuerpo estaba cubierto de escamas que brillaban de un blanco azulado y era muchas veces más grande que el Dragón Negro al que llamaba Valgren. Volcanica era un Dragón en el más auténtico sentido de la palabra.
Sus ojos eran sabios, poseía el conocimiento para entender el lenguaje humano mejor que los propios humanos, y todo su cuerpo estaba envuelto en maná denso. El cielo a su alrededor se distorsionaba, las llamas en el suelo se purificaban y el mundo que debería haberse quemado se curaba.
En efecto, la curación que el Dragón otorgó no se detuvo ahí.
—Increíble…
Asombrado, Wilhelm miró hacia abajo a su propio cuerpo, observando con ojos agrandados cómo las heridas que había sufrido en ese campo de batalla se curaban por sí solas. A su lado, Bordeaux vio lo mismo, al igual que Grimm en la cima del edificio.
Supuso que la bendición del Dragón Divino se estaba derramando sobre toda la ciudad. Los que habían resultado heridos allí, entre la vida y la muerte, resucitaron y alzaron la vista al cielo ante este milagro.
Y era un milagro, otorgado por el Dragón, aunque todos decían que el pacto había sido abandonado, que el Dragón Divino no vendría a ayudar al Reino en su hora de necesidad.
“Será mejor para vos hallar descanso. Os habéis deformado hasta convertiros en aquello que sois agora, hermano mío.”
—KRAAAAAAAAUGH —el Dragón Negro respondió con un rugido chirriante al escuchar la voz de Volcanica que estaba llena de misericordia.
El Dragón Negro Valgren, cuyas cabezas habían sido gravemente heridas por los ataques del Demonio de la Espada, miró al cielo con todas sus cabezas y respiró hondo, preparándose para soltar su fuego.
Mirándolo con ojos apenados, el Dragón Divino batió una vez más sus alas, y descendió a la misma altura que el Dragón Negro… ¿Se habría dado cuenta siquiera el Dragón Negro de que lo había hecho por consideración, para asegurarse de que su propio aliento no abrasaría la tierra?
—KRAAAAAAAAAARGH
Nunca sabrían la respuesta.
El Dragón Negro rugió una vez más, luz blanca brotando de sus tres bocas a la vez. Las lanzas brillantes se unieron en un solo rayo de calor, una ola de destrucción dirigida a Volcanica.
Frente a ellos, las fauces de Volcanica se abrieron y…
“…”
El Dragón Divino llenó el cielo con una luz azul y la dispersó sin prestar atención a montar una defensa contra la inminente luz blanca.
El aliento del Dragón Divino fue directo hacia delante, y se tragó el cuerpo del Dragón Negro, sin causar ningún daño a nada más en su camino. No había sido una muerte cruel; más bien, el Dragón Negro fue transformado en polvo con un poder que se sentía apropiado para ser llamado «Purificación».
La existencia del Dragón Negro, que se había visto atrapada en la locura y obligada a cumplir las órdenes de otros en contra de su voluntad, fue aniquilada por el aliento del Dragón Divino.
—…
Luego, la intensa y sagrada luz se disipó, y el Dragón Negro no se vio por ninguna parte.
La abrumadora fuerza del Dragón, junto con el voto que había cumplido de acuerdo con el Pacto, eliminó la amenaza que asedió a la ciudad de Picoutatte.
Stride Vollachia estaba muerto. Todos aquellos que lo apoyaron habían caído. Y, finalmente, el Dragón Negro que había invocado también fue destruido con la ayuda del Dragón Divino.
—… Ganamos.
A partir de esa voz, la gente se miró entre sí para asegurarse de que tanto sus vidas como las de sus compañeros seguían intactas. Entonces, los gritos, gritos de exaltación, comenzaron a llenar las calles.
Levantándose, Wilhelm también miró a Bordeaux, que estaba a su lado, y Bordeaux le devolvió la mirada. Bajando a toda prisa del edificio en el que se encontraba, Grimm, cuya pierna rota había sido curada, emergió también al suelo.
Y, abriéndose paso hacia Wilhelm y los demás estaba…
—… ¡Wilhelm!
Una voz aguda sonó, haciéndolo voltear. Corriendo por la calle directamente hacia él había una mujer encantadora con el cabello largo y rojo, con una mirada ansiosa en su rostro.
Quería asegurarse de que su marido estuviera bien lo antes posible. Con ojos que concebían tal intención, Theresia se dirigió hacia Wilhelm… Pero sus pies se engancharon en algo y estuvo a punto de caerse.
Wilhelm corrió hacia ella y la mantuvo en pie, dándole un fuerte abrazo.
—Wilh…
—…
Wilhelm no necesitó decir nada. Lo único que hizo fue apretar sus labios contra los de ella.
Ella estaba aquí, definitivamente estaba cálida, ambos estaban a salvo y la batalla había terminado.
Él no necesitaba nada más en este momento.
Aquí, «La Subyugación del Dragón de la Plaga» llegó a su fin, y la pesadilla de Stride Vollachia terminó.
Y así, a la historia de la «Balada de Batalla del Demonio de la Espada» solo le queda el acto final.