Quinto Acto - Las Mil Llamas
Quinto Acto
Las Mil Llamas
Sección 1
—He descubierto qué es lo que realmente busca el enemigo con la ruptura del pacto —dijo Roswaal, con el rostro severo, mientras viajaban en el carruaje de dragón hacia el lugar del combate.
Entre la incursión personal de Stride en el castillo y el mensaje de Tishua, era fácil adivinar que Picoutatte, con todo el karma que arrastraba, sería el escenario de la batalla final contra Stride.
Sabiendo que el prestigio del Reino mismo estaba en juego en este combate, muchos soldados se habían ofrecido como voluntarios. Así fue que se reunió una unidad con una velocidad inusual, y el Escuadrón Zergev fue elegido como la punta de lanza.
Era la fuerza de combate más poderosa que Lugunica podía reunir en ese momento, incluyendo no solo al Capitán del escuadrón, Wilhelm, sino también a su Subcapitán Grimm, así como a Conwood, todos eran soldados de élite. Además de Roswaal, el Escuadrón Zergev traía consigo a otra persona fuera de la unidad. Específicamente…
—Escúcheme, Lady Mathers. Siendo sincero, creo que dirigirse a una batalla sin tener casi idea de lo que planea el enemigo no es una decisión sabia —esta opinión, expresada en tono grave, provenía de Bordeaux, quien estaba con sus gruesos brazos cruzados, asemejándose a un tronco.
Había traído su hacha, casi tan alta como él, y estaba vestido con una armadura tan pesada que una persona promedio difícilmente habría podido mantenerse en pie con ella. Ambas cosas eran prueba de que estaba allí con el Escuadrón Zergev como compañero guerrero.
Había pasado todo este tiempo persiguiendo a Stride, siempre un paso detrás, hasta que finalmente le había permitido llegar al interior del propio Castillo Real. La paciencia del Perro Loco finalmente se había agotado. Proclamando con orgullo que no había descuidado su entrenamiento simplemente por haber cedido el mando de la unidad, se reincorporó a ellos de manera temporal, jurando que no los retrasaría.
Roswaal respondió levantando un solo dedo:
—Para ser precisos, la estrategia del enemigo es la abolición del pacto. Específicamente, no hay un ritual determinado que realizar ni un objeto en particular que tenga ese efecto. Empecemos por aclarar ese pequeño malentendido.
—¿E̶̗̓s̴̓-p̶̩̉è̸-c̸̛̖í̷-f̵i̷-c̷ȃ̶-m̶͚̅e̷͘n̵̝̒-t̸͘ě̵? —preguntó Grimm.
—Específicamente, hay varios objetivos clave que deben ser eliminados para que logren su estrategia. El pacto es, por supuesto, el acuerdo entre el Reino de Lugunica y el Dragón Divino Volcanica. ¿Saben lo que estipula realmente?
Wilhelm la miró y dijo:
—Dice que el Dragón será muy amable y nos ayudará cada vez que el Reino esté en terrible peligro, ¿correcto?
—Sí, como hemos visto muchas veces. El Reino ha florecido bajo la protección del Dragón. No ha habido invasiones de otras naciones, e incluso se han evitado desastres naturales que difícilmente podríamos concebir. Solo ha aparecido una pequeña grieta: la Guerra Semihumana.
—… —esas palabras provocaron que Wilhelm y los demás alzaran las cejas.
—Todos lo han pensado, ¿no es así? Que si el pacto del Dragón todavía estuviera vigente, entonces la guerra nunca habría ocurrido. Esa guerra civil fue una llamada de atención —sus ojos bicolores recorrieron el carruaje, y todos los que estaban en él respondieron con silencio.
Wilhelm y Grimm habían tenido la misma conversación en la oficina de Bordeaux hacía algunos meses. Habían dicho lo mismo que Roswaal les estaba diciendo ahora: el Dragón no vendría. Todos los que habían estado involucrados en la guerra civil lo sabían o, al menos, lo intuían vagamente.
Y no solo era la gente del Reino. El Imperio también lo sabía, al igual que el Reino Sagrado y las Ciudades-Estado. Todos lo sospechaban, pero nadie lo había confirmado todavía.
—Nadie quiere ser el primero en meter la mano en un guiso burbujeante —dijo Roswaal—. ¿Pero suponiendo que se dieran cuenta de que la olla que creían que estaba al fuego estaba realmente vacía?
—¿Es eso lo que crees que Stride está tratando de hacer? —preguntó Wilhelm, finalmente comprendiendo el punto de Roswaal.
Stride había robado el texto de la Piedra de la Historia del Dragón, como Gionis había temido. Había perseguido tenazmente a la Santa de la Espada Theresia, y se había involucrado en las conspiraciones de los remanentes de la Alianza Semihumana. Había hecho todo esto por la misma razón: para romper el caparazón que protegía al Reino Dragón de Lugunica.
Si pudiera probar que el pacto que tanto Lugunica como los otros reinos sospechaban que quizás ya no existía, en verdad se había acabado… bueno, eso sería ciertamente similar a la abolición del pacto con el Dragón Divino.
Aun así, para demostrar esto, Stride y sus conspiradores tendrían que lograr algo.
—Vencernos a nosotros… O, supongo, vencer al Demonio de la Espada Wilhelm van Astrea. No me extraña que pidieran tu nombre. Todo empieza a tener sentido —Bordeaux, que había llegado a la misma conclusión, miró al Demonio de la Espada, quien tocó la hoja en su cadera. La espada que Bertol había elegido para él. Quería sentir a los Astrea allí a su lado.
Estaba furioso, sí; furioso por ser el objetivo de un complot que perjudicaba a otros a escala de todo el Reino. Pero era mucho mejor esto a la alternativa de que las cosas sucedieran en algún lugar al que Wilhelm no pudiera llegar.
—No cambia lo que tengo que hacer —dijo—. Eliminar a Stride y poner fin a todo el caos que está sembrando.
—S̶í̸ —dijo Grimm, asintiendo de inmediato.
En ese momento, no había nadie que pudiera superar a los dos en pura motivación y determinación para luchar contra Stride y su facción. Él debería haber sabido que se había hecho enemigo de dos personas que serían oponentes temibles.
—Bien. Eso está muy bien —dijo Roswaal, cerrando su ojo azul al sentir que su aura de batalla florecía—. Por cierto, mi buen Bordeaux, ¿recuerdas lo que le pedí antes de que saliéramos? ¿La unidad de apoyo está tan preparada como es posible?
—Mm, joder, sí que lo están. Pero hay algunas cosas de las que no estoy muy seguro de informarle. No llegaría a decir que podría estar otorgando una ventaja al enemigo… ¿o sí?
—No, para nada. Lo verán pronto.
Apenas Roswaal habló, en verdad lo vieron.
El interior del carruaje de dragón se sumió en el caos, con muchos jadeos y gritos. Se vieron arrojados de sus asientos, sus armas —apoyadas cerca—rebotando, y apenas podían mantenerse en pie. Ese era el impacto: un carruaje de dragón normalmente nunca caería por un obstáculo por su cuenta. El dragón de tierra que tiraba del carruaje, protegido por la Protección Divina de la Evasión del Viento, no debería encontrar obstáculos para su paso. Ni los malos caminos ni los vientos en contra podían interferir con semejante bestia, y la Protección Divina se extendía al carruaje que la criatura transportaba. No obstante, de alguna manera, la Protección Divina había sido interrumpida, sumiendo en el desorden el vehículo en el que viajaban Wilhelm y los demás.
No… No era solo el carruaje de Wilhelm. Todos los vehículos que transportaban al Escuadrón Zergev fueron igualmente afectados.
“Así que este es el despojo de lasProtecciones Divinas del que habló Lady Mathers antes de embarcarnos.”
—Es una técnica prohibida para crear un punto ciego en Od Laguna… Qué entidad tan exasperante…
Fueron Pivot y Roswaal, respectivamente, quienes identificaron lo que había pasado y por qué.
Era una de las trampas que Stride había dejado en el legado de la Bruja que habían traído del Valle Shamrock: los documentos que Roswaal estuvo decodificando con tanto esmero.
Para aquellos que poseían una Protección Divina, perderla se decía que era similar a quedarse sin un brazo o una pierna, o los ojos o los oídos: un sentido u órgano con el que uno había nacido. Muchos de los afectados no podían sobrellevar la experiencia, que nunca antes habían sufrido. A veces, completamente incapaces de procesar la sensación de desorientación, incluso podían volverse locos.
Por eso Roswaal los había instruido para que se aseguraran de que no hubiera nadie en la unidad que poseyera una Protección Divina.
—Creeeeo que no me creían del todo —dijo Roswaal.
—No es la primera vez que sé que dices tonterías. Pero puedo distinguir en de ti cuando es una pendejada y cuando no.
Roswaal tardó un segundo en responder diciendo:
—Eso sí que es un golpe duuuuro —rio alegremente.
Aparentemente, el comentario de Wilhelm había tocado su fibra sensible. Roswaal se deslizó a lo largo de su banco, acurrucándose junto a él.
—Oye —gruñó él, sospechoso de lo que estaba a punto de hacer, pero ella le guiñó su ojo azul.
—Como muestra de gratitud, déjame darte un consejo: Lo que necesitas ahora no es culparte a ti mismo. Es furia.
—… —Wilhelm se quedó sin palabras.
—Encuentra una furia tan clara como un estanque tranquilo y concéntrala en el pensamiento del enemigo que debes destruir, y tu espada alcanzará nuevamente el cénit que una vez conoció. Demonio de la Espada Wilhelm Trias, ¿no es ese tu nombre? —Roswaal pronunció su nombre de nacimiento como si ofreciera una pista profunda; como para invocar al Demonio de la Espada que había luchado a través de la Guerra Semihumana y finalmente había relevado a la Santa de la Espada.
Después de un segundo, Wilhelm refunfuñó:
—¿No puedes nunca simplemente decir las cosas claras? No hace falta que divagues cuando podrías decirme: «No tiene sentido que te lo pienses, cabrón».
—Llámala la declaración del corazón de una mujer que quería pasar cada último momento que pudiera hablando contigo.
Era una conversación profundamente relajada, teniendo en cuenta que estaban al borde de una batalla. Pero habían intercambiado tales palabras también durante la guerra, y el pensamiento devolvió a Wilhelm a cuando había sido el Demonio de la Espada.
Con esa resolución en su corazón, volteó sin vacilar para mirar hacia dónde se dirigía el carruaje, sus ojos azules mirando a lo lejos.
Un instante después, una onda expansiva vino hacia ellos, desviando los carruajes de su curso.
—¡M̸ǔ̸é̸v̷͆ẻ̸͜t̴e̶! —gritó Grimm, con su alarido dándose antes de que la onda expansiva lo golpeara. Para Wilhelm, sonó excesivamente fuerte.
Gracias al grito de Grimm, llegó justo a tiempo para tomar a Roswaal con un brazo. Con la mano libre, desenvainó su espada, la clavó en el costado del carruaje y abrió paso a través de aquella salida improvisada.
En ese mismo instante, la onda expansiva carmesí mostró su verdadero peligro, tragándose el carruaje de dragón como un mar agitado. Mientras Wilhelm veía cómo el carruaje era arrastrado desde su visión periférica, comprendió que había escapado del mismo destino por cuestión de segundos.
Por otro lado, los demás no corrieron con tanta suerte, y el camino se sumió instantáneamente en el caos más absoluto.
Wilhelm se posó en el suelo y observó la horrible escena.
—¡Nuestra unidad! De pies a cabeza… —gruñó, rechinando los dientes.
Pudo ver que más de la mitad del Escuadrón Zergev había tenido la presencia de ánimo suficiente para saltar de sus carruajes y aterrizar, pero las bajas entre los que no lo lograron eran inmensas. Muchos de los carruajes habían quedado destrozados más allá de todo reconocimiento. Probablemente era demasiado esperar que alguien dentro de ellos siguiera con vida.
—No es posible —lamentó una voz.
Realmente parecía que su dueña apenas podía creer lo que veía. Era Roswaal, todavía sujeta con fuerza contra el costado de Wilhelm.
Ver a esa mujer, normalmente imperturbable, tan conmocionada lo hizo comprender la magnitud del desastre, y estaba a punto de gritar órdenes para ayudar a los heridos cuando se dio cuenta: Roswaal no miraba los carruajes. Miraba al cielo.
Ella contemplaba hacia arriba, con sus ojos multicolores ampliamente abiertos y una expresión de completa estupefacción en su rostro. Y no solo era ella; todos los que habían evitado lesiones graves también miraban fijamente.
Y entonces…
—W̷̟͝i̵l̶h̵̀e̶̊l̶m̷̖͘… —Grimm, quien también había logrado escapar del carruaje que se desintegraba, señaló el cielo y llamó a Wilhelm por su nombre.
Solo ante la insistencia de su amigo, que llevaba un enorme escudo a la espalda, Wilhelm finalmente levantó la vista.
A lo lejos, al final de la carretera, se encontraba su objetivo, la gran ciudad de Picoutatte. Y muy alto en el cielo sobre ella flotaba una vasta e inquietante nube negra.
La nube negra batió sus enormes alas y dirigió sus brillantes ojos dorados hacia el suelo.
—No… —Wilhelm rechazó lo que veía, trató de matar la debilidad que lo impulsaba a forzarlo para convertirlo en algo que pudiera comprender.
Esa no era una nube. Era algo que cualquiera que viviera en este mundo reconocería, pero que ninguno de ellos debería haber tenido la oportunidad de ver con sus propios ojos. Era algo que vivía más allá de los límites de la razón ordinaria.
Era…
—¿Un Dragón?
La criatura de un tamaño imposible desplegó sus alas negras y se cernió en el aire sobre la Ciudad Comercial. Esto era lo que había exhalado destrucción sobre los soldados que corrían a salvar al Reino Dragón: un Dragón. Un Dragón de tres cabezas.
Sección 2
En la azotea de la Aguja, el aire estaba cargado con el hedor nauseabundo de la sangre. Un río carmesí se filtraba de un montón de cadáveres, cada uno yacente en un charco de sangre, todos ejecutados por un hermoso corte de espada. La vida se había drenado de ellos. Ahora no eran más que cosas inertes. Y quien se vio obligada a quitar repetidamente la vida a aquellos elegidos para el sacrificio, muy en contra de su voluntad, era…
—¡Carol!
Carol Remendis, con su amada espada en la mano y equipada para la batalla. Hubo un tiempo en que verla con su atuendo de combate era algo habitual, pero últimamente sus apariciones eran cada vez menos frecuentes. Esto mostraba tanto cómo Carol se estaba distanciando del campo de batalla, como cómo el Reino se estaba distanciando de su época bélica.
Con el tiempo, Theresia había sospechado que la valiente figura de Carol, lista para la batalla, quedaría relegada a ceremonias y tradiciones. Esa posibilidad la había entristecido y alegrado a la vez.
Ahora, esa misma mujer estaba bañada en sangre, con la espada que tan cuidadosamente había afilado profanada.
Carol permanecía en silencio. Ni la ira ni la tristeza residían ya en sus ojos verdes. Apretaba su espada con fuerza, las lágrimas que corrían por sus mejillas eran arrastradas por más chorros de sangre. Todo lo que quedaba era una súplica silenciosa e innombrable.
No era un ruego de perdón. Sino de castigo.
Carol, degradada tanto en mente como en cuerpo por la manipulación de los «Diez Mandamientos de la Soberbia», deseaba expiar sus pecados.
A Theresia no le importaba quién había sido el primero en sembrar la semilla que dio origen a ese deseo de expiación. Solo deseaba poder correr hacia Carol, abrazarla y recoger los pedazos de su corazón roto.
No obstante, eso era algo que no podía hacer. No por los grilletes en sus pies ni por la maldición sobre su hijo nonato. No, era otra «esperanza de victoria» que Stride había preparado lo que se lo impedía.
—Mi Protección Divina…
Ya no podía sentirla.
Había perdido la conexión con dos Protecciones Divinas, la del Santo de la Espada y la del Dios de la Muerte, y con ello llegó una sensación de pérdida mayor de lo que jamás había imaginado. Ciertamente, nunca había concebido tal pérdida en absoluto.
Se decía que la Protección Divina del Santo de la Espada, transmitida a través de generaciones en la familia Astrea, era la única Protección Divina que podía recibirse después del nacimiento. Podía heredarse mientras el portador actual aún vivía y estaba sano. La propia Theresia había heredado la Protección Divina de su tío cuando él aún vivía. Así que era consciente y estaba preparada para la posibilidad de que, algún día, la Protección Divina del Santo de la Espada pudiera ser arrebatada de sus manos.
Pero esto era diferente. No solo había perdido la Protección Divina del Santo de la Espada, sino también la del Dios de la Muerte, y ella había nacido con esta última. No… No la había perdido. Se habían desactivado.
Sospechaba, además, que no era la única persona a la que le había pasado esto. Esto tenía que ser el primer paso de algo más grande, de uno de los planes de Stride mientras dirigía su odio hacia algo que ella no podía ver. Sí, solo el primer paso. Lo sabía, porque su maquinación implicaba más que el simple despojo de Protecciones Divinas.
—Verdaderamente, resulta magnífico contemplarlo desde tan cerca —dijo Stride.
Había un atisbo de genuina pasión en su sonrisa, por lo demás fría. Quizás esto, también, era algo que finalmente había llegado a dar resultados. Una sombra cayó sobre él y sobre todos los que se le habían unido en la azotea manchada de sangre. El fuerte viento provocado por la enorme figura ondeaba el largo cabello rojo de Theresia en todas direcciones, pero ella no podía apartar la vista de lo que tenían encima: una forma inmensa con enormes alas desplegadas contra el cielo y escamas tan oscuras como el acero. Sus cabezas, tres unidas a un solo cuerpo, eran un cruce entre lagarto y serpiente, y contemplaban la escena desde arriba con ojos dorados.
La amenaza, lo monstruoso, pertenecía a la criatura más poderosa imaginable, que desafiaba todas las leyes normales: un Dragón Negro de tres cabezas. Descendía flotando por el cielo sobre Picoutatte, batiendo sus alas.
—Oh…
Todo el que nacía y se criaba en el Reino de Lugunica crecía aprendiendo que estaba bajo la protección del Dragón Divino. Ninguno de ellos había visto jamás a la criatura, por supuesto, pero aprendían naturalmente a considerar a los Dragones con profundo respeto.
Theresia no era la excepción. Siempre había sentido una gratitud y un respeto subconscientes hacia los Dragones. Pero encontrarse con uno frente a frente era una experiencia nueva para la Santa de la Espada.
Peor aún, y casi imposible de creer, ese Dragón estaba bajo el control del desastre andante.
—El «Índice Jade», el «Medio Ámbar» y el «Anular Celeste» —dijo Stride—. Tres cabezas, tres almas. Asaz codicioso, ¿nones ansí?, ¡clamando por tres de mis anillos! —Stride extendió su mano izquierda hacia el cielo, varios de sus dedos brillando cruelmente. Como había maldecido a Carol, a Tishua y al hijo de Theresia, ahora buscaba subyugar el alma del Dragón Negro con un hechizo.
El Dragón, por su parte, no iba a ser constreñido tan fácilmente.
Las tres cabezas rugieron poderosamente, y su cola levantó un gran viento mientras luchaba contra el control de Stride. Iba más allá del sonido, como si el rugido pudiera masacrar al hombre tan soberbio como para intentar manipular a un Dragón.
No obstante, el golpe de cola del Dragón no alcanzó a Stride. Kurgan intervino, deteniendo el golpe con sus cuchillas, mientras que el ataque posterior del Dragón con sus garras fue interceptado por los dos Shinobi, convertidos en sombras, y Carol tajó el viento provocado por el batir de sus alas. Entre todos, protegían al hombre que se alzaba en el centro de esta tormenta de odio.
Mientras Theresia observaba la escena de pesadilla, Melinda tiró de su manga.
—Por aquí —guio a Theresia lejos del torbellino, alzando los brazos para intentar protegerla de los escombros y el polvo voladores.
Theresia no discutió, sino que se colocó detrás de Melinda. Una risa burlona llegó a sus oídos.
—¿Ves aquesto, Santa de la Espada? Este Dragón batalla de manera tan lastimosa como vana, mas ha perdido aquello que le daba ser; non es ya sino un «Resto de Dragón», un mero cascarón vacío. Siguiendo sus instintos connaturales, ha descendido para reclamar su verdadero cuerpo, bañado en la sangre del sacrificio.
—¿La sangre… del sacrificio?
Mientras el Dragón seguía proporcionando una tormenta de golpes sobre ellos, los peones de Stride reaccionaban a cada ataque, y el propio Stride luchaba por la supremacía con el alma misma del Dragón Negro. Theresia, con los ojos ampliamente abiertos ante sus burlonas palabras, jadeó y miró a su alrededor. Encontró la razón de su ludibrio en el montón de cadáveres que Carol había creado.
Vio el cráneo de un «Dragonante» sin identificar, con tres cuernos que salían de su cabeza.
Theresia no era consciente de lo que significaba. Tampoco comprendía la conexión entre este Dragonante, reducido a un cráneo, y la bestia negra de tres cabezas. Todo lo que sabía era que esos cadáveres eran la razón por la que el Dragón Negro estaba allí, y que el derramamiento de sangre había sido un ritual para invocarlo.
Y entonces se percató de una cosa más: Los ojos de una de las cabezas del Dragón se habían vuelto de un color verde jade.
—De una cantidad incontable los semihumanos estuvieron prestos a ofrecerse cual sacrificio, sabiendo que con ello habría de garantizar la destrucción de Lugunica —dijo Stride—. Un Dragón presa de la furia, llamado mediante su sangre… ¿Cabe imaginar medio más digno para hacer añicos la duplicidad del Reino Dragón?
—Espera... —comenzó Theresia, pero su grito fue tarde.
El brillante dedo índice de Stride ya apuntaba al horizonte, a la carretera que se extendía sobre Picoutatte hasta donde alcanzaba la vista. Un aliento de destrucción ya estaba siendo desatado sobre ella.
A lo lejos, una luz roja barrió la tierra, y vio elevarse una nube de humo. Poco después, el viento y el estruendo de la explosión alcanzaron el lugar donde ella estaba, a gran distancia. La ciudad misma pareció temblar bajo sus pies, prueba del poder destructivo y sin igual del Dragón.
A pesar de esta demostración, el miedo que no podía nombrar continuaba, pues aún quedaban dos cabezas más.
—Paréceme que no piensa doblegarse con facilidad. Mas non es sino cuestión de tiempo —dijo Stride, guiñando un ojo.
A su lado, Kurgan bajó sus cuchillas y dijo en voz baja:
—Ha cesado ya en su empeño por librarse de nosotros. Agora solo hemos de esperar la llegada de un héroe digno de desafiarnos.
Kurgan había estado protegiendo a Stride del Dragón Negro, pero ya no era necesario. Con una de sus tres cabezas bajo el control de Stride, los forcejeos del Dragón disminuyeron gradualmente. Las dos cabezas restantes, por su lado, seguían luchando por no ser engullidas por los hechizos de los anillos, echando espuma por la boca.
Como dijo Stride, probablemente era solo cuestión de tiempo hasta que el Dragón estuviera bajo su control. Y cuando lo estuviera, ocurriría lo impensable: la criatura pisotearía el Reino Dragón.
Ignorando a Theresia, que tenía todos los nervios tensos y lista para la batalla, uno de los Shinobi observó a lo lejos, donde se elevaba el humo.
—Mi Señor, paréceme haber divisado movimiento allende el impacto del aliento.
Stride, apartando parte de su atención de su intento de controlar al Dragón, dijo:
—Has de ser preciso. ¿Aquel movimiento avanzaba o retrocedía?
—A mi entender, aquello semejaba un avance, Su Señoría —dijo el otro Shinobi.
—Je… ¡Jaja! ¡Jajajajajajaja! —rio Stride.
No era una risa ni de burla ni de crueldad fría, sino de algún modo sin malicia. Era la risa de un niño travieso que había logrado hacer una pequeña travesura. Sonaba desequilibrada y torcida. Cuando rio a su antojo, los ojos negros de Stride ardieron intensamente, y escupió:
—En efecto, ¡non os place cuando un «Astrólogo» se desvía de su Decreto Celestial, ¡condenados Observadores! —Después dijo: —¡Raizo! ¡Shasuke! Mis generales habrían de encontrarse ya sobre el tablero. La oportunidad que tanto ansiabais se presenta por fin. Y tal como prometiera, mi venerable persona os usará a ambos hasta consumir cuanto reste de vuestras existencias.
—¡Como desee, Su Señoría! —respondieron al unísono, inclinándose profundamente, y luego se hundieron en las sombras.
Cuando estuvo seguro de que se habían ido, Stride miró hacia la imponente figura de Kurgan a su lado. Sus ojos oscuros se encontraron con los rojos de Kurgan, y un momento de silencio pasó entre ellos.
Aun así, no se sumieron en la calma. En cambio, Stride dijo:
—Has de avanzar y conquistar, Kurgan de los Ocho Brazos. Ansí tu deseo largamente anhelado podrás cumplir.
—Conquistaré. Stride, vos también habéis de cumplir vuestra ambición.
Parecía incorrecto interpretar eso como algo más que una orden y una respuesta. Como fuera, con ese breve intercambio, el Dios de la Guerra más poderoso del Imperio cruzó corriendo el tejado y saltó a la ciudad, dispuesto a enfrentarse a su enemigo. De él irradiaba un aura demoníaca.
Una vez que vio desaparecer la gran figura del tejado, Stride miró hacia arriba, al Dragón Negro, que seguía resistiéndose. Sin apartar la vista del cielo, llamó a su esposa:
—Melinda, has de llevar a la Santa de la Espada de vuelta a la torre. También, ¿qué sucede con los que yacen atrapados en esos tus ojos?
— Ah… S-Su despliegue ya está resuelto, Su Excelencia
—Muy bien. … Cumple pues con tu deber como mi esposa. Tal es el sentido de una vida vana y baldía como la tuya.
—¡Sí, Su Excelencia…! —Melinda asintió, colocando las manos en su pecho como para calmar un corazón acelerado.
Mientras un rubor teñía sus pálidas mejillas, volvió a tomar a Theresia de la mano y se dispuso a guiarla de regreso a la torre.
En cambio, Theresia resistió la fuerza de su mano.
—¡Stride! —gritó al desastre andante.
—… —él la notó sin siquiera volverse, y ella se preocupó por lo que debería decirle.
—Carol… Ya no la necesitas más, ¿verdad?
—Non des voz a deseos que bien sabes incapaces de cumplirse son. Eso non es sino el piar de un polluelo indefenso.
—… —Theresia se quedó sin aliento.
—Solo aquellos fuertes han de tener derecho a manifestar sus deseos. Y tú non cualificas.
Los labios de Theresia comenzaron a temblar violentamente ante la forma en que Stride veía a través de su tenue rayo de esperanza. Él levantó la mano como para indicar que no escucharía más súplicas, y el resplandor amatista arrebató las palabras a Theresia.
Los Shinobi se habían ido, Kurgan se había marchado, y ahora incluso a Melinda se le indicó que se retirara. Mientras Stride maniobraba para controlar al Dragón Negro en el tejado, la única que quedaba con él era Carol. Theresia podía imaginar cómo debía sentirse, y el pensamiento le oprimía el corazón. Antes de que la arrastraran de vuelta a la Aguja, quería asestarle al menos un golpe…
—¿Lo tienes? —preguntó—. ¿Tienes el derecho de pisotear las esperanzas de tanta gente?
—… Vete.
Theresia esperaba que respondiera sin dudar que sí tenía el derecho, pero en cambio, Stride eludió fríamente la pregunta. Casi como si, en lo más profundo de su ser, supiera que no tenía ese derecho.
Sección 3
La aparición del Dragón Negro y el azote de su aliento habían sumido a la unidad de Wilhelm en el caos absoluto.
Wilhelm observó. Un Dragón, que no se había visto en décadas, o quizás incluso en más de cien años, había aparecido y atacado salvajemente al escuadrón. Ahora la bestia negra de tres cabezas flotaba sobre la ciudad. Era inconcebible que esto no estuviera relacionado de algún modo con Stride y su facción.
Lo que implicaba que incluso podía controlar Dragones…
—No. El enemigo aún no tiene control total sobre la criatura. Esa es nuestra oportunidad —dijo Roswaal, quien, en medio de todas las órdenes a gritos, las llamadas de auxilio para los heridos y el caos general causado por la aparición del Dragón, había recobrado el juicio más rápido que la mayoría. Mientras que, con la mano, se limpió la sangre que le corría por la frente.
—¿Está loca? —preguntó Bordeaux.
—Me atrevería a decir que sí. Mi querido Bordeaux, permíteme que te dé un consejo.
Él asintió ante su tono enérgico, diciendo:
—Por favor, hágalo.
—Ese Dragón de allí es sin duda la carta de triunfo de Stride. Su secuestro de la Santa de la Espada mediante los «Diez Mandamientos de la Soberbia», el despojo de las Protecciones Divinas mediante el lastre que es el legado de la Guerra Semihumana, y ahora, sobre todo, un intento de pisotear el Reino Dragón bajo las patas de un Dragón: cada uno es una jugada destinada a la destrucción.
—Hablando como uno de los que tiene que luchar contra él, debo admitir que sabía exactamente cómo prepararse para esto.
—Sí, estoy de acuerdo. Aun asiiií, todavía hay una forma de abrirse paso hasta él. Y como prueba…
—N̸o̵̩͑ h̷̼̆a̷̚y̶̍… m̸á̴s̵ a̵t̴̆a̸q̴̬̋u̸e̶̐s̴ —gruñó Grimm, captando la implicación de Roswaal mientras observaba al Dragón a lo lejos.
Roswaal chasqueó los dedos y asintió, diciendo:
—Precisamente. Ya nos hizo sangrar. Si cada una de las cabezas de ese Dragón escupiera su aliento, nunca podríamos acercarnos a la ciudad, lo que revela que nuestro oponente aún no ha obtenido el control total de la criatura. Aun así, no tenemos tiempo que perder. En otras palabras…
—Ahora mismo, somos los únicos que podemos llegar a tiempo —concluyó Wilhelm, fruto de su intuición de guerrero.
Bordeaux, en silencio, cruzó sus fornidos brazos y dudó entre avanzar o retirarse. No es que Wilhelm planeara huir incluso si eso era lo que Bordeaux decidía hacer.
En ese momento, una gran voz vibrante de vigor e ira gritó:
—¡Perro Loco Bordeaux!
No era Roswaal, ni Wilhelm, ni Grimm tampoco. El grito había venido de Conwood, que había estado escuchando la discusión. En sus ojos se podía ver su profundo sentido del deber, unos ojos que ahora dirigió hacia Bordeaux. Y no era el único.
Todos los Caballeros que aún podían luchar… no, incluso aquellos que estaban tan gravemente heridos que ya no se podía esperar que sirvieran en combate, tenían un solo pensamiento en mente.
—Pelearemos —dijo Conwood—. Para proteger el Reino. A la Santa de la Espada… y al honor de nuestras propias espadas.
Ante eso, todos los presentes levantaron sus espadas al aire, demostrando cómo debían comportarse los Caballeros del Reino.
Bordeaux cerró los ojos. En la balanza de su corazón, sopesaba su deber contra sus deseos de pelear, y un lado resultó más pesado.
—Qué montón de putos imbéciles son —refunfuñó, su única concesión a su vieja y vulgar forma de hablar, y luego cargó su hacha al hombro. Se dio la vuelta lentamente para mirar al Dragón que observaba la tierra desde el cielo lejano.
No le llevó mucho tiempo tomar su decisión.
Sección 4
—Parece que ganamos nuestra apuesta —murmuró Wilhelm una vez que su «unidad suicida» se había infiltrado con éxito en la ciudad.
Hubo una sugerencia de dividir el grupo en cuatro y acercarse a Picoutatte desde cada dirección, por si acaso algo o alguien se interponía en su camino, pero al final, decidieron que la unidad debía realizar un ataque concentrado y único.
Adoptaron una formación que priorizaba la velocidad y el poder ofensivo, pero, como algo sospechaban, no había obstáculos en el camino, ni llegaron más ataques de aliento de Dragón. Ahora que estaban tan cerca de él, podían notar que no era solo que estuviera ahorrando sus ataques.
La criatura era inimaginablemente grande, de decenas de metros de largo, y estaba cubierta de escamas que brillaban de un oscuro como el acero. Con sus tres terroríficas cabezas capaces de proyectar un aliento increíblemente poderoso, era ciertamente la bestia que se había temido desde tiempos inmemoriales.
No obstante, en ese momento, el Dragón Negro se retorcía en el aire con las tres cabezas aullando furiosamente.
Estaba claro que la criatura ya no era libre y que luchaba contra un control no deseado. Roswaal tenía razón: esta era su mejor oportunidad para llegar hasta Stride.
—Pero esa oportunidad se nos escapará cuanto más esperemos. Esto es una carrera contra el tiempo —dijo Roswaal.
—Por desgracia, tenemos las manos ocupadas con Stride y los suyos. No puedo permitirme el lujo de pelear también con el tiempo. Sin mencionar que, después de ocuparnos de todo eso, quizás todavía tengamos que matar a un Dragón Negro —dijo Wilhelm.
Incluso si la criatura de tres cabezas se liberaba del control de Stride, no estaba claro si el Dragón sería amistoso con ellos. Era completamente posible que, después de enfrentarse a las fuerzas de Stride, todavía tuvieran entre manos una batalla con el Dragón.
—Ah, ahí está mi guerrero amenazante. Qué agradable poder reír y decir que eso es lo que te hace ser quien eres —Roswaal, corriendo junto a Wilhelm, se rio ante su total falta de miedo al monstruo.
Mientras toda esta conversación tenía lugar, el escuadrón corría por la avenida principal de la ciudad, hacia el distrito central, hacia la torre sobre la cual se cernía el Dragón Negro. No sabían exactamente dónde estaban Stride y los demás, pero si él estaba luchando por controlar al Dragón, entonces era lógico que estuviera justo debajo de él.
—¡Esperen! ¡Miren eso! —gritó uno de los Caballeros, y Wilhelm y los demás del frente derraparon al frenar de golpe.
Desde delante del escuadrón, figuras humanas empezaron a aparecer tambaleándose en la calle. Por un segundo, los soldados pensaron que podrían ser asesinos enviados por Stride, pero pronto vieron que no era así. Las armas que portaban las figuras y la armadura que vestían estaban grabadas con diseños que mostraban que pertenecían a la ciudad.
—Creo que es la guarnición de Picoutatte —dijo uno de los Caballeros, y el acuerdo se extendió rápidamente.
Wilhelm, contento de ver aliados de los que podría obtener información sobre la situación sobre el terreno, comenzó a dejar que su vigilancia se relajara.
—… —Grimm, por su parte, dio un paso adelante, con expresión severa.
No emitió ningún sonido, pero aparte de Theresia, no había nada en este mundo que Wilhelm confiara tanto como el sentido de precaución de Grimm.
Resultó que Grimm tenía razón.
—Oye… Esto no tiene ningún sentido…
Cuando un Caballero notó la anomalía, su voz comenzó a temblar y miró a su alrededor. El sonido de innumerables pasos comenzó a retumbar por las calles, llenando avenidas lo suficientemente anchas para que varios carruajes de dragón se cruzaran cómodamente.
Primero había solo una persona, después cinco, luego diez, y de repente era una masa oscura de figuras. Caminaban al trote, empujándose y abriéndose paso a la fuerza.
Cuando Wilhelm se dio cuenta de que estaban en problemas, ya estaban atrapados.
—¡Levanten los escudos, todos! —bramó Bordeaux—. ¡Elegiremos un solo punto y lo atravesaremos! ¡Nos van a aplastar!
—¡Aaaaaghhh! —gritaron los Caballeros al instante, y luego, con Grimm, que se movía más rápido que nadie, a la cabeza, levantaron sus enormes escudos y se enfrentaron a la oleada de gente de frente, solo para oír un enorme choque.
Gritos de angustia acompañaron el terrible impacto, y sus oídos fueron asaltados por los sonidos de carne desgarrada y huesos destrozados. El sonido se repetía una y otra vez mientras la pared de carne y sangre intentaba impedir que la unidad avanzara.
Bordeaux, con su hacha extendida y tratando de luchar contra la marea humana, rechinó los dientes.
—¡¿Por qué?! ¡No me digan que la guardia de la ciudad se pasó al bando de Stride!
—¡No! ¡Miren sus ojos! —gritó Wilhelm.
—¡¿Qué?!
Wilhelm, que estaba apartando gente con su espada aún envainada, se señaló sus propios ojos para después decir:
—¡Algo les pasa en los ojos! ¡He visto esto antes, en los compañeros de Stride!
“Esa joven cuya mirada contemplaste a través del espejo… Sus ojos tenían el mismo patrón”—Pivot miró a su alrededor mientras Wilhelm gritaba, y sus palabras le trajeron un recuerdo.
El día que no logró matar a Stride en la mansión Astrea, había una mujer. La miró a los ojos a través del Espejo Comunicante. Era ella, quien le había hecho ver al Pivot fantasma.
Ahora, todos los guardias de la ciudad que se enfrentaban a Wilhelm y sus amigos tenían el mismo patrón de telaraña en los ojos, igual que la mujer; les había atrapado el corazón.
—¿El Clan del Ojo Maligno? Primeeeero Kurgan, luego los Shinobi, ¿y ahora esto? Stride no deja de cambiar sus trucos. Parece que lo tiene todo preparado —suspiró Roswaal, cuya conjetura fue provocada por las palabras de Wilhelm. Esquivó los ataques de los guardias con movimientos rápidos y hábiles y respondió con puñetazos que los dejó inconscientes.
Bordeaux, Conwood y los demás no eran tan extravagantes como Roswaal, pero usaban su habilidad, muy superior a la de cualquier guardia de la ciudad, para desviar, contraatacar y, de algún modo, evitar ser aplastados.
No obstante, al final, los números pasarían factura. Quizás podrían mantener esta lucha unos minutos más con suerte.
—Tenemos que inclinar la balanza a nuestro favor, de algún modo —dijo Roswaal—. Tenemos que estar dispuestos a matarlos.
Allí, en medio de la batalla, Wilhelm vio directamente a sus ojos multicolores y rechinó los dientes.
Como siempre, Roswaal estaba dispuesta a hacer el papel de villana, dispuesta a decir las cosas que alguien tenía que decir, y sus palabras encendieron una chispa en Wilhelm, que hasta ese momento había dudado en desenvainar su espada.
Maldijo la cruel trama que lo había enfrentado a la guardia de la ciudad de Picoutatte, también súbditos del Rey, y luego se preparó para tomar su terrible decisión.
—¡W̸ȉ̴l̷̺͒h̴e̷͂l̸͓̏m̷!
Si no hubiera reaccionado al instante a la voz de Grimm, desenvainando su espada, habría muerto.
Con un jadeo, levantó su espada hacia un lado, desviando la hoja de acero que se le venía encima con la velocidad de una bala.
La fuerza del golpe sacudió todo su cuerpo y, por un momento, perdió el equilibrio y retrocedió tambaleándose. Pero no fue el único que saltó sobre el pavimento; también lo hizo el oponente que había saltado sobre él.
El enemigo cargó con un grito, tan rápido que parecía no tocar el suelo. Avanzaba como una roca que rueda en bajada, materializado en ocho brazos, cuatro de los cuales empuñaban Cuchillas Demonio. Un verdadero Dios de la Guerra, quizás el máximo.
—Bienvenido seáis, Demonio de la Espada. Resúlteme admirable que hayáis sobrevivido al aliento del Dragón Negro.
—Yo habría sido igual de feliz si nunca hubiera vuelto a ver tu cara, Ocho Brazos Kurgan.
Kurgan había aterrizado en cuclillas con tanta fuerza que el pavimento se agrietó bajo él. Wilhelm respondió a su horrible sonrisa con una mirada propia, goteando ira que brotaba desde lo más profundo de él.
Kurgan había descendido a la batalla en la avenida desde un ángulo imposible. Honestamente, sin la advertencia de Grimm, la vida de Wilhelm se habría acabado y la batalla ya estaría decidida.
“Wilhelm, nos hemos separado del Joven Señor y los suyos”, dijo Pivot en su oído. “A este ritmo…”
Wilhelm asintió y dijo:
—¡Sí, lo sé! ¡Roswaal! ¿Puedes…?
Miró alrededor del campo de batalla. La carga precipitada de Kurgan había abierto un gran espacio en el tumulto, en medio del cual Wilhelm apenas podía distinguir aliados de enemigos. Pero Grimm y los demás podrían aprovecharlo como una oportunidad para abrirse paso entre los guardias e ir tras Stride.
Vio, y aceptó, que su papel ahora era pelear contra Kurgan a muerte.
Pero…
—¿Se fue? —murmuró, con los ojos ampliamente abiertos.
Roswaal, que debería haber estado en algún lugar del campo de batalla con su recién abierto espacio para respirar, no aparecía por ningún lado. Wilhelm sintió un leve ataque de pánico. Seguramente no habría sido alcanzada por la carga de Kurgan y apartada de un golpe, ¿verdad? Pero el pánico pronto se convirtió en puro asombro, porque la atención de Wilhelm fue capturada por algo más. Las sombras alrededor de la batalla comenzaron a ondular como el agua.
Era la misma forma en que las sombras habían brillado cuando perdió la oportunidad de matar a Stride, la señal de que los Shinobi se movían entre ellos. Se habían deslizado en medio del caos y se habían llevado a Roswaal.
Por un segundo, su mente quedó en blanco con un ardor del mismo color, pero un grito de Bordeaux lo trajo de vuelta:
—¡No te distraigas, Wilhelm! ¡Grimm se fue con ella!
Wilhelm parpadeó, luego se armó de valor al ver al hombre gigante balanceando su gran hacha, enviando guardias volando a izquierda y derecha. Tenía razón. Tampoco veía a Grimm.
No se sabía lo que les podría esperar en este campo de batalla, pero dejaría a Grimm y Roswaal con sus propias peleas.
Y tenía que hacerlo, porque Wilhelm no podía quedarse quieto mientras se enfrentaba a este poderoso enemigo.
—Mi gratitud por aqueste digno adversario —dijo Kurgan—. … Por aqueste duelo, ideal de los postreros momentos del Reino.
—Y sigues con tus balbuceos, ¿eh? No voy a entretenerme mucho contigo.
—Entonces, procuremos hacer de ello el mayor momento de nuestras vidas.
Con estas palabras, el Demonio de la Espada y Ocho Brazos se enfrentaron.
Los pétalos de la segunda batalla de la «Danza de la Flor Plateada» florecieron en medio del caos de Picoutatte.
Sección 5
Cuando lo liberaron de las sombras, Grimm se sintió despojado de su sentido del equilibrio, apenas capaz de distinguir arriba de abajo. Extendió la mano hacia el suelo, logrando de algún modo limitarse a caer sobre una rodilla. Apenas lo hizo, dio un gran salto hacia atrás, levantando el enorme escudo con el emblema de la familia Remendis, listo para un ataque.
Por el contrario, ninguno llegó. Más aún, este lugar al que había cruzado a través de las sombras para llegar…
—Os encomiendo una tarea harto pequeña, y aun ansí sois incapaces de cumplirla. Verdaderamente, mucho dejan que desear mis generales. ¿Con qué propósito habéis traído ante mi venerable persona a aqueste invitado non deseado, a aqueste… hombre anodino? Adelante. Habéis de mostrar vuestras excusas.
—Paréceme que posee una intuición temible, Su Señoría. Aferróse al brazo de la mujer que vuestra merced deseabais.
—Cretino. Si non tuviste la capacidad de prever siquiera eso, ¿non es ello sino marca de tu propio fracaso?
Grimm observó la conversación, con cada músculo de su cuerpo tenso y listo. Uno de los que hablaba era un hombre delgado de largo cabello púrpura, mientras que el otro era un Shinobi con atuendo negro que respondía con sumo respeto. Grimm podía adivinar quiénes eran por la conversación, pero incluso si no hubiera podido, este era alguien que estaba grabado en su memoria tan profundamente que bien podría haber estado llevando un gafete.
Este hombre era el que había llevado a la nación de Lugunica al borde de la destrucción: el desastre andante, Stride.
—Bueno, bueno, buuuueno. Ciertamente no esperaba recibir una convocatoria personal de la raíz de todo mal —dijo la hermosa mujer que estaba junto a Grimm.
Por muy despreocupada que sonara, se veía lista para el combate y no parecía herida. Era un alivio. Ella era la compañera de armas de Grimm, Roswaal, y una amiga a la que Carol apreciaba.
Se alegró de que en el instante en que esas sombras se movieron, hubiera saltado sin pensarlo.
—Te lo agradezco mucho, Grimm —dijo Roswaal—. Gracias a ti, no tengo que presenciar esto sola.
—C̴̬͝l̵a̶r̴̾o̸͎͆ —respondió Grimm.
Asintió a Roswaal, mientras el viento que soplaba sobre ellos le picaba la piel. En esto también, él y ella estaban de acuerdo. Ninguno de los dos debería estar allí solo.
No en este campo de batalla, directamente sobre ellos, el Dragón Negro de tres cabezas seguía luchando contra el hechizo de Stride. Sus aullidos sacudían el aire, y gritaba como si fuera a aniquilar el mundo entero.
Grimm y Roswaal habían sido expulsados de las sombras a la azotea de la Aguja, donde el Dragón estaba levantando un vendaval tremendo. Ciertamente les había ahorrado recorrer la distancia desde la batalla en la avenida principal hasta la Aguja, y ahora se encontraban confrontando directamente al líder enemigo.
Mirando con claro interés su asombro, Stride extendió las manos y dijo:
—Digno de contemplarse es aquesto, ¿non os parece? Un Dragón, criatura que dicen la mayor de cuantas existen, allende el entendimiento de los hombres… y aun ansí incapaz es de librarse de los hechizos de un hombre medio muerto cual mi venerable persona. ¡Mirad cómo forcejea!
—Quizá no sea quien para hablaaaar, pero no creo que este sea un pasatiempo muy respetable —dijo Roswaal.
—Oh, ¿desapruebas acaso mis pasatiempos? Mi venerable persona creyó que tú, entre todos los presentes, serías capaz de apreciar un entretenimiento digno… mas paréceme que he errado en ti.
—Para saber, ¿puedo preguntar qué te hizo pensar eso?
—Non existe lógica alguna que adorne tras ello. Debes tal honor a que fuiste quien más se aproximó a los designios de mi venerable persona, oh Hechicera del Reino —la sonrisa de Stride se volvió más profunda y miró a Roswaal con ojos llenos de maldad.
Ni siquiera registró la presencia de Grimm. Estaba completamente concentrado en Roswaal, que había descubierto gran parte de su plan.
“Bien, Grimm podría usar eso como una oportunidad para encontrar un hueco en las defensas de Stride”, pensó Roswaal.
—Humildemente os exhorto a non levantar mano imprudente contra él —dijo uno de los Shinobi, siempre vigilante por la seguridad de su Señor.
“Así que nada de intentos impetuosos de victoria”, volvió a pensar, reevaluando la situación.
—… —Grimm miró de reojo.
Parecía que Roswaal intentaba sacar toda la información posible de Stride. Grimm, siguiendo su plan, trató de mantener la calma.
El Dragón Negro era terrible, pero si este era el corazón del baluarte enemigo, entonces lo que querían estaba allí: Theresia raptada y Carol esclavizada.
—Así que estás diciendo que, como fui quien más te acorraló, ¿me llevo el premio al fervor? No puedo expresar lo agradecida que estoy. Llevo taaaanto tiempo deseando partirte la cabeza en dos.
—Jamás habría de imaginar que tales palabras proviniesen de una de las mentes más brillantes del Reino, y de una mujer tan versada en las artes de la magia. Mas muy bien. Tan condescendiente non seré como para llamarlo recompensa al fervor. Non… aquesto non es sino una trampa dispuesta para ti.
—¿Para… mí? —Roswaal entrecerró los ojos. No le gustó cómo sonaba eso.
Justo entonces, se oyó un suave golpe de unos pies al aterrizar en la azotea, pero el ruido del viento agitado por el Dragón lo ahogó. Un corte de espada brilló a través del vendaval, apuntando directamente al cuello de Roswaal.
Roswaal estaba a punto de recibirlo con los guantes de cuero negro que llevaba, pero Grimm detuvo el golpe con su escudo, salvándola de la emboscada.
—¡N̴͙͂o̶̕ t̵̋e̸͘ l̸̳̍o̴͝ p̷̗̚ë̴͍́r̸m̶͛i̸̊t̵i̵͋r̶̂é̴! —gritó.
No… no la había salvado exactamente. Roswaal había visto venir la emboscada. Se protegió incluso sin la intervención de Grimm.
Cuando Grimm saltó para cubrir el ataque, no fue por el bien de Roswaal. Fue por el suyo.
Porque la hoja que había venido hacia Roswaal por detrás era empuñada por…
—G… Grrr… ¡Grimm!
—… —él la oyó.
De sus labios temblorosos salió su nombre, el nombre de quien había bloqueado su propia espada.
Cubierta de la sangre de las vidas que se había visto obligada a tomar, estaba la mujer que Grimm amaba. Carol Remendis empuñaba su espada por mandato del hechizo de Stride.
Cuando Grimm vio las marcas en sus mejillas donde sus lágrimas se habían secado, instintivamente extendió la mano. La habría abrazado si hubiera podido. Con un hábil giro de su espada, ella se escurrió entre sus dedos y retrocedió.
Grimm vio nuevas lágrimas brillar en sus ojos mientras ella retrocedía.
—Bien sabía mi venerable persona que aquesta mujer servía a la Santa de la Espada y que era amistad tuya, Mathers. Por ello tuve a bien considerarla el peón perfecto con el cual enfrentarte. Mas non… con claridad agora veo que non lo es.
Carol, aún llorando, se situó al lado de Stride, adoptando una postura de combate con movimientos perfectos y calculados. Stride le tomó la barbilla con la mano sin siquiera voltear hacia ella, sus ojos negros brillando.
Solo entonces pareció recordar finalmente que Grimm estaba allí.
—Ansí que… tú eres el amante de aquesta mujer. ¡Ja! Extraños encuentros dispone el destino. La Santa de la Espada, Mathers y el hombre amado por aquesta mujer… ¡Mi venerable persona jamás imaginó que todos vosotros os reuniríais aquí para mi entretenimiento!
—¡No… ¡No, no, no, no, no!
—¿Aún conservas espíritu para resistirte? ¿Todavía non se han agotado tus lágrimas? Debo decirte que harto inusual es hallar mujer a quien el llanto siente tan bien. Y tú, rata gimoteante… has de decirme, como hombre, ¿caerás ante la furia? Pues, de non ser el caso…
Las palabras de Stride, que habían ido más allá de la simple crueldad hasta hacer dudar de su propia humanidad, fueron interrumpidas por un crujido distintivo.
—Mi Señor, incluso tales mofas deben tener un límite.
—Jum —Stride desestimó el consejo del leal Shinobi con un resoplido, pero el Shinobi no parecía particularmente molesto por ello.
No importaba cuánto su Señor lo insultara o vertiera desprecio sobre él, el Shinobi lo protegería, incluso del trozo de azotea que Roswaal había arrancado con su pie y lanzado contra él como proyectiles.
Su expresión, tranquila y fría, irradiaba amenaza y hostilidad desapasionada. Grimm recordaba haber visto esa expresión en su rostro una vez antes, cuando se había enfrentado a la Bruja.
Lo que significaba que, ahora, Roswaal J. Mathers estaba verdaderamente enojada.
—A decir verdad, debería hacerte escupir cada último detalle de tus pequeños planes —dijo—. Pero te digo ahora: Cierra la boca, cachorro que no para de ladrar. Ya no puedo molestarme en escuchar tu voz.
—¡Jaa! Mi venerable persona halla gran deleite en la expresión que agora muestras. Tampoco he soportado jamás esos ojos tuyos. Tanto es ansí que aun ese ojo azul me provoca aversión. ¿Acaso piensas que aún podrías non volverte contra la humanidad simplemente por trazar una cota? Non has de mostrarte tan ufana.
—… —Roswaal no respondió.
—Tú y yo pertenecemos a la misma clase, quiéraslo o non.
Roswaal y Stride se enfrentaron, con la hostilidad, la enemistad y el odio patentes entre ellos. Grimm los observaba de reojo mientras mantenía su escudo levantado contra Carol. Incluso entonces, era tan hermosa que apenas podía apartar la vista de ella. Toda la sangre, todo el combate con espadas, no podían profanarla cuando mostraba la determinación de proteger a alguien.
—Grimm… Lo siento. ¡Lo siento! Por favor, tienes que…
— Ć̷̫a̸͘r̶̩͆o̸l̸̇, t̶̄e̸̅ a̸̺̅…
Cuando Carol habló, con su voz tensa y atravesada de agonía, él entendió inmediatamente lo que estaba pidiendo. Por eso no la dejó terminar. La interrumpió y entonces, con las mejillas tensas, Grimm se enfrentó a ella.
Sabía lo que uno debía expresar a su amada cuando lloraba. Lo había visto hacer a su querido amigo, el Demonio de la Espada, por la Santa de la Espada frente a una gran multitud de súbditos del Reino.
Y entonces dijo:
—T̶̆e̶̐ͅ ă̵͓m̸̀o̸̫̕.
Y entonces levantó el escudo y detuvo el golpe de espada que le asestó la mujer a la que amaba, con las lágrimas aún resbalándole por el rostro.
Los golpes intercambiados entre Grimm Fauzen y Carol Remendis enviaron chispas como una canción de amor hacia el cielo.

Sección 6
Una gran y vasta batalla había comenzado, con la existencia del Reino pendiendo de un hilo. Theresia podía notarlo por el estremecimiento en el aire, por el temblor del suelo, y exhaló un largo suspiro.
Ahora, Theresia, despojada de sus Protecciones Divinas y con su hijo rehén de una maldición, se encontraba como una mujer ordinaria, una debilucha sin forma de luchar ni de resistirse.
Todo parecía estar en las garras de Stride, yendo exactamente según sus planes.
Quizás debería hacer el papel de doncella indefensa y esperar tranquilamente a que alguien la rescatara.
Pero…
—Melinda, estás controlando a los miembros de la guardia de la ciudad con tu Ojo Maligno, ¿verdad? —preguntó Theresia, sin dudar en abordar el tema abiertamente.
—Aaah —Melinda hizo una especie de chillido.
No había mucho que Theresia pudiera hacer. Traída de vuelta al piso más alto de la Aguja y sin siquiera la libertad de abrir la ventana, no podía ni ver lo que ocurría fuera.
El ritual para controlar al Dragón Negro que Stride había invocado seguía teniendo lugar sobre ellas. Carol estaba con él, pero su corazón debía de estar hecho pedazos por haber sido obligada a servirle.
Y era precisamente por eso que Theresia no podía simplemente quedarse sentada haciendo el papel de princesa cautiva.
—Te ruego que no pienses en hacer nada raro —dijo Melinda—. Mi Señor Marido me ordenó que no te lo permitiera.
—¿También tú estás siendo controlada por uno de sus anillos?
—Y… ¿y-yo? ¿Bajo el h-hechizo de un an-anillo? —preguntó Melinda, tropezando con las palabras.
—¿Eso es un no? Por supuesto que no. Lo siento. Fue muy cruel por mi parte preguntar eso —Theresia se sintió genuinamente mal por la mujer, pero necesitaba llevarla al terreno de la conversación, así que ignoró la confusión de Melinda y la atrajo a una batalla de ingenio y palabras.
Al sacar un tema que Melinda no podía ignorar, al preguntarle si ayudaba a Stride por su propia voluntad, la mujer no podría evitar decir algo en respuesta.
Y así lo hizo. Theresia aprovechó la ventaja.
—Así que ayudas a Stride por tu propia voluntad. Tus razones… Bueno, puedo imaginar que hay unas cuantas. Mi esposo y yo somos iguales, así que lo entiendo. Pero ¿cómo se siente realmente Stride?
—¿Q-qué es lo que… intentas decir?
—Puede que tú te preocupes por él, pero eso no garantiza que sea recíproco. ¿No crees que simplemente pueda estar usándote? ¿Que tal vez solo quiera el poder del Clan del Ojo Maligno? —estas palabras eran tan crueles que hizo falta valor para pronunciarlas.
El Clan del Ojo Maligno, al que pertenecía Melinda con sus ojos cerrados, era un grupo de semihumanos tan raros que algunos decían que ya no existían. En alguna parte de su cuerpo tenían un «Ojo Maligno» que poseía un tipo de poder diferente a la magia, los hechizos o las Protecciones Divinas. A veces, esos ojos podían ver cosas invisibles o incluso interferir con la mente de otras personas.
La razón por la que quedaban tan pocos miembros del Clan del Ojo Maligno era porque el Imperio, temiendo ese poder único, los había exterminado.
Casualmente, no era muy diferente de cómo el Reino había tratado a sus semielfos. La propia Melinda probablemente había experimentado una severa opresión y quizás había estado en peligro de muerte.
Entonces quizás sus sentimientos eran en parte por quien la había salvado de esa opresión…
—En realidad, Stride se está aprovechando y usando tu Ojo Maligno. Es por eso…
—Me está usando. … ¿Y qué rayos tiene eso de malo?
—Agh… —Theresia se quedó sin aliento.
—Lo único que mi Señor Marido busca de mí es el poder de mi abominable Ojo Maligno. Sí, sí, sí, así es. Y estoy bien con eso. Estoy muy contenta con ser deseada por mi Señor Marido, por Su Excelencia.
Theresia sintió vergüenza de sí misma al oír esta respuesta. Esto no era admiración ni una atracción pasajera. Suponía que era imposible que Stride amara verdaderamente a Melinda como su esposa. Pero Melinda, comprendiendo perfectamente eso, aun así amaba a Stride como su marido. A Theresia le dio una intensa vergüenza haber intentado cambiar la palabra «amor» por otra cosa y usarla para sus propios fines.
—Mi Señor Marido es aquel que fue abandonado por su patria. Mi Señor Marido es la luz de aquellos que caen en la ruina, que maldicen el destino. Mi Señor Marido es el guía de los que fuimos rechazados por la historia predeterminada. Mi Señor Marido es el veneno que matará a los Observadores que se sientan en los altos cielos.
—… —Theresia no pudo hablar.
—Para ese fin, yo soy su pieza angular. Para ese fin, uso mis Ojos Malignos. Nací con Ojos Malignos en ambas cuencas, una niña maldita que destruyó el pueblo donde nació. Por esto, fui traída al mundo.
Melinda estaba impulsada por esta carga, por una sombría determinación, por una convicción inquebrantable. No, no. Estaba motivada por el amor. Creía verdaderamente que para el hombre al que amaba, no sería demasiado incluso dar su vida.
Theresia sabía que debía enfrentar esa verdadera creencia mostrando que ella también poseía esa determinación.
—P… p-por favor, no intentes nada raro —dijo Melinda.
Aunque tenía los ojos cerrados, parecía estar muy consciente de lo que Theresia estaba haciendo. Theresia no sabía si era un sonido que hacía, o algo que Melinda percibía en su piel, pero el hecho era que emitió esta advertencia en el momento en que Theresia se levantó.
Por supuesto, esposada y sin sus Protecciones Divinas, había poco que Theresia pudiera hacer, pero quizás podría convencer a Melinda, que no sabía nada de la batalla, de que podía pelear.
—El niño… No olvides el hechizo que tiene tu hijo. El precio de tus actos será su vida.
—Eso es cierto, y me asusta. De verdad que sí. Pero yo soy la Santa de la Espada. ¡En este momento, cuando el Reino mismo puede estar en peligro, simplemente no puedo quedarme quieta sin hacer nada!
—¿A-ar-arriesgarías la vida de tu hijo solo por ese título? ¿Por un sentido del deber fuera de lugar?
—Lo quiera o no, el hijo mío y de Wilhelm enfrentará pruebas en su vida. Después de todo, eso es lo que significa ser un Astrea. Este niño no puede escapar a su destino más de lo que puedo hacerlo yo, por mucho que desee que pueda vivir una vida pacífica y tranquila como un ser humano corriente, bendecido con la felicidad —las manos de Theresia acariciaron su vientre hinchado. Este deseo de paz futura para su bebé era la única cosa verdadera que dijo.
No obstante, al mismo tiempo, sabía que una vida libre de perturbaciones no estaba destinada a su hijo. No podía apartar cada pequeño guijarro del camino que él recorrería. Y así…
—Como este hijo pertenece a los Astrea, él también debe luchar. Por mí, por mi marido y por este Reino. Ese es el destino del linaje de los Santos de la Espada —los ojos azules de Theresia vieron fijamente los cerrados de Melinda.
Ante la declaración de Theresia, Melinda comenzó a temblar: primero sus manos, luego sus hombros, después sus labios, y declaró:
—P… p-pero qué soberbia. ¿T-t-tú no protegerías al niño como se merece, sino que lo harías luchar? Ya t-tu-tuve suficiente de ti. No-puedo-p-p-perdonarte.
Dicho esto, Theresia sintió una gran oleada de hostilidad desbordándose más allá del velo de confusión. La expresión de Melinda era severa y, lentamente, abrió sus ojos, sus Ojos Malignos.
—Mi ojo derecho es mi Ojo Maligno de la Soberbia, y el izquierdo es mi Ojo Maligno de la Vanagloria.
—Oh…
En el momento en que Theresia vio el hermoso e increíble patrón de telaraña en los ojos de Melinda, perdió el equilibrio. Sintió como si su alma fuera devorada, cayendo, cayendo y cayendo sin cesar.
—Vas a ir a la profunda y oscura fosa abismal de la culpa y el remordimiento. El niño que llevas en tu vientre no ha hecho nada malo. Solo tú, su madre, la Santa de la Espada, has cometido un pecado que no puede ser perdonado. Te ordeno que lo recuerdes.
La voz que Theresia oía, el rencor de Melinda, se alejaba cada vez más. La oía en los confines de su conciencia mientras su alma se deslizaba hacia el abismo.
—Wilhelm… —llamó el nombre de su querido esposo, solo una vez. Y entonces, a Theresia la venció la oscuridad.