Cuarto Acto - Teñido en la Niebla
Cuarto Acto
Teñido en la Niebla
Sección 1
El valle yacía envuelto en niebla durante todo el año, un miasma compuesto de maná corrupto. Demasiadas mabestias habían hecho de ese lugar su hogar, atraídas por el miasma; ese era el Valle Shamrock.
Durante el auge de la Guerra Semihumana, el ejército del Reino, habiendo sufrido una serie de derrotas a manos de la Alianza, escuchó —principalmente por rumores— que el Valle Shamrock era la base de los tres líderes principales de la Alianza: Valga Cromwell, el maestro estratega; Libre Fermi, la Víbora; y Sphinx, la Bruja.
No obstante, el ambiente vil proveía al valle de una barrera natural, dejando al ejército sin forma de verificar los rumores. En consecuencia, tras el fin de la guerra, había poca necesidad de explorar el lugar y fue rápidamente olvidado. Las historias del lugar eran lo único que el Reino conocía.
Ahora, el Escuadrón Zergev iba a lanzarse a este valle mortal por órdenes del propio Rey…
“Debo decir… es un poco decepcionante”, murmuró Pivot, con las manos entrelazadas detrás de la espalda y mirando a su alrededor.
Ciertamente había una niebla espesa flotando por todas partes, pero no era ni de lejos tan mala como decían los relatos. Afirmaban que la niebla era tan densa que no podías ver tu propia mano extendida frente a tu cara. De hecho, la niebla era lo suficientemente fina como para que pudieran distinguir el terreno.
Aun así, sería precipitado sugerir que esto implicaba que el Valle Shamrock no merecía su reputación. De lo contrario, ¿cómo explicar las tantas veces que el valle había rechazado los intentos de los equipos de investigación por explorarlo?
El Escuadrón Zergev estaba demostrando rápidamente lo que tenía por encima de cualquier equipo de investigación.
—Y pensar que fueron engañados por un truco taaaan simple —dijo Roswaal, entrecerrando sus ojos multicolores.
En su mano sostenía un cristal mágico que brillaba con una luz misteriosa. La piedra había sido colocada discretamente en las paredes del valle y era lo que había causado que este lugar fuera temido como tierra incógnita.
—Esa cosa es prácticamente un guijarro. ¿Eso es lo que mantiene la niebla, el miasma o lo que sea atrapado aquí? —preguntó Conwood.
—Eso diría yo —respondió Roswaal—. Y lo realmente desagradable de una treta como esta es que escapa incluso a alguien con tu percepción, mi querido Conwood. Ugh… maldigo mis propias deficiencias.
—¿Tiene deficiencias, Lady Mathers? Seguramente bromea —Conwood sonrió y se encogió de hombros para después ordenar a sus hombres que siguieran buscando. Roswaal lo observó irse.
—Oye —la llamó Wilhelm—. Normalmente no te pones tan depresiva. Ahora no es momento de serlo. Contamos contigo, así que haz tu maldito trabajo.
—Ah, ¿dices que te parezco una mujer herida? Entonces deseaaaaría que eligieras palabras más amables y me reconfortaras con tu compasión.
—Tú derrotaste a la Bruja. Eso es todo lo que necesitas recordar —dijo Wilhelm bruscamente.
Los ojos de Roswaal se agrandaron, pero luego sonrió. Wilhelm no conocía todos los matices del destino que habían unido a Roswaal y a la Bruja Sphinx. Solo sabía que Roswaal había despreciado a Sphinx y había jurado destruirla; y lo había logrado.
En ese caso, era inútil sentirse derrotada por el legado póstumo de la Bruja.
—Sembró cristales mágicos alrededor del paso, que producen una corriente de magia que llena el valle de niebla y miasma. Para entrar o salir, uno debe mover las piedras en un orden prescrito —dijo Roswaal.
—¿Qué pasa si te equivocas?
—Presuntamente, hace que el miasma se espese con rapidez. Puede enfermarte o, en el peor de los casos, hacerte perder el conocimiento. El miasma atraería a muchas bestias y, bueno, ese es tu fin.
—Está bien. Tienes razón, ese es un truco desagradable —Wilhelm frunció el ceño y miró alrededor del valle.
El miasma podría no ser tan denso como había temido, pero su peligro espeso aún flotaba en el aire.
—… —Wilhelm entrecerró sus ojos azules
En su opinión, Roswaal estaba equivocada al pensar que estaba derrotada. Era como decir que había «perdido» porque no había notado unas piedras enterradas en el suelo que nadie conocía, en un lugar que no le era familiar. Eso ni siquiera era una pelea justa. Él solo se había enterado de ellas porque…
—Debo decir que me pregunto quién será ese consejero del rey Gionis —reflexionó Roswaal.
—Dijo que hay una razón por la que no puede decirnos. No intentes indagar.
—No indago. Pero uno es libre de preguntarse, ¿no es así? Uno podría pensar, por ejemplo, que el Reino de Lugunica se está comunicando en secreto con el Sabio.
—¿El Sabio? ¿Te refieres al Sabio Shaula de los Tres Héroes? —los ojos de Wilhelm se agrandaron. De todo lo que pensó que ella podría decir, no esperó eso.
Los Tres Héroes eran personas de leyenda que habían sellado a la Bruja de la Envidia cuando el mundo estuvo al borde de la destrucción. El Sabio era uno de ellos, junto con el Santo de la Espada y el Dragón Divino.
El poder y la influencia de la Casa de Astrea, el linaje de los Santos de la Espada, y del Dragón Divino Volcanica, quedaban fuera de toda duda. El Sabio Shaula, el tercero de los Héroes, también era profundamente venerado…
—Pero se dice que el Sabio permanece encerrado en una torre al este del Reino y nunca deja que nadie se acerque —dijo Wilhelm—. Entonces, ¿por qué lo mencionas?
—¿Acaso no lo dije? La comunicación es secreeeeta. Es cierto que, supuestamente, nadie ha entrado en la torre en cientos de años, pero ¿y si la Familia Real y el Sabio poseyeran un Espejo Comunicante? Simplemente podrían recibiiiir algún consejo del Sabio, quien presuntamente puede verlo todo en el mundo…
—Así que tendrían la Piedra de la Historia del Dragón para otorgar su protección, el consejo del Sabio y el poder de la Santa de la Espada en caso de que algo ocurriera. Eso cubriría todos los frentes.
—Y eso es, me atrevo a decir, exactamente cómo Lugunica se presenta ante otras naciones.
—… —eso dejó a Wilhelm en silencio; lo había dicho a la ligera para ser sarcástico.
El Dragón Divino, el Santo de la Espada y el Sabio, la gloria de aquellos salvadores de antaño seguía protegiendo al Reino, eclipsando las hazañas de quienes vivían y luchaban ahora, como él y sus compañeros. Esa situación no le hacía gracia.
Pero le hiciera gracia o no, era la verdad del Reino de Lugunica en ese momento.
“Sin el pacto con el Dragón, es inimaginable que nuestros vecinos se hubieran quedado quietos mientras agotábamos nuestras fuerzas con la Guerra Semihumana”, dijo Pivot, expresando los pensamientos de Wilhelm.
—Sí. Al menos el Imperio habría intentado darnos un golpe —dijo Wilhelm al asentir y fruncir el ceño.
Irónicamente, fue porque ningún otro estado se atrevió a intervenir que la Guerra Semihumana se prolongó durante casi diez años. ¿Podría haber terminado antes el conflicto si otra nación hubiera atacado a Lugunica? Era imposible decirlo.
—Es solo una especulación de mi parte —dijo Roswaal—. Una suposición infundada. Pero no se me ocurre nadie más que pudiera ver a través de la trampa del valle. O… bueno. No exactamente nadie más, pero…
—Pero ¿qué?
Roswaal colocó un dedo de forma pensativa en los labios y dijo:
—No podrían ver más que el Sabio. Olvida que dije algo.
Aunque no podían esperar una respuesta segura a la pregunta, a Wilhelm le frustraba que simplemente se dejara el tema así.
En cambio, antes de que pudiera seguir con el punto, alguien gritó desde lo profundo de la niebla. Uno de los soldados de Wilhelm.
—¡Una cabaña! Es de la Alian… ¡De la Bruja! ¡El refugio de la Bruja! ¡Lo encontramos!
Wilhelm y Roswaal se miraron el uno al otro.
—¡W̴̺͠i̶l̶͠h̶̘͒e̴l̸̥͂m̵͂͜! —llamó Grimm.
—¡Lo sé! ¡Ya voy!
Wilhelm y Roswaal se dirigieron hacia las voces al otro lado de la niebla, caminando cada vez más rápido a medida que se acercaban a descubrir la base de los semihumanos que los había eludido durante tantos años.
Y entonces…
—Por fin nos encontramos cara a cara —dijo Roswaal, de pie junto a Wilhelm y contemplando el edificio.
El dejo de emoción en su voz demostraba que ella sentía lo mismo que él al respecto. Tanto tiempo atrás habían estado envueltos en un combate mortal, y ahora, buscaban el escondite de sus enemigos, para encontrar una salida al peligro inminente que aquellos mismos enemigos habían dejado atrás.
Si esto no era el mayor de los infortunios, ¿qué lo era?
—… —Grimm estaba frente a la cabaña, asintiendo mientras Wilhelm y Roswaal se acercaban.
Conwood y el resto del escuadrón habían tomado posiciones alrededor del edificio, listos para la lucha.
—Podría ser una trampa —dijo Wilhelm—. ¿Cuál es el plan? Puedo ir primero si quieres.
—Lamentablemente, no puedo permitir que el hombre con la esposa embarazada se exponga a tal peligro —dijo Roswaal despreocupadamente, adelantándose a él. Wilhelm desenvainó su espada y la siguió.
La cabaña había albergado a la mismísima Bruja. Cualquier cosa podía estar esperándolos. Roswaal extendió la mano lentamente y dejó que sus dedos rozaran la puerta.
—No hay señales de trampas mágicas —dijo—. Voy a abrirla ahora.
Hizo esto, empujando la puerta entreabierta. Wilhelm se deslizó junto a ella y entró en el edificio. Escudriñó el lugar detenidamente, pero concluyó que, tal como Roswaal dijo, no parecía haber trampas dentro.
—Ya veo. Puede que no parezca gran cosa, pero creo que este fue realmente el centro de mando de la Alianza —dijo Roswaal, estudiando las paredes con la luz brillante de un candelero portátil que llevaba.
Wilhelm siguió su mirada hasta ver un gran mapa colgado en la pared; una representación ampliada de las tierras de Lugunica. Varios lugares tenían marcas rojas.
Los recordaba todos. Fueron lugares de batallas importantes de la Guerra Semihumana.
“Incluso está el Pantano Aihiya, donde yo morí. Además del Campo Castour y el Altiplano Redonas.”
Wilhelm dudó solo un momento, ignorando el sombrío comentario de Pivot.
—Si estamos seguros, eso es lo que cuenta. La verdadera pregunta es si encontraremos lo que buscamos.
—El legado de la «Bruja», como Su Majestad lo llamaría. El legado de Sphinx —dijo Roswaal.
Por la forma en que lo reformuló deliberadamente, Wilhelm entendió que no le gustaba referirse a Sphinx como Bruja, pero optó por no señalarlo. En su lugar, miró a su alrededor.
La cabaña contenía más que solo el mapa. También había estanterías con un puñado de libros, así como otros estantes que contenían herramientas cuyo uso y delicado propósito él desconocía. Era inquietante la forma en que estaban simplemente allí, dejadas.
—¿Crees que deberíamos derribar las paredes o levantar el suelo? —preguntó Wilhelm—. Conwood podría hacerlo sin problema.
—No, Sphinx era una racionalista. Ya había ideado una forma de evitar que la gente entrara al valle. No creo que escondiera los resultados de sus propias investigaciones aquí en la cabaña. Si tan solo pudiéramos encontrar algunos materiales que pudiéramos llevarnos… —Roswaal, que había extendido la mano para examinar una de las herramientas en el estante, dejó de hablar abruptamente.
Wilhelm no estaba tan desprevenido como para dejar pasar eso. Lo notó de inmediato, se dio la vuelta hacia ella y exigió una respuesta:
—¿Qué sucede?
Roswaal miraba fijamente, no al instrumento en su mano, sino al estante mismo.
—Se supone que nadie ha estado aquí desde que Sphinx fue derrotada… entonces, ¿por qué no hay más polvo? Es casi como si…
—Como si alguien hubiera estado aquí recientemente. Como si hubieran dejado un rastro —Wilhelm, llegando inmediatamente a la misma conclusión que Roswaal, frunció de forma severa el ceño.
En ese mismo momento, se oyó un bullicioso alboroto afuera. Escuchó a alguien maldecir.
Con un jadeo, Wilhelm retrocedió hasta la entrada para descubrir qué estaba sucediendo. Vio el problema de inmediato. En algún momento, una espesa niebla había envuelto el área alrededor de la cabaña.
Sin duda alguna, ese era el legado póstumo de la Bruja que tanto habían temido. O no, más bien, una trampa tendida por el desastre andante usando el legado póstumo de la Bruja para acabar con cualquiera que pudiera venir a hurtadillas tras él.
Notando el cambio en el flujo del viento, así como una sensación de desaliento en su propio corazón debido al espesamiento del miasma, Wilhelm tomó el pañuelo que había atado alrededor de su brazo y lo envolvió alrededor de su boca en su lugar.
—¡Grimm! ¡Conwood! ¡En formación! ¡Esto atraerá a las mabestias!
—¡R̵͆e̸c̵͆ì̷b̸̄i̷͝d̴̓o̸̚!
—¡Entendido! —llegaron las respuestas de Grimm y Conwood.
—¡Roswaal! ¡Toma lo que necesites! No tenemos tiempo. Trae solo lo que puedas cargar en la niebla. ¡Tú decides qué debemos llevar!
Sin esperar respuesta, Wilhelm se lanzó afuera. Se reincorporó al Escuadrón Zergev, que se estaba formando rápidamente en la densa niebla, y, con un destello plateado de su espada, derribó de inmediato a una figura que se acercaba.
La figura soltó un chillido agudo y rebotó contra el suelo. Resultó ser un murciélago enorme con un cuerno que le crecía de la cabeza; un ratón de alas negras. Era solo el primero de las muchas mabestias del valle que Wilhelm podía sentir que se abalanzaban sobre ellos, haciéndole erizar el vello.
Tendría que eliminarlas una tras otra, tratando de proteger a Roswaal mientras intentaban llevar a casa el legado de la Bruja.
Es más…
—¡Si estás detrás de esto, Stride, sé que esto no será el fin! —Wilhelm apretó los dientes, se puso en guardia con su espada y se lanzó contra las mabestias que se acercaban. Grimm estaba a su lado con su escudo gigante, usándolo para aplastar las caras de las criaturas.
Wilhelm no tuvo que mirar a su viejo amigo mientras se lanzaban a la batalla, no tuvo que ver la tensión escrita en su rostro para saberlo. Grimm y Wilhelm luchaban bajo la sombra del mismo miedo: que un nuevo desastre esperaba a quien sobreviviera.
Sección 2
Los temores de Wilhelm y Grimm se hicieron realidad, y de la peor manera posible.
Todo fue muy repentino.
Con Wilhelm y sus compañeros ausentes, Theresia y su familia aceptaron la hospitalidad de su majestad Gionis y se instalaron en el Castillo de Lugunica. No había palabras para expresar la gratitud que sintieron por la cálida bienvenida que recibieron Theresia con su hijo y Carol con su maldición.
Mientras Wilhelm estaba fuera, Bertol y Tishua permanecerían en la Capital Real todo el tiempo, sumándose a los guardias ya provistos en el castillo. Bertol, a quien Wilhelm había encomendado personalmente la seguridad de Theresia, estaba particularmente nervioso y parecía estar dando vueltas incluso más enérgicamente de lo habitual.
Aun así, Theresia estaba agradecida de tenerlo allí. La ayudaba a no perderse en la ansiedad y la tensión, y sobre todo, lograba que Carol, que tanto se esforzaba por no parecer deprimida, esbozara una verdadera sonrisa.
Las chicas podían reírse de las absurdas ocurrencias de Bertol, divertirse viendo cómo Tishua lograba que su esposo bailara en la palma de su mano, o disfrutar charlando juntas sobre el futuro del niño que pronto nacería.
Estaban pasando el tiempo de manera tan ociosa y placentera cuando apareció un hombre envuelto en un aura terrible.
—Non puedo decir que se halle a la altura del Palacio de Cristal del Imperio, mas aqueste castillo es, sin duda, harto más agradable de lo que mi venerable persona esperaba. Bien se dice que fue casi destruido por la ferocidad de los semihumanos. Bien hicieron en preservarlo; una loa os concedo —fue con este anuncio condescendiente que el hombre, sin ser invitado, recorrió con orgullo la alfombra carmesí del castillo.
El aire de la sala se congeló, lleno de la tensión de la batalla. El Castillo de Lugunica era, naturalmente, el lugar más seguro de la capital; de hecho, de toda la nación. ¿Cómo era que este intruso —el hombre por el que todos en el Reino se encontraban más en alerta que nunca— hubiera entrado como si nada?
—Stride… —dijo Theresia con voz tensa al verlo.
Al oír su nombre, el hombre, Stride, entrecerró sus ojos negros y una sonrisa cruel cruzó sus labios.
—Cuán harto tiempo ha pasado, Santa de la Espada. ¿Has gozado de buena salud?
—¿Qué le hiciste a los guardias de afuera? —preguntó Theresia.
—Juum. Hallándote ante mi venerable persona, ¿y lo primero que a tu juicio acude es la seguridad de la vulgar chusma? Tal falta de respeto, en otras circunstancias, el más severo castigo mereciese… mas, por agora, de buen humor me hallo. Ansí pues, he de ser asaz magnánimo como para pasar por alto tal afrenta.
Theresia cerró los ojos con fuerza ante su cruel y arrogante respuesta. No respondía a su pregunta, pero la actitud indiferente de Stride le decía todo lo que necesitaba saber sobre el destino de sus guardias.
La guerra civil que casi les costó todo había terminado por fin, y el Reino comenzaba a reconstruir su paz muy lentamente. Entonces, ¿por qué…?
—¿Cómo puedes ser tan cruel con los demás?
—¡Qué impensable! Ser reprendido por la Santa de la Espada, que non aniquiló miles de vidas, sino decenas de millares. Si hemos de comparar los actos de mi venerable persona con la cantidad de vidas que arrebataste, los míos parecerían meros juegos pueriles. Si la culpa se midiese por el número de cadáveres que dejas, dudo que haya en aqueste mundo quien alcance tus cotas.
—… —Theresia se quedó sin aliento.
Una vez más, la respuesta de Stride fue tajante a su pregunta, pero sus palabras calaron hondo. Era la angustia cortante que la había atormentado desde que terminó la guerra, desde que le permitió dejar su espada, desde que concibió un hijo con Wilhelm.
Stride tenía un don natural para clavar palabras cortantes en los puntos débiles de su oponente y luego verter veneno en la herida.
Theresia pudo haber perdido la voz, pero había una que no, y estalló de furia.
—¡Desgraciado! ¡Es la última vez que humillas a Lady Theresia! —rugió Carol, desenvainando la Espada de Caballero que había dejado a un lado.
Extendió un brazo, empujando a Theresia hacia atrás, hacia Bertol y Tishua, y se adelantó. Los padres de Theresia se colocaron a su alrededor, de forma protectora, enfrentando a Stride.
—Jum —resopló Stride, sonando aburrido. ¿En qué basaba su actitud? Estaba solo contra todos ellos.
—Carol, cuidado con las sombras —dijo Theresia—. Wilhelm dice que tiene Shinobi…
—Lo sé, Lady Theresia. Sé que este hombre no tiene la fuerza para atravesar la guardia del castillo por sí solo. Es un cobarde que siempre está controlando a los demás, burlándose de ellos, pisoteándolos.
Vigilante de las sombras, Carol avanzó poco a poco, presionando a Stride hacia un espacio que pudiera controlar. Su espada tenía un excelente alcance, y su técnica contaba con la aprobación de la propia Santa de la Espada. Y, tal como antes, sintió en Stride la fuerza vital de un hombre consumido por la enfermedad.
Obviamente, si apareciera Ocho Brazos, la situación cambiaría en un instante…
—Lamentablemente, es grande en exceso para viajar entre las sombras; non hay menester de tanta cautela. Non lo veréis aquí. Mas otras diversiones he dispuesto.
—¡Diversiones! ¡No formaremos parte de tus jueguitos! ¡Pero haremos que cantes todo lo que sabes! ¿Qué estás planeando? ¿Cómo entraste al castillo? —exigió saber Carol.
—Escucha cómo graznas, moza. Dime, ¿tanto te han pesado aquestos luengos días sin la intimidad del hombre a quien amas?
—¡Hijo de pu…!
Stride simplemente cruzó los brazos mientras su veneno llevaba a Carol al colmo de la ira.
Fue entonces cuando Carol recibió un apoyo adicional para su fuerza: llegaron refuerzos.
—¡Lady Astrea! ¿Se encuentra bien? —dos miembros de la guardia del castillo, percibiendo que algo andaba mal, irrumpieron en la habitación y comprendieron de inmediato lo que sucedía.
Apuntaron con sus armas al intruso, Stride, junto a Carol, que se mantenía en posición.
—¡Prepárate! —gritó Carol, y los tres armados se lanzaron contra Stride desde tres direcciones a la vez.
Carol podía presumir de una excelente esgrima, al igual que los dos guardias del castillo. Y en todo el tiempo que Theresia la había conocido, pensó que ese era el golpe más perfecto que Carol había ejecutado jamás. Su espada se elevó en un glorioso semicírculo para abatir a Stride… Y lo habría conseguido….
—¿Qu…? —un pequeño jadeo escapó de Carol en el momento en que lanzó ese golpe impecable.
Ella sabría, por supuesto, al menos a nivel intelectual, que para hacer que Stride les revelara sus planes, tendrían que dejarlo sin poder, atarlo y mantenerlo con vida.
Sin embargo, su espada estaba empapada en sangre. Se había hundido sin piedad en su objetivo, arrebatándole la vida a su víctima.
Excepto… que su víctima no era el gran enemigo del Reino, el desastre andante llamado Stride.
Tendidos en un charco de sangre, derribados por el tajo de Carol, estaban los dos guardias.
—C… ¿Carol? —dijo Theresia, atónita.
—Yo… Qu… ¿qué? ¿Qué es lo que…? ¿Por qué…? —Carol bajó la espada, tan asombrada como Theresia. Su mano estaba manchada con la sangre que corría por su hoja, y motas carmesíes salpicaban su pálido rostro.
Había ejecutado a sus propios refuerzos con una habilidad soberbiamente afinada. No podía haber sido por su propia voluntad. Y si no lo había sido, entonces…
—Creo recordar que me preguntaste qué había sido de los guardias de fuera —dijo Stride, quien ni siquiera se había inmutado mientras esta tragedia se desarrollaba.
Como quizás la única persona en la habitación que entendía por qué se producía este caos, no dedicó ni una mirada a los soldados muertos ni a Carol, sino que miró fijamente a Theresia mientras hablaba.
A ella le tomó un instante entender lo que decía, que se refería a la primera pregunta que había hecho.
Stride, por el leve destello en sus ojos, que ella había hecho la conexión; tras lo cual inclinó la barbilla y dijo:
—Por aquesta mujer.
—Por…
—Deseabas saber cómo entré al castillo. Fue por aquesta mujer.
—N-no… Yo nunca… —tartamudeó Carol.
—Ya os dije que había dispuesto otras diversiones; ninguna otra que aquesta mujer —mientras ofrecía estas revelaciones, Stride descruzó los brazos y les mostró su mano izquierda. El anillo amatista en su pulgar brilló con una luz inquietante.
Era uno de los «Diez Mandamientos de la Soberbia», los hechizos que Stride poseía: el «Pulgar Amatista».
—Que te asfixiaras cada vez que tocabas a tu ser amado non era sino una distracción. Y esto non solo a ti te atañe, sino a muchos; mas la gente está harto segura de cuán profunda cree que es la malicia ajena.
En el murmullo de Stride, Theresia creyó casi poder percibir una nota de una tristeza incomprensible. Era una emoción que nunca hubiera esperado de él, tanto que casi deseó haber oído mal.
Nunca tuvo la oportunidad de descubrir la verdad, porque con un jadeo ronco, Carol volteó.
Tenía una expresión de conmoción, que contrastaba con la forma en que se movía. Era como si hubiera perdido todo control sobre todo lo que estaba debajo de su cuello. Alzó su espada en una postura de lucha de auténtica belleza.
—Es agora el momento oportuno —dijo Stride—. Has de sentirte orgullosa: tanta ventaja non tenías como vosotros pensabais.
—¡Por favor, detenla! —suplicó Theresia, con la mano sobre su vientre hinchado mientras miraba a Carol.
—¡Kajajajajajaja! —por su parte, el desastre andante se limitó a reír. Fue una risa cruel; sus labios se abrieron en una sonrisa torcida mientras decía: —Hazlo.
El anillo en el pulgar de Stride brilló incluso más que antes.
Carol, que sabía mejor que nadie lo que significaba esa orden, gritó:
—¡No…! ¡No! ¡No, no, no, noooooooo! —tenía los ojos ampliamente abiertos, y lágrimas brotaban de ellos; no obstante, su cuerpo actuaba contra su voluntad, manejando sin piedad la esgrima que había perfeccionado durante toda su vida.
Dirigió su espada contra su familia, aquellos a quienes había jurado proteger desde el momento en que empuñó su filo por primera vez.
—¡CORRAAAAAN! —gritó, y al instante siguiente, se lanzó hacia ellos.
Theresia comenzó a moverse por instinto. Casi al mismo tiempo, sintió al niño moverse en su vientre, y eso la hizo dudar un instante. Se detuvo, pero Tishua la apartó de un empujón.
Theresia cayó al suelo, con su madre protegiéndola. Vio a Bertol pararse frente a su esposa, con los brazos bien abiertos.
Su madre le ofreció su abrazo a Theresia, su padre su espalda, mientras intentaban proteger a su hija, manteniéndose firme ante el golpe de la espada.
—¡NOOOOOOOOOOO!
Con ese grito y un destello plateado, una flor roja y profunda de sangre floreció en el castillo de Lugunica.

Sección 3
El Escuadrón Zergev no regresó al castillo hasta que todo había terminado.
Wilhelm y los demás se habían unido para sobrevivir a la trampa de la Bruja Sphinx, que Stride y los suyos habían aprovechado para atacarlos. Él y Grimm habían ido a la cabeza mientras se abrían paso entre la horda de mabestias, pero seguía siendo un milagro que todos hubieran regresado con vida.
“Hay bajas, pero creo que solo el Escuadrón Zergev podría haber logrado este resultado. Aunque ahora ya no está en manos del Joven Señor… Un trabajo bastante impresionante.”
¿Intentaba Pivot consolarlo o animarlo? En cualquier caso, Wilhelm frunció los labios.
—Nos quitaron la alfombra por debajo de los pies; nosotros solo saltamos por coincidencia. Si Roswaal no encuentra nada que valga la pena en esos materiales que trajimos, será como si nunca hubiéramos ido.
Stride y los suyos siempre parecían tener la iniciativa. Si el Valle Shamrock resultaba ser una pista falsa, el Reino parecía destinado a arder, incapaz de contraatacar a la maldad de un solo hombre, de ese desastre andante. Pero…
—No será así. Te lo prometo, descubriré lo que está planeando —dijo Roswaal con firmeza.
—Gracias. Voy a necesitarlo.
Estaban en un carruaje de dragón, donde Roswaal estudiaba el legado de la Bruja, o más precisamente, los papeles que podrían o no tener algo que ver con el legado.
En el enfoque y la determinación de Roswaal, Wilhelm creyó poder percibir algo más que el simple hecho de que esta situación los había enfrentado a la Bruja, algo más que la ira por la forma en que habían caído directamente en la trampa del valle. Algo más severo y obstinado escondido detrás de todo eso.
Sea lo que fuese, tendría que confiar en Roswaal para encontrar la verdad detrás de los planes de ese estratega supraracional.
—No pierdas la calma… —murmuró Wilhelm.
Apretó los dientes, sintiéndose frustrado e impotente ante cualquier problema que no pudiera resolver con su espada. Sentado a su lado en el carruaje estaba Grimm, quien miraba al suelo, pareciendo sentirse igualmente patético.
Había luchado codo a codo con Wilhelm contra las mabestias, haciendo su parte en la destrucción, y aun así no tenía ni un rasguño. En algún momento, se había convertido en un hombre en quien confiar. Hoy en día, quizás incluso podría darle batalla a su antiguo capitán, «Perro Loco» Bordeaux, en una pelea.
En resumen, allí estaban dos hombres: el Demonio de la Espada, que había relevado a la Santa de la Espada de su título, y un hombre que podía enfrentarse al Perro Loco.
—Y aun así, míranos. Siempre he odiado esto.
—… Q̸̰̍̌u̴ì̷e̶r̴͑o̶̽ v̸̅̈́è̵r̷̊̐… a̵͆ C̸̍̿a̴̠̕r̷̃o̷l̵̨͉̓—susurró Grimm con desesperación.
—Sí, te entiendo —dijo Wilhelm en voz baja.
Cada uno de ellos quería reunirse con su amada: Grimm con Carol, Wilhelm con Theresia. Eso solo agregaba un dolor adicional a su sensación de impotencia. El deseo podría incluso haber agudizado sus sentimientos de vergüenza, pero aún así se negaban a renunciar a él.
Mantuvieron presente ese deseo mientras el Escuadrón Zergev regresaba a la Capital de Lugunica.
—Lo siento mucho. Me quedé aquí en la capital, y aun así se me adelantaron —la voz de Bordeaux estaba cargada de pesar, y sus enormes hombros se alzaron mientras inclinaba la cabeza lo más profundamente que pudo.
Un pensamiento pasó sin ser invitado por la mente de Wilhelm: que recientemente parecía que todo lo que había visto de Bordeaux era al enorme hombre disculpándose por cosas que no había podido hacer. No obstante, apenas se le ocurrió el pensamiento, eliminó esa parte de sí mismo que intentaba escapar de la realidad con esta distracción y tomó a Bordeaux por los hombros.
En medio del tumulto que había consumido el Castillo de Lugunica, interrogó a Bordeaux Zergev.
—¡¿Qué pasó?! —exigió saber, sacudiendo al otro hombre vigorosamente.
—Hubo un intruso en el castillo —dijo Bordeaux—. Debo suponer que tenía a alguien dentro. Mató a tres guardias y luego escapó… y se llevó a Theresia con él.
—¿T-Theresia fue secuestrada? —Wilhelm estaba casi sin palabras mientras Bordeaux solo podía mirarlo con profundo dolor.
Esto era lo peor de lo peor de lo peor de lo que podía imaginar. Cuando pensó en el rostro de Theresia en el momento de su separación, en la vida que crecía en su vientre, Wilhelm rompió en un sudor frío. Por un instante, sintió una furia ciega crecer dentro de él, pero logró reprimirla justo antes de explotar.
—¿Q̷͕̚u̴̦̐ḛ̵́̈…? C̴̩̿… ¿C̵̰̈́å̷r̴̃ͅo̴ĺ̸? —preguntó Grimm con su voz ronca, su rostro al menos tan pálido como el de Wilhelm.
Solo cuando lo vio, Wilhelm finalmente se detuvo a considerar cómo debía sentirse su compañero.
Si el castillo había sido atacado y Theresia había sido secuestrada, entonces ciertamente Carol también habría estado involucrada.
En cambio, los hechos, resultaron estar más allá de las más oscuras expectativas de Wilhelm.
—Fue llevada junto con Theresia —dijo Bordeaux, pero luego se corrigió—. No, debo ser más preciso. Carol Remendis mató a los guardias y secuestró a Theresia cooperando con el líder enemigo.
—Qu… ¿qué?
—Fue el hechizo de ese anillo que nos ha preocupado durante tanto tiempo. Los guardias supervivientes declararon que ella gritó que todos huyeran con lágrimas fluyendo por su rostro. No tenía control sobre su propio cuerpo. Fue… Fue una tragedia.
—… —ante eso, Wilhelm simplemente no tuvo palabras.
Había juzgado mal la verdadera fuerza de los «Diez Mandamientos de la Soberbia» de Stride. Habían amenazado con consumir la vida de Bertol, puesto terribles ataduras sobre Carol, y presuntamente habían puesto un hechizo similar en alguien de la Guardia Real. Sospechaban que tenía el poder de quitar una vida o forzar a las personas a hacer lo que Stride les ordenara. Ciertamente explicaría cómo alguien había sido inducido a hacer una copia de la Piedra de la Historia del Dragón. Pero estaba equivocado.
Conocía a Carol, sabía que jamás entregaría a Theresia para salvar su propia vida. Si esa fuera una opción, preferiría cortarse su propia cabeza. Si incluso Carol, entonces, había sido forzada a obedecer, implicaba que los anillos de Stride simplemente convertían a los demás en títeres.
Carol no tuvo opción más que hacer la voluntad de Stride, ayudándolo a entrar al castillo contra su voluntad, logrando sus objetivos, matando a los guardias, apoyándolo en el secuestro de Theresia…
—Espera —dijo Wilhelm—. Entiendo que Theresia fue secuestrada, y que Stride se llevó a Carol para poder usarla. Pero… los padres de Theresia también estaban en el castillo.
Mientras Wilhelm estaba fuera, se suponía que Bertol y Tishua estarían con Theresia y Carol. Habían prometido hacer todo lo posible para ayudar a su amada hija y a la joven que era como una segunda hija para ellos. Debieron haber estado aquí.
Bertol… Wilhelm le había confiado Theresia a Bertol.
—Yo no podía estar aquí, así que se los pedí —dijo—. Les pedí que se quedaran al lado de Theresia. Y su madre y su padre prometieron que lo harían…
Sabía sin ninguna duda que habrían cumplido su promesa costara lo que costara.
Wilhelm sintió cómo se tensaba su rostro mientras titubeaba al decir las palabras. Su corazón latía con fuerza en sus oídos, y el sudor que corría por su espada hacía parecer leve la forma en que había transpirado antes.
El mismo pánico y la misma tensión que consumían a otros miembros de la Casa de Trias, la sangre que corría por las venas de Wilhelm, cuando percibían peligro, ahora lo envolvían también.
Bordeaux miró a Wilhelm, luego cerró los ojos, y finalmente dijo sin preámbulos:
—Wilhelm, escúchame. Lord Bertol Astrea está…
—… —Wilhelm no pudo decir nada.
—Era un orgullo para el Reino, uno de sus Caballeros más estimados y un padre ejemplar.
Sección 4
En la cama estaba sentada una mujer que lucía muy diferente a como solía hacerlo.
Tenía cabello lino con suaves ondas, un cuerpo generosamente curvilíneo vestido con un traje del color del césped incipiente. Poseía una belleza sin edad que la hacía lucir más joven que sus años, y en su rostro siempre había flotado una sonrisa inescrutable.
Pero ahora sus labios estaban tensos, sus mejillas pálidas, y su cabello había perdido su brillo. Era una vista triste. Estaba sentada, vestida con ropa de dormir, luciendo apática y débil. En sus ojos había la expresión de alguien perdido en un sueño.
Quizás realmente estaba soñando, soñando con la dicha junto a su marido y su hija.
—¿Honorable Madre? Soy Wilhelm. Acabo de regresar. No puedo pedir suficientes disculpas por no haber llegado antes.
—… —Tishua no respondió.
—Me enteré de lo que sucedió mientras estaba fuera. Mi Honorable Padre… Su esposo… Simplemente no sé qué decir. Es horrible —Wilhelm se arrodilló ante su silenciosa suegra, lamentando la vanidad de sus propias palabras.
Todo lo que podía ocurrírsele eran frases trilladas y expresiones gastadas. Si realmente quería expresar su gratitud, si realmente quería acercarse al corazón de Tishua, ¿por qué no podía encontrar algo mejor que decir?
«Una pena». «Una tragedia». Las palabras parecían terriblemente inadecuadas cuando pensaba en Bertol Astrea.
Mientras Wilhelm inclinaba la cabeza, Tishua solo miraba a lo lejos, con los ojos vacíos.
Su marido fue ejecutado y su hija fue secuestrada ante sus ojos. Según Bordeaux, Tishua no tenía heridas como tales, pero no importaba lo que le dijeran, no reaccionaba. Era como una cáscara vacía.
Las heridas del corazón no son como las del cuerpo. ¿Podría ser que el corazón y la mente de Tishua nunca más volvieran a…?
—¿Eh…? ¿Honorable Madre? —Wilhelm levantó la cabeza abruptamente, sintiendo algo sobre él.
Suavemente, con mucha suavidad, unos dedos encontraron su camino en su cabello color té quemado, y acariciaron su cabeza, como consolando a un niño. La mano pertenecía nada menos que a Tishua, perdida en su abismo personal, y mientras Wilhelm miraba asombrado, la luz regresó a sus ojos.
—Wilhelm… —dijo lentamente.
—¡Honorable Madre! Digo… Lady Tishua, ¿me reconoce?
—Sí, claro que sí. Solo que… lamento que me hayas visto así —Tishua parpadeó varias veces para después bajar la mirada como si estuviera avergonzada.
Wilhelm sacudió su cabeza de un lado a otro, luego volteó y asintió a los guardias, indicándoles que llamaran a un sanador.
—Alguien vendrá a ayudarla de inmediato, Honorable Madre. Sé que no tiene lesiones físicas, pero…
—No. Wilhelm, no. No te tomes esa molestia. Estoy bien. Hay algo más importante. Algo que debo decirte.
—Ah… —Wilhelm jadeó, tomado por sorpresa ante la fuerza de las palabras de Tishua.
Ella puso una mano sobre su hombro, y aunque la fuerza de ello lo sorprendió, lo que más capturó su atención fueron los ojos de Tishua.
Sobre su característico color avellana flotaba un tenue brillo de luz carmesí. Era el mismo tipo de hechizo terrible que había consumido la vida de Bertol. Tishua no se había perdido por el shock. La habían dejado para servir como mensajera para Wilhelm.
Pero Tishua se dio cuenta, y desde dentro de la compulsión del hechizo, comenzó a afirmar su propia voluntad, diciéndole:
—Estoy segura de que no tengo que decirte exactamente lo que siento por ese hombre. Forzó a Carol a cometer asesinatos que ella nunca quiso hacer y se llevó a Theresia. Es una amenaza, un desastre, y alguien que no puede seguir en este mundo.
—… —Wilhelm permaneció en absoluto silencio.
—Debes destruirlo, te digo. Este es su mensaje para ti: «Por ti aguardo en el lugar de la Danza de la Flor Plateada».
Sonaba casi como un verso poético. La Danza de la Flor Plateada: Wilhelm lo comprendió casi de inmediato. Había oído que su primer encuentro con Stride, cuando había cruzado espadas con el guardián de Stride, Ocho Brazos, había llegado a ser conocido con ese nombre.
Si Stride decía que lo esperaría en ese lugar…
—Picoutatte. Es la ciudad donde libré esa batalla. Estará allí, con Theresia y Carol.
Por supuesto, conociendo la mente cruel de Stride, incluso esto podría ser algún tipo de trampa. Por otro lado, había entrado personalmente al castillo para secuestrar a Theresia, la Santa de la Espada. Esto sugería que era la culminación de un plan que había estado avanzando en secreto, trabajando en algún lugar del Reino durante meses.
Stride y los suyos estarían esperando en Picoutatte, y sin duda se desataría una batalla feroz.
—Wilhelm, estoy bajo un hechizo. Por favor, átame de pies y manos, y ponme una mordaza para que no pueda morderme la lengua. Creo que esas son las medidas mínimas necesarias.
Habiendo entregado su mensaje y cumplido su papel, Tishua ahora sugería para sí misma un trato que debería ser impensable para la nobleza. Aun así, si estaba bajo una maldición, era lo correcto.
—Déjeme el resto a mí, Honorable Madre. Juro que traeré de vuelta a Carol, a Theresia y al niño.
—Rezo por tu éxito —dijo ella, tomando sus manos.
Sus palabras fueron breves pero cargadas de peso. Eran las palabras de una mujer que se había casado en una casa de guerreros. Pero al mismo tiempo, Wilhelm sintió sus uñas clavarse en las palmas de sus manos. No parecía saber que lo hacía, pero había en ello el grito de una mujer que acababa de perder a su marido. Esto también se lo encomendaba a él.
—Eres un hombre de los Astrea —dijo Tishua—. Nunca lo olvides.
—Nunca —dijo Wilhelm.
La voz de Tishua temblaba, y las lágrimas corrían por sus mejillas. Sus manos se habían vuelto sorprendentemente frías. No obstante, sus palabras llevaban una emoción que debía ser respetada, y Wilhelm solo pudo asentir.
Era el Demonio de la Espada que ahora llevaba el nombre de Astrea, y aniquilaría al «Deseo de Destrucción».
Sección 5
—Aun agora, non derrama lágrima alguna. Es una mujer fuerte —Stride tomó la barbilla de Theresia entre sus delgados dedos y la levantó.
Ella lo miró con odio, a él y a su despreciable sonrisa burlona, con una emoción rugiente en sus ojos azul cielo.
—Tengo un esposo, patán sinvergüenza —dijo—. Te agradecería que no me tocaras tan a la ligera.
—Jaa. ¿Crees que mi venerable persona desearía a una mujer cuyo vientre ya se halla hinchado? Maguer, bien pensado… quizá ansí resultarías más interesante. Antes de la maternidad, eras harto despreciable para que siquiera posase en ti mis ojos —goteando desprecio, Stride soltó la barbilla de Theresia, y el dolor inundó sus ojos.
Dolía ser denunciada por haber sido la Santa de la Espada, que le preguntaran si podía expiar todas las vidas que había tomado. Aun así, ese mismo dolor era la fuente de su determinación personal. Era necesario para un ajuste de cuentas adecuado.
Por otro lado, las burlas de Stride eran otro asunto. Se mofaba de ella no por sus actos, sino por lo que era. El destino que acompañaba a su identidad le traía pruebas no deseadas, y no solo a ella, sino también a quienes la rodeaban. Y fue entonces cuando sintió que las lágrimas cálidas comenzaban a brotar.
—Padre…
Todavía podía verlo, de espaldas a ella, protegiéndola del destello plateado de esa espada. Lo había cortado del hombro a la cadera, y la imagen de su padre desplomado en un charco de sangre estaba grabada en su retina. El sonido del grito de su siempre serena madre resonaba en sus oídos. No se iba.
También estaba Carol, la que había sido forzada a hacer esto. Su rostro sollozante y su voz llorosa estaban igualmente clavados en la memoria de Theresia.
Mientras lágrimas mezcladas de dolor y pena comenzaban a brotar de los ojos de Theresia, alguien le ofreció suavemente un pañuelo blanco.
—Umm… Toma —dijo la persona que se lo ofreció.
Theresia, que estaba esposada pero aún tenía las manos libres, lo tomó. Era frustrante, la sugerencia implícita de que sabían que no podía o no quería luchar, pero el pañuelo no tenía la culpa.
—No voy a agradecerte por esto —le informó Theresia al dueño del pañuelo.
—Tú, eh… Claro, no tienes por qué. De todas formas, yo no, um, en verdad no lo hice para que me agradecieras.
La voz era tan débil como el zumbido de un mosquito. Venía de una muchacha diminuta, descalza, con el cabello largo y gris que caía en ondas. Era imposible no notar que las mangas de la túnica color ceniza que cubría su cuerpo arrastraban por el suelo al caminar, pero ni su delicada apariencia ni su ropa mal ajustada eran lo que más destacaba de ella.
No, lo más notable era que, incluso mientras hablaba con Theresia, mantenía ambos ojos firmemente cerrados.
El hecho de que estuviera aquí con ellos mostraba que era parte de la facción de Stride. Pero parecía que había más de una forma de estar relacionada con él.
Porque de Stride ella era…
—¿Cómo osas dar algo a esa mujer por voluntad propia, sin pedir primero permiso a mi venerable persona?
—¡Oh! ¡L-lo-lo siento muchísimo!
—La clave de todos mis designios eres. Non cometas nada imprudente y al margen has de mantenerte. Eso es, si te precias de ser esposa de mi venerable persona.
Bajo la presión de sus palabras, la joven llamada Melinda se encogió sobre sí misma, con los hombros temblando, y asintió vigorosamente. Por otra parte, la reacción no parecía de miedo o coerción, pues había un deje de color en sus mejillas. Era difícil de creer, pero Melinda parecía estar más que encantada de que la mandaran.
Esta era una forma de ser marido y mujer completamente diferente a la que Theresia conocía. A ella le parecía retorcido.
Theresia tensó los labios y se obligó a mantenerse distante para no ponerse sentimental. Decidió, por el momento, posponer la ira y la tristeza. La habilidad para cambiar su enfoque, que había desarrollado durante su tiempo como la Santa de la Espada, se activó, y comenzó a analizar la situación con frialdad.
Primero, Theresia había sido llevada a Picoutatte, una ciudad que había prosperado como epicentro del comercio. Stride y los suyos no habían hecho ningún esfuerzo por ocultar su destino cuando la sacaron del castillo. Ni siquiera le pusieron una venda en los ojos mientras iban, así que Theresia sabía que estaba en el piso más alto de una Aguja en el mismísimo centro de Picoutatte, que estaba dividida en cinco zonas.
También sabía que Stride y los demás estaban usando la Aguja como su base de operaciones para llevar a cabo sus malvados planes en la ciudad.
Y conocía la fuerza de combate más crucial del enemigo…
—Mi Señor, Raizo informa de su regreso.
—Mi Señor, Shasuke informa de su regreso.
Emergieron de la sombra de Stride, con voces indistinguibles entre sí. Dos Shinobi, vestidos de negro, de apariencia idéntica, flanqueaban a Stride a ambos lados.
—Sir Raizo, sir Shasuke, gracias por todo su arduo trabajo —dijo Melinda.
—He de agradecer profundamente vuestra preocupación, mi Señora. Non obstante, soy Raizo.
—Yo soy Shasuke.
—¡Oh, ohhhhh, ohhhhhhhhhhhh…! ¡Lo siento mucho, lo siento muchísimo…!
Mientras cada uno de los Shinobi levantaba la mano por turno y decía su nombre, Melinda colocó las manos en su cabeza en un frenesí. Sus humildes disculpas provocaron que los Shinobi se rascaran la mejilla con vergüenza. Mientras tanto, sin siquiera darse la vuelta hacia ellos, Stride preguntó:
—¿El resultado?
—Tal como deseaba, mi Señor, hemos encendido las chispas por toda la ciudad —comenzó un Shinobi.
—Nos aseguramos de mostrarnos y llamar la atención; presto la gente ha de congregarse —añadió el otro Shinobi.
—Si todo ha salido conforme a lo previsto, bien está. Mas si aun vosotros, mis generales, solo me fueseis útiles en caso de emergencia, como lo es Melinda, non bastaría con maldecir el destino de mi venerable persona. Continuad dando lo mejor de sí.
—Como ordene, ¡mi Señor! —respondieron Raizo y Shasuke al unísono, levantando la barbilla.
A juzgar por su habilidad para aparecer y desaparecer entre las sombras, estos gemelos tenían que ser los Shinobi que Wilhelm había reconocido con tanto valor. Ellos y Melinda formaban parte de la facción de Stride, pero había uno más…
—¿Raizo y Shasuke han vuelto? —llegó una voz.
Era grave y profunda, como si una montaña hubiera hablado, y llevaba tal amenaza que, al principio, era difícil creer que perteneciera a una persona.
Theresia pronto vio que el dueño de la voz era tan amenazador como el sonido que emitía. Tenía la piel azul, con un físico similar al de una roca, y unos horribles ocho brazos. Era Kurgan.
Kurgan inclinó la cabeza —era tan alto que Theresia tuvo que estirar el cuello para mirarlo— y entró en el piso más alto de la Aguja. Miró a los dos Shinobi y luego posó sus ojos en Theresia.
—Ansí que estáis con nosotros, Santa de la Espada. Me alegra veros con buena salud.
—Él dijo lo mismo —dijo Theresia tras un momento—. Y yo estaba muy bien hasta que los conocí a ustedes dos.
—Magnífico. Una futura madre, y rebosante de espíritu. Harto me place eso.
Sintiendo la mirada del guerrero sobre su vientre, Theresia cruzó inconscientemente los brazos frente a su estómago como para proteger a su hijo. Cuando Wilhelm y Kurgan habían cruzado espadas, con Wilhelm luchando en nombre de Theresia, Kurgan había afirmado que la quería como su botín de guerra, aunque ella no creía que lo dijera en serio. Había dicho que quería engendrar un hijo fuerte con ella, pero ella no podía predecir cómo podría tratarla ahora que realmente estaba embarazada.
Pero, si se trataba de predecir, había una pregunta más profunda que responder.
—No tengo la más mínima idea de lo que ustedes planean —dijo Theresia—. ¿Pero realmente creen que pueden hacerle algo a nuestro Reino con tan solo este puñado de personas?
—¿Oh? Solo aqueste puñado, dice. ¿Y qué te hace pensar que aquesto representa la totalidad de peones que mi venerable persona dispone?
—Aunque no lo sean, no pueden ser muchos. Solo tienes diez anillos, así que no pueden ser más que eso. De hecho, no pueden ser más de nueve, ¡ya que rompimos el anillo que maldijo a mi padre!
—¿Aludes al padre que la vida perdió, gimoteando ante la espada de la moza a quien por hija tuvo, la cual le sirvió por tantos años?
—… —Theresia no respondió de inmediato, pero ante esas palabras, ya no pudo contener más su aura de guerrera, y la Aguja se llenó de tensión.
Los Shinobi adoptaron de inmediato posturas de combate mientras Melinda se sujetó la cabeza exclamando: «¡Aah!».
Stride, por su parte, ni siquiera se inmutó. Kurgan suspiró y le dio una mirada de reproche.
—Stride, no la provoquéis sin motivo. Si el mal talante de la Santa de la Espada, por ventura, provocase alguna desgracia, todo cuanto aquí hemos querido hacer sería en vano.
—Has de ahorrarme tus tan leales sermones. Non es la relación que nos liga la de Señor y sirviente. Bien harías en recordar tu lugar.
Esto mostraba cuánta confianza tenía Stride en el poder restrictivo de sus anillos para que su condescendencia no vacilara en lo más mínimo, incluso frente a Kurgan. No obstante, frente a la creciente aura de batalla de Theresia, parecía que el guerrero no se equivocaba.
—Tu evaluación non es desacertada —comenzó Stride—. Como bien percibes, mi venerable persona non dispone de un suministro inagotable de peones. Non es que carezca de medios para allegar más, mas non soy dado a emplear los métodos de la Bruja. Los muertos deben permanecer muertos; tal es la regla de aqueste mundo.
—Eres la última persona que esperaría que se preocupara por las reglas del mundo.
—Esa «regla» se cuenta entre los enemigos que debo matar —Stride hizo una pausa—. Temo que heme excedido en palabras. Aun mi venerable persona parece dejarse llevar cuando mis designios están tan cerca del punto de fructificación.
A pesar de su descripción de sí mismo como emocionado, el tono de su voz nunca se alteró. Las mejillas de Theresia se tensaron.
Stride había dicho sin ambages que sus planes estaban casi listos. Había irrumpido en el Castillo de Lugunica y secuestrado a Theresia, la Santa de la Espada, y claramente no dudaba en llevar el caos a Picoutatte. Estos eran golpes audaces, nada que ver con sus anteriores movimientos a escondidas en las sombras, lo que demostraba que su verdadero plan ahora estaba en marcha.
Por eso había puesto un hechizo en Tishua para dejarle un mensaje a Wilhelm.
—Pero ese fue tu mayor error —dijo Theresia.
—¿Oh? ¿Afirmas que yerro? ¿Por qué?
—Wilhelm ganará. Lo que significa que tú perderás.
Theresia presentó esto con orgullo, como el mayor error de cálculo que Stride y sus fuerzas habían cometido. Wilhelm ganaría. Lograría la victoria, sin ninguna duda. Incluso Theresia podía ver que Ocho Brazos era más poderoso que cualquier guerrero ordinario. Su habilidad con la espada podría incluso estar al mismo nivel que la de Wilhelm, pero Wilhelm ganaría. Saldría victorioso.
Theresia nunca dudó de la victoria de Wilhelm, porque él era su amado Demonio de la Espada.
—Jee… —la declaración de Theresia provocó una risa que no fue más que una exhalación.
Miró y descubrió que había provenido de Kurgan, quien estaba de pie con cuatro de sus brazos cruzados frente a él, y los otros cuatro acariciando sus espadas; las Cuchillas Demonio.
El mismo Ocho Brazos Kurgan se reía de la declaración de Theresia sobre la victoria del Demonio de la Espada.
—Hállome en gran solaz con vuestras palabras. La hazaña del Demonio de la Espada aquel día fue, en efecto, harto impresionante. Bien entiendo por qué creeríais que había motivo para confiar en él.
—Non has de seguirle el juego, Ocho Brazos. ¿O es que pretendes excusarte, sabiendo que podrías perder la revancha? —dijo Stride.
—En absoluto. De ninguna manera —respondió Kurgan, con el rostro y la voz severos, y Stride soltó un resoplido sin impresionarse. Por otro lado, era obvio que trataba a Kurgan de manera diferente a Melinda y los Shinobi.
Sin duda, Ocho Brazos Kurgan era la «pieza» más poderosa de Stride. Y pretendía usarla contra el mayor as bajo la manga del Reino, Wilhelm, el Demonio de la Espada.
Pero…
—Non puedo sino preguntarte, Santa de la Espada, ¿qué explica entonces la pobre circulación de tu sangre? —dijo Stride.
—¿A qué te refieres? —preguntó Theresia.
—¿Acaso has entregado toda tu astucia al niño que llevas en el vientre? Tu proclama es propia de una moza que ha perdido el juicio. Pues aun la superficie de nuestros designios alcanzarías a ver, si tan solo siguieses el hilo de tu propia lógica —Stride derramó desprecio sobre la incomprensión de Theresia.
—… —ella frunció el ceño, tratando de evaluar el malvado significado de aquel desastre andante… y entonces, lo comprendió.
Aquella era su respuesta a su declaración anterior. Su pregunta de por qué había iniciado una guerra que no podía ganar, una batalla en la que estaba destinado a ser derrotado.
Eso significaba que…
—¿Crees que tienes…?
—¿Una esperanza de victoria? Oh, en efecto —dijo Stride con fuerza, interrumpiendo a Theresia justo cuando la revelación amanecía en ella.
En el fondo de aquellos ojos rasgados, ella pudo ver una emoción oscura y turbia, y le provocó un escalofrío. No era la primera vez que sentía la amenaza y la insidiosa advertencia en las palabras y planes de Stride, pero aquel escalofrío, el puro terror que sentía, era nuevo.
Podía sentir que no era solo palabrería o un farol, que Stride realmente quería decir lo que insinuaba.
—Su Excelencia —llegó una voz, demasiado refinada para llamarla simplemente baja.
Stride finalmente apartó la mirada de Theresia y volteó hacia Melinda, quien lo había llamado. Sus delgados hombros se encogieron aún más, e hizo un ademán hacia el exterior de la Aguja, señalando la ciudad.
—La gente ha comenzado a reunirse. Umm, ¿qué desea hacer?
—Nada hay que hacer al respecto. Bien sabes cuál es tu labor; ansí, pues, has de llevarla a cabo.
El frágil cuerpo de Melinda tembló ante la brusca orden de Stride, y asintió vigorosamente. En ese mismo instante, hubo un cambio en el aura que rodeaba a Kurgan y a los Shinobi, y las cosas comenzaron a suceder.
Antes de que las cosas pudieran avanzar más, Theresia sintió el pañuelo que aún sostenía en la mano. Podría ser solo un trozo de tela, pero como Santa de la Espada, podía blandirlo con la fuerza suficiente como para convertirlo en un arma capaz de romper huesos. Si rompía los adecuados, sería sencillo quitarle la vida a un oponente. Incluso para matar a Stride.
Por supuesto, si hacía eso, el resto de los presentes en la Aguja seguramente la haría pedazos. Pero aun así…
—Non aconsejo que te resistas —dijo Stride—. Las vidas de tu sirvienta y de tu madre se hallan en manos de mi venerable persona.
Theresia se tensó.
—No te burles de mí. Carol y mi madre son mujeres de una familia de guerreros. Como yo, por supuesto.
Stride levantó la mano, en la cual dos de los anillos brillaban de manera inquietante, en un intento de detener a Theresia. Theresia tuvo que apartar a su yo débil, lloroso y gimoteante para responderle.
Su respuesta era lo que realmente estaba en su corazón, pero también era el peor desenlace posible, uno que esperaba que nunca, nunca llegara a ocurrir. Pero ella era de la familia de los Santos de la Espada, la Casa de Astrea. Tenía el deber de sacrificar su propia vida para salvar de la destrucción al Reino Dragón de Lugunica. Y no solo ella, sino también Tishua, y Carol, cuya Casa de Remendis servía a los Astrea. Así que, incluso si significaba desechar su vida, y la promesa con su esposo, empuñaría la espada y…
—… Oh —apenas había tomado esta decisión cuando un pequeño y ahogado sonido escapó de la garganta de Theresia, y dejó caer el pañuelo. La blanca tela cayó al suelo, y el desastre andante lo pisó sin piedad.
Lo pisó y lo arrastró bajo su pie.
—Theresia van Astrea, Santa de la Espada —dijo Stride, dirigiéndose a ella por su nombre y título completo—. Afirmaste tú misma que jamás volverías a empuñar la espada. Afirmaste que tal era tu voto. Mas non deposito mi fe tan solo en aquello que proclamas con palabras. Cuando tu vida, la vida de tu cónyuge y el porvenir de su Reino se hallen en peligro, abdicarás de cualquier voto y empuñarás la espada una vez más. «Preferida del Dragón», has de confiar en tu Protección Divina para blandir tu espada con fuerza sobrehumana.
—… —Theresia no pudo decir nada.
—Y ansí… —Stride aplastó el pañuelo, una maldad ponzoñosa entrando en su voz, y una malicia más negra que la propia oscuridad llenando sus ojos negros azabache.
Levantó la otra mano, y un dedo en ella brilló. El pulgar de su mano derecha tenía una gema que emitía una luz siniestra. Una luz similar brilló en otro lugar: el vientre hinchado de Theresia.
—Y ansí, mi venerable persona aguardó. Aguardó a que se hinchase tu vientre, a que en madre te convirtieses, a que vida dieses a un punto débil que habrías de valorar por encima de tu propia existencia, de la de tu cónyuge, o aun del porvenir mismo de tu nación —declaró el «Deseo de Destrucción».
—No… Detente… —alcanzó a pedir Theresia.
—Non has de resistirte. De ser el caso, el «Pulgar Amatista» ha de arrebatar la vida de tu hijo. Y non, de una amenaza vana aquesto non se trata.
—¡Detente! ¡Por favor! —Theresia se aferró a su vientre con las manos ahora vacías, cayendo de rodillas.
No necesitaba más demostraciones del poder de los «Diez Mandamientos de la Soberbia». Había visto lo que podían hacerle a Carol. ¿Con qué facilidad podrían arrancar la vida de un feto aún no desarrollado que ni siquiera había dado su primer llanto?
La resolución que había sido tan firme en su corazón hasta un momento antes, la elección que estaba tan segura de haber tomado, sus seguridades de que su madre y Carol sentían lo mismo; todo se había reducido a cenizas.
El plan de Stride tuvo éxito: la Santa de la Espada depuso su propia espada.
Theresia permaneció arrodillada, derrumbada e incapaz de levantarse. Stride le dio la espalda, se dirigió a la ventana doble y la abrió para poder contemplar la ciudad que se extendía abajo.
A través de la ventana abierta entró una brisa que traía un leve olor a quemado… y el sonido de voces que gritaban, llenas de furia e ira. Melinda había mencionado que la gente se estaba reuniendo. Y los Shinobi habían dicho algo sobre esparcir chispas y asegurarse de que la gente las viera.
Entonces, la gente que se reunía debía ser la fuerza de seguridad de Picoutatte.
Picoutatte se encontraba entre las cinco ciudades más grandes del Reino. Si tenía unos dos o tres mil guardias, entonces no menos de varios cientos podrían estar aquí alrededor de la Aguja. Stride se había tomado la molestia de asegurarse de que estuvieran allí.
Debía tener alguna razón para hacerlo. Algún objetivo malvado que poseía el «Deseo de Destrucción».
—Melinda, ¿a cuántos puedes soportar?
—S, Sí, Su Excelencia… Más o menos, creo que aquellos que están en mi campo de visión.
Stride señaló con la barbilla y emitió una orden brusca a su esposa:
—Muy bien. … Mi venerable persona te concede que abras los ojos.
Melinda dio un paso adelante y Stride le cedió su lugar en la ventana.
Ahora, era ella quien contemplaba a los guardias de la ciudad.
No podía, por supuesto, mirarlos con los ojos cerrados, así que los abrió.
Theresia contuvo el aliento. Reconoció el patrón de telaraña en los ojos de Melinda. El Ojo Maligno posaba su mirada en el mundo. Comenzó a interferir con la realidad, a torcer las leyes que deberían haber prevalecido.
El desastre andante se rio con sarcasmo ante la vista y dijo:
—Será mejor que observéis, oh Observadores que fijáis los caminos del destino. … Será mejor que observéis qué decisiones ha de tomar el mundo.