Tercer Acto - La Flor Oculta
Tercer Acto
La Flor Oculta
Sección 1
—¡Theresia, Theresia! ¿Estás bien? No tienes frío, ¿verdad? ¿O hace mucho calor? No dudes en decirle a tu papá lo que quieras si algo te está molestando. ¿Tienes sed? ¿Te está dando hambre? ¡Ya sé! Tenías un animal de peluche que amabas hace mucho tiempo. Dejabas de llorar de inmediato cada vez que te lo dábamos… ¡Voy a buscarlo para ti ahora mismo!
—¡PA-A-DRE! ¡Ya basta! —gritó Theresia, acentuando cada sílaba que decía.
El hombre con el que hablaba se paseaba inquieto por la habitación, dando la impresión de tener mucho menos control de lo que su imponente estatura y su barba podrían haber sugerido. Theresia estaba bastante segura de que había sonado lo suficientemente enojada, pero él casi parecía estar bailando.
—Mmm… ¿Qué pasa Theresia? ¿Hay algo urgente que quieras decirle a papá? Oh, ya entiendo, yo también te quiero mucho, mi niña.
—Padre, solo siéntate.
—Que solo me siéntate… Incluso a papá le parece un poco hiriente qu…
—¡SIÉNTATE, POR FAVOR!
—¡S-sí!
Theresia señaló con fuerza la silla junto a la cabecera, y solo entonces finalmente logró hacerse entender por el hombre. Una vez que él estuvo bien sentado, Theresia, en pijama, por fin se recostó contra las almohadas apiladas en su cama.
La había recibido aquí, en el dormitorio de la casa familiar, un hombre que tenía el mismo cabello rojo fuego y los mismos ojos azules que ella: era Bertol Astrea. A pesar de su apariencia claramente ruda y viril, podía ser sorprendentemente mezquino, y su amor paternal por su hija inspiraba una resuelta hostilidad hacia su yerno.
La mayoría de las veces, la gente simplemente se reía del padre nervioso, pero hoy estaba más fuera de sí de lo habitual. En una palabra, parecía terriblemente sospechoso.
La causa de este comportamiento no residía en el propio Bertol, sino en Theresia, quien había insistido en que él debía permanecer quieto en la cama.
—Padre… —dijo Theresia—. Me conmueve mucho que estés tan preocupado por mí, pero que andes de un lado a otro por mi dormitorio no ayuda en nada. Me cansa el solo verte. Por favor, descansa.
—O-oh, sí, ya veo… En ese caso, bueno… Sí, sí debo hacerlo. Muy bien. Theresia, tú solo déjalo todo a tu padre. ¡Descansar es lo que mejor se me da! ¡Vaya, los residentes de esta mansión no hacen más que decirme que calladito y quietecito me veo más bonito! —Bertol asintió con entusiasmo a la petición sumamente razonable, aunque sorprendentemente urgente de su hija.
La forma en que se golpeaba el pecho, orgulloso de este hecho, era algo trágica, pero Theresia tenía suficiente compasión por su padre como para no decirlo.
No obstante, cuando se trataba de Bertol, con solo tener la boca cerrada no bastaba necesariamente para mantenerlo callado.
—Padre… Puedo oírte prácticamente mirando a tu alrededor. Toda tu aura es ruidosa.
—¡Creo que está más allá de mi capacidad hacer algo al respecto! ¿NO CREES QUE ESTÁS YENDO DEMASIADO LEJOS?
—¡PADRE, NO GRITES!
—¡Ugh!
Cuando su hija rechazó de plano la emoción por ella que emanaba de cada poro de su cuerpo, Bertol —a pesar de su avanzada edad—, bueno, parecía que iba a llorar.
Sus payasadas se vieron interrumpidas cuando la puerta del dormitorio se abrió, y una mujer de largo y brillante cabello lino interrumpió la conversación. Era la madre de Theresia, Tishua Astrea.
—Querido —dijo—, Theresia está embarazada. Debemos velar por su comodidad.
—¡Madre! —dijo Theresia y miró a la recién llegada como si fuera una salvadora.
Bertol, por su parte, se levantó indignado, diciendo:
—Qué forma de hablar, Tishua. No encontrarás a nadie en este momento que atienda la comodidad de Theresia tan devotamente como yo. Busca en todo el mundo, y no habrá nadie más.
—Me doy cuenta de que intentas ser considerado usando tu voz más baja, pero no oigo ni una palabra de lo que dices. Tendrás que hablar más alto.
—¡¿Qué?! ¿Quieres decir que susurrar tampoco vale? —exclamó en su voz más baja.
—Sigo sin oírte.
Bertol podría estar exclamando y quejándose lo más suavemente posible, pero lo intrusivo de su energía no cambiaba.
Aun así, la llegada de su madre levantó la moral de Theresia. Cuando Tishua vio la mirada de máxima confianza de su hija, señaló elegantemente hacia la ventana, y comenzó:
—Mira, querido. Theresia no puede dejar de preocuparse por esos parterres en el jardín. Seguro que su padre sería tan amable de ir a regarlos por ella. No puedo creer que hayas sido tan inconsciente como para no notarlo.
—¡Jum! ¡Pues claro que lo noté! Simplemente pensé que debía haber algo más que pudiera hacer, algo más… ¡Ja, bueno, ya voy! ¡Solo mira lo considerado que puedo ser!
Bertol prácticamente había salido de la habitación antes de terminar de hablar. Theresia lo vio marcharse, con los ojos ampliamente abiertos por la sorpresa, mientras Tishua sonreía, muy satisfecha.
—Es muy fácil de manejar. Es tan dulce, ¿no es así?
—Siempre has sido muy buena sabiendo cómo lidiar con mi Padre —dijo Theresia.
—El verdadero secreto de una vida matrimonial exitosa es que la esposa sepa siempre cómo dirigir a su marido. Asegúrate de aprender a dirigir al tuyo —tras decir esto, Tishua se sentó en el asiento que Bertol acababa de dejar.
—Sí, Madre —dijo Theresia, obediente como una niña y feliz de aprender de su madre, que tenía mucha más experiencia que ella en ser esposa.
—Cielos —dijo Tishua y sonrió, con suavidad pero con ironía—. Pareces una niña mansa. Pensar que… mi pequeña va a ser madre. Apenas puedo creerlo.
—Sí, um… bueno, me siento igual. Amor, matrimonio, hijos… Todo parecía que estaría mucho más en el futuro. O… No. Es como que, para mí…
—Pensabas que esas cosas no tenían nada que ver contigo.
—… Sí —Theresia estaba asombrada por su madre, que podía poner en palabras esos sentimientos que ella no lograba expresar.
En todos los sentidos, Tishua era su ídolo, la persona a la que buscaba imitar. El ideal de Theresia sobre cómo ser mujer y cómo ser esposa provenía de observar el feliz matrimonio de sus padres. Se preguntaba si ella y Wilhelm podrían recorrer la vida como Tishua y Bertol.
—No tienes por qué preocuparte, Theresia. A diferencia de mi marido, Wilhelm sabe mantener la calma y tiene algo de dignidad.
—Comparado con mi Padre, un bebé recién nacido sabe mantener la calma.
—Eso es… bueno, no es una gran exageración. Para él, el mundo siempre es nuevo y emocionante.
Al ver a su madre colocarse una mano en la boca y hablar de Bertol con cariño, Theresia también sonrió. Su mano se dirigió a la suave hinchazón de su vientre.
Habían pasado tres meses completos desde que se descubrió su embarazo. Para ser sincera, la revelación de su embarazo había sido… bueno, lo que fue.
Dadas las circunstancias, había sido difícil aceptar la idea de todo corazón, pero con el paso del tiempo, se había vuelto más real para ella.
Por un lado, el niño en el vientre de Theresia crecía constantemente, sin importar cuánto tiempo necesitara ella para prepararse mentalmente. Con su cuerpo cambiando más rápido que su mente y sus pensamientos, su corazón solo podía apresurarse para seguir el ritmo.
Gracias a lo cual, de alguna manera estaba logrando enfrentar todos los diversos problemas, dificultades y preguntas que conllevaban el embarazo y el parto.
Afortunadamente, todos a su alrededor demostraron ser muy considerados. Sus padres, por ejemplo, viajaban con frecuencia a la Capital Real para ver a su amada hija y hacían todo lo posible por prepararse para recibir a su primer nieto. En particular, Su Majestad el Rey, al enterarse de la noticia, había planeado organizar una celebración que habría involucrado a todo el país —lo cual fue amable de su parte— pero, naturalmente, Theresia lo rechazó.
Según le contaron, cuando el Rey había asistido en secreto a la boda de ella y Wilhelm disfrazado, le había parecido tan conmovedora que deseó haberla convertido en un asunto nacional. Esto era muy propio del famoso buen carácter del monarca gobernante, Gionis Lugunica.
Verdaderamente, Theresia era bendecida por su familia, su marido y sus vecinos.
Precisamente por eso…
—Debes dejar de culparte por lo que le pasó a Carol, Theresia.
—Madre…
—Sí, soy tu madre. ¿Acaso crees que no puedo saber lo que tienes en mente? ¿La culpa que sientes? Estoy segura de que tu padre siente lo mismo que yo —Tishua colocó su mano suavemente sobre la de su hija. Theresia bajó la mirada, sin poder decir nada.
Su madre tenía razón. Bertol tenía un juicio espectacularmente pobre en todo tipo de asuntos, pero en este tema tan importante, su padre seguramente no se equivocaría. Especialmente cuando involucraba a su propia hija y a Carol, a quien trataba como a una hija.
—Tú y Wilhelm no tienen ninguna culpa de la desgracia que le ocurrió a Carol. Sé que te sentirás mal por ello no importa cuántas veces lo diga, pero seguiré diciéndolo.
—Oh, Madre… Sé que lo harás.
—A veces no sé qué hacer contigo. Si tan solo pudieras ver las cosas con la mitad de simpleza que él.
—¿Lo dices en serio?
—No, estaba bromeando. Lo quiero mucho, pero si terminaras como él, no sabría cómo disculparme con Wilhelm.
Theresia sintió que sus labios se curvaban hacia arriba ante el intento de broma de su madre, pero no tenía fuerzas para una sonrisa genuina. Tishua lo notó y suspiró.
—Theresia, me gusta pensar que mi esposo y yo hacemos todo lo que podemos por ti como padres. Y también por Carol. Pero al final, todo depende de tus propios esfuerzos.
—Al final…
—Necesitas meditarlo, darle vueltas, pedirme consejo a mí o a quien quieras, solo encuentra una manera de aceptar lo que sea… y luego, asegúrate de hablar con Wilhelm. Marido y mujer, sin importar a lo que se enfrenten.
Theresia escuchó atentamente, con su mano aún sujetada la de su madre. Esto, sintió, era una lección profundamente importante. Quizás incluso el secreto de lo que hacía que Tishua y Bertol le parecieran a Theresia la pareja ideal.
Mientras digería las palabras de su madre, Theresia extendió su mano libre y buscó sentir al bebé, asegurándose de que estuviera allí.
Quería hacer todo lo posible; todo lo posible para bendecir esta vida en su vientre. Incluso si eso significaba que aún no podía renunciar al nombre de la Santa de la Espada, que tanto había desdeñado y del que se había distanciado…
Mientras contemplaba el delicado rostro de su amada hija, Tishua murmuró:
—En serio… no sé qué hacer contigo —en voz tan baja que Theresia no la oyó.
Sección 2
Se estaba abotonando la blusa cuando, a pesar de sí misma, soltó un suspiro.
“Rayos”, pensó, pero era demasiado tarde. La otra persona en la habitación ya la había oído y le dirigía una sonrisa apenada.
—Créeme, me dueeele casi tanto como a ti saber lo poco que puedes esperar de mí.
—Lo siento, Lady Mathers. Y eso que he estado abusando de su buena voluntad.
—Ciertamente no es lo que pretendía que entendieras con eso. Supongo que la foooorma en que lo dije es el problema. Por favor, permíteme disculparme —Roswaal se encogió de hombros casi despreocupadamente, y Carol esbozó una débil sonrisa.
Esa disculpa era la forma de Roswaal de ser considerada. Intentaba disimular la descortesía de Carol sugiriendo que ambas se sentían igual, pero solo hizo que Carol se sintiera más culpable que nunca.
Estaban en una habitación de una torre de piedra en los terrenos del Castillo Real de Lugunica que había sido asignada específicamente para la investigación de la magia.
Esta torre era gemela de la que albergaba a los prisioneros, pero había estado clausurada durante más de una década. Cuando, después de la Guerra Semihumana, Roswaal se convirtió en una firme defensora de la importancia de la magia, el Rey Gionis se la había cedido para usarla como laboratorio.
Desde entonces, la investigación mágica se llevaba a cabo día y noche. Roswaal era la más prominente de los que trabajaban allí. Carol había acudido más de una vez con la esperanza de encontrar una manera de romper la maldición que la aquejaba.
—Aquí y solo aquí, podemos teneeeer nuestras citas sin preocuparnos de que nadie más meta sus narices —dijo Roswaal.
—¿Por qué tiene que hacerlo sonar tan escandaloso? Sé que solo quiere mantener a todos fuera porque no sabemos lo peligroso que es realmente este hechizo.
—Oh, eres tan fría. Nos conocemos desde hace cinco años. Seguro que podrías relajarte un poco.
—No me pida eso. Me temo que podría olvidar mi lugar y cometer algún desliz.
—Oh, no me importariiiía en lo más mínimo si lo hicieras —Roswaal guiñó su ojo azul de manera juguetona; Carol, sin saber cómo responder, optó por una sonrisa ambigua.
Aun así, seguía siendo cierto que Roswaal no se equivocaba. Llevaban cinco años conociéndose y, en cierto modo a pesar de sí misma, Carol había empezado a sentirse genuinamente cercana a Roswaal en algún momento. No solo como compañeras de armas que habían luchado y sobrevivido juntas a la Guerra Semihumana, sino como una auténtica amistad.
Cada vez que lo notaba, Carol se reprendía por ser tan irrespetuosa.
—En cualquier caso, aquí están los resultados de la prueba de la que esperamos tan poco. Hay buenas y malas noticias. ¿Cuáles quieres oír primero?
—Déjeme adivinar. La buena noticia es que no ha empeorado. Y la mala es que la única forma de descubrir cómo romper la maldición es preguntarle al propio Stride. ¿Tengo razón?
—¡Santo cielo, me vas a dejar sin trabajo…! Es lo que podría decir, pero supongo que es mi propio fracaso no haberte traído un resultado diferente.
—No, no quería q…
—Has dejado de enojarte, ¿verdad, Carol?
La inesperada observación dejó a Carol sin palabras.
—¿Qué? —dijo.
Pensó que quizás era otro de los desacertados intentos de hacer chistes de Roswaal, pero esos dos ojos de diferente color la miraban con toda seriedad. Esto la obligó a tomar en serio la sugerencia de que ya no había vuelto a enojarse.
—Soy consciente de que solía alzar la voz a menudo. No tenía los recursos emocionales para hacerlo de otra forma. Reconozco que no es excusa, pero cuando la conocí, Lady Mathers, aún era joven y a menudo me faltaban modales.
—No intento hacer que reniegues de tu yo más joven. Me gustaba mucho cómo se te ponía roja la cara de tanto gritar. A menudo te enfrentabas al joven Wilhelm, ¿verdad?
—Todavía lo hago. Por mucho que me avergüence… —Carol miró a Roswaal, sin saber cuál se suponía que era el quid de esta conversación.
Roswaal siempre prefería los caminos indirectos y las formas de hablar deliberadamente oscuras, pero Carol también confiaba en que la mujer rara vez, si acaso nunca, decía algo realmente sin sentido. Y sabía cuánto odiaba Roswaal el hecho de que aún no hubiera encontrado una contramedida efectiva contra el hechizo que afectaba a Carol.
Si, desde esa posición, Roswaal entablaba una discusión con ella, entonces todo lo que Carol podía hacer era abordarla con la misma seriedad.
—Ya no soy una niña de diez años —dijo Carol—. No puedo seguir haciendo que Lady Theresia se preocupe al enojarme constantemente por…
—Aunque «Lady Theresia» sea la causa del problema en el que te encuentras?
—… —Carol se quedó sin aliento.
La voz de Roswaal era baja, e incluso había un elemento de fría ira en ella. Por un momento, Carol solo miró a Roswaal, segura de que había oído mal de alguna manera. Roswaal la devolvió la mirada y levantó un solo dedo, mientras dijo:
—¿Estás escuchando? Seamos claras. La culpa del hechizo que te han lanzado es suya. No hace falta decir que es al autor del hechizo, Stride, a quien debemos llamar malvado, pero… ser el objetivo de un hombre así y, en última instancia, arrastrarte a ti al asunto… el fracaso es suyo.
—¿C-cómo se atreve a…?
—Debes ser idiota para no verlo. ¿O acaso estás apartando la mirada deliberadamente? Eso no es amabilidad, te lo aseguro, solo una débil negativa a pensar. Eres tú quien está sufriendo, no tu «Lady» Theresia.
—¡Ya basta! ¡No siga! —Carol saltó de su silla, mirando a Roswaal y sus despiadadas declaraciones—. Cómo… ¿Cómo puede decir esas cosas? ¿Que Lady Theresia tiene la culpa? Ella ha estado sufriendo durante tanto tiempo; ¡durante todo este tiempo! Yo solo esperaba que le siguiera la misma cantidad de felicidad por el resto de su vida. ¡Y aun así…!
—Ella no eres tú. Todos deberían desear su propia y mayor felicidad. Una vez que la hayan alcanzado, entonces podemos llamar virtud que deseen la felicidad de los demás. Estás tan mal.
—¡Yo…! —Carol, dolida por sus débiles protestas, sintió algo caliente en el borde de sus ojos.
¿Por qué tenía que estar ahí parada teniendo esta discusión con esta mujer? Roswaal acababa de estar con Theresia, había reavivado su amistad. ¿Qué razón tenía para esta ira?
En algún lugar del torbellino de emociones que bullían dentro de ella, Carol sintió que algo andaba mal. Roswaal a veces podía pasarse de la raya, pero nunca hasta este punto…
—Lady Mathers… ¿Acaso me está poniendo a prueba?
—¡Uy! ¿Te diste cuenta? —inmediatamente, la severa expresión en el rostro de Roswaal desapareció, y la atmósfera gélida que había llenado la habitación se disipó como una niebla.
De repente, parecía como si nada hubiera pasado. Carol se quedó parpadeando ante el cambio.
—Lo siento, lo siento. Sé que fuiiii demasiado lejos. No estaba probando tu lealtad, sino que intentaba hacerte enojar deliberadamente. Te lo compensaré, lo prometo.
Carol tomó un breve respiro, luego uno más profundo, y después otro aún más profundo.
—¿Por qué? ¿Por qué haría…?
—Veo que te has tragado muchas cosas que quizás habrías querido decir.
Parecía que Carol se había dominado con unas cuantas respiraciones. Impresionada por el esfuerzo, Roswaal se sentó en una silla y cruzó sus largas piernas. Hizo un gesto para que Carol también se sentara. Y después dijo:
—Sí, intentaba hacerte enojar. Y lo hiciste, tal como predije. Siento una tremenda satisfacción y alivio por ello.
—Satisfacción, supongo que puedo entenderla, pero… ¿alivio?
—Sí, alivio más que nada. Yo misma tengo algo de experiencia en esto… pero cuando tu corazón se rompe y empiezas a rendirte, lo primero que la gente deja de hacer es enojarse —Roswaal hizo una pausa.
—Oh. Yo…
—Han pasado tres meses y no he podido ayudarte en nada. Simplemente asumiste que la prueba de hoy sería igual; sin novedades. Y no mostraste ni decepción ni desesperación ante ese hecho.
—… —esta vez, Carol se quedó completamente en silencio.
—La resignación destroza el corazón humano más rápido que cualquier otra cosa. En cierto modo, eso es más terrible que la maldición misma.
La advertencia de Roswaal tenía una terrible persuasión, un gran peso que sugería que era cierta.
Golpeada por las sombrías palabras de la otra mujer, Carol se dio cuenta de que no tenía nada que decirle. Roswaal tenía razón; los resultados de la prueba no la emocionaron ni la alteraron. Estaba convencida de que, dadas las circunstancias, nada sucedería; ni un golpe de buena fortuna, ni la inevitable mala suerte. ¿Qué era eso sino rendirse? ¿Qué era sino resignación?
—¿Por eso quería hacerme enojar? —preguntó Carol—. ¿Por eso se pintó a sí misma como la villana?
—Fue mucho más rápido que esperar a que algo o alguien más te disgustara. Afortunadamente, sé que Lady Theresia es el botón que hay que presionar contigo. Te enfureciste de verdad hasta lo más profundo, ¿verdad?
—Sí, me indigna visceralmente. Pero eso no es solo porque hablara mal de Lady Theresia. Es porque, Lady Mathers, intentó aprovecharse de mi confianza.
—¿Tu confianza? —Roswaal parpadeó.
Carol la miró con enojo, y dijo:
—Oh, no finja que es la primera vez que oye esto. Solo conseguirá que me enoje de nuevo.
Roswaal siempre actuaba con familiaridad hacia los demás, dispuesta a hacer el papel de la querida amiga, pero en esos momentos cruciales, siempre parecía tener dificultades para comprender las emociones de los demás. Por eso le resultaba tan fácil elegir interpretar el papel de villana.
—Se quejó de que no hablo con la suficiente confianza con usted, ¿verdad? Por favor, no diga esas cosas a la ligera si realmente no las siente. Porque es por eso que…
—¿Es por eso qué?
—Por eso que… dudo en creer que realmente me haya convertido en su amiga, Lady Mathers.
Se necesitaba valor para pronunciar esas palabras. Carol se encontró incapaz de mirar a Roswaal a los ojos. Temía mirarla a la cara mientras lo decía. Hubiera sido muy fácil para Roswaal regañarla por impertinente o por creerse demasiado importante. Y aun así, sintiendo que era cobarde decir esas palabras y luego huir, Carol lentamente se obligó a mirar de nuevo a la otra mujer.
Roswaal J. Mathers permaneció en silencio, con aspecto de estar profundamente intrigada.
—¿L-Lady Mathers? —se atrevió a decir Carol.
—Ejem, sí. Lo siento. Lo que dijiste fue tan inesperado que mi mente se quedó en blanco por un momento.
—¡¿Qué tiene de inesperado?!
—En cierto sentido… porque es muy inusual que me evalúen sin tomar como referencia a mi familia, mi apariencia o el valor que tengo para la persona con quien hablo —una vez recuperada de su sorpresa inicial, Roswaal comenzó a recuperar su habitual locuacidad.
En todo caso, ahora era Carol quien intentaba recuperar el equilibrio, pero sin importar cómo se sintiera, Roswaal la miró tranquilamente y dijo:
—Lo siento. Consideré diversas posibilidades, pero parecía la única opción para responder a tu preocupación. Por favor, ten en cuenta que lo hice porque creí que era necesario, y no por ninguna falta de respeto hacia ti.
—E-Está bien, de verdad. Puedo ver que no está acostumbrada a disculparse, Lady Mathers.
—Pero…
—Una vez inclinó la cabeza ante mí, y lo hizo sinceramente. Eso es suficiente para mí —Carol extendió la mano y tomó la de Roswaal, que colgaba lánguidamente.
Para ella, se sintió trascendental, y recordó que cuando Theresia había hecho lo mismo por ella, había sentido como si fuera salvada, había sabido que era digna de confianza. Quería darle eso a Roswaal.
—Lady Mathers, yo me enojo. Lloro. Y aunque quizás no se me dé muy bien, también me río. Le prometo que no voy a renunciar a esas cosas, ni ahora ni en el futuro. ¿La satisface eso?
—… —Roswaal se quedó sin habla por un segundo—. Sí —logró decir finalmente—. Está bien. Iba a decir que podrías reprenderme a tu antojo por no haberte traído ningún resultado, si así lo deseabas, pero supongo que será mejor que no lo haga.
—Esa es la decisión más sabia. Aunque, antes de ser sabia, no lo fue lo suficiente —Carol estaba agradecida por cómo Roswaal había querido sacar algo de ella, aunque fuera enojo por la propia crueldad de Roswaal.
Pero si realmente quería una muestra de emoción…
—Entonces, sin duda, ¿la alegría habría sido tan válida como la ira? Desde luego, puedo decir que la habría preferido.
—Es más rápido hacer que alguien grite que hacer que se ría…
—Lady Mathers —dijo Carol con deliberada severidad.
—¿Sí? —respondió Roswaal, encogiéndose ligeramente.
—Jiji —rio Carol ante la rara oportunidad de ver a la mujer retorcerse, como para demostrar que no era tan difícil hacer reír a alguien—. Si no le importa, hábleme de su hijo… Del Joven Señor Karl. ¿Qué pasó cuando nació? Estoy segura de que será de ayuda para Lady Theresia.
—¿Quieres deciiiir que vas a poner a Lady Theresia por delante de mí, de tu amiga? —dijo Roswaal en tono burlón, con su característico arrastre de las palabras volviendo a su voz.
—No arruine el momento —dijo Carol, sonriendo muy a su pesar.
Podía sonreír. Estaba sonriendo. Carol cerró los ojos, apartando la culpa que sentía por ese hecho.
Se había convencido de que reír, enojarse, llorar, eran cosas inapropiadas cuando tantas personas intentaban ayudarla a liberarse de su maldición. Pero ahora, solo tenía una plegaria en sus labios: una plegaria por aquel que amaba que debía luchar con la culpa incluso más seriamente que ella.
—Grimm… Por favor, cuídate.
Sección 3
—No puedo creer que hayas ido y hecho eso. Aunque te hayas salido con la tuya porque todos eran solo carne de cañón.
—…
—Sé lo que pensaste. Pensaste que podrías manejarlo todo por tu cuenta, de una manera u otra, ¿verdad? Y sí, tu intuición te sirvió bien, como siempre, pero… ¡Mierda! En verdad lo hiciste. ¡Y apenas puedo quejarme! —Wilhelm se rascó con fuerza la cabeza, chistando ante la silenciosa protesta de Grimm, que caminaba a su lado.
Detrás del dúo, los miembros del Escuadrón Zergev entraban y salían de una taberna cuyo letrero había caído al suelo. Llevaban a una serie de hombres de apariencia bastante golpeada para encerrarlos.
Todos los hombres eran rufianes, personas que no habían cooperado con los intentos de Grimm de sacarles información, lo que hizo que él se enojara y los golpeara hasta dejarlos inconscientes. El número de los rufianes no era inferior a veinte, pero, aunque hubieran sido cincuenta, no habrían sido suficientes para hacer dudar a Grimm. De hecho, no tenía ni un rasguño.
Sea como fuere, era deber de Wilhelm como Capitán regañarlo por haberse excedido.
En ese momento, Grimm y Wilhelm estaban en la ciudad de Abiate, en el sur de Lugunica, siguiendo rumores de que Stride y sus secuaces habían sido vistos en la zona.
Las fechorías de Stride en el Reino no se habían detenido con el ataque a la mansión Astrea. Había seguido haciendo el mal dentro de las fronteras del Reino.
Tenían informes de testigos oculares consistentes sobre su objetivo, pero —ya fuera por la habilidad de los Shinobi para moverse entre las sombras como Wilhelm había visto, o por algún otro poder aún sin explicar de los colaboradores de Stride— no parecían capaces de localizarlo o alcanzarlo.
Finalmente, incluso los rufianes que habían capturado en la taberna resultaron ser solo matones locales a los que habían pagado para proporcionar refugio. No sabían nada importante sobre la situación que rodeaba a Stride, y mucho menos lo que realmente buscaba.
Estaba jugando con ellos, simple y llanamente. Wilhelm entendía bien por qué Grimm podría estar tan furioso.
“Me recuerda a la guerra civil, a la época en que intentábamos perseguir a esos tres líderes de la Alianza. Era un asunto arriesgado, pero tuvimos una gran batalla con Valga Cromwell. ¿Lo recuerdas?”
—¿Cómo podría olvidarlo? Tú moriste por su pequeño plan.
“Así es, cierto. Lo siento, sabía que esa pregunta tocaría una fibra sensible.”
—Agh —resopló Wilhelm.
El hombre delgado que tenía ante él —el fantasma del Pivot— cerró los ojos y se encogió de hombros.
Durante tres meses completos, desde el enfrentamiento con Stride en la mansión, Pivot había permanecido siempre al borde de la conciencia de Wilhelm. Dado a lo frecuente que había estado fuera de la capital persiguiendo a su enemigo, Wilhelm se dio cuenta de que había visto más a este fantasma que a Theresia en ese tiempo.
—Pensar en eso me dan ganas de cortarte en pedazos solo para desahogarme —dijo Wilhelm.
“Si es que puedes, adelante. Pero lamentablemente, las amenazas no funcionan conmigo en mi estado actual. Si fuera tan simple deshacerse de mí, no me habrías estado arrastrando contigo durante tres meses.”
—Cállate. Ya tengo bastante con intentar cuidar de Grimm ahora mismo —dijo Wilhelm, sin molestarse en ocultar su irritación.
Después, deliberadamente apartó de su mente la sonrisa de diversión de Pivot.
Wilhelm sabía que había algo anormal en hablar así con el espíritu de Pivot. No era posible hablar con los muertos, y difícilmente creía en los Hollows, que supuestamente son las almas errantes de los difuntos. Pero a esta encarnación de Pivot, Wilhelm no la atacaba con su espada. De hecho, había llegado a valorar la capacidad del fantasma para darle opiniones objetivas. Normalmente, Grimm sería quien cumpliera ese papel, pero sería pedirle demasiado que lo hiciera ahora.
—…
Grimm, de aspecto algo demacrado, pero con un brillo ardiente en los ojos, claramente no estaba en su estado mental habitual. No dormía bien por la noche, y siempre estaba nervioso; no había posibilidad de que su corazón y su mente descansaran. Al mismo tiempo, siempre era el primero en lanzarse al peligro, dejándose herir como si quisiera castigarse a sí mismo.
Esto se estaba saliendo de control. Era peligroso. Por muy malherido que Grimm pudiera resultar, eso no redimiría la situación de Carol… porque Grimm no necesitaba redimir nada.
“Dicho eso, Wilhelm, realmente no estás en posición de criticarlo, ¿verdad? Piensa en cuánto tiempo ha pasado desde que viste a tu esposa. A tu esposa embarazada. ¿No te preocupas por ella?”
Wilhelm tardó un momento en responder:
—Por ahora, sus padres la cuidan. Y mientras Carol no toque a Grimm, ella básicamente puede hacer lo que siempre ha hecho.
“Esas son razones por las que Lady Theresia estará bien, no razones para que tú no te preocupes. No hace falta decir que, aunque son similares, no son lo mismo.”
El toque de sarcasmo de Pivot molestó a Wilhelm, pero no pudo decir nada. En los tres meses desde que descubrieron el embarazo de Theresia, su determinación —dejada tan patéticamente insegura aquel día— no se había vuelto más firme. ¿Qué derecho tenía un hombre como él? ¿Qué derecho tenía Wilhelm, que no era más que una espada, a ser padre de alguien?
—¿W̷̍i̴l̸̊h̷̀e̸l̵͗m̵̐? —Grimm miró hacia atrás, preguntado, ya que Wilhelm se había detenido.
Si recibía preocupación incluso de Grimm en su estado distraído, entonces el mismo Wilhelm estaba muy mal. El resto del Escuadrón Zergev debía estar inquieto con su Capitán y Subcapitán actuando así.
“Esto no debe ser así”, decidió Wilhelm. Estaba a punto de decir «No es nada» cuando…
—¡Wilhelm! ¡Grimm!
—¿Conwood?
Voltearon hacia el grito agudo y vieron a Conwood Melahau, uno de los veteranos del Escuadrón Zergev, corriendo hacia ellos. Se suponía que estaba al otro lado de la ciudad, liderando una unidad separada en patrulla. Wilhelm se tensó. Si Conwood venía personalmente, entonces algo debía haberle ocurrido a su unidad.
Por su parte, cuando Conwood vio la expresión en los rostros de Wilhelm y Grimm, levantó las manos y dijo:
—Tranquilos, tranquilos. No saquen conclusiones precipitadas, por favor. No he venido para advertirles de un enemigo ni para informarles de una emergencia. Pero, eh, quiero decir… es urgente, ¿de acuerdo?
—Si no es nada de eso, entonces no lo hagas sonar como si lo fuera. ¿Cuál es la jodida situación?
Conwood saludó diciendo:
—No los teníamos a ti ni al Subcapitán, obviamente, pero pudimos minimizar cualquier daño que el enemigo pudiera causar. Pero bueno, —dijo con cierto sarcasmo—, aquí está el asunto: alguien de las Seis Lenguas ha venido de la capital y quiere hablar con ustedes.
—Orphe, ¿eh? Me sigue como si estuviéramos pegados…
Grimm apartó la mirada de Conwood con incomodidad. El hombre tenía un don para dar advertencias con un toque ligero.
Wilhelm estaba más interesado en el nombre Seis Lenguas; la organización de Orphe, que efectivamente se había convertido en un brazo de la red de inteligencia del Reino en este punto. Fue el propio Wilhelm quien había recomendado a Orphe a Bordeaux como un hombre que podía hacer las cosas, pero había hecho más de lo que Wilhelm había imaginado. Fue Seis Lenguas quien había tenido noticias de las declaraciones de los testigos sobre Stride y su gente en Abiate, y gracias a su buen trabajo el enemigo no había podido desaparecer por completo, a pesar de todos los problemas que daban a sus perseguidores.
No obstante…
—Déjame adivinar… Quieres una pista más concreta, ¿eh? —estas fueron las palabras con las que Orphe saludó a Wilhelm y Grimm, junto con un amplio guiño.
Estaba sentado sobre una mesa que debería haber tenido cuatro sillas. No estaba particularmente bien sentado.
Estaban en una sala de reuniones en el centro de la ciudad. El Escuadrón Zergev la había requisado y la estaba usando como base de operaciones; para hacer informes, celebrar reuniones, etcétera. Al escuadrón se le había dicho que, como no pensaban quedarse mucho tiempo, no había necesidad de ser particularmente considerados con los lugareños. Pero Orphe, sentado sobre la mesa como si fuera suya, parecía que no habría sido tan considerado de todas formas.
Había pasado algún tiempo desde que Wilhelm se había reunido en persona con Orphe. Se suponía que había estado yendo de un lado a otro por todo el Reino en sus misiones de espionaje, pero su apariencia cuidadosamente arreglada no daba señal de que estuviera bajo ninguna presión.
—La verdad es que nadie se cree eso de dar tu sangre, sudor y lágrimas por el Reino. Funciona mejor si les dices que necesitas su fuerza para la paz. Mira, cualquiera puede ser un agente del estado, pero hay diferentes maneras de hacerlo.
—¿Y has viajado desde la capital solo porque yo necesitaba saber esto? —Wilhelm y Grimm se sentaron a la mesa, mirando de forma amenazante al frívolo Orphe.
—Pues claro que no —dijo, sentándose en una silla mientras hablaba—. Primero, preguntaste qué había sacado de este lugar. Otra vez vine sin nada, y lo siento.
—Si quieres disculparte, no lo hagas conmigo. Díselo al hombre sentado a mi lado. Acaba de golpear a veinte tipos hasta casi matarlos.
—Guau —dijo Orphe—. Quiero decir, ese es el Subcapitán del Escuadrón Zergev que se respeta. Y pensar que parece del tipo que sería popular entre las damas; solo demuestra que no se puede confiar en las apariencias.
—… —Grimm le dio a Wilhelm un codazo.
—… —Wilhelm respondió con una mirada que quería decir que no podía responsabilizarse de todo lo que Orphe decía, incluidos sus chistes malos.
Después volvió a mirar a Orphe.
—¿Y bien? Tú eres el que mencionó pistas concretas en cuanto nos viste. ¿Tienes un plan? ¿Algo que nos permita atraparlos no por la cola, sino por el cuello?
—Si todo sale bien, sí. Pero si no, las cosas podrían ponerse feas, así que pensé que debería consultarlo contigo. Por eso estoy aquí.
“Ya veo. Cooperación entre los líderes del Escuadrón Zergev y las Seis Lenguas, ¿eh?”
—… —Wilhelm no dijo nada, pero cuando miró de reojo, vio que el fantasma de Pivot había ocupado la última silla de la mesa. Grimm y Orphe no podían verlo, por supuesto, así que Wilhelm lo ignoró.
Por otro lado, pensó que Orphe insinuaba algo ligeramente diferente de lo que Pivot percibía. Normalmente, Orphe nunca le «consultaría» una operación a Wilhelm. Pero ahí estaba, mirando a Wilhelm a los ojos y diciendo que iba a hacer exactamente eso.
—Involucra a Theresia, ¿verdad? —dijo Wilhelm.
—Quiero ser claro desde el principio: no voy a pedirle a tu novia que empuñe una espada ni nada. Sé que está embarazada. Felicidades, por cierto.
—Olvídalo. Sigue hablando.
—Eso es lo que mejor hago. Así que, como dije, ella no peleará con una espada. Pero sí quiero que haga algo como la Santa de la Espada. Por eso pensé que debería hablar contigo —Orphe apoyó las manos sobre la mesa, una sobre otra, y miró seriamente a Wilhelm.
—… —Grimm también miró a Wilhelm para ver qué pensaba.
Si temía que Wilhelm estallara de furia, no tenía por qué preocuparse.
—Supongo que tienes un propósito y una razón. ¿Qué quieres que haga?
—Bueno, he estado persiguiendo a Stride y sus amigos, y he descubierto que todos los que le han dado refugio tienen algo en común. Están los rufianes de poca monta a los que sobornó, mercenarios sin otro lugar a donde ir, y gente con rencor contra el Reino.
“Todos ellos son hostiles al Reino de Lugunica, ¿eso es lo que dice? Espera. ¿Son todos…?”
—¿Semihumanos? —preguntó Wilhelm, molesto por haber sido tan lento en darse cuenta.
Había estado tan concentrado en las fechorías de Stride y su gente que ni siquiera se había detenido a preguntarse qué podía motivar a quienes lo apoyaban. Pero debería haberlo adivinado desde el principio: Stride, cuyos planes giraban en torno a Theresia, la Santa de la Espada, buscaría ayuda de personas hostiles al Reino o que esperaban fomentar una guerra.
En cuyo caso, era muy probable que las personas a las que Stride había recurrido compartieran sus objetivos.
—La guerra civil puede haber terminado, pero todavía hay semihumanos furiosos por todas partes —dijo Orphe—. Es posible que estén dando refugio a Stride o trabajando con él. Quiero tomar prestado el poder de la Santa de la Espada para instarlos a que dejen de hacerlo.
—¿No crees que invocar el nombre de Theresia solo los enfurecerá aún más? Por mucho que odie decirlo, ella mató a más semihumanos que nadie en el Reino durante la guerra.
—Claro, lo sé. Pero eso es exactamente lo que mi, eh, amigo está pidiendo. Hablar personalmente con la Santa de la Espada, la que mató a todos esos semihumanos.
—… —Wilhelm se quedó en silencio.
Orphe sabía muy bien la terrible carga psicológica que ese deseo supondría para Theresia. Precisamente por eso había viajado hasta allí para buscar el permiso de Wilhelm. Para «consultarlo con él», tal como había dicho.
Y ya que se había tomado esa molestia, Wilhelm no podía simplemente descartar al hombre sin más. Tenía que darle la atención justa a la idea de Orphe. Debía considerar cuidadosamente cualquier plan que pudiera ayudarles a romper este estancamiento.
—Supongamos que dejamos que Theresia hable con este tipo que quiere ver a la Santa de la Espada. ¿Qué te hace pensar que eso ayudará en algo? ¿Quién es esta persona que afirma que puede hacer que los semihumanos la escuchen?
La respuesta, creía Wilhelm, determinaría si aceptaba el plan de Orphe.
Orphe levantó un solo dedo delgado y dijo:
—Cragrell Dawson. El último de los líderes capturados de la Alianza Semihumana.
Sección 4
En el momento en que Theresia entró en la habitación, sintió una sensación en el aire que reconoció. Hizo una pausa, tratando de recordar dónde la había experimentado antes, pero pronto se dio cuenta: era el ambiente de un campo de batalla. Como los campos de batalla a los que Theresia había ido como la Santa de la Espada. Era el olor a sangre y fuego, que aún permanecía en sus fosas nasales ahora que había dejado su espada. Y provenía de…
—Oh-jo. Así que realmente está aquí, mrrm, en carrne y hueso. El «Ángel de la Muerrte», aquí ante mí con la aparriencia de una madrre ahorra.
La voz que saludó a Theresia provenía de un anciano. Sonaba como un viento seco y áspero. Sentado en una silla con las manos apoyadas en un bastón había un semihumano anciano. Estaba cubierto de escamas de color verde claro, y en su cabeza crecía una cresta amarilla. Podía ver una larga lengua enrollada detrás de sus labios gruesos. Parecía estar en la frontera entre una persona-lagarto y una persona-rana, lo que le daba un estatus especial incluso entre los semihumanos.
El anciano se llamaba Cragrell Dawson. Durante la Guerra Semihumana, había heredado el liderazgo de la Alianza tras la muerte de sus tres mentes maestras. En resumen, era el representante de los semihumanos del Reino de Lugunica ahora, y la persona que había firmado el acuerdo de paz con su majestad Gionis para poner fin a la guerra que había durado casi diez años. Theresia, la Santa de la Espada, por supuesto, había estado entre los presentes en la ceremonia. Pero en ese momento, Cragrell no parecía en absoluto así.
Theresia comenzó a sentir un miedo creciente al oírse llamar la Santa de la Espada, pero cuando habló, no mostró ningún indicio de ello. Solo recogió el faldón de su vestido en una reverencia y dijo:
—Creo que esta es la primera vez que intercambiamos palabras, ¿no es así, Lord Cragrell?
Lo llamaba «Lord» porque, de hecho, poseía un título nobiliario. Se le había concedido por sus contribuciones a la finalización de la guerra. Esta reunión, de hecho, estaba teniendo lugar en la capital, en una habitación de la mansión que le habían dado a Cragrell.
Considerando la importancia de Cragrell, la mansión estaba bajo estricta vigilancia, pero en ese momento, él y Theresia estaban solos. Habían acordado que esta reunión extremadamente secreta no debía involucrar a ningún externo.
Por un lado, Theresia confiaba en que Cragrell no intentaría nada; por otro, la temible atmósfera que la había envuelto en el momento de entrar en la habitación hizo que se enderezara un poco.
Cragrell se rascó la cabeza con una mano de tres dedos ante el saludo de Theresia y respondió:
—«Lord Cragrell». Eso es demasiado, mrrm, título parra mí. Si Libre y Valga aún vivierran, ni siquierra llevarría esta carga… Parece irrónico que sea yo quien sea viejo, disfrutando de una vida tranquila de retirro.
—Si ha podido dejar descansar su corazón estos últimos años, me alegra oírlo. Ciertamente se ha ganado el derecho.
—El derrecho, ¡el derrecho! Mrrm, si yo lo he ganado, entonces segurramente usted también.
Theresia sintió que la mirada de Cragrell se dirigía a su vientre, y se quedó sin aliento. Aún estaba lejos de su fecha de parto, pero su vientre era lo suficientemente grande como para que fuera imposible ocultarlo incluso a distancia. Era inconfundible que, bajo su ropa holgada, una nueva vida se estaba formando. Que este anciano, un semihumano contra el que ella había luchado como la Santa de la Espada, comentara eso se sentía… extraño, de alguna manera.
En cambio, Theresia solo dijo:
—Sí. Gracias a la ayuda de tantas personas —mi familia y amigos, y sobre todo mi marido— puedo vivir mi vida en la dicha. Pude dejar de matarme a mí misma, creyendo que esa felicidad era más de lo que debía esperar.
—… —Cragrell se quedó en silencio.
—Este niño, y todos los que viven hoy, también tienen ese derecho… el derecho a vivir en paz y con buena salud mañana y todos los días venideros. Todos nosotros y todos ustedes queríamos lo mismo en esa guerra. Nos herimos y robamos unos a otros hasta que finalmente vimos eso; solo me alegro de que ya no tengamos que hacerlo —apoyando la mano en su vientre, Theresia dejó que su mente vagara de vuelta a través de todos los días en que la sangre la había manchado, cuando había empuñado su espada, cuando había arrebatado vida tras vida. Recorrió el camino que la había llevado hasta este momento.
No estaba sola. Wilhelm, Carol, Grimm, Bordeaux y sus hombres, todos habían quitado y les habían sido quitadas cosas. También Cragrell y los demás semihumanos. Pero la mayoría de ellos no había querido participar en tales robos. Por eso, la paz había podido prevalecer.
—Aun así, ahora hay personas que quieren que todo eso haya sido en vano. Se ha enterado, ¿verdad, Cragrell? Por eso me llamó aquí.
—Dejaste de llamarme «Lord», ¿mrrm?
—Parecía que no le gustaba. Lamento no sonar lo suficientemente formal. En algún momento, me dejé llevar demasiado por la emoción —Theresia lamentó haber dejado que sus pensamientos conscientes e inconscientes se mezclaran.
Cragrell la miró fijamente, mientras sus mejillas se sonrojaban ligeramente. Entonces, abruptamente, miró al suelo. Sus viejos hombros redondeados comenzaron a temblar.
—Ojoj… Jo-jo-jo… ¡Jo-jo-jo-jo-jo-jo!
—¿C-Cragrell? —preguntó Theresia.
—Disculpe, disculpe. No pude contenerr la, mrrm, risa. Nunca pensé, mrrm, escucharr algo así de boca del Ángel de la Muerte. ¡Si Valga pudierra oírlo, oh, estarría impactado! —Cragrell sacudió lentamente la cabeza de un lado a otro y casi murmuró para sí mismo, como si mirara a lo lejos.
—… —Theresia se encontró incapaz de decir nada.
Valga Cromwell había sido considerado el principal estratega de la Alianza Semihumana. Era un Gigante, y el que había llevado al Reino a una crisis mayor que ningún otro. Fue el esposo de Theresia, Wilhelm, quien finalmente lo detuvo. Por la forma en que hablaba Cragrell, él y Valga habían sido conocidos, quizás incluso amigos.
Ahora, por cruel que fuera, Cragrell tenía que mirar no a los semihumanos individualmente, sino a todos ellos colectivamente.
—Hombres problemáticos, Valga y Libre… morrir y dejar un trabajo tan importante a un anciano. Puede que sea el gurrú de los que quedarron atrás, perro… bueno, mientras haya aceptado el deberr, lo cumplirré, Santa de la Espada.
—Lo soy… pero por favor, llámeme Theresia. Creo que es más apropiado entre usted y yo.
—Mrrm. Entonces, Theresia, si le digo lo que el Reino desea saberr, ¿qué serrá de los míos? La guerra que apenas ha terminado amenaza con estallarr de nuevo…
—No lo permitiré. Eso, al menos, lo juro —dijo, disipando la preocupación de Cragrell en los términos más enfáticos posibles.
La reanudación de las hostilidades que el anciano semihumano temía era un futuro que debía evitarse a toda costa. Nadie en el Reino hoy, ni humano ni semihumano, deseaba ver ese conflicto reavivado. Mucho menos por instigación de algún entrometido externo.
Ante la seguridad de Theresia, Cragrell dirigió sus negros ojos parecidos a los de un hombre-rana al suelo nuevamente, pensativo. El silencio se prolongó durante varios minutos sólidos, durante los cuales Theresia no dijo palabra, esperando a que Cragrell dijera algo.
Finalmente, el silencio fue roto por un largo y profundo suspiro de Cragrell.
—Fui yo quien la convocó, Theresia. Deseaba conocerr a la Santa de la Espada, la persona que ha enterrado a más de mis compañerros que ninguna otra, y asegurrarme de algo.
—¿Qué es? ¿Qué deseaba descubrir?
—Mrrm. Deseaba verla cuando vierra mi rostro, y ver mi propio corrazón cuando yo vierra el suyo. Si, como temía, cada uno de nosotros aún albergaba la vieja irra… Perro no —Theresia se vio reflejada en los negros ojos de Cragrell, que la miraban con un dejo de cariño—. Cada uno de nosotros tiene un corrazón que rechaza la guerra, usted y yo, mrrm. No nos mentimos el uno al otro.
—Cragrell… —los ojos de Theresia se agrandaron, porque mientras Cragrell hablaba, sintió un cambio en la habitación.
La atmósfera de campo de batalla había prevalecido desde que entró, pero ahora había desaparecido… y sabía por qué. No era porque Cragrell la hubiera estado probando al exudar esa tensión. Esta habitación había sido, verdaderamente, su campo de batalla.
Esta había sido la gran batalla de la vida de Cragrell Dawson: enfrentarse a la Santa de la Espada del Reino en su calidad de líder de los semihumanos, e intercambiar palabras con ella para descubrir cuál sería el futuro de su gente. Y lo que finalmente había disipado ese aire de batalla era…
—Me aparté de Valga y los demás, porque no pude lucharr. Si hay algo que pueda hacerr, es llevarr a tantos de los míos como sea posible, a cada uno que pueda, hacia el mañana del que habla.
—Así que…
—Harré lo que el Reino pide. Convocarré a mis compañerros y le dirré el paraderro de aquellos sospechosos de albergarr a quienes busca. Solo que, en la medida de lo posible…
—Seremos cuidadosos. Lo sé —Theresia hizo una pausa—. Gracias, Cragrell. Tiene mi gratitud.
Como líder de los semihumanos, Cragrell había aceptado todo lo que el Reino quería. Theresia no podía estar más aliviada por su respuesta, pero también estaba preocupada por su evidente fatiga. Podía parecer externamente alguien que no sentiría pronto los efectos de la edad o el cansancio, pero parecía encogido, notablemente más pequeño que cuando ella había entrado en la habitación. Si eso era solo por el alivio de ya no tener que mantener la tensión de encontrarse con la Santa de la Espada, que así fuera. Pero ¿y si no era alivio, sino agotamiento?
—Cragrell… sé que quizás no es asunto mío, pero permítame decir una cosa.
—¿Sí, mrrm?
—Luchó brillantemente en su campo de batalla. Hablando como quien se enfrentó a usted, puedo decir esto: no tiene nada de qué avergonzarse ante sus amigos.
Theresia no sabía si sus palabras serían un consuelo para Cragrell, y mucho menos una salvación. Quizás no resonarían en él en absoluto, en cuyo caso, no había nada que pudiera hacer. Había tenido innumerables encuentros así durante la guerra civil.
No obstante, Theresia dijo las palabras a Cragrell, quien silenciosamente se cubrió el rostro.
Eso fue suficiente para dar al menos una conclusión a la Guerra Semihumana.
Sección 5
—Por favor, lo que puedo hacer ahora es limitado, así que quiero hacer todo lo que esté a mi alcance.
Sabía que esa sería la respuesta de Theresia cuando le contara la sugerencia de Orphe. Conocía la personalidad de Theresia, sabía cómo odiaba estar atrapada en un solo lugar a causa de su embarazo. Habiendo sido convocada bajo el nombre de la Santa de la Espada, no había manera de que Theresia se quedara callada y sin hacer nada. Por otro lado…
—¡Ahh! ¡Theresia! ¡Mi Theresia! ¡No, no, no, no, no! ¿Una reunión en solitario con el líder de la Alianza Semihumana, y estando embarazada? ¡¿Quizás deberíamos haber dicho que no?!
—Cálmese, «Honorable Padre». Para eso estamos aquí.
—¿Que me calme? ¡¿Cómo se supone que me calme?! ¡Si acaso, tú deberías estar preocupado! ¡Eres su marido, ¿no?! —dijo Bertol con el rostro pálido.
Wilhelm colocó una mano en su frente y suspiró diciendo:
—Si usted y yo perdemos la cabeza, entonces este mundo se acaba…
Bertol, que en ese momento paseaba por la sala, había acompañado a Theresia a la mansión de Cragrell y ahora estaba en ascuas preguntándose cómo iba la discusión. Además de los guardias permanentemente apostados en la mansión, Wilhelm y un destacamento de su escuadrón estaban allí para vigilar el desarrollo.
Cragrell había solicitado específicamente reunirse solo con la Santa de la Espada, sin externos, así que mientras la conversación continuaba, solo él y Theresia estaban en la habitación.
“Los temores de Lord Bertol parecen inusualmente… justificados.”
—Incluso si Cragrell le guarda rencor a la Santa de la Espada, cualquier cosa que hiciera solo comenzaría la próxima guerra. Pero no importaría, porque nada de lo que pudiera hacer funcionaría contra Theresia.
“¿Estás diciendo que nadie puede vencer a la Santa de la Espada? ¿Cuando tú eres la prueba viviente de lo contrario?”
—… —Wilhelm no dijo nada.
“Mis sinceras disculpas. Solo estoy imaginando el peor de los casos.”
Wilhelm se recargó contra la pared con los brazos cruzados. A su lado, Pivot miraba el jardín de la mansión y molestaba ociosamente a Wilhelm. No necesitaba la ayuda de Pivot para pensar en todas las cosas que podrían salir mal. Wilhelm odiaba la mirada en los ojos de Pivot, que parecía ver a través de sus oscuras imaginaciones.
—Tch —chistó.
—¡Agh, no puedo soportarlo, Wilhelm! Hablemos de algo que nos distraiga. A este paso, temo que me preocupe tanto por Theresia que cargue contra esa habitación antes de poder contenerme y… ¡¿M-me acabas de chistar?!
—No, no a usted, Honorable Padre. ¿Una distracción, dijo?
—Sí. Sé que quizás no es tu fuerte. ¡Pero no temas! Conozco un tema que hará que incluso tú sonrías. ¡Observa: hablar de niños!
—… —Wilhelm permaneció deliberadamente en silencio.
—En cuanto al futuro de la familia, uno desea un niño, por supuesto. Pero como sabes muy bien por observar a Theresia, las hijas también son profundamente preciosas. Vaya, es difícil decidir entre los dos. ¿Y tú, qué opinas? ¿Eh? —Bertol hablaba demasiado rápido, quizás por su deseo de distraerse. Era un poco abrumador.
No obstante, claramente tenía la intención de proponer de forma genuina las virtudes de los hijos. Por su parte, Wilhelm dudaba en responder, tanto que incluso el típicamente torpe Bertol lo notó.
—¿Qué pasa, Wilhelm? —preguntó—. Pudiera ser que… ¿Estés nervioso? —entrecerró sus ojos azules, y Wilhelm, para su sorpresa, se encontró mirando al suelo muy a su pesar.
Era una expresión inconsciente de ansiedad, la evidencia definitiva de que Bertol había dado en el clavo. Era una preocupación terriblemente arraigada, difícil o imposible de dejar ir, fomentada durante tres meses de perseguir a Stride sin nada que mostrar.
Después de un largo momento, Wilhelm murmuró:
—¿De verdad cree que puedo ser padre?
Entonces se produjo un cambio en la voz de Bertol.
—Mm. Cuéntame, mi muchacho.
Wilhelm estaba agradecido por esta sincera preocupación por parte de su suegro, pero aún no podía levantar la vista mientras decía:
—La Santa de la Espada es el objetivo de Stride. Y ella es con quien Cragrell quiere hablar… Hice que Theresia dejara la espada, y no quiero que vuelva a usar una. Pienso seguir protegiéndola con todas mis fuerzas para que nunca tenga que hacerlo.
—Como su padre, me resulta alentador y estoy agradecido. ¿Qué es lo que te preocupa de esa decisión?
—Porque me di cuenta… de que cuando nazca ese bebé, Theresia ya no será la única a la que deba proteger. Y eso será un problema que siempre tendré de ahora en adelante.
Era sencillo. Cuando el niño naciera, habría dos personas a las que Wilhelm necesitaría mantener a salvo. Cuantos más hijos tuviera, más crecería su familia, y más familiares tendría que proteger; y, entre ellos, la Santa de la Espada y el Demonio de la Espada simplemente habían acumulado demasiados rencores en este mundo.
—Y, maldita sea, Stride ni siquiera tiene un rencor real contra nosotros. Solo somos la manera perfecta para que él consiga lo que quiere. Con gente así pisándonos los talones…
—Te preguntas si podrás mantener a tu familia completamente a salvo. Por eso no estás seguro de poder ser padre.
—Mierda, es justo eso. Digo… eh, sí, señor.
Habiendo abierto su corazón por completo, Wilhelm solo pudo ocultar su rostro por la vergüenza. Había reprimido esta ansiedad durante tanto tiempo que, ahora que la había liberado, se desbordó, lo paralizó y lo hizo caer de rodillas con unos gimoteos que apenas podía soportar escuchar de sí mismo.
Y por fin comprendió, verdadera y profundamente: el miedo que él cargaba, y el de todo ciudadano del Reino, había sido soportado por la Santa de la Espada, Theresia van Astrea. Ella había llevado ese peso, y él la había hecho apartar su espada, a pesar de que debería haber entendido la carga que él asumiría en su lugar.
—¡Wilhelm! Mi Wilhelm… ¡Aprieta los dientes!
Wilhelm estaba ocupado apretando el puño por su tardía comprensión; nunca esperó el alarido de Bertol. Sus ojos se agrandaron al ver a Bertol levantar el puño, y se apartó de un lado. En el mismo movimiento, sujetó el brazo de Bertol y, por reflejo, lo estrelló contra la pared.
—¡Mgaahhg! ¡¿M-me esquivaste?! ¡No se supone que debas esquivar! ¡Este es el puñetazo de tu suegro!
—Lo siento. Fue tan repentino que actué por instinto.
—¡Estoy t-tan contento de tener un yerno tan varonil! ¡Pero suéltame, por favor, que duele! —los ojos de Bertol se llenaron de lágrimas.
Wilhelm lo soltó, disculpándose de nuevo; aunque no estaba seguro de que su suegro debiera mirarlo con tanto resentimiento. En cualquier caso…
—Te juzgué mal, Wilhelm; ¡escuchar semejantes gimoteos lastimeros de tu parte!
—¡Lo dice mi llorón suegro! Digo, no, usted tiene razón.
—¡No, no la tengo! ¡No me malinterpretes, Wilhelm!
—¡¿Tiene razón o no?! ¡Decídase!
Apenas había pensado Wilhelm que se le estaba exhortando a reformarse, cuando le dijeron que lo había entendido todo mal. La cabeza le daba vueltas.
Bertol le dio un ligero golpe en la nariz con un dedo, aunque tuvo que levantar todo el brazo, sosteniendo su mano derecha, para hacerlo. Era el brazo que había perdido el uso durante la batalla contra Stride, y aparte de los sanadores que lo atendían, las únicas personas que lo sabían eran Wilhelm y el propio Bertol.
—Incluso con mi brazo en este estado, sigo siendo un padre —dijo—. La Protección Divina del Santo de la Espada fue recibida por mi hermano menor, y yo nunca he podido hacer nada realmente digno del nombre Astrea. Ya te imaginas lo bueno que soy con la espada.
—Yo… eh, bueno… Sí, señor.
—No es exactamente la misma situación en la que se encuentran tú y Theresia, pero la Casa de Astrea es de la nobleza, y no diré que nunca haya sentido el roce del peligro. Por supuesto, me he preguntado si tengo la fuerza para proteger a la esposa y a la hija a las que amo. Aun así, me convertí en padre. Pregúntame por qué.
Lentamente, Wilhelm dijo:
—¿Por qué?
—¡Porque mi miedo y mi ansiedad fueron superados por mi deseo de ser feliz! —Bertol retiró la mano y se golpeó el pecho con ella.
Las palabras golpearon a Wilhelm como una ráfaga de viento, y tragó saliva con dificultad. Sintió la misma conmoción que cuando Bertol le había revelado el estado de su brazo derecho inservible. Bertol no tenía ni fuerza ni técnica, pero sin la fuerza del brazo ni la habilidad de la espada, mostraba un poder completamente diferente.
—Cuando pienses en tu familia, encontrarás una fuerza y un valor más allá de lo que normalmente posees, te lo garantizo. Y si me permites decir algo más, Wilhelm, no hay necesidad de que hagas todo tú solo.
—¿No hay necesidad… de que haga yo todo solo?
—Así es. ¿Cómo podrían dos novatos sin experiencia esperar triunfar como padres por sí solos? Te insto a que confíes en aquellos con más experiencia que tú. Deberías saber mejor que nadie lo hábiles que Tishua y yo hemos demostrado ser criando hijos —Bertol guiñó un ojo y sonrió tan ampliamente que Wilhelm pudo verle cada uno de sus dientes.
Estaba completamente desconcertado, como siempre. Siempre era así. Simplemente, Wilhelm no podía ganarle a Bertol. Era solo un hombre, pero como marido, y como padre, Wilhelm no podía acercarse ni de lejos a su fuerza.
Una vez más, se sintió derrotado, y entonces, se dio cuenta. Descubrió un rayo de luz que perforaba la penumbra.
—Cuando las cosas se pongan difíciles —dijo Bertol—, puede que te encuentres sin poder estar con Theresia o con tu preciado hijo. Sin embargo, en esos momentos, debes recurrir a mí y a Tishua, o a Carol. De hecho, me será de gran ayuda: ¡una excusa para viajar a la capital!
—Mientras prometa no molestar demasiado a Theresia, será bienvenido —respondió Wilhelm, bromeando en el mismo tono que Bertol.
Sintió que tenía que bromear, de hecho, no fuera a ser que la abrumadora grandeza de Bertol lo agobiara por completo. Wilhelm respetaba a Bertol como hombre, pero deseaba que se lo pensara dos veces antes de hacer que lo vieran todos los días.
Solo unos momentos después de que Wilhelm se hubiera encontrado reevaluando a Bertol como hombre, la puerta de la sala de reuniones se abrió y Theresia asomó la cabeza al vestíbulo.
—¿Wilhelm? ¿Padre? —dijo ella—. Siento haberlos hecho esperar.
Wilhelm se acercó a ella y le tomó la mano diciendo:
—Theresia… ¿Estás bien? ¿Cómo fue la discusión?
—Sí, estoy bien. Pude tener una conversación adecuada con Cragrell. Creo que deberíamos discutir el resto de los detalles importantes con Orphe… —entonces parpadeó—. ¿Wilhelm? —lo miró detenidamente con sus claros ojos azules—. ¿Y qué hay de ti? ¿Estás bien? Tu cara se ve un poco…
—Estuve hablando con tu Honorable Padre. Sí que me leyó la cartilla.
—¿Mi Padre?
—Espera, ¡oye, espera! ¡Eso simplemente no es cierto! ¡No le leí la cartilla! ¡Casi me arranca el brazo! —dijo Bertol, con el brazo colgando a un lado, mientras Theresia fruncía el ceño.
Ella parecía dudosa igualmente, pero Wilhelm se refería a que había sido derrotado espiritualmente más que físicamente. Y Bertol tuvo suficiente compasión como para no mencionar de lo que hablaron.
—En cualquier caso, si Cragrell está dispuesto a hablar, eso es lo que más importa —dijo Wilhelm.
—Sí, pero… ¿Wilhelm? ¿Qué es eso de que «te leyó la cartilla»? —Theresia todavía quería tener una mejor idea de lo que había sucedido.
—¡Olvídate de lo de «leer la cartilla»! Eso es cosa mía y de tu padre. Ya se la regresaré a su debido tiempo. Lo que más importa es… —Wilhelm la atrajo hacia él y la abrazó.
Los ojos de Theresia se agrandaron contra el pecho de Wilhelm y, por alguna razón, Bertol exclamó:
—¡Oh, vaya!
—Qu… ¿qué te llevó a esto? Dije que estaba bien.
—Lo sé. El que no está tan bien soy yo. Así que préstame tu fuerza.
—¿Mi fuerza?
—Solo necesito saber que estás a mi lado, sana y sonriente.
Los ojos de Theresia vacilaron por un segundo. No lo entendía, pero después de un momento dijo: «Te escucho», y le devolvió el abrazo a Wilhelm, pegando fuerte su mejilla contra el pecho de su marido.
Wilhelm podía sentir el vientre de Theresia, sobresaliendo ligeramente, entre ellos.
Bertol tenía razón. Le hizo desear encontrar alguna manera de proteger esta nueva vida.
En cuanto a Bertol, que le había enseñado a Wilhelm a ver las cosas de esa manera, estaba mordiendo su pañuelo, apenas capaz de contener sus emociones.
Sección 6
Miklotov MacMahon era uno de los burócratas más importantes del Reino.
Alrededor de los treinta años, había mostrado un don para la administración y, desde la Guerra Semihumana, se había vuelto indispensable en las maquinaciones de la política de Lugunica. Incluso había ayudado a Wilhelm una vez, usando todos los trucos que sabía para reincorporar al joven con el escuadrón que había efectivamente desertado, y los dos todavía se veían bastante ahora que Wilhelm había ascendido para liderar esa misma unidad.
La citación de Miklotov a Wilhelm fue repentina y muy secreta. Bordeaux seguía siendo el superior directo del Escuadrón Zergev, por lo que nunca antes habían citado personalmente a Wilhelm. Y esto sucedía justo cuando Theresia había hablado con Cragrell Dawson, y cuando Orphe y su organización las «Seis Lenguas» estaban ocupados infiltrándose en los remanentes de la Alianza Semihumana por todo el Reino.
Recibiendo esta llamada mientras los Caballeros intentaban acorralar a Stride y a su gente, a Wilhelm le resultaba difícil no sentir que se le bajaban los humos.
Así, Wilhelm acudió a Miklotov con algunas palabras selectas preparadas si el asunto en cuestión no valía toda esta interrupción, pero resultó que…
“Uno sin duda nunca esperaba encontrarse frente a frente con esta persona en particular”, comentó Pivot, que estaba arrodillado junto a Wilhelm.
“Cállate”, espetó Wilhelm, pero solo en su cabeza. Exteriormente, él también se arrodilló y mantuvo silencio.
—Mmm —murmuró aquel a quien Wilhelm trataba con absoluto respeto—. Non guardéis tantas formalidades. Alzad la cabeza; ante presencia Real os halláis.
—Gracias, Su Majestad, pero es precisamente porque me encuentro ante su presencia que estoy arrodillado.
—Mmm, sí, asumo que en eso razón tenéis. Disculpadme. Pensaba en vos como si una de mis más íntimas amistades fuerais, y por la confianza un tanto me dejé llevar, imagino. Después de todo, antes habéis estado ya en mis aposentos.
Wilhelm casi se atraganta, pero logró decir:
—Eso fue un acto de profunda descortesía, Su Majestad. No me alcanzan las palabras para su inmensa misericordia.
—Oh, por favor. Verdad es que sobremanera conmocionado quedé entonces, mas hogaño non pasa de ser buena anécdota. Trias… O, non, aguardad: Astrea es agora, ¿cierto? Mas, ejem, por non confundiros con vuestra esposa, Wilhelm he de llamaros simplemente.
Ante Wilhelm había un hombre de mediana edad con distintivos ojos carmesí, un comportamiento sosegado y una espesa barba. Llevaba una sonrisa amable y asentía con entusiasmo, claramente de buen humor. Era genuinamente afable, pero su rango significaba que Wilhelm no podía simplemente bromear con él, ciertamente no a esa distancia. Estaba arrodillado ante el actual Rey de Lugunica, su majestad Gionis Lugunica.
Recordado —y perdonado— de nuevo por su indiscreción, Wilhelm se encogió por dentro. Pero lanzó una buena mirada de reojo al hombre delgado y de cabello largo que estaba junto a Gionis: Miklotov.
Era un hombre de aspecto delicado, con inteligentes ojos verdes y piel pálida que nunca había conocido el combate intenso. Aun así, tenía más coraje que cualquier soldado impulsivo y ni siquiera se inmutó bajo la mirada de Wilhelm.
—Mmm… con genuina sinceridad os ofrezco mis disculpas por haberos tendido tal emboscada. Solo debéis saber que buena razón hay para ello.
—Su Majestad ha venido hasta aquí. Sé que no es el tipo de persona que haría algo así solo para jugar una broma.
Wilhelm comprendió entonces por qué le habían ordenado tan estrictamente que acudiera a esta reunión solo. Su pregunta era: ¿Por qué? Gionis no tenía que recurrir a escondites para llegar a Wilhelm. El hombre jamás podría haber rechazado una convocatoria directa del Rey.
Además, habían llamado a Wilhelm a la oficina de Miklotov. ¿Por qué estaba Gionis allí, y por qué habían llamado a Wilhelm en nombre de Miklotov?
—De haberos convocado en mi propio nombre, todo ello habría resultado harto engorroso, y mi deseo era evitarlo. Después de todo, el asunto que nos ocupa es de gran importancia para el Reino, cosa que con sumo cuidado ha de manejarse.
—Su Majestad…
Las palabras del Rey eran tranquilas pero llenas de su autoridad; tenían el poder de hacer que Wilhelm enderezara aún más la espalda. Finalmente, aún arrodillado, levantó la vista y terminó viendo a Gionis a los ojos. En esos hermosos ojos carmesíes que miraban al Demonio de la Espada, tan crucial para este Reino, encontró tristeza y un profundo sentido de responsabilidad.
Los chismes del Reino decían que el Rey actual era demasiado idealista y bondadoso, que era un hombre adecuado no para las rigurosidades de la política, sino solo para mantener el trono caliente. No obstante, en esta ocasión, Wilhelm sabía sin duda alguna que estaba arrodillado ante un verdadero Rey.
—Me ha sido dicho que fue vuestra esposa, Theresia, quien habló con el adalid de los semihumanos, Cragrell Dawson, y logró que expusiese sus más hondos pensamientos. Maguer de su posición como Santa de la Espada la hemos relevado, al servicio del Reino parece haber sido puesta una vez más. No me resta sino lamentar mi propia falta de fortaleza.
—Se lo agradezco, Su Majestad, pero añado que Theresia quiso hacerlo; y en la medida en que ha traído resultados, solo puedo sentirme orgulloso de ella.
—Mmm, verdaderamente bendecido me hallo con aquestos súbditos míos. Vos y vuestra esposa, desde luego, mas también Miklotov. Sin él, quizá jamás habría advertido tal posibilidad.
—… —Wilhelm frunció el ceño ante el severo comportamiento de Gionis y miró a Miklotov.
El administrador hizo el más leve asentimiento y dijo: «Mira». Puso algo sobre la mesa: un solo pergamino. Parecía haber algo escrito en él.
—Esto es una copia de la Piedra de la Historia del Dragón —dijo Miklotov.
Los ojos de Wilhelm se agrandaron, para después decir:
—¡¿Qué?!
La Piedra de la Historia del Dragón era uno de los grandes tesoros del Reino Dragón de Lugunica, un artefacto dejado por el Dragón Divino para advertir al país de desastres por venir. Predecía eventos que sacudirían la nación, y su ubicación era un secreto celosamente guardado. Solo los guardias personales del Rey, que juraban lealtad y cuyas acciones y linajes estaban libres de cualquier mancha, tenían permitido saber dónde estaba, y mucho menos verla.
Copiar el contenido de la piedra era, como es de esperarse, algo prohibido.
—¿Qué hace algo así aquí? —preguntó Wilhelm.
—Esa, mi buen Wilhelm, es precisamente la cuestión. Normalmente, copiar el texto de la Piedra de la Historia del Dragón sería impensable. Esa estela es considerada más valiosa que casi cualquier otra cosa en el Reino. Solo aquellos elegidos para la guardia del Rey deberían manipularla, y solo con el mayor cuidado. Aun así…
—¿Aun así… qué?
—Inmediatamente después de que Lord Cragrell accediera a ayudarnos, uno de los guardias desapareció. Esta copia fue encontrada en sus aposentos.
Cuando Wilhelm miró más de cerca, vio que la copia estaba incompleta. El guardia probablemente no había logrado deshacerse de una versión que carecía del texto completo. Esto naturalmente invitaba a sospechar que existía una copia completa en algún lado.
—¿Por qué alguien querría copiar la Piedra? —preguntó Wilhelm—. No, eso es obvio; para mostrársela a alguien. Pero pensé que los guardias del Rey eran elegidos según las condiciones más estrictas. ¿Estás diciendo que uno de ellos traicionó al Reino?
—Tienes razón —respondió Miklotov—, nadie de origen desconocido es invitado a servir en la guardia. Pero nos ha llegado la noticia de que quienes están sembrando la discordia en nuestro Reino pueden neutralizar incluso las mayores reservas de lealtad y devoción —Miklotov se mostró adusto al decirlo.
—Uno de los anillos de Stride, ¿eh? —Wilhelm pensó en la misma posibilidad que Miklotov y asintió.
Con los «Diez Mandamientos de la Soberbia» de Stride, era sencillo hacer que incluso un miembro de la Guardia Real bailara en la palma de su mano. Parecía que hasta ahora se había abstenido de usar el poder de sus anillos dentro del Reino, además de al principio para establecer sus refugios, con el fin poder guardarlos para este movimiento audaz.
—Así que usó a un miembro de la guardia real para echar un vistazo a la «estela». ¿Pero por qué querría…?
—Para la abolición del Pacto —dijo Gionis.
Por un momento, la mente de Wilhelm se quedó en blanco. No podía procesar el significado de las palabras.
Finalmente, de forma lenta, comenzó a digerir lo que el Rey había dicho. La abolición del Pacto. En otras palabras, romper el voto que se había hecho entre el Reino y el Dragón Divino.
—Mi consejero me ha hecho saber que se sospecha que la intención del enemigo es despojar a la nación de la protección del Dragón y, por ende, dejarla por completo indefensa.
—¿Su consejero, Su Majestad? —Wilhelm, que no había escuchado esa expresión antes, miró del Rey a Miklotov y de vuelta.
Miklotov parecería la opción natural para tal puesto, pero por la forma en que el Rey hablaba, parecía que no era él a quien se había referido.
—Debéis disculparme —dijo Gionis—, mas hay razones por las cuales non me es dado revelar la identidad de tal persona. Mas en nada ha de envidiarle a Miklotov en cuanto a ingenio. Maravilloso suena, ¿non es ansí?
—Me atribuye demasiado mérito, Su Majestad —respondió Miklotov—. ¿Podría pedirle que nos cuente más sobre lo que dijo este consejero?
—Por supuesto. Hanme informado que, para contrarrestar las medidas necesarias para abolir el pacto, es menester hallar un lugar determinado.
—¿Un lugar determinado, Su Señoría? ¿Pero dónde?
—El Valle Shamrock.
Ante eso, a Wilhelm se quedó sin aliento; de cuántas veces iba ya, había perdido la cuenta. Sentía que el Rey no había hecho más que sorprenderlo desde aquella «emboscada» inicial, pero el nombre de ese lugar fue la mayor sorpresa de todas.
El Valle Shamrock: el lugar que se creía era el mismísimo cuartel general de la Alianza Semihumana. Era la ubicación que sus tres líderes, antes de Cragrell, habían llamado hogar. Porque allí…
—En aquel valle donde espeso es el miasma, dícese que la Bruja, otrora gran enemiga del Reino, dejó su legado; y agora, el texto de la Piedra ha sido robado. Wilhelm, aquesta es empresa que solo a vos y a vuestras tropas puedo encomendar: id al Valle Shamrock y traed de vuelta el legado de la Bruja.
Sección 7
—Si esas son las órdenes del rey Gionis, tendrás que obedecerlas… Pero… ¿El Valle Shamrock?
—Primero Cragrell Dawson, ahora el legado de la Bruja. Incluso con la guerra civil terminada, una cosa tras otra no deja de recordárnosla. Quizás todo esto sea parte de un gran ciclo de desgracia.
—Por favor, no hables de Cragrell de esa manera. Creo que fue bueno haber hablado con él —Theresia ayudó a Wilhelm a ponerse una sobrecamisa blanca.
Él pasó los brazos por las mangas, agradecido por la ayuda de su esposa, y dijo: «Lo siento».
Era el día después de que Miklotov lo hubiera citado para la audiencia sorpresa con Gionis. Wilhelm había reorganizado rápidamente su unidad y se preparaba para partir hacia el Valle Shamrock. No podía contarle a nadie los detalles de lo que Gionis había dicho, ni siquiera a Theresia.
—Todo lo que puedo decir es que la situación actual podría estar a punto de cambiar radicalmente. A menos que las cosas vayan realmente mal, creo que el castillo debería estar seguro, pero ten mucho cuidado. Le pedí a Miklotov que refuerce tu guardia personal.
—Gracias… ¡Me temo que si Su Majestad se entera de esto, mis propios guardias podrían entrometerse diciéndome que debería concentrarme en mi embarazo!
Theresia sacó la lengua —estaba bromeando, más o menos—, pero Wilhelm la recibió con silencio. Cuando había aceptado el plan del Valle Shamrock, le había pedido al castillo que protegiera a Theresia y a sus padres. Porque Gionis había dicho lo mismo entonces.
“Muy perspicaz, de verdad. De hecho, debería decir que en este caso, la buena reputación de nuestro Rey ha dado sus frutos”, murmuró Pivot desde el borde de la visión de Wilhelm.
—Ahh… —Wilhelm ignoró deliberadamente al fantasma y suspiró.
Sea como fuere, con la bendición de Gionis, Theresia y su familia se quedarían en el Castillo de Lugunica mientras Wilhelm y su unidad estuvieran fuera. Sin nada que lo hiciera mirar atrás, todo lo que quedaba era regresar con éxito.
—Esa Roswaal, ha estado obsesionada con esta «Bruja». Nunca ha podido investigar dentro de la niebla antes, así que estoy seguro de que estará trabajando duro ahora que podemos entrar allí.
—¿Roswaal estará allí? Entonces estoy segura de que es digna de confianza.
—¿Digna de confianza? No estoy seguro de que me guste decirlo así.
Por otro lado, lo que Wilhelm sentía por Roswaal no era diferente de la confianza que depositaba en Grimm, Bordeaux o sus otros compañeros de armas. Si acaso, dado que ella fue la primera persona a la que recurrió en su esfuerzo por descubrir qué estaban tramando Stride y sus secuaces, se podría decir que confiaba en Roswaal más que en nadie, aunque nunca imaginó cuando se conocieron que tendrían tal relación.
—Claro, no es solo Roswaal. Fue lo mismo con tu amiga Carol… Diablos, también con Grimm, Bordeaux, Conwood y los otros.
—Y yo, ¿verdad?
Wilhelm hizo una pausa.
—Sí. Pensé que me había involucrado con una florista rarita.
—¡Vaya, nunca supe que mi esposo fuera tan grosero! —con voz risueña, Theresia abrazó a Wilhelm por la espalda.
Arrugó el uniforme que él acababa de ponerse, aunque él no fue tan grosero como para señalarlo. Al mismo tiempo, sintió el calor de Theresia y la vida dentro de ella presionando contra él.
Poco tiempo antes, ese calor no le había inspirado tanta ilusión y alegría como ansiedad y temor. Pero ahora…
—«Ve a hacer tu trabajo, papi». Eso es lo que dice el bebé en mi vientre.
—Así lo haré. ¿Y tú qué tienes que decirme? —preguntó Wilhelm.
—Que probablemente sea inútil decirte que no te exijas de más… así que solo vuelve a casa sano y salvo.
—¿Eh?
Él sonrió a su propio pesar, una sonrisa de admiración y aprecio.
En verdad se dio cuenta Wilhelm que su esposa lo conocía mejor que él mismo.
Cuando Wilhelm y Theresia bajaron las escaleras al recibidor de la mansión, se encontraron con Grimm, que había venido a buscar a Wilhelm, en medio de una dolorosa despedida con Carol.
—Grimm, por favor, ten cuidado —dijo Carol dulcemente, abrazándolo.
Naturalmente, la maldición se activó y los moretones oscuros aparecieron en su cuello, pero ella mantuvo el abrazo todo el tiempo que pudo, rezando por la seguridad de su amado y luchando contra la maldición. Seguramente el hombre que había lanzado el hechizo, el propio Stride, habría fruncido el ceño al verlo.
—Vaya, sí que te exiges demasiaaaado. Me estoy sonrojando solo de verte… ¿o quizás estoy bajo un hechizo?
—Pues lamento… que haya tenido que presenciarlo… —respondió Carol con dificultad para respirar—. Lady Mathers… Por favor, cuide de… Grimm y los demás.
—Puedes estaaaar tranquila.
Por alguna razón, fue Roswaal quien recibió la petición exhausta de Carol. Cuando Roswaal notó que Wilhelm la miraba con desconfianza, simplemente se encogió de hombros.
Wilhelm optó por ignorarla a ella y a Carol, y en su lugar se acercó a Grimm.
—¿Estás listo?
—¡L̷͖̉̔õ̸ e̸̍s̶̫̾̚ẗ̵ȍ̸̳̞̇y̵! —llegó la respuesta ronca y breve, pero entusiasta.
Wilhelm asintió. Lanzó una mirada a todos los que habían venido a despedirlos: Theresia, Carol, Bertol y Tishua. Miró a su alrededor a su familia y suspiró.
Familia… Sí, eran su familia. Algo importante que Wilhelm debía y protegería con su espada.
—Honorable Padre, cuide de Theresia y de los demás —dijo.
—¿Em? ¡Oh! ¡Sí, por supuesto! ¡Ni siquiera hace falta que lo pidas! ¡Cumpliré mi deber y lo haré con orgullo! —dijo Bertol.
Wilhelm había hecho la petición deliberadamente a él entre todos los que se quedaban; era su respuesta a la conversación del otro día, y Bertol lo entendió muy bien.
La familia atestiguó este voto entre un padre experimentado y un padre en formación, y entonces…
—Muy bien. Regresaremos —dijo Wilhelm.
—Sí, y los estaremos esperando. Ve a hacer lo que tienes que hacer, por el bien de tu familia —dijo Theresia.
Esas palabras de despedida demostraron a Wilhelm que Theresia sentía lo mismo que él, y una vez más se vio inundado por la sensación de que era increíblemente afortunado de haberla elegido… o mejor dicho, de que ella lo había encontrado a él. Con ese sentimiento llenándole el corazón, partió.
Pero no tenían forma de saber que esta sería la última vez que esta Familia estaría reunida en su totalidad.