Segundo Acto - La Proclamación de la Calamidad
Segundo Acto
La Proclamación de la Calamidad
Sección 1
Esa habitación, que debería haber estado llena de cálidos y cariñosos recuerdos, estaba en cambio impregnada de la tensión de un campo de batalla.
Wilhelm permanecía en silencio en el umbral, sus ojos azules brillando con toda la agudeza de un filo. Pero su espada real, aquella sobre la que descansaba su mano, permanecía por el momento en su funda.
Habría sido tan simple dejarse llevar por la hostilidad burbujeante y simplemente desenvainar su hoja, pero eso habría sido el colmo de la idiotez. El enemigo más peligroso de Wilhelm había aparecido en su propio hogar sin previo aviso, y los miembros de la familia que deberían haber estado allí no se veían por ningún lado; ceder a su ira era imposible.
Primero, tenía que preguntar:
—¿Qué le hiciste a Theresia?
Stride estaba sentado cómodamente en el sillón donde marido y mujer solían sentarse uno al lado del otro. Estaba acodado sobre el brazo del mueble, con la barbilla apoyada en la mano. Parecía totalmente tranquilo, completamente en control, y respondió a la pregunta de Wilhelm solo con un:
—¡Jaa! —fue una risa, pero se burlaba completamente de Wilhelm, de su frustración y su desesperación—. ¿Es aquello lo primero que pronuncias al ver a mi venerable persona? ¿Inquirir si tu esposa se halla a salvo? Asiste la hoja de la Santa de la Espada, protectora del Reino, en su nombre. ¿Non se te tiene por el Caballero que resguarda aquesta tierra? Desde luego, non obras como tal.
—Veo que has aprendido algo sobre nuestro Reino, a diferencia de la última vez. Puedes disfrutar de los frutos de tu trabajo en prisión. No me hagas repetirlo. ¿Dónde está Theresia?
—¡Jum! ¿Dándome órdenes? El colmo de la arrogancia. ¿Llevado estás a la desesperación por cuanto te costó ganar aquesta mujer, y agora no puedes consentir en dejarla partir? Sofocas el deseo de acabar conmigo, deseo que con tal fuerza arde que aun te abrasa, y te rebajas a hacer preguntas triviales.
—Creo que estás malinterpretando algo. Y muy mal.
Stride no hizo ningún esfuerzo por ocultar el desprecio y la burla en su voz. En cambio, alzó una ceja. El desastre andante esperaba con genuino interés lo que Wilhelm diría a continuación. Wilhelm lo miró de frente, respiró hondo, luego desenvainó la Espada de Caballero que llevaba en la cadera y la apuntó a su enemigo mientras dijo:
—Te presentaste aquí sin ese gigantón tuyo. Theresia es la única razón por la que tu cabeza todavía está conectada a tu cuerpo. Tu vida depende de su seguridad. Ella la tiene en sus manos. No lo olvides.
—… —por primera vez, Stride guardó silencio, mientras la ola de hostilidad descarada y evidente deseo de matar lo envolvía.
De ningún modo estaba intimidado por la demostración de Wilhelm, pero su silencio ciertamente implicaba que se sentía menos en control de la situación que antes. Aunque era imposible de saber a simple vista, parecía sorprendido.
Stride, contra todo pronóstico, había sido tomado con la guardia baja. Era la primera vez que Wilhelm lo veía hacer algo tan humano.
Por supuesto, esa muestra de humanidad duró solo un instante. Entonces la expresión en el rostro del desastre andante cambió, incongruentemente, a una sonrisa.
—Divertido… harto divertido, ¡perro ladrador! ¡Je! ¡Je! ¿Ansí que es tu mujer quien tiene la vida de mi venerable persona entre sus manos? Solo un completo cretino o un verdadero héroe sería capaz de proferir tales palabras en semejante ocasión. Me pregunto… ¿cuál de los dos eres?
—Me importa una mierda cuál sea. Mi espada será igual de rápida de cualquier forma. Si no quieres descubrir lo veloz que es con tu propio cuello…
«… entonces, démonos prisa», estaba diciendo Wilhelm obviamente, permitiendo que su aura de espadachín se hiciera aún más fuerte.
Que fue precisamente el momento en que Stride dijo:
— Tú y yo ocupamos posiciones distintas, mas paréceme que compartimos semejante talento para discernir las oportunidades.
Wilhelm se quedó sin aliento; la declaración de Stride rebosaba altivez, pero Wilhelm no pudo responder, pues tenía que ocuparse ante todo de rechazar los ataques que llegaban de izquierda y derecha. Hubo una serie de chirridos de metal contra metal, y varios objetos se incrustaron en el suelo y las paredes de la habitación.
Armas de metal negro forjado: kunai, para colmo, como las que había visto en la taberna. Eso demostraba que estaba lidiando con…
—¡Shinobi!
—Asaz perspicaz.
Mientras Wilhelm desviaba otra arma, la respuesta a su exclamación llegó desde una sombra oscura que se lanzó de un lado a otro de la habitación.
La sombra apenas parecía distinguir entre el suelo y el aire, posándose primero en las paredes y luego en el techo. Creaba un campo de batalla totalmente aparte del de alguien como Wilhelm, que se había disciplinado a sí mismo para la espada. Este era un Shinobi en su elemento.
—¡GRRRAAAAAAAHHHHH!
Wilhelm corría el riesgo de ser llevado contra su voluntad por oponentes que apenas podía ver, así que cortó el problema de raíz, literalmente.
Al dar un paso adelante, el viento de su espada hizo volar los muebles por la habitación, y atravesó el antiguo lugar de descanso de las sombras que rebotaban, lo barrió y lo arrancó de raíz para que no tuvieran dónde huir. Así había transformado el campo de batalla a su favor. Por supuesto, sus oponentes no se habían quedado quietos, sino que habían alternado entre bloquear con los kunai y lanzarlos. No obstante…
—¡Imprudente!
—¡Este caballero comienza a escapar a todo control!
Si sus oponentes se movían para contraatacar, bueno, por él estaba bien. Respondió a ello con golpes propios. Si las técnicas de los Shinobi podían desgarrar la carne y destrozar los huesos, entonces era simplemente cuestión de arrebatarles la victoria, con avidez, partiendo sus entrañas con su propia hoja y cortando las almas de sus cuerpos.
La espada de Wilhelm era como un destello de luz; su objetivo agachó la cabeza para esquivar el corte, así que Wilhelm le lanzó una patada frontal. El Shinobi recibió el golpe con los brazos cruzados y se estrelló de espaldas contra la pared. Wilhelm continuó con un ataque que el Shinobi evitó por poco con un giro de caderas, pero su larga bufanda fue demasiado lenta para escapar y quedó sujeta en la pared, y de repente, la sombra oscura ya no era tan ágil.
La sombra ágil —casi se podría decir descarada— se detuvo, y finalmente, el verdadero rostro del oponente de Wilhelm se hizo visible.
Era un joven de cabello blanco corto y un cuerpo delgado y fornido producto de mucho entrenamiento. Estaba envuelto de negro de pies a cabeza, con la boca cubierta por una máscara. Wilhelm no pudo evitar notar que el muchacho era más joven de lo que podría haber esperado, pero eso no ralentizaría su espada.
Tomó su hoja, todavía clavada en la pared, y la arrastró hacia un lado, esperando partir a su oponente a la mitad, pero justo cuando plantó el pie firmemente en el suelo, lo sintió atrapado por algo.
—¿Ehh? —tomó aire bruscamente, y en ese momento, sintió el aire a su alrededor deformarse mientras el puño del Shinobi se estrellaba contra él.
Retiró su espada e intentó bloquear con su funda, pero el impacto ignoró sus defensas, haciendo que sus costillas y órganos internos gritaran. La tremenda fuerza del golpe sacó a Wilhelm volando hacia atrás contra la pared opuesta.
El puñetazo, producto del entrenamiento inhumano al que se sometían los Shinobi, fue tan penetrante que no solo hirió el cuerpo de Wilhelm, sino que también alteró el propio flujo de maná dentro de él.
—Mmhmg… ¡Aghgh…!
Para la mayoría de los guerreros, el maná fluía inconscientemente a través de sus cuerpos. Que se lo alterara equivalía a olvidar cómo mover los brazos y las piernas o perder la noción de cómo sostener la espada.
En el campo de batalla, donde un instante de distracción podía ser mortal, la ralentización ponía en peligro la vida.
—¿Ello es todo cuanto vos sois capaz de ofrecer? Debo confesar que me decepciona en exceso —dijo el Shinobi.
Mientras Wilhelm batallaba por hacer que sus manos y pies pelearan por él, fue sacudido por esa sonrisa burlona. En su mente, vio a Stride sonreír con frialdad, pero entonces, la imagen fue reemplazada por la sonrisa gentil de Therese. Así, un fuego se encendió dentro de él.
—¡Mmmgaaahhh!
Wilhelm empujó sus hombros hacia adelante, literalmente despegándose de la pared, y se enfrentó al Shinobi que cargaba contra él como un animal salvaje.
El kunai vino hacia él tan recto como una flecha, acompañado de otra hoja voladora y giratoria. Wilhelm se encargó de ambos con movimientos rápidos, los cortes más eficientes posibles de su espada.
Aun así, incluso con esas amenazas eliminadas, la verdadera arma, el propio Shinobi, seguía avanzando con un rugido.
Wilhelm plantó sus pies en el suelo con tanta fuerza que parecía que las tablas del piso podrían romperse, listo para detener al oponente que se abalanzaba. Entonces lo sintió de nuevo: la misma sensación de antes, esta vez envolviéndole los tobillos…
—¡¿Grh?!
Levantó el pie tan rápido como pudo, y con él vino el segundo Shinobi, que se había aferrado a su tobillo. Wilhelm lo sacó de la sombra como un pez fuera del agua. No sabía si era magia o pura artesanía, pero de alguna manera, el Shinobi había estado escondido dentro de la propia sombra. Wilhelm lo arrastró al propio campo de batalla, pateándolo hacia el primer Shinobi que se abalanzaba.
—¡GRRRAAAAAAAHHHHH!
El primer Shinobi, que cargaba hacia adelante, y el segundo, que pateaba hacia atrás, colisionaron en el aire. Wilhelm lanzó un único golpe de todo o nada, con la intención de eliminar a ambos a la vez. La fuerza del golpe hizo temblar sus propios brazos, y los dos Shinobi salieron volando hacia atrás.
No obstante…
—Puff. Sí que son unos cabrones persistentes, ¿eh? —gruñó Wilhelm.
—He de decir que vos sois un guerrero formidable.
—Ciertamente. Non aguardábamos que combatieseis con tal brío.
Ante Wilhelm estaban los dos Shinobi. Cada uno sangraba abundantemente por un brazo, uno por el izquierdo, el otro por el derecho. Aun así, habían logrado cooperar para no ser masacrados.
Los dos Shinobi se parecían mucho. De hecho, sus complexiones y sus rostros eran casi idénticos. Sospechaba que eran hermanos gemelos. Su coordinación en batalla era casi imposible de creer, a menos que hubieran sido entrenados para ello desde el momento de su nacimiento.
En ese momento, Stride intervino.
—Ya veo —dijo—. Entre todos mis peones, aun vosotros, Generales, non sois capaces de lograr sino aquesto.
La lucha mortal había durado apenas unos diez segundos, tiempo insuficiente siquiera para parpadear.
Stride ni siquiera se había movido de la posición en que estaba sentado cuando Wilhelm entró en la habitación, arrellanado en el sillón como si estuviera viendo un espectáculo puesto para su diversión. Era difícil decir si eso era una muestra de coraje absoluto o la evidencia de que su capacidad para sentir miedo y tensión había muerto dentro de él…
—Agora me queda claro que, si mi deseo es detenerte, con Ocho Brazos he de hacerlo. Por mucho que péseme admitirlo, bien has hecho en adiestrarte hasta tal extremo, non siendo siquiera peón de los Observadores. Mi venerable persona una loa te concede.
—¿Un elogio? Hijo de… ¿Qué estás pensando siquiera?
La mesa había quedado destrozada, y el suelo estaba lleno de vajilla que había caído de los estantes maltratados. Y Stride apenas prestaba atención al hombre que había luchado en medio de tanta destrucción, en lugar de eso ofrecía una loa ociosa. Wilhelm sintió algo más parecido al desprecio que a la ira.
Había tenido la oportunidad de enfrentarse a Stride, de hablar con él —si no de la manera que hubiera deseado— y ahora descubría que apenas podía entender su conversación.
Habría sido mejor si hubiera estado hablando con una bestia que no pudiera comprender sus palabras. Pero Stride no era una bestia. La falta de respuesta que Wilhelm percibía en este hombre lo llenaba de un tipo diferente de repugnancia.
Esa impresión solo se vio reforzada por la mirada muerta en los ojos de Stride.
—Trivial, necia y sin remedio, tu pregunta es —dijo Stride—. Respondídola he ya. A aquestas alturas deberías saberlo. Todo cuanto hago es para mi diversión.
—¿Me estás diciendo seriamente que hiciste todo esto solo por algún juego, por un capricho?
—Qué necedades dices. ¿Por qué has de confundir diversión con capricho? Estimulante es la diversión porque un designio trazas, bien meditas cada cosa, y luego te tomas el tiempo y el esfuerzo de aparejarla.
—… —Wilhelm no respondió.
Lo que sea que Stride le dijera, la lógica era como si estuviera al otro lado de una Gran Cascada; más que suficiente para convencer al Demonio de la Espada de que incluso intentar entenderlo era una tarea inútil.
Los Shinobi, que simplemente habían disfrutado del aura de la batalla en silencio, ahora hablaron inesperadamente para dar un consejo a su Señor.
—Mi Señor, humildemente os rogamos que a aqueste caballero non antagonicéis más —suplicó uno.
—Lejos de triviales se hallan las lesiones que mi hermano mayor y yo hemos sufrido. Mucho tiempo non podemos permanecer aquí —añadió el otro.
A pesar de su informe, sus heridas, que deberían haber sido al menos potencialmente mortales, ya habían dejado de sangrar. ¿Tenían algún tipo de medicina que hubieran usado, o simplemente ejercían tanto control sobre sus propios cuerpos? Sea cual fuera la razón…
—Ni por un instante piensen que alguno de ustedes va a volver a casa con vida —dijo Wilhelm.
Podía hablar todo lo que quisiera; Stride no era lo bastante blando como para revelar si Theresia estaba a salvo. Y sería peligroso dejar que los Shinobi recuperaran más fuerza. Esto, decidió Wilhelm, era el momento de atacar.
Por otro lado…
—¿Recuerdas, por ventura, mis anillos? —preguntó el desastre andante, justo cuando Wilhelm comenzaba a moverse.
Lo terrible era que incluso si Wilhelm hubiera sentido que era la decisión correcta ignorarlo y simplemente eliminarlo, este tema lo habría detenido.
Wilhelm apretó los dientes, mientras Stride levantaba las manos de forma demostrativa. Había anillos en cada uno de sus dedos. No, no en todos. El meñique de su mano derecha estaba desprovisto de uno.
El anillo que una vez había adornado ese dedo se llamaba el «Meñique Escarlata», y había otorgado la maldición que amenazó la vida de Bertol, el padre de Theresia y suegro de Wilhelm. Esa maldición se había roto, el anillo destruido como prueba de la victoria de Wilhelm en la «Danza de la Flor Plateada», pero Stride poseía otros nueve anillos como ese, y Wilhelm jadeó al verlos de nuevo.
—Mjumjaja —Stride rio entre dientes ante esto, y al instante siguiente, los anillos en los dedos medio e índice de su mano derecha brillaron—. El «Índice Jade» y el «Medio Ámbar» —dijo—. Por deudos del «Meñique Escarlata» puedes considerarlos.
—¿Qué? ¿Crees que vas a maldecirme esta vez con esos anillos?
—Si maldiciones pudiese prodigar a diestra y siniestra, bien, divertido sería ello a su manera. Mas aun para los «Diez Mandamientos de la Soberbia» orden apropiado existe. Non es mi designio imponer semejante maldición sobre aquellos como tú. Tan solo las bases asiento para el día que ha de venir.
—¿De qué estás…?
«… Hablando», iba a decir Wilhelm, pero nunca tuvo la oportunidad. Los dos Shinobi, que habían permanecido en silencio, se movieron antes de que pudiera terminar la frase, atacando de nuevo a Wilhelm al unísono.
—¡Mierda! —aulló Wilhelm, dándose la vuelta hacia los Shinobi, que venían hacia él con kunai en mano.
Rechazó sus ataques iniciales, idénticos y reflejados, con la mayor fuerza posible— y entonces, lo notó… Uno de los Shinobi tenía ojos de color jade, y el otro ámbar, brillando con los mismos colores que los anillos de Stride.
Con el «Meñique Escarlata», Stride había puesto una maldición sobre Bertol que limitaba su propia vida. Debía de estar controlando a estos Shinobi con hechizos similares de sus anillos para obligar que hicieran lo que él deseaba.
—¡¿Tampoco son en realidad tus compañeros?! —exclamó Wilhelm.
—¿Es que nunca has jugado al shatranj? Non soy tan perverso como para tener por «compañeros» a mis peones sobre el tablero. Y aun podría añadir…
—¡¿Qué?!
—… La mujer que hallé en aquesta mansión, agora se halla tomando una breve siesta en el piso superior.
En el momento en que oyó eso, todo se volvió blanco para Wilhelm. Los golpes de su espada rechazaron a los Shinobi hechizados de Stride. Wilhelm despachó a los «peones» de su enemigo —que luchaban a pesar de sus heridas, y posiblemente contra su voluntad— de un solo golpe, y entonces el Demonio de la Espada se lanzó contra Stride, con su hoja brillante mientras cortaba el aire, hacia el vil rostro del villano…
Un instante antes de que la estela plateada atravesara al desastre andante, los ojos de Wilhelm se abrieron ampliamente ante una interrupción inesperada. Esta tomó la forma de un espejo de bolsillo que había aparecido de repente en la palma de la mano de Stride. El hombre abrió la tapa y lo giró hacia Wilhelm, quien vio en él el rostro de una mujer que no reconoció.
—Hazlo —ordenó Stride.
—Sí, Su Excelencia —respondió la mujer en el espejo.
Su cabello era de color ceniza, y sus ojos estaban suavemente cerrados; ante la palabra de Stride, se abrieron lentamente. Wilhelm se encontró con sus ojos, en los que había un patrón retorcido, como una telaraña.
Wilhelm comenzó a sentir un frío que lo envolvía por completo, como si estuviera atrapado en una telaraña igual al patrón…
—¡Mi Señor!
Wilhelm luchó contra el terror, arremetió con su espada, que destrozó el espejo junto con la mujer en él. No obstante, no logró alcanzar al desastre andante más allá y quitarle la vida; Stride fue salvado por uno de sus Shinobi, que lo agarró por el cuello de su ropa y lo arrastró hacia atrás. El espejo cayó y se hizo pedazos a sus pies.
—Muy lejos ha llegado ya vuestra broma, mi Señor. Que aquesto sea su final.
Ante estas palabras de consejo del Shinobi que lo había salvado de la muerte por muy poco, el desastre andante solo resopló. Luego fijó sus ojos en Wilhelm, que acababa de perder la oportunidad de su vida, y dijo:
—Mis planes se hallan ya en marcha. Con expectación puedes aguardar la próxima ocasión.
—Es…
«Espera», estuvo a punto de gritar Wilhelm, pero antes de que pudiera pronunciar la palabra, hubo una explosión de humo blanco que llenó la habitación y le impidió ver absolutamente nada.
El otro Shinobi, el que no había salvado la vida de Stride, había arrojado algo contra el suelo para crear una cortina de humo. Entre la pantalla, Wilhelm inmediatamente levantó una ráfaga de viento con su arma, pero nunca iba a atrapar a su presa de esa forma.
Lo habían superado, completa y absolutamente. Peor aún, si lo que Stride había dicho era cierto, entonces antes de que Wilhelm siquiera hubiera llegado a casa, Stride ya había puesto sus manos sobre Theresia…
—¡¿Q-qué es todo esto?! ¿Qué rayos está pasando aquí? ¡Wilhelm! ¡¿Wilhelm, estás ahí?!
—¡¿Theresia?!
Justo cuando estaba rechinando los dientes de miedo e ira, Wilhelm se sobresaltó ante la voz que oyó al otro lado del humo. Se apresuró hacia ella, saliendo de la habitación y dirigiéndose hacia una figura cerca de la entrada de la mansión —más bien, dos figuras. Resultaron ser Theresia y Grimm, ambos con los ojos bien abiertos.
—¡Theresia! —en el momento en que la vio de pie allí, Wilhelm corrió hacia ella y la envolvió en sus brazos. Nada más le importaba. Ella dejó escapar un pequeño grito por el abrazo repentino, pero, vacilante, terminó por corresponderlo.
—E-estoy bien, Wilhelm, así que trata de calmarte. Umm… ¿Qué pasó aquí?
—Eso es lo que me gustaría saber. ¿Por qué vienen desde fuera?
—¿Qué quieres decir con por qué? Grimm y yo fuimos a comprar. Pero entonces, entramos por la puerta y vimos humo por todas partes… —a pesar de su evidente confusión, Theresia respondió a la pregunta de Wilhelm por completo.
—… —Wilhelm miró a Grimm, quien asintió firmemente como para decir que no tenía nada que añadir.
Resultó que Stride y sus secuaces no habían dirigido sus proverbiales colmillos contra Theresia después de todo. El saberlo le produjo un profundo alivio.
—Pero… Espera —dijo—. Si no estaba hablando de ti, ¿quién era esa mujer que mencionó?
Quizá había sido simplemente un farol para desconcertar a Wilhelm. Eso sería lo mejor que podían esperar. Pero esa parecía una interpretación ingenuamente optimista cuando se trataba de ese desastre andante.
Wilhelm palideció y gritó:
—¡El segundo piso!
—¿Qué…? —preguntó Theresia sobresaltada.
—¡…! —fue Grimm quien sintió la tensión y respondió.
Como el Subcapitán que era, obedeció a su Capitán al instante, lanzándose como si fuera disparado hacia las escaleras del segundo piso. Wilhelm iba justo detrás de él, arrastrando a Theresia del brazo.
Allí, en el dormitorio de Wilhelm y Theresia, directamente encima de la sala de estar, encontraron a…
—¡Argh!
—¡¿Carol?!
Sus exclamaciones se dirigieron al centro de la habitación, donde una mujer estaba sentada en una silla: Carol. Ella, no Theresia, era la mujer que habían dejado en la casa.
Estaba sentada erguida, con los ojos cerrados como si durmiera. Sus brazos y piernas parecían libres, sin ataduras, y no tenía heridas externas evidentes.
Conociendo a Carol, era imposible creer que un encuentro con Stride y sus Shinobi la hubiera dejado ilesa.
—¡A̵͒o̶̿o̷͒l̸̋͂l̴̒͐! ¡A̸͑ȏ̷o̸͐l̸̳̀̕l̸͓̕! —aulló Grimm, sacudiendo sus delgados hombros en un esfuerzo por despertarla.
Theresia lo apartó y tomó la mano de Carol, con el rostro pálido, y dijo:
—¡No, Grimm, no empeores esto! Tenemos que empezar por llevarla a la cama…
Wilhelm y Grimm se miraron el uno al otro, luego se prepararon para levantar a Carol y cargarla, pero en ese momento, sus largas pestañas se agitaron, y de sus delgados labios emergieron las palabras:
—¿Lady… Theresia?
Los propios ojos de Theresia se agrandaron. Los ojos verdes de Carol se abrieron lentamente, y parpadeó varias veces antes de darse cuenta realmente de que Theresia estaba allí.
—¿Carol? ¿Estás bien? ¿Me reconoces? —preguntó Theresia.
Carol parpadeó unas cuantas veces más.
—Yo… ¿Qué es…? Recuerdo haberlos visto a usted y a Grimm irse… —sonaba como si acabara de despertarse de un sueño profundo. Cuando sus recuerdos regresaron, sus ojos se abrieron de golpe y dijo—: ¡Cierto! ¡Vi las sombras moverse, alguien entró en la casa! Y era…
—Ya se fue —dijo Wilhelm—. Lo ahuyenté… O, supongo que debería decir, huyó.
—Wilhelm… Ya veo. Si tú y Lady Theresia están bien, entonces eso es suficiente para mí —Carol estaba claramente angustiada por lo que recordaba de los momentos antes de perder el conocimiento, pero intentó mantener una fachada valiente.
Aunque pudiera estar afligida, al menos sus respuestas eran coherentes. Era extraño que los tres intrusos la hubieran dejado allí, pero si estaba a salvo, eso era lo que importaba. O eso creían.
—A̸̢̱̬̍o̸̓o̶͛l̸̒̃l̷̈ —dijo Grimm, claramente aliviado de ver a Carol consciente y a salvo de nuevo.
Había pasado detrás de ella para ayudar a levantarla y meterla en la cama, así que solo entonces se dio cuenta de que él estaba allí. Ella se dio la vuelta y abrió la boca para pronunciar el nombre de su amado, pero…
—… Ah… Aaghh… —sus ojos se abrieron de golpe bruscamente, y solo un aliento ronco y áspero escapó de sus labios.
Grimm palideció y gritó:
—¡¿Ả̶R̸̐Ȯ̴L̸̒?! ¡¡¡Ä̶́R̴̍O̶̕O̷̊O̴̒L̴̆!!!
—¡¿Qué?! ¡¿Carol?! —exclamó Theresia—. ¿Qué te pasa? ¡Resiste!
—¿Qué dem…? Su garganta… —exclamó Wilhelm.
“No, no es su garganta.”
—¡¿NO PUEDE RESPIRAR?! —gritó Theresia.
Wilhelm apartó a su esposa de un empujón y agarró los brazos de Carol mientras ella se arañaba el cuello. Era aterrador: parecía que se estuviera ahogando.
La explicación pronto apareció en su pálido cuello, claramente visible.
—¿Un moretón…? ¿De una mano negra?
El cuello de Carol comenzaba a sangrar por sus propios arañazos, pero aún más prominente era un oscuro moretón con forma de mano. No había, por supuesto, ningún apéndice real allí. Aun así, incluso en ese mismo momento, en el presente progresivo, Carol estaba siendo estrangulada por la mano que producía ese moretón y luchaba por respirar.
La imagen de la sonrisa burlona de Stride pasó fugazmente por la mente de Wilhelm, casi volviéndolo loco de ira.
Por otro lado, escuchó una voz lo hizo volver en sí, diciendo:
“¡Wilhelm!”
Wilhelm sacó a Carol de su silla; sería más rápido que él la cargara a que Grimm o Theresia lo hicieran.
—¡Tenemos que llevarla con un sanador o…! ¡No! ¡Roswaal debe de seguir en la taberna!
Si esto era parte de los horribles planes de Stride, entonces el hospital no podría ayudarlos, pero Roswaal quizá sí. Tendrían que apostar, confiando en que ella pudiera hacer algo.
—¡Theresia! ¡Grimm! —gritó a sus dos compañeros paralizados—. ¡Informen al castillo de lo que está pasando! Yo encontraré a Roswaal y…
—¡Aaaah…! ¡Agh…! ¡Cof, cof!
—¿Qué? —Wilhelm aminoró el paso justo cuando estaba a punto de salir volando del dormitorio.
Carol, que había estado en tan desesperada situación en sus brazos el instante anterior, tosió y comenzó a inhalar aire. La presión de la mano invisible había soltado su cuello, permitiéndole respirar.
—Jhmm… ¡Ahh…! ¡C-cof, cof!
—¡Carol! ¡¿Puedes volver a respirar?! —exclamó Wilhelm.
—S-sí… De alguna forma, p-puedo. P-por el momento —aún estaba jadeando, mas estaba libre del peligro inmediato de sofocarse.
—C-Carol, ¿estás segura de que estás bien?
—Sí, Lady Theresia. Siento haberla preocupado… Y a ti, Grimm.
Ahora estaba de pie por sí sola, aunque todavía se apoyaba en el brazo de Wilhelm. Sus ojos se llenaron de lágrimas por el dolor, pero se las arregló para ofrecer una disculpa; los otros dos sacudieron la cabeza de un lado a otro. Entonces Grimm extendió la mano para tocarla de nuevo.
“Wilhelm…”
—Alto, Grimm. No la toques —Wilhelm puso una mano en la muñeca de Grimm. Había notado algo extraño.
—¿Wilhelm? ¿Qué pasa ahora? —preguntó Theresia, nerviosa.
—Su cuello —fue todo lo que dijo Wilhelm.
—Ah —Theresia miró a Carol y jadeó suavemente.
La oscura impresión de una mano comenzaba a aparecer de nuevo en el cuello de Carol.
En el momento en que Wilhelm apartó el brazo de Grimm, comenzó a aclararse. Pero cuando Grimm dio un paso al acercase, se oscureció y se volvió amenazador…
—Vamos a ver a Roswaal —dijo Wilhelm. Ya tenía una buena idea de lo que estaba pasando.
Los cuatro salieron de la casa, bajo una nube compartida de ansiedad y miedo, buscando cualquier rayo de esperanza. Tuvieron cuidado de mantener tanta distancia como fuera posible entre Grimm y Carol.
—Está bien, Carol. Estoy segura de que todo saldrá bien —dijo Theresia, que sostenía la mano de Carol en lugar de Grimm e intentaba tranquilizar a la asistente a quien apreciaba como a una hermana. Trataba de ayudar a todos a aferrarse a la esperanza mientras corrían.
No obstante, todos sabían que la esperanza era débil en el mejor de los casos.
Sección 2
—No hay duda de que Stride te tiene a ti y a tu esposa por objetivo —dijo Bordeaux, habiendo concluido su inspección del dormitorio de la mansión hecha un caos.
Wilhelm no sentía más que ira ante aquello: ¿Por qué perdía Bordeaux su tiempo contándole cosas que ya sabía?
“No mires tan mal al Joven Señor. Tú lo sabes tanto como él.”
—No me pongas esa mirada. No necesito que me digas qué tan mal la he cagado.
Wilhelm debía de estar clavando dagas con la mirada a Bordeaux. Ante la reprimenda de Bordeaux —y de otra voz—, Wilhelm se masajeó las cejas y murmuró «Lo siento». Solo había estado arremetiendo. Sentía la misma ira contra sí mismo que Bordeaux.
El hecho de que la mansión Astrea hubiera sido atacada en la propia Capital Real, a plena luz del día, era una afrenta profunda para la reputación del Reino.
—A menos que mis ojos me engañaran, esos Shinobi con Stride se movían entrando y saliendo de las sombras. Si pueden llevar a otros con ellos cuando lo hacen, en el peor de los casos, podrían infiltrarse fácilmente en el castillo.
—Tomaremos todas las precauciones —dijo Bordeaux—. Pero hay muchos secretos en torno a los Shinobi y sus habilidades. Y el Reino sabe poco de esos secretos, igual que no teníamos idea de las contramedidas mágicas al inicio de la Guerra Semihumana.
—Confiamos en el Dragón para todo, sin perfeccionar nuestras propias habilidades, y ahora el precio lo estamos pagando —dijo Wilhelm.
—Ahí tienes razón. En este momento, un solo secuestro podría sacudir los cimientos de todo el Reino —Bordeaux colocó una de sus grandes manos en su amplia frente, suspiró profundamente y miró hacia el techo. Wilhelm también miró, y su mente viajó hacia el tejado… no, hacia el segundo piso.
En el dormitorio de arriba, Roswaal estaba examinando a Carol. Theresia y Grimm estaban con ella. Por el momento, los extraños síntomas de Carol parecían haber disminuido.
—¿Cómo está nuestra joven Carol? —preguntó Bordeaux.
—No es lo que se llamaría dormida, pero deja que Roswaal la examine. Tuvimos suerte de que esto pasara mientras aún estaba en la capital —dijo Wilhelm, y luego pateó el suelo, furioso por su propia respuesta—. ¡Maldición!
Wilhelm sentía que no estaba en posición de hablar de buena suerte. Había visto con sus propios ojos la mano oscura que apretaba el cuello de Carol. Pensar en el dolor que Theresia y Grimm debían estar sintiendo solo empeoraba las cosas. Ambos habían salido de compras, dejando a Carol en la casa —por eso ella sufría así. Los dos habían evitado la desgracia por pura coincidencia.
“Espera… ¿Fue en verdad una coincidencia?”
“Una vez que empiezas a pensar, no hay fin. Si llegas a creer que estás lidiando con una Bruja, con alguien o algo que no puedes controlar, entonces caes directamente en la trampa de tu enemigo”, dijo una voz conocida en la cabeza de Wilhelm.
—Créeme, lo sé. Ese desgraciado no es más que un puto loco.
—… —Bordeaux puso una mano en el hombro de Wilhelm, diciendo:
—Cálmate, Wilhelm. Grimm ya perdió la cabeza. No podemos permitir que tú sigas el mismo camino. Eso sería caer en la trampa del enemigo.
—¡Trampa esto, trampa aquello! ¡Maldición! —apartó a Bordeaux de un empujón y soltó el aire de golpe.
Era un error pensar que cada mínima cosa era producto de los planes y cálculos de Stride. Era innegable que el desastre andante no había previsto que Theresia estuviera fuera de casa en el momento de su ataque. Eso fue mérito de Grimm. Solo él había predicho el asalto de Stride.
Aun así, incluso para esa suposición, no había pruebas de ello…
—El instinto de Grimm nos ha salvado el pellejo más de una vez —dijo Bordeaux.
—Siempre es tan humilde, pero parece consciente de que tiene buen instinto. Aunque debe estar matándolo saber que eso le llevó a ir con Theresia y dejar a Carol en la casa.
“¿Lo siente con la misma intensidad que el orgullo que le produce servir a su unidad?”
Eso dejó a Wilhelm sin palabras. Grimm era un miembro esencial del Escuadrón Zergev, incluido su instinto. En cierto modo, se podía decir que estaba a la altura de Wilhelm y Bordeaux en pura valentía, o quizás incluso por encima de ellos. Incapacitar a Grimm, ya fuera deliberado o no, era una de las mejores jugadas que Stride podía haber hecho.
La voz conocida tenía razón. Wilhelm no quería temer a Stride más de lo justificado, como si el tipo fuera una Bruja o algo así. Pese a eso, la idea de que incluso el azar estuviera del lado de Stride no era agradable.
Ellos también podrían usar un viento a su favor para salir adelante.
—Si me disculpan por interrumpirlos, me gustaría pasar.
Wilhelm se dio la vuelta ante la inexplicablemente alegre voz que llegaba desde la entrada de la sala. Nadie podía entrar en la casa excepto los miembros del Cuerpo de Caballeros. Era inconcebible que un extraño hubiera entrado.
No obstante, el hombre que sonreía en el umbral ciertamente no parecía uno.
—Ah, estás aquí. Está bien, déjenlo pasar. Yo lo llamé —dijo Bordeaux.
—Así es, nuestro querido Bordeaux me invitó, así que déjenme pasar —el hombre sonrió, con el ánimo claramente intacto a pesar de las espadas que los Caballeros le habían apuntado.
Pasó junto a ellos como si fuera del lugar. Wilhelm se movió para hacerle frente, pero frunció el ceño con fuerza, lleno de dudas y confusión. El hombre se encogió de hombros, y dijo:
—Oh, vamos. ¿No me digas que ya me olvidaste? Tendrías que ser el tipo más ingrato del mundo. Recuperaste a tu esposa gracias a mi consejo, ¿verdad? Seguro que recuerdas a Orphe Seis Lenguas.
—No te he olvidado —dijo Wilhelm lentamente—, que es precisamente por lo que pongo esta cara. ¿Qué vienes a hacer aquí, estafador?
El hombre actuaba con demasiada confianza.
—¡Uff! —exclamó, dándose una palmada en la cabeza.
El gesto teatral le sentaba muy bien. Era alto y delgado, con un rostro y una voz que podían resultar atractivos para cualquiera, sin importar su género. Los aprovechaba para hacerse un nombre en el Reino: lo conocían como Orphe Seis Lenguas. Su relación con Wilhelm era la que podríamos llamar compañeros de celda, pues habían pasado un breve periodo juntos en una torre de prisión.
—Mira a tu alrededor. En esta sala no hay más que hombres —dijo Wilhelm—. Arriba hay tres damas, pero no tienen tiempo que perder contigo.
—Ay, qué frío, amigo mío, qué frío. Supongo que no sabes que el corazón y el bolsillo de una mujer nunca están más abiertos que cuando tiene la espalda contra la pared.
—En serio, ¿a qué viniste? Puede que te hayan dejado salir de prisión, pero veo que sigues empeñado en desplumar mujeres.
—Oh, sí, tienes razón. Pero esta vez lo hago por el bien del estado, ¿eh? —Orphe guiñó un ojo, tan despreocupado como siempre.
Wilhelm, molesto por las monsergas insustanciales de Orphe, extendió la mano dispuesto a echar al hombre, pero Bordeaux lo detuvo.
—Espera —dijo—. Como ya te dije, yo lo llamé. Diablos, tú mismo me dijiste que podría ser útil. Y tenías razón: es un hablador rápido y piensa con agilidad. Ha sido un activo valioso.
—¿Él? ¿Estás loco?
—Sé que todos están nerviosos y se sienten acorralados, pero no es forma de hablar para el tipo que me recomendó. Puede que no lo parezca, pero estoy muy agradecido contigo y con tu compa Bordeaux.
—Otra cosa que puede que no parezca, pero que resulta ser que es un trabajador sorprendentemente leal —añadió Bordeaux.
“Siempre ambiguo sobre si está elogiando a alguien o no. Una valoración muy propia del Joven Señor.”
Orphe no parecía especialmente agradecido por la descripción de Bordeaux, pero en cuanto a Wilhelm, suspiró y luego intentó dejar de lado el contacto que había tenido con Orphe antes de esto y enfrentar el momento presente: averiguar por qué Bordeaux había llamado a un tipo con tal agilidad mental a aquel lugar.
—No intentarás decirme que eres algún tipo de especialista en magia o hechizos, ¿verdad? —dijo Wilhelm—. Entonces, ¿qué sabes hacer?
—Solo he sido bueno en una cosa: hablar. Esta lengua me abre puertas en la capital, diablos, en todo el Reino, que nunca podrías imaginar. Cosas que la gente jamás le contaría a un tipo con un título oficial y una actitud tan rígida, las sueltan más rápido de lo que crees si solo te haces su amigo.
—Haciendo honor a tu nombre, ¿verdad, Seis Lenguas? —dijo Wilhelm—. ¿Y sacas algo de todo ese trabajo?
—Oh, bastante.
Los ojos de Wilhelm se agrandaron un poco más ante la respuesta rápida y clara de Orphe.
—Pero puede que no te guste mucho —añadió—. Me enteré de cómo los pequeños sirvientes de ese tipo se movían entre las sombras. Lo que significa que esto no es un simple juego del escondite, pero pensé: no pueden vivir en esas sombras por siempre, ¿verdad?
—Yo… supongo que no —dijo Wilhelm, con la mano en la barbilla—. No pueden ser tan anormales.
Pensó en un momento particular que le llamó la atención. En aquella última interacción, Stride le había mostrado un espejo, probablemente uno de esos «Espejos Comunicantes» o algo parecido que permite ver a alguien con un espejo similar que se encuentra lejos. Wilhelm no reconoció a la mujer que vio allí, pero aquello revelaba información que podía reforzar la inferencia de Orphe.
“La mujer no estaba en ninguna sombra, sino en algún tipo de edificio”,opinó la voz conocida.
—Si era alguien que no podía llevar al combate, la habría dejado en algún lugar seguro. Si pudiera permanecer en las sombras para siempre, lo habría hecho. Es decir, no podía.
—Te oigo, amigo, y estoy de acuerdo —dijo Orphe—. Lo que significa que ese grupo debe tener alguna guarida en algún lugar, fuera de las sombras. En algún lugar aquí mismo, en el Reino de Lugunica. Para ir al grano…
—Hay alguien aquí en el Reino que está ayudando a Stride y sus secuaces —concluyó Bordeaux.
—Me quitaste las palabras de la boca —dijo Orphe, chasqueando los dedos.
Su advertencia había sido acertada. Este era el tipo de información que podía hacerles caer en una espiral descendente. Saber que había un traidor en algún lugar del Reino que colaboraba activamente con el desastre andante y sus Shinobi.
—Hay que suponer que les da información, una base de operaciones, y probablemente comida y refugio. Si realmente los está ayudando a entrar y salir del Reino, entonces la situación podría estar realmente fuera de control —dijo Orphe.
—Y él tiene formas de hacer que la gente lo ayude, aunque no quiera —murmuró Wilhelm.
Había visto cómo los anillos en los dedos de Stride —los «Diez Mandamientos de la Soberbia» o como sea que los llamara— habían forzado a los dos Shinobi a obedecerlo. Luego estaba la maldición sobre la vida de Bertol, y el moretón oscuro que afectaba a Carol, que probablemente también podía atribuirse al poder de los anillos de Stride. Todos sus poderes eran horribles, y ninguno dejaba claro cuáles podían ser los demás.
¿De qué era capaz? La pregunta se aplicaba tanto a su humanidad como a sus habilidades, y ambas respuestas eran profundamente inquietantes.
—Seguiré husmeando, mi buen hombre —dijo Orphe—. Pero hay una cosa para la que quiero tu autorización —dijo eso mientras alzó un solo dedo.
Bordeaux le indicó solo con la mirada que continuara, y Orphe, poniendo una expresión muy seria en su rostro, dijo:
—Quiero el derecho a contactar con las células de la Alianza Semihumana en todo el Reino. E interrogarlas de ser necesario.
Sección 3
Bordeaux había escoltado a Orphe de vuelta al castillo, diciendo que su solicitud requeriría ciertos arreglos y debate. Había sido insistente al dar órdenes de avisarle si el estado de Carol cambiara mínimamente. Aunque había ascendido tanto en el rango, todavía parecía el Capitán del Escuadrón Zergev.
Todos eran insustituibles compañeros de armas para Bordeaux: Wilhelm y Grimm, y aunque tampoco es necesario recordarlo, también Carol. Los tres habían luchado a su lado durante todo el conflicto civil.
“Me parece que, tal como estás ahora, tienes el mismo sentido de compañerismo que el Joven Señor.”
—No me vengas con eso. No tienes por qué pincharme con cada pequeña cosa —respondió Wilhelm.
“Disculpe usted. Es que me encuentro con tantas ganas de comentar sobre la juventud. Siempre fui así, incluso en vida.”
—… —Wilhelm guardó silencio.
“¿Mm? Intentaba hacer un chiste.”
—No tuvo gracia —la persona que conversaba con Wilhelm inclinó la cabeza inocentemente, pero los labios de Wilhelm se torcieron por la molestia.
Una vez que Bordeaux y sus hombres se fueron, Wilhelm ordenó a los Caballeros que hicieran guardia fuera, sacándolos así de la habitación. Ahora por fin tenía tiempo para concentrarse en el problema que tenía delante; el que literalmente podía voltearse y encarar. Que sería…
—Pivot.
“Me resulta un poco más que extraño oírte llamarme así. Algo extraño, una oportunidad para que los vivos intercambien palabras con alguien ya fallecido”, quien hablaba miró a Wilhelm a través de un monóculo en su ojo derecho.
Su cabello era castaño y tenía un aspecto intelectual. Era agradablemente apuesto, pero podía dar una impresión fría y distante a simple vista.
Aun así, sería una impresión equivocada. Cada miembro del Escuadrón Zergev, Wilhelm más que nadie, sabía que en el pecho de este hombre habitaba el espíritu de la verdadera caballería.
El nombre del hombre era Pivot Arnancy. Fue Subcapitán del Escuadrón Zergev durante la época de Bordeaux como su líder y había muerto en la guerra civil, Wilhelm lo presenció con sus propios ojos.
En resumen, este era un encuentro imposible.
Pivot cruzó las manos detrás de la espalda y dirigió a Wilhelm una mirada compasiva.
“Recuerdo que, durante la guerra civil, una Bruja usó una técnica secreta para reanimar cadáveres. ¿Podría tener eso alguna conexión con mi presencia aquí ahora?”
—Ella no devolvió la vida a los muertos, solo los controlaba como títeres. Tú no te pareces a ningún títere de una Bruja. Así que tú… —Wilhelm se detuvo a media frase y miró hacia abajo.
No es que tuviera que ordenar sus pensamientos —más bien todo lo contrario. Dudaba porque todo estaba demasiado claro.
Tras un largo momento, Pivot preguntó:
“¿Así que yo qué?”
—Tú… estás muerto, sin duda. Y los muertos no vuelven a la vida. Solo eres una falsificación.
“Si mi corazón fuera débil, habrías podido matarme solo con el filo de esas palabras, como el de una cuchilla.Aunque en realidad, las palabras no me mataron, pero una cuchilla ciertamente lo hizo.”
—… —Wilhelm no tuvo respuesta para eso.
“¿Ni siquiera palideces ante eso? Ah, ese es Wilhelm Trias”, Pivot asintió, apenas con un leve tirón de la barbilla, dos o tres veces, satisfecho.
Wilhelm rechinó los dientes incluso más que de costumbre.
Los ojos de Pivot, su voz, su actitud no mostraban hostilidad ni distanciamiento hacia Wilhelm. ¿Pero y qué?
Había empezado a poder ver a Pivot y oír su voz inmediatamente después de expulsar a Stride y a los demás. Eso significaba que esto era algún tipo de ataque, dejado en él por ese desastre andante. Seguir hablando con él solo haría más feliz a Stride.
—¿Regresaste solo para criticarme a estas alturas? —y aun así, los labios de Wilhelm, sus emociones, deseaban desesperadamente hablar con Pivot.
“Para nada”, respondió Pivot, encogiéndose de hombros ante la duda y confusión de Wilhelm. “Como dijiste, sería demasiado tarde para desahogar mi bilis ahora. Incluso si me convirtiera en un Hollow y apareciera ante ti, bueno, simplemente sería bastante tarde.”
—Entonces, ¿cuál es el sentido? ¿Por qué te estás mostrando así?
“Una pregunta justa. ¿Cuál es mi propósito aquí, Wilhelm?”
—Como si yo lo supiera —Wilhelm hizo una pausa—. ¿Solías ser así? —preguntó, frunciendo el ceño ante la sensación de que se estaba burlando de él. Miró detenidamente a Pivot con enojo.
Para reiterar, Pivot podría parecer tranquilo y reservado, pero era hombre suficiente para mantener a raya al Perro Loco, Bordeaux. Incluso Wilhelm, que había luchado en muchos campos de batalla por órdenes de Bordeaux —y en nombre de Bordeaux, que ciertamente deseaba haber podido estar allí—, incluso Wilhelm, que ahora era Capitán del Escuadrón Zergev, todavía sentía que tenía cosas que aprender de Pivot.
Pero dejando de lado sus cargos y la cuestión de sus capacidades en ellos…
“¿Éramos lo suficientemente cercanos, tú y yo, como para hablar de la impresión que dejamos el uno en el otro?”
—… —Wilhelm no dijo nada.
“Servimos dos años en la misma unidad… pero al final, solo éramos compañeros. No creo que nunca estuviéramos lo suficientemente a gusto como para llamarnos amigos.”
—Sí. Yo diría lo mismo. Que es lo que hace tan extraño que te esté viendo.
Pivot no había sido un amigo. Y si lo que decía era cierto, no guardaba rencor a Wilhelm por nada.
No había duda de que Wilhelm no debería estar viendo al fantasma que tenía delante. Si la aparición de esta ilusión era algún plan de Stride, entonces Wilhelm debería acabar con el humo y los espejos y…
“¡NO DEJEN… QUE WILHELM MUERA!”, tan pronto como el pensamiento cruzó su mente, oyó un grito que le siguió.
Era la voz de Pivot, en medio de la Guerra Semihumana, recibiendo el golpe mortal del enemigo para proteger a Wilhelm.
Las entrañas de Wilhelm se agitaban ahora con la ira y el asombro de aquella pérdida momentánea. Su mano estaba sobre su espada, pero frente a esta temible ilusión, no podía desenvainarla.
Wilhelm permaneció de pie, rechinando los dientes e incapaz de moverse, cuando oyó un pequeño suspiro.
“Ah, sí. Tienes razón. Siempre me tocaba la peor parte”, Pivot ajustó su monóculo y sacudió suavemente su cabeza de un lado a otro.
Era exactamente cómo actuaba cuando intentaba controlar al salvaje Escuadrón Zergev.
Después de hablar, Pivot dejó que sus ojos se cerraran. Buscaba alguna forma de mejorar la situación. Muchas fueron las veces que sus sugerencias ayudaron a llevar al Escuadrón Zergev a la victoria.
Así que…
—¡Mmagh!
“Desenvainaste, ya veo.”
Se oyó un choque de metal contra metal, acompañado por la voz de Pivot, casi desinteresada. La espada que Wilhelm había dudado tanto en desenvainar estaba en su mano casi por voluntad propia, para bloquear la espada de Pivot, que había apuntado a su cuello.
—Qué… ¿qué crees que estás haciendo?
“Carezco de arte o habilidad, pero que esto sea mi respuesta. Ahora, ¿cuál es mi propósito?”, Pivot guiñó un ojo, hablando con tanta calma como siempre, solo que el destello de su espada llegaba rápido y afilado.
—¡Tch…!
Era una ilusión. Un fantasma. Ni un Hollow ni siquiera un soldado zombi, Pivot no tenía forma física aquí. Aunque, si era así, ¿qué era esa hoja que había chocado con la espada de Wilhelm? ¿Cuál era el sentido de este combate? ¿Con qué estaba luchando y por qué? ¿Qué esperaba ganar estando aquí?
Pivot no podía esperar vencer a Wilhelm en un combate directo. Simplemente no era lo suficientemente bueno. Tenía habilidades promedio para un soldado, pero nada parecido a las que poseía un verdadero espadachín. Obviamente, no se medía con la Santa de la Espada —Theresia— así que Wilhelm, que la había vencido, podría haberlo derribado en cuestión de cinco segundos.

Y aun así, no lo hizo. No podía. Wilhelm se vio forzado a estar a la defensiva, hasta que…
“Qué vergüenza. Parece que esto es todo lo que hay”, tras varios choques sonoros, Pivot los llevó a un cruce de espadas, dejando sus hojas enganchadas una contra la otra. Su anuncio era completamente unilateral.
Por un momento, Wilhelm quedó desconcertado, y entonces, sintió una gran oleada de ira dentro de él. ¿Pivot creía que podía aparecerse cuando quisiera, llevar a Wilhelm a rastras y luego decidir cuándo se acababa todo? Eso era pasarse. ¡Y demasiado!
Los pensamientos eran claros en los ojos de Wilhelm mientras ambos permanecían con sus espadas presionadas una contra la otra, cada uno reflejado en la hoja del otro. Pivot, por su parte, solo se rio. No era una risa fría ni una burla. Era difícil decir qué tipo de risa era.
“… Wilhelm Trias. La próxima te toca a ti.”
—Aah… —Wilhelm se quedó sin aliento, y Pivot desapareció antes de que pudiera exigir qué se suponía que significaba eso.
Con la repentina partida de su compañero de combate, Wilhelm chistó ante la debilidad de su propia espada mientras cortaba el aire. La envainó de nuevo, luego miró alrededor de la ahora vacía habitación una vez más antes de darse la vuelta hacia la entrada.
—¿Wilhelm? —Theresia estaba allí, con los ojos brillantes.
—Glup… —Wilhelm tragó saliva con dificultad.
Comprendió por qué Pivot había desaparecido tan de repente; ya sea porque la situación le era menos favorable o quizás para ahorrar a Wilhelm la humillación de ser visto hablando con el aire. Cualquiera que fuese, era obvio que el fantasma de Pivot no tenía intención de hablar con Theresia.
—¿Cuál es el pronóstico de Carol? —preguntó Wilhelm.
—Estaba a punto de ir a averiguarlo. ¿Vendrás conmigo?
—Por supuesto que sí, tonta. De todas las veces, que ahora te tengas que contener conmigo… —Wilhelm se acercó y tomó a Theresia por los hombros. Se mantuvo pegado a ella hasta el segundo piso, asegurándose de que lo que sus manos sentían fuera real.
Había empuñado su espada hacía solo unos momentos, pero en sus palmas, no había rastro de la furiosa batalla contra Pivot.
Sección 4
En la habitación donde habían sentado a Carol, Roswaal entregó su diagnóstico:
—Pierde la capacidad de respirar cuando la toca aquel a quien ama. Eso, creo que podemos decir, es el yugo que el hechizo de Stride ha puesto sobre Carol.
Era más o menos lo que habían imaginado como el peor de los casos, y oírlo en voz alta solo hacía parecer al causante aún más malvado. Prohibir tocar al ser amado; ¿qué podía ver alguien en eso excepto malicia?
Carol alcanzó a decir:
—Cuando me puso el hechizo, lo oí decir «Pulgar Amatista».
Estaba hablando de lo que Stride le había hecho a su cuerpo. Dolía más que nada oír cómo se forzaba a mantenerse indiferente mientras lo decía.
—¿«Pulgar Amatista»? Eso significa… ¿que este es un hechizo similar al «Meñique Escarlata» que Stride usó en mi padre? —sugirió Theresia, con expresión sombría.
—Creo que podemos asumirlo con seguridad —respondió Roswaal—. Wilhelm informó haber oído algo sobre los «Diez Mandamientos de la Soberbia».
Wilhelm, por su parte, estaba recargado contra la pared con los brazos cruzados, mientras dijo:
—Sí —asintió.
Cada uno de los dedos de Stride parecía corresponder a un hechizo que podía lanzar: el meñique para Bertol, los dedos índice y anular para los dos Shinobi que había traído consigo, y el pulgar para Carol. La lógica empezaba a aclararse, hasta cierto punto.
—Nuestro enemigo tiene diez dedos, cada uno con un hechizo que puede controlar la voluntad de otros. Conocemos cuatro de ellos, pero podría haber hasta seis más —dijo Roswaal.
—Podría tener sentido si Ocho Brazos está trabajando con él bajo la influencia de uno de esos anillos —dijo Wilhelm—. Se veían bastante compinchados, pero simplemente no lo sabemos.
—Ah, ya veo. Incluso si tienes razón, eso significa que podría haber otros cinco que no conocemos. Incluso eso de los «Diez Mandamientos de la Soberbia» podría ser simplemente un engaño; quién saaaabe si sus dedos de los pies también podrían participar.
Era un pensamiento escalofriante, pero Stride era lo suficientemente cruel como para que nadie pudiera decir que era imposible.
—Hay algo más importante —interrumpió Theresia. Se había sentado junto a Carol en la cama y había puesto sus brazos suavemente sobre los hombros de la joven—. ¿No hay nada que puedas hacer por ella? Esto es más de lo que podemos soportar. ¡Nunca lo perdonaré…!
—Entiendo cómo te sientes —dijo Roswaal, con sus ojos multicolores bajos—. Y lo siento. Esto está más allá de mi poder.
—Glup —Theresia tragó saliva con dificultad, arrepintiéndose de haber hecho sentir a Roswaal como si tuviera que disculparse.
En realidad, Roswaal no tenía ninguna culpa en esto. Todos aquí, excepto quizás la misma Roswaal, lo sabían muy bien.
Y entonces…
—Levante la cabeza, Lady Mathers.
—Carol…
—Es mi propia falla el haber permitido que el enemigo me tomara por sorpresa. En la mayoría de las circunstancias, si fuera demasiado débil para vencer a un enemigo, pagaría con mi vida. La razón por la que no lo hice esta vez no fue la buena fortuna sino la arrogancia del enemigo. Lo haré pagar.
Las palabras de Roswaal parecían haber inspirado a Carol para reunir su propia fortaleza de corazón. A decir verdad, era tan poderosa que incluso Wilhelm estuvo a punto de sentirse superado por ella. Naturalmente, Roswaal quedó conmocionada en consecuencia. Sus ojos se agrandaron ligeramente y respiró hondo.
—Lo mismo aplica para usted, Lady Theresia. Le pido que no se aflija. Su Carol aún puede pelear. A diferencia de lo que ocurre con el Señor Bertol, mientras sea cuidadosa, esto no necesita afectar mi capacidad para vivir mi vida.
—¡Ten cuidado! ¡Vaya forma de decirlo!
—Siempre que haga la vista gorda a mis emociones, podría incluso llegar a decir que el enemigo cometió un grave error de cálculo.
—… —esta vez, fue Theresia quien se quedó sin palabras ante la declaración de Carol.
Por supuesto, todos sabían que solo fingía sentirse tan fuerte. Pero Carol no se dejaría convencer. Seguiría insistiendo en que ninguno de ellos tenía la culpa, sin importar cuántas veces abordaran el tema.
Era lo correcto. Porque solo Stride era el mal encarnado.
—… a̴̓ò̸̦l̶͑… —cuando escuchó su nombre, el rostro de Carol se tensó, aunque acababa de tranquilizar primero a Roswaal y luego a Theresia. Quien la había llamado era Grimm, que había permanecido en silencio todo el tiempo; y no por la vieja herida de guerra en su garganta.
Él era a quien ella amaba, la persona separada de ella por el hechizo.
—Grimm…
Incapaces de tocarse, los dos amantes solo pudieron cruzarse una mirada, y Carol, que había sido tan fuerte hasta ese momento, dudó al verlo allí de pie con una resolución severa.
No bien pronunció el nombre de Grimm, Carol hizo algo que sorprendió a todos a su alrededor: extendió su mano hacia él.
Si Wilhelm y los demás estaban asombrados, los ojos de Grimm se agrandaron más que los de ninguno.
Carol esbozó una sonrisa triste al ver la reacción de su amante, y luego hizo una mueca, diciendo:
—Por favor, dime, Grimm… Dime que no te culpas a ti mismo.
—Y̵̒͗o̸̪̅͠, y̸̍ȯ̷…
—Tú y yo cumplimos con nuestro deber. Si esto le hubiera pasado a Lady Theresia o incluso a Wilhelm, no podría haberlo soportado.
—…
—Lo que debo hacer también está decidido. Tengo que destruir el «Pulgar Amatista» y vengarme. Con mis propias manos… y con todos ustedes, si se puede.
Una vez más, Carol extendió la mano hacia Grimm. Él miró desde la mano de Carol a sus ojos, que estaban fijos en él, y contuvo la respiración.
Si se tocaban, la maldición se activaría, y el moretón oscuro comenzaría a estrangular a Carol.
Y a pesar de eso, incluso así…
—… —Grimm reunió su determinación y, tras unos segundos de duda, tomó la mano de Carol.
La maldición, por supuesto, surtió efecto inmediatamente, apareciendo la marca oscura en su pálido cuello. Pero no pudo detener a los dos en su determinación compartida de sentir el amor del uno por el otro.
—Agh… ¡Aahg! ¡Jaah! ¿Qué… te parece? No es… nada —jadeó Carol.
—Como si nada —dijo Roswaal—. Cielos, tú y Grimm deben estar locos. Hacerse sufrir así…
—Pero… no fue algo… sin sentido. ¿Verdad? —preguntó Carol con una sonrisa a Roswaal, que ya había comenzado a examinar su cuello.
Carol no solía tener tantas ganas de pelear. Roswaal le dedicó una sonrisa irónica, admitiendo ya la derrota.
Grimm y Carol habían decidido que necesitaban hacer ese gesto, soportar ese dolor por lo demás innecesario. Roswaal lo sabía, al igual que Wilhelm y Theresia; era por eso que ninguno reprendió a los amantes por su locura.
Había desencadenado algo más, y no solo para Wilhelm.
—Wilhelm, necesito hablar contigo —Theresia, desde su lugar junto a Carol, lo miró gravemente.
Ante la luz de resolución en sus ojos azules, Wilhelm guiñó un ojo. Tenía una idea bastante clara de lo que iba a decir. Lo que vino después solo lo subrayó.
—Sé cuánto significa nuestra promesa para ti. Si la rompiera… ¿me odiarías?
—Ya no eres la Santa de la Espada —dijo Wilhelm. Sabía sin preguntar a qué promesa se refería.
Theresia había sido el objetivo, y Carol resultó herida a causa de ello. Con su profunda compasión y fuerte sentido de la responsabilidad, y sobre todo, con su profundo amor por Carol, Theresia jamás podría quedarse en silencio y dejar pasar esto.
—¿Lady Theresia? ¡No! ¡Usted no puede hacer eso! ¡No me importa lo que me pase a mí, usted no debe…!
—W̸̼̃i̴l̸̚ḧ̵͜e̴̞̍l̸͝m̴͝ —dijo Grimm.
Él y Carol tuvieron sus propias reacciones ante el diálogo entre Wilhelm y Theresia. Carol intentó retener a Theresia, como para impedirle que hiciera lo que fuera a hacer, mientras que Grimm dirigió una expresión seria hacia Wilhelm. Ambos parecían haber olvidado que acababan de realizar ellos mismos un ritual descabellado.
Aun así, nadie podía detener a Theresia. Theresia van Astrea, la Santa de la Espada. Estaba en la cima del arte de la espada; solo el Demonio de la Espada, Wilhelm Trias, pudo arrebatarle su hoja, y fue relevada de su posición solo por la dispensa personal del Rey. Ahora buscaba retomar la espada en nombre de su querida amiga, una miembro de su familia, Carol.
Roswaal aplaudió, mientras dijo:
—Deben perdonaaaarme que interrumpa cuando todos se sienten tan apasionados —todas las miradas se volcaron en ella.
—¿Roswaal? —dijo Theresia.
—Como mujer, desearía poder respaldar tu resolución sincera, pero debido a que soy mujer, tengo que ser quien te arruine la fieeeesta.
Era una forma bastante particular de empezar. Theresia frunció el ceño, y dijo:
—¿Como mujer? ¿Qué quieres decir? Tengo un mal presentimiento sobre lo que vas a decir…
—¿Un mal presentimiento? Ciertamente, no estoy muy segura de cómo expresar lo que tengo que decirte. Pero dejarte regresar ahora como la Santa de la Espada no sería lo moralmente correcto.
—Suficiente de toda esa mierda ominosa. ¿A qué te refieres? —espetó Wilhelm.
Roswaal siempre tomaba un camino indirecto para llegar a su punto, pero en ese momento, esa tendencia suya lo molestaba más que de costumbre. Wilhelm se inclinó hacia adelante y la instó a ser breve. Mientras intentaba comprender el hechizo que habían puesto sobre Carol, Roswaal también había examinado a Theresia, Grimm y Wilhelm. Si había encontrado algún tipo de problema con Theresia…
—No me digas que ese maldito Stride…
—Oh, no. En resumen: felicidades.
—¿Eh? —Wilhelm se quedó paralizado, desconcertado. No sabía qué hacer con esa palabra. ¿Qué le estaba diciendo? ¿Felicidades? ¿Qué significaba eso?
—R-Roswaal, mm… Ejem... ¿Estás diciendo…?
—Por favoooor, no lo tomen como si les hubiera dado alguna enfermedad extraña. Para decirlo adecuadamente: estás esperando. Estás embarazada. Eres una mujer y una esposa. Pero ahora, también serás madre.
Roswaal estaba tranquila pero profesional, y aun así Wilhelm no podía procesar lo que decía.
No era el único. Theresia obviamente sentía lo mismo. Su boca se abría y se cerraba. Se levantó temblorosamente, y entonces sus ojos se encontraron con los de Wilhelm, donde él permanecía paralizado.
“Estaba esperando. ¿Estaba embarazada? ¿Quién? ¿Theresia, embarazada?”
—No podemos enviar al campo de batalla a una mujer que está a punto de convertirse en madre. Así que por muuuucho que respete tu decisión, voy a tener que detenerte.
—S-sí, um, cierto. Puede que, mm, tengas razón. Um… ¿Tiene razón? —balbuceó Theresia.
Su confusión dejó a Wilhelm casi tan desconcertado como a ella, quien respondió:
—No me preguntes a mí. Es tu vientre el q… ¡¿Aah?! —dio un paso atrás, tomado por sorpresa por una oleada de intención asesina.
Algo rozó justo ante su nariz: una almohada de la cama, que debería haber sido muy suave. En cambio, al ser imbuida de esa malicia, se convirtió en un arma que habría causado bastante daño si lo hubiera golpeado. Y quien la había lanzado era una mujer que lo fulminaba con la mirada, con sus ojos temblando de ira: Carol. Clavó sus ojos verdes en Wilhelm desde su asiento en la cama.
—¡Trias, desgraciado! ¿Embarazaste a Lady Theresia? ¡¿Pero qué has hecho?!
—¡No me llames por mi antiguo apellido! ¡Te oyes y te ves totalmente seria!
—¡Lo estoy! ¿O acaso intentas decir que no es nada serio cuando se trata de Lady Theresia?
—¡No tiene sentido siquiera hablarte! Nunca me escucharás…
A Wilhelm no le hacía ninguna gracia que Carol lo atacara, pero esa amenaza y pasión eran —y siempre habían sido— propias de Carol Remendis desde el día que nació.
Mientras Carol se ocupaba de expresar su furia total, Wilhelm oyó una voz temblorosa decir:
—Wilhelm…
Se dio la vuelta y vio a Theresia, con las manos sobre su vientre. En algún lugar bajo sus palmas, una nueva vida estaba floreciendo.
Para su propia sorpresa, Wilhelm sintió todo su cuerpo temblar y solo tardíamente jadeó conmoción.
Él y Theresia se enamoraron y se convirtieron en marido y mujer. Naturalmente, habían asumido que su familia crecería con el tiempo, pero de alguna manera, había pensado que sería dentro de mucho.
—Wilhelm —Theresia pronunció su nombre de nuevo y le tocó la cara. Fue solo cuando sus pálidos dedos rozaron su mejilla que Wilhelm se dio cuenta de que la mano de ella temblaba.
No era el único sorprendido, confundido y desconcertado por esta revelación. Theresia enfrentaba la misma pregunta que él e intentaba decidir cómo afrontarla.
Y solo había una persona en el mundo entero con la que pudiera compartir esa pregunta y resolverla juntos.
—Roswaal tiene razón —dijo Wilhelm finalmente—. No puedo dejar que empuñes la espada; lo juro de nuevo aquí.
—Pero… cuando las cosas son tan graves…
—Solo tengo que volverme lo suficientemente fuerte… no, ser lo suficientemente fuerte para que no haya necesidad de que tú hagas eso.
Suficientemente fuerte como para no ser vencido por Stride, ni por los Shinobi que trabajan con ese desastre andante, ni por Ocho Brazos Kurgan.
Wilhelm sabía que tenía la fuerza y los amigos necesarios para lograr esa meta.
—Lady Theresia…
Theresia se sobresaltó, y respondió:
—Carol… Lo siento. Tú… estás en la situación más horrible, y no puedo…
Comenzó a disculparse, pero Carol sacudió su cabeza de un lado a otro, y comenzó:
—No —dijo Carol—. Soy yo quien debería disculparme por haber perdido la cabeza. Fue vergonzoso. En verdad, yo debería ser la primera de todos en decir…
—¿Carol…?
—Felicidades por su embarazo. Me alegro profundamente por usted —Carol sonrió con valentía, y Theresia se quedó sin aliento.
La sensación de culpa no desapareció. Seguramente, las dudas volverían. Pero por un solo momento, mientras la mujer a quien quería como una hermana la felicitaba…
—Gracias, Carol. Muchas gracias.
Solo por ahora, seguramente se le podía permitir una sonrisa sincera.
Sección 5
—Ahora bien, una debe estar preparada si va a estar embarazada. Dicho esto, como también soy matrona, me gustaría dar algunas lecciones a las damas de la habitación. ¿Podría pedir a los hoooombres que se retiren con educación?
Así expulsados por Roswaal, Wilhelm y Grimm se retiraron del dormitorio. Roswaal podría haber sonado desdeñosa, pero habiendo conocido a la mujer durante cinco años, los dos hombres estaban más que dispuestos a confiar en su relación con Carol, junto con el conocimiento de que Roswaal no trataría mal a ninguna vida.
Por lo tanto, no les preocupaba en lo más mínimo lo que sucediera dentro del dormitorio; si acaso, sus preocupaciones estaban fuera.
—Lo siento —dijo Wilhelm a Grimm—. Fue mal momento.
Finalmente a solas con Grimm en el pasillo, pudo decir lo que no había podido en la habitación.
—… —Grimm recibió su declaración con los ojos ampliamente abiertos, luego frunció el ceño con duda. No se estaba haciendo el tonto; realmente parecía no comprender lo que Wilhelm quería decir.
Wilhelm miró al suelo, y continuó:
—Dije lo que dije. No hay manera de que vuelva a dejar que Theresia empuñe una espada… pero justo cuando tú y Carol están en una crisis, nos enteramos de esto… No puedo celebrarlo justo ahora ni… ¡Aahg!
—¡W̷͉̒i̶̢̔l̴̊ȟ̷̩e̵͠l̶̗̆m̵͘! —Grimm agarró a Wilhelm por el pecho y lo empujó contra la pared.
La angustiada exclamación de Grimm fue acompañada por una gran ira en sus ojos. No estaba frustrado porque Wilhelm se hubiera atrevido a compadecer su situación y la de Carol. No, estaba condenando la actitud de Wilhelm; su comportamiento como padre.
Grimm estaba indignado al oír a Wilhelm decir que no podía celebrar plenamente el embarazo de su esposa, el florecimiento de una nueva vida.
Después de todo este tiempo, ¿Wilhelm seguía poniendo a los demás primero? Por eso Grimm le decía constantemente que ser demasiado bondadoso solo terminaría causándole problemas.
—¿Por eso estás enojado?
—W̷̘̽i̵l̶̅ͅh̵͆ȅ̶̹l̵̥̏m̴̛… ¡E̵̗͝r̷e̴͋s̷̍ ü̶n̵̹͐…!
—Es que todavía no parece real. Y aún necesito prepararme de verdad para ello. Es solo que yo…
—¿Q̸͇̓u̶͋e̸͑ t̶ú̸ q̶̜̅u̷͋é̴?
Solo cuando la avalancha de excusas de Wilhelm —con la voz a punto de quebrarse todo el tiempo—finalmente cesó, Grimm lo soltó.
Wilhelm le había dicho a Grimm algo que no debería haber oído, le había puesto una carga que nunca debería haber llevado. Lo sabía, y aun así ninguna palabra de disculpa hacia Grimm salió de sus labios.
No era un exceso de orgullo lo que le impedía hablar.
Entonces, ¿qué era?
“Siempre fuiste vulnerable cuando una situación no podía resolverse con tu espada. Es tu punto débil. ¿Tengo razón o no, Wilhelm?”
—… —Wilhelm aún no habló.
Allí, sobre el hombro de Grimm, Wilhelm lo vio: Pivot, recargado contra la pared con los brazos cruzados. Sentía como si las palabras del fantasma se burlaran precisamente de lo que Wilhelm sentía en lo más profundo.
¿Podía el Demonio de la Espada ser padre, sintiéndose así? Wilhelm rechinó los dientes con tanta fuerza que sintió un sabor a sangre.