Sección 8
Sección 8
—¡Subaru! ¡Oye, Subaru! ¿Estás bien?
Al despertar, lo primero que escuchó fue el sonar de aquella voz que recordaba a campanillas plateadas.
Podía sentir unos dedos esbeltos tocando su brazo y un aliento suave cerca de su cara.
Sintiendo su respiración cerca del rostro y sus dedos en el brazo, recuperó la consciencia y poco a poco abrió los ojos.
Justo en frente de él estaba el rostro de un hada de la luna aterradoramente hermosa.
—No, más bien… ¿es Emilita...?
—Sí, Subaru, menos mal. Despertaste. Me tenías muuuy preocupada.
Al oír eso, el hada de la luna —Emilia— se palmeó el pecho con alivio. Con los ojos muy abiertos ante la escena, Subaru miró frenéticamente a su alrededor.
Estaba en la habitación cubierta de enredaderas verdes, tumbado en una cama de plantas. Emilia parecía aliviada, y a su lado había una niña pequeña y adorable con rizos dorados.
—Emilia, si sigues siendo tan amable con él, Subaru no recapacitará sobre sus acciones, supongo. Debes ser más dura con él para que entienda cuánto preocupa a todos, de hecho.
—Tienes razón. Oye, tú también lo dirías, ¿no, Beatrice? Porque, tras haber entrado en pánico cuando no podíamos encontrar a Subaru, estuviste a punto de llorar cuando lo encontramos allí en el suelo…
—¡No hacía falta que mencionaras eso, supongo!
Habiéndosele enrojecido la cara, Beatrice se enfadó ante los inocentes comentarios de Emilia.
Ante esa interacción, Subaru hizo un gesto de estar muy intrigado.
—¿Eh? ¿Qué fue? ¿Un sueño?
—...¿?
Al oír a Subaru decir eso, tanto Emilia como Beatrice ladearon sus cabezas.