La Canción de Amor del Demonio de la Espada - Segunda Estrofa
La Canción de Amor del Demonio de la Espada
Segunda Estrofa
1
Wilhelm Trias veía el mundo como un lugar muy simple. Podía dividirse en líneas generales entre las cosas que le gustaban y las que no. Y en ese momento, lo que veía frente a él era el epítome de lo segundo.
—Rompió el cerco semihumano en la Batalla del Campo Castour. Se enfrentó y destruyó a un escuadrón entero de semihumanos completamente solo. El número total de cabezas que tomó fue de ochenta y ocho, incluida la de su capitán. Diría que fue bueno que se retirara mientras iba a la… ¡cabeza! ¡Ja, ja!
—Personalmente, desearía que hubiera seguido. Aun así, buen intento.
—¡Oh, vamos, aguafiestas, ¿tienes que interrumpir siempre?!
—Es mi trabajo.
Wilhelm permanecía en posición de firmes mientras dos hombres bromeaban frente a él. Uno era alto y de complexión robusta, la viva imagen de la gallardía, mientras que el otro tenía un aspecto amable, aunque parecía estar siempre tenso. Ambos vestían el uniforme que indicaba que eran miembros de oficiales de la unidad de Caballeros.
Wilhelm había sido dado de alta del centro médico esa mañana y regresó al cuartel antes de que estos dos lo detuvieran mientras se dirigía a sus obligaciones diarias.
Tenía sus sospechas. ¿Qué podían querer dos Caballeros de él? Los dos parecían cada vez más interesados en él, aunque no podía ocultar su desconfianza hacia sus superiores.
—Parece que causó un gran dolor de cabeza al enemigo. Siguió rebanándolos hasta que nuestro ejército llegó y lo detuvo… Dijeron que cuando lo encontraron, había una montaña de cadáveres.
—Todos los que lo vieron se llevaron un gran susto. ¡Afirmaban que un Demonio de la Espada camina entre nosotros!
—¡Un Demonio de la Espada! —dijo el hombre delgado—. ¡Me gusta eso! Suena bien. Sigue con el trabajo sucio, muchacho, y asegúrate de que mucha gente aprenda ese nombre. ¡Aunque debo decir que es muy pequeño para ser un Demonio!
El hombre alto rio y colocó sus manos sobre la sien de Wilhelm, pero eran tan grandes que su palma cubría prácticamente toda la cabeza del muchacho.
—¡¿Qué es esto, un zoológico?! ¿Qué quieren de mí? —Wilhelm apartó la mano del hombre de un manotazo y retrocedió, fulminándolos a ambos con una mirada severa.
El hombre corpulento flexionó el brazo que Wilhelm había apartado.
—Me gusta tu espíritu, hablándole así a los Caballeros. La juventud es la mejor época para ser temerario.
—Los jóvenes en edad y los jóvenes de espíritu no son tan diferentes. El rostro puede envejecer, pero solo cuando envejeces por dentro realmente lamentas lo que has perdido.
—Cualquiera sería viejo comparado con este niño. Según los registros, ¡tiene quince años! ¿Qué tal, Pivot? ¡Tiene la mitad de tu edad! ¡La mitad de tu edad y el doble de eliminaciones! ¡Te está haciendo quedar mal!
—Soy el cerebro de esta operación. Me encargo de todo lo que los niños no pueden —el hombre delicado sacó un pañuelo blanco y se secó la cara donde parte de la saliva del hombre corpulento había caído sobre él.
Una vez más, la conversación había dejado a Wilhelm atrás, y esta vez no se lo estaba tomando muy bien.
—Si no me necesitan para nada, déjenme en paz. Tengo cosas que hacer, ¿saben?
—¿Ah, sí? Nosotros solo estamos de guardia. ¿Qué podrías tener que hacer?
—Practicar con mi espada. Dicen que si faltas un día, necesitas tres días de esfuerzo para compensarlo. No voy a dar tres golpes cuando puedo matar con uno. Solo puedo tolerar cierto nivel de ineficiencia —escupió Wilhelm.
Estaba a punto de dirigirse al campo de entrenamiento detrás del cuartel, cuando el hombre corpulento soltó una carcajada ante la respuesta de Wilhelm.
—BUAJAJAJAJA. ¿Oíste eso, Pivot? ¡Trabajó en ese campo de batalla hasta colapsar, pero ni siquiera va a dormir hasta tarde, solo irá a hacer ejercicios con su espada!
—Sí, lo oí. Sé que los jóvenes siempre son impetuosos, pero esto es una tontería incluso para un chico de su edad.
Fueran o no Caballeros, Wilhelm no podía soportar esta burla.
—¿Quieren experimentar mis habilidades de primera mano?
Tenía dos días de práctica que recuperar. Pero el hombre corpulento respondió a la mirada de Wilhelm con una risa atronadora.
—BUAJAJAJAJAJA. Ah, justo lo que quería oír. ¿Sabes? ¡Por la unidad de Caballeros circulan historias sobre un niño con una espada que les dio una buena lección a algunos de nuestros Caballeros más patéticos!
El hombre delicado sacudió la cabeza a los lados; el monóculo sobre su ojo brillaba de forma extraña.
—Joven o no, compartes la culpa. Puede que seas excepcionalmente capaz para tu edad, pero te dejas llevar fácilmente.
Desprendían una disposición para la batalla, una confianza en sus habilidades. Contrastaba fuertemente con cómo se habían comportado un momento antes. Wilhelm se lamió los labios y dijo:
—¿Era esto lo que querían desde el principio?
—Lo siento, niño —dijo el hombre corpulento—. A veces hay que hacer lo que hay que hacer. Pero no te preocupes. Puede que tengamos un rango más alto que tú, pero vamos a pelear limpio. Si hay algo que Bordeaux Zergev nunca hace, es deshonrar un lugar de combate.
—Es un hombre de palabra, así que no me preocuparía. Oh, no me he presentado, ¿verdad? Soy el cuidador del Joven Señor Bordeaux, Pivot Arnancy. Encantado.
Wilhelm observó con desconcierto al corpulento Bordeaux y al delicado Pivot mientras se presentaban. Eran difíciles de descifrar; no sabía exactamente qué pretendían, pero su objetivo inmediato estaba claro. Era el mismo que tenía Wilhelm en ese momento.
—Terminaré con ustedes rápido y volveré a mi práctica.
—Eso depende. ¡Podrías terminar de nuevo en reposo!
Wilhelm emprendió el camino de piedra hacia el campo de entrenamiento, y Bordeaux trotó a su lado. Prácticamente saltaban chispas entre ellos. Pivot dio un leve suspiro y luego los siguió.
2
El acero chocó contra el acero con un chirrido penetrante; sintió el metal raspar contra el metal y vio el breve resplandor rojo de las chispas en su visión periférica. El sonido se repitió mientras Wilhelm se agachaba casi hasta el suelo y avanzaba, desviando el hacha de guerra que descendía sobre él y pisando la asta para evitar el siguiente movimiento de su oponente.
Hubo una pausa instantánea, y luego un destello plateado se detuvo justo antes de un cuello grueso.
—Gané.
—… No estaba preparado para eso —dijo Bordeaux en voz baja.
Wilhelm, sudando profusamente pero con una sonrisa triunfal de guerrero, bajó su espada mientras su aliento caliente escapaba en jadeos entrecortados.
Estaba usando una hoja de entrenamiento sin filo. El arma de Bordeaux, la larga hacha actualmente atrapada bajo el pie de Wilhelm, estaba igualmente neutralizada. No podían quitar una vida, pero ambos combatientes eran lo suficientemente capaces como para protegerse de los golpes del otro. La batalla había sido intensa, pero ninguno de los dos tenía siquiera un rasguño. Cualquier informe sobre la batalla habría dicho que ambos combatientes merecían distinción.
—Esto significa que gané siete y perdí tres. Creo que con esto queda resuelto. Apenas valías mi tiempo.
—¡Ni siquiera puedo enojarme! ¡Buajaja, eso es lo que me pasa por desafiarte! ¡Me rindo! Hacía mucho que no me ganaban tan rotundamente. ¡Se siente bien!
—No sé a qué te refieres —Wilhelm había querido sonar hiriente, pero en lugar de eso, había provocado algún tipo de alegría. Frunció el ceño.
Bordeaux desencajó su hacha del suelo y la recargó en su hombro. Se pasó una mano por su corto cabello azul y dijo:
—¿Qué tal si sonríes? Me venciste a mí, ¡A MÍ!, y ganaste. Puedo enfrentarme a cualquiera excepto a la Guardia Real. Supongo que esos otros tipos a los que venciste no eran unos simples inútiles.
—Supongo que no —dijo Pivot—, y tampoco este joven. Es… bastante temible ver a alguien tan hábil con solo quince años —había estado observando su duelo desde un lado.
Wilhelm había oído a mucha gente decir esto sobre él. Pero la voz de Pivot carecía del asombro o el miedo que normalmente acompañaban a este juicio. Aunque no es que a Wilhelm le importara de todos modos.
—Pues perdón por no haber permitido que le dieran una lección a un niño tan malcriado —dijo—. ¿Qué van a hacer ahora? ¿Ir a llorar con sus superiores y hacer que envíen mejores espadachines a por mí?
—Supongo que podría, pero cuando tienes un físico como el mío, se vería raro ir a llorar a alguien que no sea quizás el Dragón Divino Volcanica. Y si fuera corriendo al Dragón por una pequeñez como esta, ¡probablemente me convertiría en un montón de cenizas!
—Antes de que eso pase —dijo Pivot—, permítenos decirte por qué estamos realmente aquí, Wilhelm Trias. No te buscamos solo para llevar a cabo una venganza personal bajo el pretexto de un duelo de fuerza. Aunque, dada tu actuación, supongo que nuestro intento de impartir justicia habría sido inútil, de todos modos.
—¡Ay! —exclamó Bordeaux—. Mi amigo no es muy sutil, ¿verdad? ¡Buajaja!
Wilhelm levantó una ceja ante esta incapacidad para captar la ironía y dijo:
—Si no vinieron a pelear…
—Te aseguramos que no. Eso fue solo una forma de animarte. Pero, en fin, al grano. Wilhelm Trias, tenemos un mensaje para ti. A partir de ahora, ejercerás tus habilidades al servicio del Escuadrón Zergev, liderado por Bordeaux Zergev aquí presente.
Wilhelm observó detenidamente a Bordeaux con los ojos entrecerrados. El hombre era la imagen de un Caballero poderoso, con su pecho robusto erguido y el hacha apoyada en su hombro.
Dado que la última unidad de Wilhelm había sido destruida, no tenía objeciones a ser asignado a una nueva.
—Pero, ¿están seguros de esto? He estado en dos batallas hasta ahora, y en cada una, todos en mi unidad fueron asesinados. ¿Quieren ser los siguientes? —preguntó Wilhelm, cerrando un ojo.
Era una falta de respeto a los que habían muerto valientemente en batalla, pero Bordeaux sacudió la cabeza a los lados con solemnidad.
—Hubo demasiadas bajas en esas dos últimas batallas: el Altiplano Redonas y el Campo Castour. Redonas fue al menos una victoria estratégica, pero Castour fue imperdonable. Ese tipo de pérdidas no tenían precedentes. El Ejército Real se vio obligado a hacer una reorganización a gran escala.
—Y no creo que sea estrictamente exacto decir que todos en tus unidades murieron. Tengo entendido que otro joven sobrevivió. Para haber salido de todo eso, ustedes dos deben tener una suerte excelente. O quizás un excelente criterio.
El resultado de la batalla era bien conocido, así como el estado del ejército después. Atraídos por la vanguardia, la mayoría de las unidades atrapadas en el área de efecto de los círculos mágicos semihumanos fueron destruidas. Los únicos supervivientes fueron aquellos que, como Wilhelm, tuvieron la presencia de ánimo para avanzar, así como aquellos que pudieron escapar de los hechizos en el caos. Un puñado de almas inmensamente afortunadas había sobrevivido pese a haber estado en el corazón de la batalla.
—Mientras tanto, el Escuadrón Zergev estaba justo al frente, pero cada uno de nosotros regresó con vida —dijo Bordeaux con orgullo.
—Tu intuición te salvó —dijo Pivot a Wilhelm—. Puede que no lo parezcas, pero eres un hombre en quien se puede confiar en la batalla. Por eso no nos preocupamos por ti.
Fue solo entonces que Wilhelm se dio cuenta de que todo esto había sido una respuesta indirecta a su propio comentario sarcástico.
Aparentemente tomando el silencio de Wilhelm como duda, Bordeaux levantó su hacha y comenzó a exponer las hazañas militares de la unidad.
—¿Sabes? No fue la suerte lo que nos mantuvo con vida. Rompimos el cerco enemigo, acabamos con ellos incluso mientras se regodeaban de nosotros y…
Pero Wilhelm lo interrumpió.
—Sí, sí, les creo. ¿Eso es todo lo que querían decir? —Wilhelm no iba a molestarse en fingir que pensaba que Bordeaux estaba inventando algo.
Aunque el muchacho había salido victorioso al final de su duelo, Bordeaux era la primera persona que había conocido en la capital que logró ganarle siquiera una ronda. Y era muy consciente de que el hombre corpulento había demostrado su valía en numerosas batallas reales. Pero Wilhelm también.
—Si eso es todo lo que quieren, déjenme volver a mi práctica. Solo tengo que presentarme en ese tal Escuadrón Zergev en el cuartel, ¿verdad?
—Quiere deshacerse de nosotros —le dijo Pivot a Bordeaux—. Sí, eso es todo lo que tienes que hacer. El Escuadrón Zergev va a aceptarte a ti y a otro miembro nuevo como parte de la reorganización, para un total de veinte personas. Tienes una reunión con el Capitán mañana por la noche. Trata de no faltar.
—¿Quién es el otro nuevo?
—El único otro superviviente de tu unidad: Grimm Fauzen. Pensamos que tener una cara conocida podría ayudarte a adaptarte… aunque, habiéndote conocido, sospecho que estábamos equivocados.
Wilhelm se había dado la vuelta con una expresión de desinterés, ya levantando su espada, y Pivot dio un suspiro que era en parte por fastidio y en parte por resignación.
Wilhelm conocía el nombre, por supuesto. Pero apenas sintió más reacción que esa. El muchacho, Grimm, no era alguien que interesara mucho a Wilhelm. Era un cobarde inútil, otra cosa que no le gustaba.
Concluyendo su conversación con los dos oficiales superiores de manera bastante grosera, Wilhelm se sumergió en su práctica. Bordeaux y Pivot lo observaron un momento e intercambiaron una mirada.
—¡Ama su espada tanto como oí; quizás incluso más! ¡Es siete años más joven que yo, y me va a hacer quedar mal! Supongo que necesito volver a mi entrenamiento con el hacha.
—Pensar que conoceríamos a alguien tan joven que sacrificaría sus horas de sueño para practicar la espada. El mundo es un lugar más extraño de lo que imaginaba. Supongo que todo tipo de gente llega a la capital. Espero que Grimm Fauzen resulte ser normal cuando lo conozcamos.
Así que allí estaba Bordeaux, que se había impresionado por algo un tanto extraño; Pivot, que siempre podía encontrar algo por lo que preocuparse; y Wilhelm, que no prestaba atención a ninguno de ellos sino que se concentraba únicamente en sus ejercicios. Sería suficiente para que un espectador se preguntara si, en realidad, había algún miembro del Escuadrón Zergev en su sano juicio.
3
Pasaron varios días desde que Wilhelm fue asignado al Escuadrón Zergev. El primer día, Wilhelm conoció a los otros miembros de su unidad con su habitual y fría indiferencia. Estaba compuesta principalmente por soldados que el propio Bordeaux había reclutado. Esto aseguró una recepción gélida para Wilhelm, que mostraba poco respeto por el líder del escuadrón. Pero todos los pensamientos de darle una lección de modales se suspendieron cuando oyeron el informe de Bordeaux.
—¡Wilhelm es incluso mejor que yo! Y yo soy mejor que todos ustedes, así que, ¿cómo piensan darle una probada de su propia medicina? ¡Qué pena! ¡Mejor hagamos un poco de práctica al amanecer!
Y así fue, a partir del día siguiente, el escuadrón se podía encontrar en el campo de entrenamiento al amanecer. El tema de conversación de cada día eran los combates simulados entre Wilhelm y Bordeaux, que eran tan intensos que casi alguien podía haber muerto.
En cuanto a Grimm, que se unió al escuadrón al mismo tiempo que Wilhelm, continuaba apañándoselas como antes, tratando de no destacar por su incompetencia. Pronto se convirtió en la sombra de Pivot.
La gente comenzó a evitar a Wilhelm aún más cuidadosamente que antes, a veces mirándolo como si pensaran que estaba loco, pero al muchacho no le interesaba nada de eso. Su unidad anterior lo había tratado como una curiosidad horrible, y esta se entrometía demasiado con él; Wilhelm encontraba a ambas igualmente molestas.
En el fondo, a Wilhelm le gustaba hacer todo solo, incluido el entrenamiento. A medida que continuaban los combates simulados con Bordeaux, Wilhelm empezó a comprender su forma de respirar y a reconocer los indicios que delataban sus movimientos, hasta que casi todas las victorias fueron para él. El muchacho no veía el sentido de entrenar tan duro contra un solo oponente. Si se encontraban en el campo de batalla, pelearían solo una vez; no habría segunda oportunidad.
Si en algún momento durante el entrenamiento se desarrollaba un punto débil en su corazón, se volvería casi imposible enfocar todo su espíritu en la tarea en cuestión. Más de una vez, había sentido el impulso de eliminar a oponentes que entrenaban con menos de todo su empeño. Era mucho más fácil mantenerse totalmente concentrado entrenando solo.
—Quiero… ir a la batalla.
No era que quisiera matar. No buscaba quitar vidas. Solo quería usar su espada. La verdadera esgrima solo se podía encontrar en el combate, en una contienda donde cualquiera de los dos pudiera perder la vida en cualquier momento.
Wilhelm pasó semanas en la capital con este pensamiento sombrío… hasta que se le dio la oportunidad de volver al lugar de esa terrible derrota, y el Demonio de la Espada se cruzó con un nuevo enemigo.
4
El viaje en carruaje de dragón desde la capital hasta el Campo Castour duraba unas ocho horas. El Escuadrón Zergev se dividió en dos grupos, diez personas por carruaje. Entre ellos, un tercer vehículo que transportaba a una persona importante.
Bordeaux había sonado apropiadamente emocionado al describirles la misión.
—¡Deberían estar contentos! Nuestro valor es tanto que nos han dado una misión especial. Escoltaremos a alguien importante al Campo Castour. ¡Es todo un honor!
Pivot, jugando con su monóculo, se encargó de exponer los detalles.
—Escoltaremos a un especialista excepcionalmente hábil en magia. Hasta ahora, nuestra nación ha tenido pocas figuras destacadas con mucha capacidad mágica, lo que ha sido una desventaja fatal contra los talentos de los semihumanos en el uso del maná. Lo aprendimos de la peor manera en la reciente batalla del Campo Castour.
—Supongo que quieren inspeccionar los círculos mágicos que el enemigo usó para tendernos una trampa —dijo Bordeaux—. Los círculos probablemente ya no estén activos, pero quieren verlos por sí mismos. ¡Y yo que pensaba que los magos siempre estaban encerrados en sus habitaciones!
Bordeaux había elegido una forma un tanto extraña de expresar su admiración, pero lo más extraño era que Wilhelm estaba de acuerdo con él. Siempre había pensado que aquellos que confiaban en el maná en lugar del acero se perdían algo en la vida.
El carruaje delantero incluía a Bordeaux y Pivot junto con otros ocho miembros del escuadrón; el trasero llevaba a otras diez personas, incluyendo a Wilhelm y Grimm. El carruaje del medio, que transportaba a la persona a escoltar, también tenía un contingente de Caballeros de un escuadrón diferente para ayudar en la vigilancia.
Parecía excesivo enviar a tantos hombres para cuidar de una sola persona, pero eso solo enfatizaba lo crucial que era esta misión. En cambio, para Wilhelm, ni la identidad de su visitante ni los detalles de la misión importaban mucho. Lo único que le importaba era si quedaría alguien en ese campo que valiera la pena enfrentar. Juzgó que, desafortunadamente, no parecía probable.
Todo esto mantenía a Wilhelm inquieto.
—Oye, Grimm. No te ves bien. ¿Te pasa algo?
La voz trajo a Wilhelm de vuelta a la realidad, sacándolo de su práctica mental con la espada.
Al otro lado del estrecho carruaje, podía ver al muchacho de rostro pálido. Otro miembro del escuadrón le frotaba los hombros.
Grimm estaba casi blanco. El carruaje de dragón usaba la Protección Divina de la Evasión del Viento, lo que significaba que esto era más que un simple mareo. Probablemente era psicológico; una reacción personal a su destino.
—Estoy… estoy bien. Solo me siento… un poco enfermo. Lo controlaré pronto…
—¿Estás seguro? No creo que los médicos hayan descubierto una cura para la cobardía aún. Es una enfermedad grave, ¿crees que puedes curártela tú solo? Por lo que sé, la tuya ya es crónica —Wilhelm intervino, enojado por aquel intento de aparentar valentía.
—… —Grimm no dijo nada al principio, pero una expresión de dolor y arrepentimiento cruzó su rostro. Después, la ira torció sus facciones, habitualmente serenas, o, mejor dicho, débiles, y miró a Wilhelm con odio—. Te ves demasiado alegre. Aunque deberías saber muy bien adónde vamos.
—¿Qué te hace pensar que yo actuaría como tú? Apenas puedes ir al baño sin que alguien te tome de la mano.
—¡Nuestro escuadrón entero fue aniquilado allí! ¿Está mal estar afectado por eso?
—No estás afectado por sus muertes. Solo sientes lástima por ti mismo. Estás contento de no haber terminado como ellos ayer y asustado de poder terminar como ellos mañana. No debería tener que recordarte que ambos hemos perdido a muchos compañeros. Generalmente los mismos.
Su discusión continuó sin resolverse, y ninguno de los dos jóvenes cedió terreno.
Todos estaban nerviosos, lo que dejó a Grimm de un peor humor de lo habitual. Mientras Wilhelm estaba sentado allí con su amada espada cerca, Grimm parecía casi listo para saltar sobre él.
—¡Ya basta! ¡Esta vez te excediste, Wilhelm! —los gritos de sus compañeros los interrumpieron, y el duelo de miradas terminó sin llegar a los golpes.
Grimm se movió para no sentarse frente a Wilhelm, y Wilhelm se sumergió de nuevo en su propio mundo. Esta vez, no hubo más perturbaciones.
Gracias a la tensión asfixiante en el carruaje, los miembros del escuadrón apenas podían esperar a llegar a su destino.
Cuando partieron, apenas amanecía; cuando los tres carruajes de dragón finalmente llegaron al Campo Castour, el sol estaba en su punto más alto.
—Sé que el viaje fue lo suficientemente largo como para que salieran ampollas en el trasero —dijo Bordeaux—, pero ustedes están en peor forma de lo que esperaba.
Los dos grupos habían descendido de sus carruajes y ahora estaban alineados bajo la mirada inquisitiva de su comandante. La diferencia entre ellos era como la noche y el día. Los dos jóvenes responsables del evidente cansancio del carruaje trasero estaban uno al lado del otro —como los reclutas más nuevos, tenían que estarlo— pero no se miraban el uno al otro.
—No sé qué pasó, pero nuestro trabajo comienza ahora. No dejen que el enemigo los vea cansados. ¡Enderécense! —ladró Bordeaux—. Recibiremos a nuestra visita en un momento. ¡Muéstrenle su mejor comportamiento! —ante esto, toda la tropa se enderezó, olvidando las preocupaciones de un momento antes.
Se oyó el sonido de pies arrastrándose mientras la unidad se organizaba en dos filas ordenadas. Bordeaux asintió ligeramente, satisfecho, y luego miró a Pivot, que estaba a su lado.
Pivot tomó esta señal para abrir la puerta del carruaje central y guiar a la visitante al Campo Castour.
—No hace falta que se molesten tanto por mí. Una mujer no puede evitar sentirse intimidada con taaaantos rostros feroces mirándola —el tono de la persona que había hablado era despreocupado, y se encogió de hombros como si estuviera bromeando.
Tenía el cabello color añil que llegaba hasta el cuello y una piel tan blanca como la porcelana. El dobladillo de su larga túnica colgaba justo por encima del suelo, abierta por delante para revelar un abundante busto apenas contenido dentro de un uniforme militar masculino. En deferencia a la ocasión, llevaba muy poco maquillaje, pero eso apenas impedía que los hombres notaran su belleza. Lo más llamativo de todo eran sus ojos, uno azul y otro amarillo.
La sorpresa recorrió la unidad; no les habían dicho que la persona a la que escoltaban era una mujer. Esto provocó una sonrisa en su rostro, como la de una niña que había hecho una travesura.
—Soy Roswaal J. Mathers. Una de las pocas magas que sirven en la corte real, y, como pueden ver, una pobre doncella indefensa. Contaré con ustedes hoy, muchachos —se presentó la mujer, para después sonreír de manera seductora.
En ese momento, Wilhelm decidió que ella entraba en la categoría de cosas que no le gustaban.
—Ejem —dijo Pivot a los hombres de la unidad, algunos de los cuales aún murmuraban entre ellos—. Ahora que han sido presentados a Lady Mathers, recuerden que es una dama. Le recuerdo a todos los bárbaros incultos de nuestra unidad, jóvenes y viejos, que se comporten con educación.
—Bueeeeno —intervino Roswaal—, tampoco sería conveniente que fueran tan formales que no pudieran hacer su trabajo. Me estaba divirtiendo un poco ocultándoles mi género, pero, por favor, continúen como de costumbre. Mi nombre es el que hereda cada Jefe de familia; da la casualidad de que es un nombre masculino. Mi familia es bastaaaante peculiar, ¿no creen?
—Ya oyeron a Lady Mathers. A sus asuntos, todos.
Por supuesto, asuntos en este caso significaba «tener el máximo cuidado».
Mientras todos se ocupaban de sus «asuntos», Wilhelm percibió a alguien en el carruaje de dragón. Esta persona había estado esperando a que terminara la conversación, y ahora salió sigilosamente y se colocó junto a Roswaal.
Era otra mujer. Llevaba una armadura ligera y una espada en la cadera. Parecía tener entre unos 16-19 años; tenía un rostro bonito, pero el destello peligroso en sus ojos haría que uno dudara en acercarse. Su magnífico cabello dorado era corto, y parecía ser de pocas pulgas. Era una espadachina.
—Oh, y permiiiítanme añadir algo más —dijo Roswaal—, esta joven es mi guardaespaldas personal, Carol Remendis. Es bastante hábil, así que estoy segura de que todos se llevarán bien.
—Gracias, Lady Mathers —dijo la joven—, pero no me preocuparía. Dudo que volvamos a verlos después de hoy. No hay razón para socializar, y ellos tampoco parecen muy dados a hacer amigos.
En completo contraste con Roswaal, Carol parecía totalmente desprovista de sentido del humor. ¿Era arrogante o simplemente tímida? De cualquier manera, parecía tensa.

—… ¿En serio, tenían que ser mujeres?
—¡Tú! ¡Tú, el de ahí! —Carol señaló inmediatamente al autor del susurro incrédulo: Wilhelm. Parecía lista para desenvainar su espada allí mismo—. ¿Me estás menospreciando porque soy mujer? Ese tipo de prejuicios sale muy caro cuando se trata de mí.
—Oh, ya deja de quejarte. Obviamente te preocupa más que a nadie aquí. De todas formas, mi trabajo es proteger a tu amiga, no asegurarme de que te sientas cómoda y a gusto.
—¡B-basta, Wilhelm! —mientras el muchacho y la joven se miraban fijamente con odio, Grimm intentó con voz temblorosa controlar a su compañero de escuadrón. Wilhelm levantó una ceja ante él, pero Grimm, con los ojos ardiendo de ira, dijo: —No sé cuál es tu problema, ni en el carruaje ni aquí. Pero tienes que controlarte. ¿Pelearte con la gente con la que se supone que debemos trabajar? ¿Sabes cuántos problemas le causarás a nuestro líder de escuadrón?
Los otros miembros del escuadrón fulminaron a Wilhelm con miradas furiosas, poniéndose del lado de Grimm. Entre su comportamiento típico y la forma en que había estado actuando ese día, Wilhelm tenía pocos aliados.
—… Lo siento —dijo finalmente, aunque su rostro sugería que era solo porque sabía que seguir discutiendo sería inútil.
Eso pareció aplacar a Grimm, quien volteó hacia Carol e inclinó la cabeza.
—Lo lamento mucho. Nos aseguraremos de ocuparnos de él…
—Háganlo —dijo Carol—. Yo tampoco deseo derramar la sangre del Reino sin necesidad —se retiró, y la tensión en el aire se relajó.
Bordeaux, que había estado observando toda la escena con una sonrisa burlona, llamó por la atención de la unidad.
—¡Bien! Nos dividiremos en tres grupos. Uno acompañará a Lady Mathers y se asegurará de que esté a salvo mientras inspecciona el círculo mágico. Los dos grupos restantes establecerán un perímetro de seguridad. Estén atentos a saqueadores y a semihumanos rezagados. No hay mucha gloria en morir aquí, muchachos, ¡así que estén alerta!
Bordeaux estaba a punto de comenzar a asignar los grupos cuando Roswaal levantó la mano.
—Disculpe, Líder de Escuadrón. ¿Puedo pedir una cosa? ¿Una pequeña y egoísta petición en las asignaciones?
—Claro que sí, señora, adelante.
—Quiero que ese chico de antes esté en mi grupo —con una sonrisa, señaló nada menos que a Wilhelm. Guiñó un ojo, de modo que solo el amarillo lo miraba—. Creo que el resultado será mucho mejor así, para mí y para todos.
Todos los presentes quedaron desconcertados por su petición.
5
Wilhelm reflexionó amargamente que cuando Roswaal habló de que las cosas serían mejores para «todos», aparentemente esto no lo incluía a él.
El escuadrón difícilmente podía denegar una petición personal de alguien tan importante. Y así, Wilhelm estaba entre los que acompañaban a Roswaal, al igual que Grimm, una de las personas que menos le agradaba en el mundo. Otros dos miembros del escuadrón también fueron elegidos para ir con ellos a investigar los círculos mágicos, lo que formaba una unidad de seis si se incluía a Roswaal y su guardaespaldas. Los dos escuadrones restantes, encabezados por Bordeaux y Pivot respectivamente, se ocuparon de establecer un perímetro.
—Pareces alguien que perdioooó una apuesta —dijo Roswaal.
Después de una mínima discusión, Wilhelm se había encontrado en la vanguardia de su grupo, pero su perpetuo ceño fruncido no inspiraba mucha confianza. Y su trabajo solo se volvía más frustrante cuando Roswaal seguía entablando alegremente conversación con él mientras intentaba concentrarse.
—¿Tantas gaaaanas tienes de ir por ahí rebanando a la gente?
—No hables de las personas como si fueran monstruos. No es que quiera matar a nadie. Lo que quiero es encontrar un oponente digno contra el que pelear. Y, si no hubiera tenido que hacer de niñera de ustedes todo el día, quizá habría tenido la oportunidad de hacerlo.
—Algunos dirían que esa respuesta suena bastante monstruosa. En cualquier caso, estando asignada a labores de escolta, lo mejor que podías esperar era tener que defenderte un poco… Y no creo que eso te hubiera satisfecho.
—Bueno, no es que lo entiendas del todo. No sabes de lo que estás hablando.
—Eres bastante directo, ¿verdaaaad? Bueno, no tengo problema con eso —Roswaal se colocó una mano en la boca y rio.
—… —Wilhelm solo pudo fruncir el ceño.
No vieron nada fuera de lo común, mas sus esfuerzos tampoco habían conseguido que logran ver algo. La batalla había remodelado la topografía; los árboles habían sido derribados, la tierra verde quemada hasta quedar negra. Armas rotas y armaduras vacías salpicaban el área. La guerra había dejado su huella de verdad.
—¿Cuesta mirarlo? —dijo Roswaal.
—No especialmente —respondió Wilhelm.
—Supongo que no me sorprende. No pareces del tipo que esto le impacte.
—… Bueno, tú tampoco.
—Cielo saaaanto, quizás vas un paso por delaaaante de mí.
Quizás a Roswaal no le gustaba el silencio, porque parecía intervenir en cada oportunidad. Wilhelm ya había decidido que tendría que vigilarla de cerca. Podía notar por la forma en que Carol actuaba que era una combatiente capaz, pero era Roswaal, con sus capacidades desconocidas, quien exigía la mayor precaución. Le habían dicho que era una especialista en magia, pero no creía ni por un segundo que eso fuera todo lo que había en ella.
Uno podría haber esperado que Carol se ofendiera más que nadie por la actitud antipática de Wilhelm, pero Grimm la había mantenido ocupada todo el tiempo. Al darse cuenta de que ella y Wilhelm solo discutirían si se dejaban a su suerte, había decidido entablar con ella una conversación ininterrumpida. La charla parecía ir bastante bien, lo que facilitaba las cosas para Wilhelm.
—¿Entonces dices que originalmente no ibas a estar hoy de guardia? —preguntó Grimm.
—Así es —dijo Carol—. Originalmente, la persona a la que sirvo iba a venir como guardaespaldas. Pero surgió algo, así que tuve que venir yo. Me temo que es muy inconveniente para Lady Mathers —sonaba angustiada al decirlo.
Grimm no estaba muy seguro de cómo responder.
—Oh, um, pero estoy seguro de que si tu Señor hubiera venido, alguien como yo solo estorbaría. Estoy seguro de que eso habría sido incluso peor…
A Wilhelm no le importaba. Mientras Grimm mantuviera a Carol hablando, era suficiente. Si la conversación no giraba en torno a él, no tenía intención de involucrarse.
Solo el indicio de alguien incluso más poderoso que Carol captó su atención. Claro, existía la posibilidad de que Carol hablara humildemente de sí misma mientras exageraba las habilidades de su Señor, pero aún así…
—Creo que oí que te llamaban Wilhelm, ¿no es así? —dijo Roswaal.
—… Sí, así es.
—Hablas con tanta confianza. ¿Puedo suponer que tienes habilidades a la altuuuura?
—…
—¿No te gusta presumir? Bueeeeno, el líder del escuadrón y su asistente no dudaron en darte el trabajo más importante. Es una señal de cuánto confiiiían en ti. Eso hace que espere grandes cosas de ti —ignorando al silencioso espadachín, Roswaal casi saltaba mientras caminaba, con los dedos entrelazados detrás de la cabeza; parecía lista para empezar a tararear en cualquier momento. Mirando a su alrededor, dijo: —Parece que llegaremos pronto.
Mientras hablaba, ella y sus escoltas llegaron a la cima de una colina. Abajo, podían ver el contorno tenue de una forma geométrica. La tierra estaba levantada en algunos lugares, y partes del sello estaban enterradas, pero era el círculo mágico que Wilhelm había visto el día de la batalla.
—Bueeeeno, ¿me pregunto qué encontraremos? —Roswaal se deslizó inmediatamente colina abajo para examinarlo más de cerca.
Carol la siguió apresuradamente, y Grimm, a su vez, se mantuvo cerca de Carol. Wilhelm se encogió de hombros y, junto con los otros dos miembros del escuadrón, montó guardia desde la cima de la colina.
Wilhelm no había sentido a ningún ser vivo en todo el día, y eso no cambió ahora. No sabía dónde estaban Bordeaux y los demás, pero no estaban cerca. Hasta ahora, el día solo había traído aburrimiento.
—… Ya veo —dijo Roswaal—. Pensé que esto podría ser lo que estaba pasando cuando oí hablar de ello por primera vez. Se tomaron su tiempo para preparar esto. No habría sido posible si tanto el estratega como la persona que lo llevó a cabo no fueran muy, muy hábiles con la magia. Esto podría ser una amenaza para todo el Reino.
—¿D-de verdad lo son? ¿Estos círculos mágicos son tan poderosos como para tanto? —preguntó Grimm.
—Los círculos en sí son peligrosos, por supuesto, pero lo que es más amenazante es la implicación de que el enemigo tiene más de un usuario de maaaagia altamente capacitado. Habría que estar un poco loco incluso para pensar en cubrir un campo de batalla entero con círculos mágicos. Pero significa que podrían hacer lo miiiismo en otro lugar.
—¡¿C-cómo…?! —Grimm parecía más intimidado de lo que justificaba la estimación de Roswaal.
Se quedó allí temblando ante una situación hipotética. Definitivamente no estaba hecho para ser soldado.
Siguió frotándose la nuca y mirando a su alrededor, como si tuviera un mal presentimiento que no podía quitarse. Finalmente, volteó y llamó a Wilhelm.
—¡Wilhelm! ¿No tienes una sensación extraña?
—No —respondió Wilhelm con indiferencia al desesperado muchacho—. Tú solo te estás imaginando cos…
Mientras hablaba, Wilhelm dejó que su mirada se desviara hacia el fondo de la colina, donde vio una flecha volando por el aire, dirigiéndose directamente hacia donde Roswaal estaba agachada en el suelo.
—¡…! —el juicio de Wilhelm fue instantáneo, su acción solo ligeramente más lenta.
Desenvainó la espada de su cadera más rápido de lo que la vista podía seguir y la arrojó para que se clavara en el suelo justo al lado de Roswaal, y la hoja recibió la flecha en lugar de ella. El tintineo al rebotar la flecha contra el acero alertó a todos sobre la emboscada.
Pero, ¿por qué Wilhelm no había notado nada?
Corrió colina abajo, gritando:
—¡Emboscada! ¡Todos, en guardia! —recuperó su espada de la tierra y la levantó; en su visión periférica, podía ver a Carol y Grimm preparando también sus armas.
Los otros dos miembros del escuadrón comenzaron a bajar la colina tardíamente, pero Wilhelm les hizo un gesto para que se quedaran en la cima. Luego comenzó a barrer la zona con la vista.
Vio algo.
—… Miren allí.
Justo enfrente de la colina, una figura con un arco estaba arrodillada. Sin prisas, sacó otra flecha y tensó la cuerda. Luego, sin dudar, disparó.
—… —Wilhelm barrió el proyectil entrante con su espada y luego fijó la mirada en el oponente.
A su lado, Grimm aparentemente no podía creer lo que veía.
—¿Th-Tholter…? —dijo Grimm, incrédulo.
El atacante era, o había sido, su amigo; el arquero Tholter Weasily.
Ahora, Tholter era casi insoportable de mirar. Apenas era humano. La mitad de la carne de su rostro faltaba, revelando hueso y un globo ocular redondo. El pus fluía de sus heridas, la carne cruda llena de gusanos. El espectro putrefacto estaba cubierto solo con trozos de tela y algo de armadura rota. La mano que empuñaba el arco carecía de varios dedos.
—¿Ese cadáver se está… moviendo…? —Carol, con su espada delante, se había puesto pálida al ver al muerto Tholter.
El grotesco espectáculo solo empeoraba por la aparente imposibilidad de ello. Aun así, Carol parecía estar mejor que Grimm, que estaba más que pálido y parecía listo para desmayarse en cualquier momento.
—Oye, maga —dijo Wilhelm—, … ¿eso es algo que puedas hacer con magia?
—Eres bastante friiiío para alguien que acaba de ver un cadáver viviente. ¿Supongo que es alguien que conoces?
—Los muertos no significan nada para mí. Así que no, no lo conozco.
—Una postura loable. Para responder a tu pregunta… sí y no. Esto no es estrictamente dominio de la maaaagia. Es una maldición —respondió Roswaal con un aire de importancia.
Wilhelm levantó una ceja ante esto. Pero no había tiempo para profundizar en el asunto. Tholter no era su único enemigo.
—…
Se oyó un susurro mientras los cadáveres comenzaban a salir arrastrándose de la tierra uno tras otro, a su alrededor. Algunos eran los muertos del Ejército Real, otros antiguos semihumanos. Aparentemente la maldición no era exigente.
Ninguno de los guerreros no muertos estaba en perfectas condiciones, pero eran casi cien, lo que les daba la ventaja.
—Tch —Wilhelm chistó y luego hizo que Roswaal se colocara en el centro de su formación, con él, Carol y Grimm rodeándola.
—Bueeeeno —dijo Roswaal—, esto es un desarrollo inesperado. Pensé que quizás saldrías corriendo a pelear contra todos tú solo.
—No pienses que no me gustaría hacerlo. Pero tampoco puedo permitir que mueras con nosotros. No voy a cuidarte la espalda. Solo reza para que esos otros dos sean útiles.
—¡¿Qué dijiste?! ¡¿Cómo te atre…?!
El grito de Grimm interrumpió la protesta de Carol.
—¡Carol, aquí vienen!
Los muertos vivientes saltaron sobre ellos desde todas direcciones a la vez. Un cadáver enorme con una espada gigantesca avanzaba hacia Wilhelm, junto con otro cuerpo que tenía los brazos extendidos, a pesar de no tener manos ni cabeza. ¿Cuánto daño tendrían que hacerles a esos cadáveres para mantenerlos a raya?
—Da igual, está claro que con solo cortarles la cabeza no los detendremos —Wilhelm golpeó con su espada, cercenando las manos de la criatura de la hoja gigantesca.
Al retroceder el brazo, le atravesó el vientre y luego barrió de nuevo la ingle mientras el cuerpo se derrumbaba. Lo había troceado en seis pedazos, incluyendo los dos brazos desprendidos. Cuando los fragmentos llegaron al suelo, dejaron de moverse. Wilhelm asestó dos cortes diagonales al muerto viviente sin manos, partiéndolo en cuatro piezas; estas también quedaron inmóviles.
—Basta con matarlos una vez más —dijo Wilhelm.
—Qué plan tan brillaaaante —dijo Roswaal detrás de él. Casi podía oír la sonrisa en su voz.
Wilhelm lanzó una mirada por encima del hombro. Carol estaba descuartizando a tres no muertos frente a ella, y Grimm la apoyaba con su escudo, reforzando la línea de batalla. Los dos hombres que quedaban en la cima de la colina se defendían por sí mismos, como correspondía a los miembros del Escuadrón Zergev, y despachaban rápidamente a los guerreros no muertos que los rodeaban.
Los muertos vivientes no eran combatientes resistentes. Por muy capaces que hubieran sido como soldados en vida, como cadáveres ninguno tenía mucha habilidad marcial que valiera la pena mencionar. Simplemente no eran rivales para los guerreros vivos.
—Solo estoy ensuciando mi espada. ¿Dónde está el mago que los controla?
—Agradezco tu confianza, pero me temo que incluso yo estoy tenieeeendo algunos problemas para localizarlo. Pero con tantos no muertos que manejar, no debe estar muy lejos.
—¿Ah, no? De acuerdo, entonces.
Si se mantenían en ese campo de batalla, pronto no quedarían más cadáveres a su alrededor. Y sin cadáveres, no habría más muertos vivientes. Aunque Wilhelm encontró eso profundamente decepcionante.
—… —rechazando los ataques de los no muertos que se acercaban, golpeaba con su hoja y los devolvía al polvo. Los guerreros no muertos apestaban a podredumbre y se arrastraban con repugnantes chapoteos audibles, pero Wilhelm observaba con atención su comportamiento.
Abrió camino hasta el centro de la horda, donde dos muertos vivientes permanecían inmóviles. Los no muertos se apretujaban contra él, como si intentaran proteger algo. Pero un corte vertical y dos patadas rápidas les otorgaron una segunda muerte. Retrocedió con la espada y estaba a punto de apuñalar, cuando…
—¡Ghh!
Un chorro de llamas brotó frente a él, obligándolo a saltar hacia atrás. Wilhelm blandió su espada frenéticamente contra el fuego que se aproximaba hasta que el aire frente a él brilló, y el espacio vacío de repente se llenó con una pequeña figura humanoide.
A Wilhelm se le heló la sangre al verlo.
Era una niña con una túnica blanca.
—… Esto no va según lo planeado. Deliberación: requerida —murmuró.
Parecía tener unos diez años, quizás un poco menos o un poco más. Tenía el cabello largo de color rosa claro y un rostro encantador. Aparte de sus pies descalzos y la túnica que era su única prenda, parecía una niña perfectamente ordinaria, aunque notablemente serena.
Eso hacía que fuera aún más inquietante saber que un horrible monstruo acechaba bajo esa apariencia infantil. Irradiaba una abrumadora aura maligna, tan fuerte que no podía ocultarla, tan intensa que se podía detectar casi al instante.
—¿P-pero qué monstruo es este? —dijo Wilhelm, casi para sí mismo.
—¿Monstruo…? En efecto, estoy incompleta. Me queda mucho camino antes de parecerme a mi madre —susurró la niña con tristeza, frunciendo el ceño.
Esto provocó una reacción asombrada de alguien cercano.
—¿Madre? Tienes que estar bromeando. Pensar que una horrible mercancía defectuosa como tú comparte algo con mi honorable Maestra. No quiero ni oiiiírlo —Roswaal dio un paso adelante.
Su actitud despreocupada y divertida había desaparecido, reemplazada por una mirada furiosa que fijó en la niña.
La chica, por su parte, parecía desconcertada por la ira de Roswaal.
—Lo siento. ¿Quién es usted? Identidad: Requerida.
—Tu perdición. Te destruiré, por completo y definitivamente.
—Entonces lo siento mucho. Sobre todo porque parece hablar en serio. Resistencia: Requerida —la niña parecía prácticamente impasible, en marcado contraste con la creciente ira y el destello cada vez más peligroso en los ojos de Roswaal.
La chica lo tomó con calma, examinó el entorno e hizo un ademán hacia los guerreros no muertos.
—Afortunadamente, pude obtener lo que vine a buscar aquí —dijo—, y no necesito molestarme más con ustedes. Me iré ahora. Me han dado mucho en qué reflexionar. Deliberación: Requerida —la niña inclinó la cabeza y su cuerpo comenzó a elevarse del suelo.
—¡Detente ahí, mal…! —Wilhelm se lanzó hacia ella para impedir su huida, pero los guerreros no muertos se cerraron para detenerlo—. ¡Quítense de mi camino!
Pareció desconcertado por un muerto viviente que esquivó su ataque y se movió para contraatacar. Era tan rápido, como una criatura diferente a los títeres de antes.
Pudo ver que todos los muertos vivientes a su alrededor también se movían con más agilidad. Incluso Wilhelm no podía derribar a estas cosas de un solo golpe, no obstante, aún no eran rival para él…
—¡Y-YAAAAAAH!
—De repente… hay tantos… ¡No puedo contenerlos a todos…!
Oyó el grito de Grimm y vio que Carol también estaba herida y se movía lentamente. Con el tiempo, todos excepto Wilhelm se verían superados.
—Hemos reducido su número, pero eso probablemente ha hecho que el resto sea más poderoso. Debe haber un no muerto «núcleo» que actúa como punto de control para todos los demás. Si lo destruimos, quizás podamos darle la vuelta a esto —explicó Roswaal.
—¿Cómo podemos saber cuál es? —preguntó Wilhelm.
—Se moverá de manera diferente. Esa es la clave… si puedes notarlo.
Gracias a Roswaal tenían un plan, pero encontrar el no muerto núcleo en el caos del campo de batalla no sería fácil. Wilhelm miró hacia la colina, esperando obtener ayuda de sus compañeros de escuadrón en la cima, pero encontró que una flecha disparada con una fuerza increíble había atravesado a uno de ellos en la cadera y le había arrancado un trozo de carne.
Tholter era el culpable, tan certero con su fuego de apoyo como lo había sido en vida. Con una gran corpulencia que desmentía su agilidad mental, Tholter se había distinguido excepcionalmente como arquero en su unidad, y su enorme arco era capaz de una potencia y precisión inmensas.
—… —una idea fugaz le llegó a Wilhelm.
El muerto viviente cuyas habilidades permanecían intactas desde que estaba vivo —Tholter Weasily— era el punto de control.
—Creo que escogimos a alguien a quien le resultará difícil matar. Lo hemos estado observando —este comentario desprovisto de emoción provino de la niña, que se alejaba cada vez más. Pero daba credibilidad a la suposición de Wilhelm.
Rechinando los dientes, Wilhelm contó cuántos enemigos había entre él y Tholter, y entonces, prácticamente ardiendo de ira, partió en cuatro pedazos al guerrero no muerto que tenía delante.
No sería suficiente. Wilhelm podía llegar hasta Tholter y matarlo. Pero mientras estuviera ocupado haciendo eso, sus tres compañeros se convertirían en comida para muertos vivientes. Solo había una forma de mantener la línea de batalla intacta y aun así detener a Tholter…
—¡Grimm! —gritó Wilhelm—. ¡Tienes que encargarte de Tholter! ¡Él es el núcleo!
Estaban atrapados en el fondo de un valle. De todos ellos, Grimm era el menos útil en combate. Cuanto más adentro iban, más enemigos habría, y perderlo a él tendría el menor impacto en su fuerza total.
Grimm, con su escudo aún en alto, miró a Tholter, luego a la criatura no muerta que había robado el cuerpo de su amigo. Sacudió la cabeza una y otra vez.
—¡N-no puedo hacerlo! ¡No puedo!
—¡Ve tú! ¡Yo ocuparé tu lugar ayudando a la chica! ¡Sube esa colina y córtale la cabeza! Es un arquero sin nadie que lo proteja. Si puedes acercarte, ¡puedes matarlo!
—No se trata de si puedo vencerlo o no. ¡Me estás diciendo que mate a mi amigo! —Grimm estaba prácticamente al borde de las lágrimas incluso mientras se defendía desesperadamente de los ataques enemigos.
Wilhelm sabía que Grimm y Tholter habían sido cercanos. También era consciente de que Grimm no había podido usar su espada desde la aniquilación de su unidad. Y aun así…
—¡Sí, te lo estoy diciendo! ¿Y qué tiene?
—¿Que qué tiene? ¡Pues todo! ¡No puedo asesinar a mi amigo! Yo… ¡no soy como tú! ¡No puedo hacerlo!
—¿Qué parte de esa cosa es tu amigo? ¿No puedes ver a través de tus lágrimas? ¡Tu amigo está muerto y se ha ido! Esa cosa es un cadáver. Solo que está algo perdido, ¡y no debería estar aquí!
Wilhelm vio a Carol resbalar. Lanzó un tajo de costado contra el muerto viviente que estaba a punto de atacarla. Los fragmentos rebotaron contra la espalda encorvada de Grimm. Wilhelm le dio un empujón y gritó:
—«Ay, no puelo, no puelo». ¡Así eres siempre! ¡Pasas todo el tiempo buscando excusas! Bueno, si tienes energía para discutir, tienes energía para ir allá y matar a esa cosa. ¡Deja de gimotear y ve a acabar con eso! — Wilhelm proclamó sus pensamientos sin descanso mientras derribaba un no muerto tras otro.
—…
Sintió que Grimm se enderezaba detrás de él. El muchacho miró sus pies y murmuró:
—Podría ser Tholter.
—¿Y qué? ¡Dímelo!
—Es que ya no puedo usar mi espada. Tengo mucho miedo.
—¿Y qué?
—¡Todos los demás murieron mientras yo sobreviví, y no puedo soportarlo!
—¿Y QUÉ?
—¡¡¡NO QUIERO MORIR!!!
Espalda contra espalda, se gritaron el uno al otro.

Y entonces Grimm se lanzó hacia adelante, con el escudo en alto. Carol se apresuró tras él para apoyarlo mientras Wilhelm se dedicaba a la sangrienta tarea de proteger a Roswaal.
Grimm subió la colina a toda velocidad, desviando los golpes de los guerreros no muertos con su escudo, llegando hasta Tholter en una carrera desenfrenada.
El enorme arco disparó otra flecha. Grimm la bloqueó con su escudo, con tanta facilidad como si hubiera visto ese ataque un millón de veces, y alzando su espada inmaculada, gritó:
—¡VOY A VIVIR! —y, aun dominado por el miedo, asestó un golpe que decapitó a Tholter.
Así terminó la batalla.
6
—¡Este es el úuultiiimooo! —Bordeaux descargó su hacha de guerra contra el guerrero no muerto con una fuerza impensable, reduciéndolo a una colección de pedazos carnosos que en nada se asemejaban a un cuerpo humano.
El enorme guerrero exhaló un suspiro, recargó su hacha en el hombro y se sacudió los trozos de vísceras y carne pegados a su armadura.
—¡Bien! ¡La batalla terminó! ¡Si están muertos, échame un grito!
—Eso no es posible —respondió Pivot—. Porque, como me complace informar, todos están vivos.
Los diversos grupos del Escuadrón Zergev habían logrado abrirse paso entre la multitud de no muertos y reunirse poco después de que Grimm destruyera a Tholter. Tanto Wilhelm, con su increíble habilidad con la espada, como Carol, que estaba herida, regresaron sanos y salvos. Incluso el miembro del escuadrón que fue herido por la flecha de Tholter sobrevivió. Por algún milagro, el escuadrón no había perdido a una sola persona en la batalla.
—Vaya, vaya, vaaaaya, pero qué gran espectáculo. ¡Todos me salvaron! —fue algún tiempo después de que terminara el combate. El escuadrón estaba sentado en el suelo mientras Roswaal los llenaba de elogios.
Pivot volteó hacia ella y, ajustándose el monóculo, preguntó:
—Díganos, Lady Mathers. ¿Qué eran esas criaturas no muertas?
—Esa es una exceleeeente pregunta. Son una señal de que hay más en esta situación de lo que parece. Tengo que informar al castillo lo antes posible. Tendremos que actuar con la maaaáxima precaución.
—¿La máxima precaución…? —sonaba siniestro. Pivot levantó una ceja.
Roswaal asintió, haciendo ondear su cabello añil.
—No estoy del todo de acuerdo —dijo Bordeaux, cruzando los brazos—. Son solo muertos vivientes. ¿Cuál es el peligro?
—Los no muertos son solo el comienzo —dijo Roswaal—. La cuestión es quién los controla y quién estableció los círculos mágicos. Sospecho que son la misma persona.
Bordeaux, junto con todos los demás que no conocían la situación, la miraron con perplejidad. Wilhelm, aún sosteniendo su preciada espada, frunció el ceño hacia Roswaal. Ella llevaba una sonrisa que sugería que tenía una idea de quién era esa persona, y eso le molestaba.
Roswaal, ya sea que no lo notara o lo ignorara, señaló lo que quedaba del círculo mágico y dijo:
—Fue la misma persona que trajo este tipo de habilidad mágica inusual a la Alianza Semihumana y usó la maldición para controlar a los no muertos. Se hace llamar… Sphinx. Podríamos decir que pertenece al legado de la Bruja. Esa es probablemente la forma más clara de comunicar lo peligrosa que es.
—G-glup —todos, incluido Wilhelm, tragaron saliva con dificultad ante esto.
Confirmaba que el monstruo —Sphinx, el remanente de la Bruja— era real. La larga sombra que se cernía sobre la guerra, empantanando tanto a las fuerzas reales como a la Alianza Semihumana, no era ninguna ilusión.
Además, la conexión con la Bruja que se formaba allí llevaría al Reino de Lugunica, al Escuadrón Zergev y, sobre todo, al propio Wilhelm a un destino inevitable.
Wilhelm Trias, el Demonio de la Espada, aún no había encontrado su destino. Todo comenzaría tres años después, cuando cumpliera dieciocho años.