La Canción de Amor del Demonio de la Espada - Tercera Estrofa
La Canción de Amor del Demonio de la Espada
Tercera Estrofa
1
El encuentro con la Bruja en el Campo Castour, así como el conocimiento de que estaba trabajando con la Alianza Semihumana, conmocionó a las autoridades de Lugunica.
—La situación es alarmaaaante. La persona conocida como Sphinx puede controlar a los muertos y usar magias poderosas que se creían perdidas desde hace mucho. Podríamos enfrentar otras derrotas como la de Castour —ahora la noble Roswaal J. Mathers hablaba en la sala de asambleas ante una reunión de los principales oficiales militares del país, eminentes oficiales y Caballeros de la Guardia Real, así como varios de los nobles más prominentes de la nación.
Aunque hablaba con fluidez, la tendencia de Roswaal a alargar sus sílabas en partes extrañas seguía presente. Pero nadie señalaba esto; los oficiales que la escuchaban nunca perdían las expresiones sombrías en sus rostros.
—¿Sphinx? —dijo alguien—. He oído que algunos piensan que es parte del Culto de la Bruja.
—Personalmente, lo dudo —respondió otro—. Ellos solo siguen sus propios deseos. Es difícil imaginarlos trabajando con los semihumanos para derrocar el Reino.
—Puede ser, pero creo que solo ellos realmente entienden lo que buscan.
Ante la mención del Culto de la Bruja, el ambiente en la cámara se volvió aún más sombrío. El Culto de la Bruja era un grupo que veneraba a la Bruja de la Envidia —que casi había destruido el mundo hacía siglos— y buscaba resucitarla, según las historias, al menos. Por otra parte, muchos pensaban que esto era muy difícil de creer, y que los miembros de este culto eran simplemente unos locos comunes y corrientes.
Wilhelm coincidía con esta última opinión, o de forma más concisa, no le importaba en absoluto. Ni siquiera sabía realmente por qué estaba en la cámara del consejo en ese momento. Bordeaux y Pivot estaban sentados a su lado, pero esto sí podía entenderlo; eran Caballeros consumados y podían mantener la cabeza en alto en esa compañía.
Francamente, deseaba que un poco de esa confianza se le contagiara a Grimm.
—... Agh…
Mientras Wilhelm permanecía sentado con expresión de fastidio, Grimm parecía a punto de vomitar. Su rostro estaba descolorido, su respiración irregular; parecía que si no tenía cuidado, pronto podría devolver su desayuno.
Justo cuando Wilhelm empezaba a preguntarse si su cara tenía algún color que fuera normal, Roswaal dijo:
—Ahora escucharemos al Escuadrón Zergev, que estuvo en la batalla real. Si no les impoooorta, caballeros.
Bordeaux saltó de su asiento, exclamando: «¡SÍ, SEÑORA!» con una voz ridículamente alta. Un instante después, Wilhelm y los demás también se pusieron de pie, y los cuatro fueron conducidos al centro de la sala de asambleas.
—¡BORDEAUX ZERGEV, CAPITÁN DEL ESCUADRÓN ZERGEV, INFORMANDO! ¡ES UN HONOR SER CONVOCADO POR EL CUARTEL GENERAL!
—Creo que su saludo fue un poco exagerado, Joven Señor —dijo Pivot—. Ejem. Subcapitán del Escuadrón Zergev Pivot Arnancy, informando —le lanzó una mirada a Wilhelm—. Ustedes dos, preséntense.
—G-Grimm Fauzen del Escuadrón Zergev, ¡in-InFoRmAnDo!
—… Wilhelm Trias, lo mismo.
La voz de Grimm se quebró en un chillido, mientras que la de Wilhelm permaneció completamente indiferente. Pivot levantó una ceja, pero los oficiales reunidos no prestaron atención a eso. Estaban más interesados en el informe de los soldados que en sus nombres.
—Según Lady Mathers, su unidad tiene experiencia real de combate contra Sphinx. Ella controlaba a los no muertos, usaba magia de vuelo e inscribía los círculos mágicos en el Campo Castour. ¿Cuál es su opinión sobre ella?
—¡SEÑOR! ¡YO LUCHÉ CONTRA LOS CADÁVERES VIVIENTES, PERO NO OBSERVÉ PERSONALMENTE A LA SUPUESTA BRUJA!
—Joven Señor, cálmese. Mis disculpas, señoras y señores. Estos dos son los únicos miembros de nuestra unidad que han tenido contacto directo con la persona en cuestión. Wilhelm, Grimm, hagan su informe.
—¡S-sí… señor…! —Grimm, incluso más pálido que antes, dio un paso al frente.
Wilhelm no tuvo otra opción más que seguirlo. Entonces los miembros del cuartel general comenzaron a bombardearlos con preguntas.
No buscaban nada muy diferente de lo que ya se había dicho. Querían que los jóvenes soldados respaldaran el informe de Roswaal, además de proporcionar algunas de sus propias impresiones.
Luego llegó una pregunta que era inusual tanto en su contenido como en el tono en que fue formulada.
—Supongamos, por el bien de la discusión, que esa era la Bruja. ¿Qué impresión les dio? —la persona quien la expresó, con la mano aún levantada, era un hombre de rasgos delicados en un rostro estrecho.
De unos treinta años, quizás, tenía una apariencia agradable y un cabello castaño bien cuidado. Parecía totalmente un erudito; se notaba fuera de lugar en la sala llena de tipos militares canosos.
—¡¿S-supongamos, señor?! B-bueno, eh… Era inquietante y aterradora… Quiero decir… ¡no! ¡Como miembro del Ejército Real, no tenía nada de miedo…!
Mientras Grimm balbuceaba, el interrogador asintió a medias y miró a Wilhelm. Bajo la mirada penetrante del hombre, la expresión de Wilhelm se endureció en seriedad por primera vez desde que había llegado a aquella sala de conferencias. La expresión difícilmente era la mirada débil de un oficial de carácter civil. Era como si la punta de una espada apuntara hacia él: el aura de un guerrero temible que había decidido que aquel campo de batalla le pertenecía.
—… ¿Quién es usted? —preguntó Wilhelm.
Murmullos estallaron por toda la sala. A su lado, Grimm prácticamente dejó de respirar. Pero fue el propio interrogador quien silenció esa ola de descontento.
—Mmm. Sí, disculpe. Soy Miklotov McMahon. No suelo asistir a estas reuniones, pero como fui yo quien sugirió que Lady Mathers fuera la encargada de investigar los círculos mágicos, me aseguré de que me invitaran a escuchar su informe —entonces el hombre que se llamaba Miklotov miró a Roswaal. Ella captó su señal e hizo una reverencia teatral. Así que eran amigos en cierto modo.
Ahora que comprendía la situación, Wilhelm suspiró y respondió:
—Esa «Bruja» o lo que sea, no me pareció humana. Más bien un monstruo con piel humana. ¿Se puede razonar con una mabestia hambrienta que te quiere para su próxima comida? Con ella, es matar o morir. Nada más.
La respuesta tajante e inflexible de Wilhelm sumió la sala en un breve silencio. Solo Miklotov, a quien Wilhelm seguía observando con una intensidad casi abrasadora, conservó la presencia de ánimo suficiente para asentir. Con voz autoritaria, dijo:
—Entiendo. Esta discusión ha resultado sumamente esclarecedora. Pueden sentarse.
2
Grimm estalló en el momento en que regresaron al cuartel.
—¡Lo juro! ¡¿Có-cómo puedes ser siempre así?! ¡Casi me da un infarto por tu culpa!
Los habían convocado a la asamblea en cuanto regresaron del Campo Castour, sin siquiera un momento para descansar. Ahora por fin estaban libres de sus obligaciones, y Wilhelm se cambiaba su rígido e incómodo uniforme, limpiándose el sudor y la mugre de la piel.
Grimm, que también se había cambiado el uniforme, se lo echó en cara.
—¡¿Cómo pudiste actuar así con tantas personas importantes presentes?! ¡Y después de que el Subcapitán Pivot nos advirtiera tantas veces que nos comportáramos! ¡Rompiste tant…!
—¿Cuántas veces vas a repetir «tantas»? Y no tomes tanta confianza conmigo —Wilhelm respondió a su compañero con una respuesta gélida.
Su opinión sobre Grimm no había cambiado. Era un cobarde y inútil. Incluso si finalmente había reunido el valor para decapitar a su viejo amigo.
—¡Oh, no te alteres tanto, Grimm! Para ser sincero, a mí me tranquiliza. Si Wilhelm fuera lo suficientemente idiota como para medir sus palabras en esa sala, ¿qué pensarían de mí, dejando que me hable como lo hace?
—Dejando de lado si se le debe cortesía o no, Joven Señor, seguro que tú, Wilhelm, tienes al menos alguna idea de lo que es el decoro, ¿no es así?
Bordeaux y Pivot también se estaban cambiando de uniforme y se unieron a la conversación.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Bordeaux a su segundo al mando.
—En la conducta de Wilhelm pueden apreciarse vestigios de una educación genuina. Aunque la recibiera de manera fragmentaria, el resultado ha sido suficiente para que pueda desenvolverse en su vida diaria.
—Tch —Wilhelm chistó con disgusto ante la inesperadamente aguda capacidad de observación de Pivot.
Grimm y Bordeaux intercambiaron una mirada, dándose cuenta de que ese sonido implicaba que la evaluación era correcta.
—¿Fuiste educado, Wilhelm? —preguntó Grimm—. ¿Así que no vienes del campo?
—He oído que los comerciantes están invirtiendo mucho en educar a sus hijos últimamente, para darles una ventaja en la vida. ¿Es tu caso? —dijo Bordeaux—. No sería muy agradecido por tu parte desperdiciar lo que aprendiste.
—Recuerdo que usted recibió una educación formal en modales, Joven Señor —replicó Pivot—, y aun así, no veo ningún indicio de ello en su vida diaria. Siempre lo he considerado bastante extraño.
Parecía que Wilhelm estaba ignorando la sorpresa de Grimm y la respuesta engreída de Bordeaux; no mostraba señal de responder a ninguna de sus preguntas. Parecía decidido a evitar cualquier discusión sobre su pasado.
—¿Por qué tan antipático? Deberías al meeeenos dejar que tus compañeros de armas sepan algo sobre ti. Como el hecho de que eres hijo de la familia Trias, una casa noble regional, y que tu amada espada lleva el escudo nacional de Lugunica.
—… —Wilhelm dio la vuelta, con los ojos llenos de una ira asesina al oír que su pasado era revelado de forma tan despreocupada.
Encontró a Roswaal de pie en la puerta abierta del vestuario, con una sonrisa en el rostro. Hizo un saludo amistoso, devolviendo la mirada de Wilhelm con frialdad.
—Fue bastante fáaaacil de averiguar… La Casa de Trias puede estar en la ruina, pero sigue en los registros nobiliarios de Lugunica. Seguro que no pensaaaabas que ibas a ocultarlo para siempre.
—Si tienes tiempo para escarbar en el pasado de la gente, deberías dedicarlo a hacer tu propio trabajo. Creo que a la corte le falta su bufón.
—Bufón de la corte… ¡Jaja! Me gusta. Sabía que eras un tipo interesaaaante —dejando a un lado el arrebato de ira de Wilhelm, Roswaal miró alrededor del vestuario—. El cuartel general está tratando la presencia de Sphinx como un asunto de máxima preocupación. Pueeeede que termine siendo tratada igual que Libre Fermi y Valga Cromwell, los representantes de la Alianza Semihumana. Agradezco el apoyo de Lord Miklotov… aunque no me entusiasma que la llamen «la Bruja» —Roswaal se encogió de hombros, pero no pudo ocultar del todo su descontento al terminar de hablar.
Dada la evidente molestia en sus ojos, Wilhelm recordó los sucesos del Campo Castour.
—Ahora que lo pienso, parecías conocer a ese monstruo —dijo—. Era como si las dos quisieran matarse mutuamente.
—¿Y eso? ¿Estás interesado en mí? —dijo Roswaal—. Bueno, eres un poco joven… pero ¿qué le importa al amor esas trivialidades? Por suerte para ti, eres bastante guapo, y no me opongo a… ¡es broma! —Roswaal se detuvo a mitad de la frase.
Wilhelm parecía a punto de lanzarse sobre ella con la espada.
—Lo siento, pero no puedo decirte cómo estoy conectada con… ya sabes, esa cosa. Pero puedo asegurarte que no estamos… trabajando juntas, así que no te preocupes por eso. Si tienes que saberlo, bueno, quizás cuando estemos un poco más juntiiiitos.
—Esta es la mayor cercanía que jamás quiero tener contigo —respondió bruscamente Wilhelm.
—Ah, no seas tímido. De todas formas, no tienes tanta suerte. Dado lo que ha pasado, la persona a cargo de las contramedidas mágicas del Ejército Real soy yo ahora. A menos que la guerra y Sphinx terminen mucho antes de lo que espero, creo que todos vamos a vernos muuuucho y muy seguido.
Roswaal parecía disfrutar dando esta noticia tan desagradable mientras Wilhelm solo fruncía el ceño. Él volteó y encontró a Bordeaux y Pivot asintiéndole, como si lo hubieran sabido desde el principio.
—El Escuadrón Zergev realmente demostró de lo que está hecho allí fuera —dijo Roswaal—. Supongo que serán muy solicitados en el frente de batalla a partir de ahora, cambiando el rumbo en las batallas más feroces.
—¡Ojojo! ¡Qué honor! ¡Apuesto a que a nuestro «Demonio de la Espada» Wilhelm le encantará!
Donde Grimm y Pivot suspiraron al oír que serían arrojados de cabeza a los combates más brutales, Bordeaux parecía positivamente eufórico. Le dio a Wilhelm una fuerte palmada en la espalda.
Roswaal, por su parte, entrecerró un ojo con curiosidad por el extraño apodo repitiendo:
—¿Demonio de la Espada…?
—Algunos de los graciosos del ejército han empezado a llamarlo así —dijo Bordeaux—. Porque todo el mundo ha oído hablar de todas las muertes que causó en sus primeras batallas. Intenté conseguir un apodo propio, ¿sabes? —el Hacha de Acero— ¡pero por alguna razón nunca se ha popularizado!
—La gente sí tiene un apodo para usted, Joven Señor, lo llaman el Perro Loco… Eh, sé que no le gusta ese nombre, así que no lo uso. Las cosas no siempre salen como queremos.
—Demonio de la Espada —dijo Roswaal reflexivamente—. Demonio de la Espada, sí. Pues sí, creo que te queda muy bien.
Wilhelm resopló y apartó la mirada de Roswaal y su sonrisa coqueta. ¿Qué le importaba a él cómo lo llamaran los demás? «Demonio de la Espada» era un apodo convenientemente intimidante.
—No pieeeenses que nos estamos burlando de ti —dijo Roswaal—. La gente desea un héroe cuando las tragedias de la guerra los alcanzan, ya sea un Santo de la Espada o un Sabio… especialmente dado que Lord Fribal, el último Santo de la Espada, murió en esta gueeeerra civil.
Wilhelm, fingiendo indiferencia, no dijo nada, pero Bordeaux asintió y dijo con dolor en los ojos:
—Oí que murió luchando en una acción defensiva contra nulas probabilidades para que sus fuerzas pudieran escapar. Verdaderamente una muerte de guerrero.
«Santo de la Espada» era el título que se otorgaba al mejor espadachín al servicio del Reino de Lugunica. Pero si el portador de ese título había muerto, quizás sus talentos no habían sido tan grandes después de todo.
—Voy al campo de entrenamiento. Pueden quedarse aquí charlando todo lo que quieran.
—¡¿Vas a entrenar?! —exclamó Grimm—. ¡¿Después de todo lo que hemos…?! ¡Ah, arrgh…! ¡Espera, Wilhelm! ¡Yo también voy!
—No.
Grimm tomó su espada y su escudo a toda prisa para seguir a Wilhelm fuera del vestuario. De los dos, solo Grimm ejecutó un saludo rápido al salir; un resumen perfecto de la diferencia en sus personalidades.
—Diría que entre esos dos hay menos distancia que ayer —comentó Pivot.
—Eso es porque Grimm ha salido de su caparazón por completo —dijo Bordeaux—. Ahora tiene buena cara. No es muy hábil con la espada, pero me gusta cómo maneja ese escudo. Grimm va a mejorar cada vez más.
—Usted piensa bien de todos con mucha facilidad. La gente que no mejora no dura mucho en nuestra profesión.
—¡Buajaja! La gente no da más que problemas. Si puedes encontrar una cosa buena en ellos, es suficiente —aún riendo, Bordeaux se cambió a un atuendo ligero de entrenamiento.
—Ahh… —Pivot solo pudo suspirar.
El Capitán tomó el hacha que había dejado apoyada contra la pared, y luego volteó hacia Roswaal.
—Lamento no poder ofrecerle un poco más de hospitalidad, Lady Mathers, después de todo lo que ha hecho. Pero el Escuadrón Zergev se dirige al campo de entrenamiento. Tenemos otro día ajetreado mañana.
—No pasa naaaada. Es alentador para mí ver que no se doblegan ante nadie. Y como dije, creo que vamos a pasar mucho tiempo juntos. Espero que nos llevemos bien.
—… Yo también —dijo Pivot—. No me gustaría caer de su gracia, Lady Mathers.
Luego él y el sonriente Bordeaux salieron del vestuario y se despidieron de Roswaal en el pasillo. Una vez que estuvo fuera de la vista, Bordeaux volteó hacia su segundo al mando.
—Vaya, Pivot. Un tipo recto como tú, a punto de cumplir treinta… No habría imaginado que Lady Mathers fuera tu tipo. ¡Qué pícaro eres!
—Joven Señor —respondió Pivot—, tenga cuidado de no abrir demasiado su corazón a Lady Mathers, ni de entregárselo.
—¿Eh?
Bordeaux solo había estado bromeando, pero la tranquila respuesta de Pivot fue acompañada por una mirada seria.
El Capitán se acarició la barba perezosamente y dijo:
—Lo haré, si tú lo dices. ¿Pero por qué? ¿Crees que hay algo raro?
—Esa mujer no es fácil de descifrar. No me sorprendería en absoluto que estuviera tramando algo que desconocemos por completo. En cualquier caso, parece que trabajaremos con ella al menos durante el resto de la guerra. Tenga cuidado.
—¿Veneno en la comida, eh? Eso debería mantener las cosas interesantes. Y tengo al Demonio de la Espada para enviar a la batalla, ¡la vida de un capitán nunca es aburrida! ¡BUAJAJA!
Aunque era consciente de que la estruendosa risa de Bordeaux estaba atrayendo miradas extrañas en el cuartel, Pivot alzó la voz para igualarla mientras decía:
—Rayos… Siempre nos tocan la peor parte de todo, ¿verdad?
3
El Valle Shamrock, en el sureste de Lugunica, estaba cubierto de niebla día y noche.
La niebla era considerada un mal presagio en todas partes del mundo, y el escarpado barranco se había convertido en un páramo desprovisto de vida.
Eso lo convertía en el lugar perfecto para que aquellos que operaban en las sombras se escondieran. La pequeña cabaña escondida bajo el acantilado, envuelta en la niebla, era el hogar de esos maleantes furtivos.
—¡BIEN, VALGA, EXPLÍCAME QUÉ RAYOS ESTÁ PASANDO EXACTAMENTE! —la exigencia resonó en el barranco. Era casi lo suficientemente aguda como para romper vidrios, pero la tremenda ira en la voz habría hecho dudar a cualquiera que quisiera señalarlo.
—No grites —dijo otro—. La niebla de fuera pue’e ser una bruma maligna que absorbe el soni’o, pero a ese volumen no se sabe quién podría oírte —esta voz era ronca, baja. Su dueño tenía las manos sobre las orejas, obviamente molesto. Pero la primera voz no se aplacaría.
—¡NO ME IMPORTA LO MUCHO QUE CREAS QUE TIENES LA RAZÓN! ¡ME DA IGUAL! ¡SI QUIERES CRITICARME, PRIMERO SERÁ MEJOR QUE EXPLIQUES QUÉ DEMONIOS CREES QUE ESTÁS HACIENDO!
—¿Explicarme? ¿Por qué debería de darte explicaciones? ¿Hice algo malo? ¿Y bien, Libre? Tú no has hecho na’. Así que, ¡¿QUIÉN ERES TÚ PA’ HABLARME DE ESA FORMA?!
—¡NO TE PASES, MOCOSO! ¡ERES CONDENADAMENTE IMPERTINENTE PARA SER TAN JOVEN!
Su ira había alcanzado el punto de ebullición. Los dos grandes contrincantes en esta discusión estaban prácticamente frente a frente, gritando. Parecía que estaban a punto de asesinarse mutuamente. Un conflicto parecía inevitable. Pero entonces…
—Ambos son muy ruidosos. Necesito un ambiente tranquilo para llevar a cabo mis experimentos. Y los he traído a los dos a mi escondite principalmente para que me ayuden con esos mismos experimentos. Cooperación: Requerida.
La voz desapasionada sonaba como la de una niña, sus palabras eran represivas, pero no había emoción en su tono. En cambio, los otros dos cesaron su discusión de inmediato.
—Supongo que no resolveremos nada con los puños. Muy bien, dejaré al muchacho en paz. Pero sabes que hay más que decir sobre este asunto —quien dijo esto resopló.
Era tan alto que su cabeza casi llegaba al techo. Su cuerpo preternaturalmente delgado estaba cubierto por una túnica, y sus ojos amarillos brillaban de manera extraña. Las zonas de piel visible en sus extremidades y cabeza eran verdes y estaban cubiertas de escamas, y una gruesa cola de reptil se arrastraba por el suelo detrás de él.
Combinado con su larga lengua, no dejaba duda de que era un semihumano.
Era conocido por el nombre de Libre Fermi, y era uno de los pilares de la Alianza Semihumana.
—Valga, explícate. Los círculos mágicos en Castour, y ese jueguito tuyo con los cadáveres.
—Solo mira lo que conseguimos. ¿De verda' tienes que cuestionar hasta el último puto detalle, maldita serpiente? —la respuesta grosera a la pregunta de Libre vino de un anciano Gigante que intentaba acomodarse en una silla demasiado pequeña para él. De pie, probablemente habría medido cerca de dos metros.
Los Gigantes eran una raza de semihumanos que, aparte de su tamaño, parecían básicamente humanos. Este hombre era uno de los pocos que aún vivían, y de hecho era el más joven de ellos. Aun así, había contribuido enormemente a la Alianza Semihumana, quizás más que nadie. Fue él quien organizó a los semihumanos, los transformó de una turba sin rumbo a una coalición que podía oponerse al Reino. Su nombre era Valga Cromwell.
—¿Qué queja podrías tener sobre ese resulta’o? Espera, déjame adivinar: crees que no conseguimos suficientes cadáveres humanos pa’ to’ el trabajo que implicó. ‘toy de acuerdo, ¡también quería matar a más de ellos!
—No hagas otro de tus berrinches ahora. ¡Estoy diciendo que matamos a demasiados! Esta guerra ya se ha prolongado durante muchos años. Pero ¿cómo esperas que los humanos siquiera consideren llegar a un acuerdo después de pérdidas como esas? ¡Vas a condenarnos a todos!
La silla de Valga rechinó cuando este se levantó.
—¿Que YO voy a condenarnos? Libre, esta es una batalla de exterminio y siempre lo ha si’o. No tengo la menor intención de dejar ni a un solo humano… No pienso dejar ni a una sola de esas escorias rastreras con vi’a. ¡Voy a exterminarlos a to’os y arrojar sus cuerpos a la Gran Casca’a!
—¡¿Puedes dejar de ser infantil por solo un minuto? ¡Hay más de ellos que de nosotros! Piensa. Incluso si todos tus planes funcionan de ahora en adelante, incluso si infligimos diez veces más bajas que ellos en cada batalla, seremos destruidos primero. ¡Así es esta guerra!
—¿Y qué? ¿Debo tragar mi orgullo y rendirme? Aquí tienes una pregunta pa’ que reflexiones: ¿Pue’es oírlos? ¿Pue’es oír los lamentos de to’os nuestros camara’as que han si’o pisotea’os? ¿Los gritos de to’os nuestros amigos que han si’o abati’os? Yo pue’o oírlos. «Respóndenos», me dicen. ¡Ese es el orgullo de un semihumano!
—¡Y ese orgullo será nuestro fin! ¡Oh, ahora mismo podría tragarte entero, mocoso impertinente! ¡Vete a tu glorioso suicidio y déjanos al resto fuera de ello!
—Basta —la voz fría llegó de nuevo, junto con un rugido ensordecedor y un rayo de luz brillante que se lanzó entre la pareja enfurecida, a un centímetro de sus narices mientras se fulminaban con la mirada.
La luz cortó el aire de una manera decididamente amenazante.
—Les pedí silencio. Si se niegan a aceptar esta segunda advertencia, la tercera irá acompañada de una muestra de mi poder. Los agregaré con gusto a mi colección de guerreros no muertos —la niña vestía una túnica blanca y tenía el cabello rosa y largo: era la Bruja Sphinx.
Levantó un dedo y les preguntó con una mirada inquisitiva:
—¿Por cuál opción optarán? Cual sea el caso, no me importa. Observación: Requerida.
—No me gusta discutir con este mocoso como para convertirme en un cadáver —murmuró Libre.
—Me quitaste las palabras de la boca —gruñó Valga.
Esta vez ambos intentaron mantener la distancia el uno del otro. Al ver a los dos así sometidos, Sphinx bajó la mano con un murmullo de «Ahh». Con voz normal, continuó:
—Con respecto a su punto, creo que mis guerreros no muertos pueden corregir la disparidad en nuestros números.
—Es cierto —dijo Valga—. Por eso ‘tán los no muertos aquí, al igual que Sphinx. ‘toy más preocupa’o por cobardes como esta serpiente. ¿Crees que los no muertos son un juego? Supongo que esto responde a tus quejas.
—Lo dudo. Va contra toda lógica. ¿No sientes ninguna vergüenza al usar los cuerpos de los muertos para tus propios fines? No espero cordura de una Bruja, pero tú eres diferente —la larga lengua bífida de Libre se deslizó fuera de su boca. Con los brazos cruzados, miró con molestia a Sphinx.
Valga solo resopló.
—Deshonro los cadáveres de escorias inmundas. ¿Por qué debería sentir vergüenza? Los espíritus de nuestros alia’os muertos me lo ruegan. Y como dices, somos la raza más débil. Tenemos que confiar en nuestro ingenio. No hay ley que diga que los débiles siempre tienen que perder.
—Actuaré como considere oportuno —dijo Libre, dirigiéndose hacia la puerta de la cabaña. Enmarcado en el umbral, volteó, con sus ojos amarillos entrecerrados hacia Valga—. Pero te digo esto, Valga. Si continúas por este camino, un día te llevará al infierno.
—¿Un día? —dijo Valga—. Este mundo ya es el infierno.
—Ahh… —en lugar de despedirse, Libre solo suspiró.
El semihumano reptiliano se fue, y la tensión desapareció de los hombros de Valga. De repente, Sphinx dijo:
—Si va a ser un problema en el futuro, ¿debo eliminarlo? Confirmación: Requerida.
—No deberíamos hacerlo si no es necesario. Libre pue’e no pensar igual que yo, pero la alianza lo necesita. La alianza me mira a mí como su líder, pero la única forma en que pue’o ayudar a alguien es con mi cerebro. Pa’ liderar la carga contra las filas enemigas, hacerlos pedazos y elevar la moral de nuestras tropas al máximo, pa’ eso, necesitamos un héroe como él.
—Una cuestión difícil. Reflexión: Requerida —Sphinx hizo una pausa, y luego dijo: —¿Y qué hará después? ¿Más círculos mágicos como los que usted usó en Castour?
Cualquier animosidad que pudiera haber sentido hacia Libre pareció desvanecerse, reemplazada por interés en el lugar del próximo experimento. Ignorando el cambio abrupto de tema, Valga desenrolló un mapa con sus manos fornidas.
—Eso podría funcionar si pudiéramos hacerlo antes de que la noticia de la derrota en Castour se extienda entre los humanos, pero la alianza no ‘tá lo suficientemente organiza’a pa’ moverse tan rápi’o. Cuanto más esperemos hasta la próxima batalla, más probable será que hayan desarrolla’o contramedi’as. Du’o que la estrategia de trampas mágicas funcione de nuevo.
—¿Entonces?
—Es evidente. Dejaremos que destruyan un círculo mágico —dijo Valga con una sonrisa malvada de color rojo sangre.
Sphinx no tuvo reacción visible a esto. Pero miró al suelo y murmuró:
—Observación: Requerida —en voz tan baja que nadie pudo oírla.
4
El tiempo pasó en un abrir y cerrar de ojos.
La frenética actividad embotó la percepción del paso de los días, y el Demonio de la Espada, Wilhelm, no fue la excepción.
Tal como Roswaal les había dicho después de la asamblea, él y el resto del Escuadrón Zergev fueron arrojados una y otra vez a las batallas más brutales que enfrentaba el Ejército Real. Durante este tiempo, las fuerzas del Reino y la Alianza Semihumana intercambiaron victorias; el Ejército Real triunfaba a gran escala, solo para que los semihumanos destruyeran sus líneas de batalla y obtuvieran una victoria estratégica. Y así seguía. Las tres personas que formaban el núcleo de la Alianza Semihumana eludían continuamente a las fuerzas reales, y en consecuencia no podía haber conclusión.
Antes de que se dieran cuenta, Wilhelm y Grimm habían estado en el Ejército Real —y en el Escuadrón Zergev— durante un año. Luego dos.
El Escuadrón Zergev también se veía diferente ahora que cuando esos primeros veinte miembros se habían unido. Solo alrededor de la mitad de los integrantes originales seguían, pero por cada uno que moría, varios nuevos se unían, hasta que la unidad se había expandido por completo a cien miembros. Los convertía en una fuerza aún mayor en el campo de batalla que antes.
A Wilhelm le desconcertaba que, a través de todos esos cambios, Grimm de alguna manera permaneciera en el escuadrón. Cuando se conocieron dos años antes, Wilhelm estaba seguro de que pronto no volvería a ver a Grimm, pero de alguna manera él también era uno de los veteranos de su grupo, bien considerado por su valor marcial.
Todavía era prácticamente inútil con la espada, pero incluso Wilhelm tenía que reconocer su habilidad con el escudo, así como su capacidad para detectar peligros. Las únicas personas en el escuadrón con reflejos para defenderse de uno de los ataques de Wilhelm eran Grimm y Bordeaux.
Grimm también seguía intentando que Wilhelm se fijara en él, y como perseveraba a pesar de las mordaces críticas del Demonio de la Espada, algunos susurraban que quizás Grimm era la persona más valiente del escuadrón.
—Vaya, vaaaaya. Me han dicho que al día de hoy aún continúas engrandeciendo tu leyenda.
—… Aléjate de mí.
—Qué bienvenida tan friiiía. ¿No puedes al menos fingir que te alegras cuando una mujer hermosa quiere acercarse a ti?
Desde su excursión al Campo Castour, al escuadrón no le habían faltado oportunidades para ver a Roswaal. Dado que era imposible saber cuándo los semihumanos podrían intentar otra estrategia mágica, era natural que ella estuviera presente en cada batalla. Así que también era natural que se encontrara con frecuencia con el Escuadrón Zergev, que tan a menudo estaba en primera línea.
—Lady Mathers, qué forma de comportarse. Y en cuanto a ti, ¿qué no te da vergüenza?
—V-vamos, Carol. Así es Wilhelm. Puedes regañarlo todo lo que quieras; no va a cambiar.
Con la misma frecuencia con la que veían a Roswaal, veían a su guardaespaldas, Carol, mirándolos con furia. En momentos como este, Grimm era un salvavidas; aparecía de la nada para entretener a Carol en una conversación. Wilhelm se aseguraba de que los dos estuvieran charlando tranquilamente y luego se perdía de nuevo en su propio mundo.
—Ese Wilhelm no ha cambiado ni un poco, ¿verdad? —dijo Bordeaux—. Dicho eso, ¡esa es una de sus virtudes!
—Cada vez que vamos a un lugar nuevo —respondió Pivot—, oigo nuevos rumores sobre el Demonio de la Espada, y juro que disminuye mi esperanza de vida. Si muero joven, voy a dar por sentado que es culpa suya.
Bordeaux y Pivot también seguían observando y evaluando a Wilhelm desde la distancia, igual que antes. Había, quizás, una diferencia: el hacha de Bordeaux ya no podía alcanzar a Wilhelm. El joven espadachín recordaba más de lo que quisiera el día en que la diferencia en sus habilidades se volvió inconfundible. Bordeaux había llorado y reído a partes iguales, unos sonidos que aún parecían resonar en la memoria de Wilhelm.
Apenas podía creer que ya hubieran pasado tres años. Tres años, y ahora Wilhelm cumplía dieciocho. Tres años llenos de cosas, lugares y personas que permanecían en su memoria.
No se daría cuenta hasta más tarde de lo valioso que había sido ese tiempo.
5
En la tranquilidad de la mañana, Wilhelm abrió los ojos. Yacía en su cama, en su habitación personal del cuartel.
Normalmente, un soldado ordinario como él no tendría derecho a alojamiento individual. Pero él era una excepción; ese era uno de los privilegios que el Reino le concedía en vista de su asombrosa trayectoria en combate. También había sido una medida un tanto desesperada; el Demonio de la Espada no estaba especialmente interesado en premios u honores, lo que dejaba al Reino algo perdido sobre cómo recompensarlo.
—… Buaaa —Wilhelm bostezó una vez, luego se lavó la cara con agua fría.
Despejando los últimos vestigios de sueño, se cambió rápidamente y se puso el uniforme. No fue hasta que lo tuvo todo puesto que se dio cuenta de que hoy era su día de descanso. No necesitaba ponerse el uniforme.
—… ¿Sobre exigirme?, pero qué pendejada.
Este «día de descanso» era algo que Bordeaux y Pivot le habían impuesto. Rara vez tomaba sus días de descanso normales, prefiriendo seguir entrenando, y luego, por supuesto, estaban los días de batalla. Los comandantes habían alegado que si el Demonio de la Espada, uno de los integrantes más antiguos del escuadrón, se negaba a descansar, nadie más podía permitirse hacerlo.
—Ahh… —con un suspiro de fastidio, Wilhelm salió de su habitación todavía con el uniforme. Sería un gran fastidio cambiarse de nuevo.
Pensó en dirigirse al campo de entrenamiento, pero entonces se dio cuenta de que no podía. El objetivo de este día de descanso había sido precisamente mantenerlo alejado de allí. Pero incluso si se quedaba en su habitación, no había garantía de que el cada vez más insoportable Grimm no fuera a buscarlo.
Así que Wilhelm salió del cuartel, con el frío matutino aún en el aire, y se dirigió a la ciudad. Devolvió los saludos de los guardias con un breve asentimiento, y luego caminó solo hacia la capital, donde las señales de habitación humana se habían vuelto escasas.
La capital se había ido volviendo menos bulliciosa en los últimos tres años. Eso a Wilhelm le venía bien, pero era señal de que la guerra civil se estaba convirtiendo cada día más en un lodazal. Los combates ocurrían en más lugares, y los efectos de las pérdidas del Reino se sentían más ampliamente. Lugunica entraba en una época oscura.
El Dragón que cabría esperar que tomara acción en caso de epidemia o invasión de otro país aparentemente había decidido que este era un problema que Lugunica debía resolver por sí sola y se negaba a escuchar las súplicas de los gobernantes de la nación.
Mientras la guerra se prolongaba sin indicios de solucionarse, el pueblo se fatigaba cada vez más.
La zona a la que Wilhelm había llegado era una de las afectadas por la guerra civil. Al salir del Distrito Vasallo de la zona central de la capital, pudo ver proyectos de construcción abandonados. Supuestamente, los trabajos se reanudarían cuando terminara la guerra, pero eso solo significaba que nadie sabía cuándo.
Ahora la zona albergaba a vagabundos sin oficio y jornaleros desempleados; incluso Wilhelm entendía que era un barrio bajo. Precisamente eso lo atraía cuando estaba solo.
—Lárguense —le dijo a un grupo que se había instalado en uno de los edificios abandonados.
Parecían ser problemáticos, pero claramente reconocieron que Wilhelm lo sería aún más y se esfumaron. Wilhelm resopló y luego se dirigió a la plaza que solía usar.
Esta plaza pública, en el extremo más alejado de los barrios bajos, era lo suficientemente amplia y tranquila como para ser perfecta para su entrenamiento personal. En el campo de entrenamiento militar todos estaban tan por detrás de él que hoy en día prefería usar este lugar casi exclusivamente.
Wilhelm nunca había necesitado a otros para su práctica. Le parecía casi vergonzoso cruzar espadas con el mismo oponente una y otra vez ante la perspectiva de un combate real, donde cualquier pelea se resolvería una sola vez y para siempre.
Por lo tanto, para Wilhelm, el entrenamiento con la espada era una batalla contra sí mismo. Esto no era un eufemismo de autonegación, sino una pelea a muerte literal con su propio yo. Era en este tipo de entrenamiento donde el Demonio de la Espada, Wilhelm, se sentía más en paz.
—Oh, lo siento —alguien le dirigió la palabra de repente cuando pasó junto a las obras abandonadas y llegó a la plaza.
Se suponía que era el momento en que se sumergía en su propio mundo, perdiéndose en la espada; que una presencia extraña estuviera allí alteraba el proceso.
—Tch —Wilhelm chistó con pesar y volteó molesto hacia la fuente de la voz.
Era una chica de largo cabello rojo, cuyo perfil era lo suficientemente hermoso como para provocarle escalofríos.
Su cabello parecía llamas ardientes, y sus ojos encapsulaban el azul de un cielo despejado. Sus finos rasgos le otorgaban una dulzura y una elegancia tales que Wilhelm llegó a dudar de que siquiera fuera humana.
Pero un instante después, no era más que una muchacha del pueblo, de una belleza notable pero no arrolladora. Estaba sentada en alguna construcción abandonada en un rincón de la plaza, mirándolo.
—No sabía que hubiera alguien más que viniera aquí tan temprano —dijo con una sonrisa.
—… —la respuesta de Wilhelm fue sencilla: inmediatamente dirigió toda la fuerza de su mirada de guerrero hacia ella.
Era lo mismo que había hecho para ahuyentar a los vagabundos antes. Eso haría huir a cualquier aficionado y era suficiente para hacer dudar incluso a un oponente experimentado.
Pero fue la jugada equivocada contra esa joven.
—¿Qué pasa…? Estás poniendo una cara muy fea —preguntó ella, como si toda la fuerza de su espíritu no fuera más que una brisa pasajera.
Wilhelm se dio cuenta de que su intento de ahuyentar a la joven no había funcionado, y desvió la mirada con incomodidad. Si su despliegue de espíritu como soldado no la afectaba, significaba que era completamente ajena a las artes de la guerra, hasta el punto de ni siquiera percibir lo que él estaba haciendo.
Para quienes nunca vivieron en el mundo de la violencia, el comportamiento de Wilhelm parecería poco más que intimidación. Algunos incluso podrían tomarlo por una simple mirada de desagrado. Esta joven, al parecer, era una de esas personas.
—¿Qué hace una chica en un lugar como este tan temprano por la mañana? —preguntó Wilhelm.
Con ello quería darle a entender que le estaba estorbando, pero ella solo respondió:
—Umm —y dio un gran estiramiento—. Me gustaría preguntarte lo mismo, pero quizá no sería muy educado. Y no parece que las bromas sean lo tuyo.
—Hay mucha gente peligrosa por aquí. No es un lugar donde una mujer deba andar sola.
—Vaya, ¿estás preocupado por mí?
—Yo podría ser uno de esos tipos peligrosos.
—No lo eres. Conozco ese uniforme: eres uno de los soldados del castillo, ¿verdad? No harías nada malo.
Esto era lo que se ganaba por ponerse el uniforme sin pensar y luego no molestarse en cambiarse antes de salir. Su enfoque habitual no funcionaba.
—Jiji —al verlo desconcertado, la joven rio entre dientes—. Para ser sincera, estoy un poco sorprendida. Pensaba que este era mi lugar privado. Es bonito, ¿verdad? Queda un poco lejos, pero puedes estar solo.
—Hasta que alguien aparece y te molesta.
—Supongo que ambos nos estamos molestando mutuamente, así que estamos a mano. ¿Te estás escapando del servicio, Sr. Soldado Rebelde?
—Claro que no —dijo Wilhelm.
—Por supuesto que no. Guardaré tu secreto —dijo la joven, ignorando su excusa—. Ah, cierto —señaló algo enfrente de donde estaba sentada en el edificio abandonado—. Mira por aquí.
Wilhelm frunció el ceño, sin poder ver nada desde donde estaba. Esto hizo que la joven sonriera y le hiciera un ademán para que se acercara, como si fuera un animalito.
—No tengo tantas ganas de verlo —gruñó Wilhelm.
—Vamos, solo ven aquí.
Wilhelm hizo una mueca por su tono —sonaba como si hablara con un niño—, pero fue hacia ella. Subió los escalones del edificio abandonado y miró hacia donde ella señalaba.
—… —contuvo el aliento al verlo.
Un campo de flores amarillas se extendía ante él, iluminado por el resplandor del sol matutino.
Ella habló a Wilhelm, quien estaba sin palabras, como si confesara un secreto:
—Dejaron de trabajar aquí, ¿verdad? No pensé que viniera nadie más, así que planté algunas semillas. Hoy volví para ver cómo iban creciendo.
No fue el aprecio por las flores hermosas lo que provocó que la vista inesperada dejara a Wilhelm sin habla. Simplemente no podía creer su propia falta de atención. Había venido allí tantas veces y, aun así, no se había percatado de esa característica tan peculiar. Era un mundo que podría haber notado, si tan solo se hubiera esforzado, ampliado un poco su perspectiva…
—¿Te gustan las flores? —preguntó la joven al aún silencioso Wilhelm.
Él volteó para contemplar su sonrisa amable, diciendo:
—No. Las detesto.
Y así vio cómo la felicidad desaparecía por completo del rostro de la muchacha.
6
—Parece que te mantienes ocupado en tus días de descanso, Wilhelm. Nunca estás en tu habitación cuando paso. ¿Te vas a matar gente en algún lado?
—No estoy ocupado… Y tampoco estoy matando gente.
—Claro. Tienes cara de estar lo bastante contento como para que crea que dices la verdad. Parece que estás teniendo días de descanso tranquilos y agradables —comentó Grimm a la ligera, vestido con su uniforme de soldado mientras bajaba del carruaje de dragón.
Wilhelm torció el gesto para que su fastidio fuera evidente, pero Grimm apenas se dio cuenta, aún seguía sonriendo. De alguna manera, eso irritaba aún más a Wilhelm.
Las filas del Escuadrón Zergev habían crecido, pero Wilhelm seguía siendo tratado con el mismo asombro de siempre. No obstante, Bordeaux y Grimm ya lo conocían desde hacía tanto tiempo que estos momentos de charla personal eran cada vez más frecuentes.
Guardando un silencio deliberado, Wilhelm pensó en los «días de descanso» que Grimm había mencionado. Habían pasado varias semanas desde que Bordeaux y Pivot le habían impuesto una vacación y él había conocido a la chica por primera vez. Aún no sabía su nombre —pensaba en ella como la Florecita—, pero desde entonces se habían encontrado varias veces más.
Wilhelm se sorprendió al descubrir que, aunque no iba a la plaza con ninguna regularidad, cada vez que iba, la Florecita estaba sentada frente a sus flores como si fuera lo más normal del mundo. Seguía allí, mirando sin hacer nada mientras Wilhelm practicaba con la espada. Era frustrante tenerla mirándolo, pero era mucho mejor que si ella lo echara.
Cuando ella le preguntó por primera vez qué opinaba de su jardín de flores, y él le dio una respuesta cruel que la hizo estallar en una ira comparable a una tormenta y terminó por echarlo de allí. Incluso ahora, Wilhelm no podía creer haber perdido ese enfrentamiento.
Pero había otra cosa que le resultaba aún más desconcertante. Cada vez, cuando terminaba su práctica, ella le preguntaba con una sonrisa: «¿Te gustan las flores?».
Sabía que la respuesta no cambiaría, y aun así se lo preguntaba cada vez.
«No. Las detesto», respondía él con una mueca de absoluto desagrado. Ya se había convertido casi en un ritual.
—¡Muy bien, nos dirigimos al sur! ¡Ahí es donde el combate está más intenso ahora mismo! ¡Tanto Libre Fermi como Valga Cromwell están allí! ¡Es la oportunidad perfecta para que consigamos grandes victorias!
—… —este grito entusiasta lo trajo de vuelta a sus pensamientos.
Al frente estaba Bordeaux, con su hacha de guerra en alto, animando la moral de sus tropas como un auténtico Capitán. A medida que el tamaño de su unidad aumentaba, le resultaba cada vez más difícil hacer las cosas sobre la marcha como solía, pero también revelaba en él un talento inesperado para el liderazgo. El Escuadrón Zergev no había hecho más que volverse más y más efectivo en combate.
Dicho esto, más éxito significaba más ansiedad para el Subcapitán Pivot.
—Aunque nuestra función hoy no es asaltar el campamento enemigo principal. Seremos una unidad móvil: vigilaremos la situación y nos moveremos para ayudar donde sea necesario. Tengan cuidado de no emocionarse demasiado y terminar actuando solos en algún lugar.
El campo de batalla esta vez sería el Pantano Aihiya, en el sur de Lugunica. La guerra civil había envuelto a todo el Reino, pero se decía que la resistencia semihumana era más fuerte en el sur. Los informes indicaban que las figuras principales de la Alianza Semihumana habían ido allí para apoyar el esfuerzo de resistencia, y por eso las fuerzas del Reino concibieron una estrategia a gran escala, de la que el Escuadrón Zergev formaría parte.
—Tenemos una enorme fuerza de ataque —dijo Grimm—. Quizá por fin podamos terminar esta guerra…
—Siempre tan optimista, ¿verdad? —dijo Wilhelm desdeñosamente—. Creo que comprometer una fuerza importante cuando sabemos que los líderes enemigos están allí es buscar problemas.
Grimm pareció algo molesto, pero pronto comprendió lo que Wilhelm quería decir. Se rascó la nuca y dijo:
—¿Estás… pensando en el Campo Castour?
—Valga Cromwell también estaba allí ese día. Y dada la presencia de los círculos mágicos, supongo que la Bruja también. Nos están esperando, y vamos a lanzar más hombres aquí que en Castour. ¿Qué crees que va a pasar?
—Glup —Grimm tragó saliva, y le pareció que se escuchó muy fuerte.
Ninguno de los soldados que los rodeaban parecía tener la menor ansiedad mientras esperaban la orden de avanzar. Quizá tenían razón en mantener su confianza, sus ansias de batalla.
Pero si morían en vano, sería… bueno, sin sentido.
—Supongo que nuestros comandantes al menos han considerado esa posibilidad —dijo Wilhelm.
—¿Qué…?
—Desde lueeeego que sí. La cara que acabas de hacer, Grimm, vale ooooro —una voz femenina conocida respondió a la pregunta a medias y tonta de Grimm.
Los dos hombres voltearon y vieron a Roswaal, una mujer cuya disposición despreocupada nunca cambiaba, ni siquiera en el campo de batalla. Se echó hacia atrás la capa que llevaba sobre su uniforme militar y se estiró como para lucir su abundante busto.
—Los altos mandos están tan seguros como tú de que Sphinx probablemente esté operando aquí. Hemos eliminado con la espada a tantos de los suyos como ellos a los nuestros con magia. Creemos que tarde o temprano tendrán que llegar a su límite.
—S-siempre parece tan tranquila, Lady Mathers —dijo Grimm.
—Oh, me vas a hacer sonrojar. Y si yo estoy aquí, eso signifiiiica que tu princesita también lo está —Roswaal le dedicó una sonrisa llena de intención.
La guardaespaldas de Roswaal, Carol, llegó caminando detrás de ella. Como siempre, vestía armadura de Caballero y una espada al cinto, nada de lo cual la favorecía como mujer. Su cabello dorado solo había crecido un poco en los últimos tres años. Pero había algunos cambios notables en ella y en el sonriente Grimm.
—Grimm —dijo Carol—, me alegro de haber tenido la oportunidad de hablar contigo antes de que empiece la batalla. Me preocupaba que Lady Mathers pudiera estar en peligro si el combate se volvía demasiado intenso…
—¡T-también me alegro! —respondió Grimm—. Contigo detrás de mí, eh… ¡sí! ¡Sé que no tendré que preocuparme de que el enemigo me ataque por la espalda!
—Soy más fuerte que tú, ¿sabes? No me gusta que me menosprecien…
—¡N-n-n-n-no q-q-qu-quería m-me…!
—Es broma. Me alegra que te alegres.
Grimm y Carol se fueron sumergiendo poco a poco en su propio mundo, ignorando por completo a los otros dos. Cuando se cansó de verlos, Roswaal le dio a Wilhelm un codazo.
—¿Cómo te sientes? ¿Coooómo te sientes ahora mismo? Tu amigo se está poniendo cariñoso con una chica, un amor forjado en el fragor de la batalla…
—Creo que es una estupidez. Y no actúes como si él y yo fuéramos tan cercanos. No necesito amigos.
—Ya veo. Qué pensamiento taaaan solitario. ¿Te interesa coquetear conmigo, entonces?
—Te partiré por la mitad —antes de que Wilhelm terminara de hablar, Roswaal ya había dado un gran paso hacia atrás hasta una distancia segura.
Estaban esperando para entrar en combate, pero ni siquiera podía conseguir que todos lo dejaran en paz el tiempo suficiente para concentrarse y prepararse. Ni siquiera logró suspirar cuando Carol le dio a Grimm algún tipo de amuleto protector.
—En cualquier caso, dejen que nosotras nos preocupemos por Sphinx —dijo Roswaal—. Tú solo diviértete rebanando a todos los malos que veas.
—Ese es mi plan. Procura no arruinar tu parte.
—Ohh, ¿te preocuuuupas por mí?
—Me preocupa que te interpongas en mi camino.
Roswaal pareció a punto de hacer un puchero ante la fría respuesta, pero Wilhelm hizo sonar la funda de su espada y la hizo retroceder de un salto.
En una pausa de la conversación, una voz llamó:
—¿Está Lady Mathers por aquí? El comandante quiere hablar con ella.
—¡C-Comandante! La, eh, la señorita está allí, señor.
El muro de soldados se abrió, y se pudo ver la imponente figura de Bordeaux. Grimm interrumpió rápidamente lo que le estaba diciendo a Carol y señaló a Roswaal, que saludó afablemente. Bordeaux asintió.
—¡LORD LEIP, SEÑOR! —exclamó el Capitán—. ¡LADY MATHERS ESTÁ AQUÍ! ¡SI QUIERE PASAR, SEÑOR!
Un hombre de tono lúgubre respondió:
—… No hace falta que grites, puedo oírte. Si insistes en decir todo a gritos, la gente pensará que eres idiota —se abrió paso hacia allí, Bordeaux era difícil de pasar por alto.
El recién llegado era un Caballero de unos treinta años, aunque parecía demacrado.
El Caballero se detuvo ante Roswaal e hizo una reverencia elegante.
—Leip Barielle, a su servicio. Vizconde del sur y Comandante de la línea de batalla en esta ocasión.
—¿Oh? Por lo que había oído, Lord Crumere estaría al mando.
—Lord Crumere fue alcanzado por una flecha perdida en una batalla reciente. La herida se infectó y murió. Lamento no haber podido notificárselo antes. Ahora soy comandante en virtud de mi rango y mis logros militares —su voz era neutra y su expresión no cambió. Sin embargo, algo en su tono indicaba que había más debajo de la superficie.
Leip Barielle era el superior de su superior, pero Wilhelm no se fiaba de la sensación que le transmitía. Wilhelm apartó la mirada de Leip y la dirigió hacia las líneas enemigas.
—Tú, soldado, ponte derecho.
—… ¿Yo? —preguntó Wilhelm.
—No lo repetiré —Leip se acercó a Wilhelm y comenzó a agitar el puño frente a su cara.
En el instante en que hizo el ademán, Wilhelm empezó a alcanzar su espada, pero se detuvo.
En ese mismo momento, sintió un impacto en la mejilla; su torso se giró por la fuerza.
—Es tu deber estar firme y prestando atención cuando tu Comandante está presente, y ni qué decir de un general. Quizás todos los elogios que ha recibido esta unidad se te han subido a la cabeza, pero de mí no recibirás ningún trato especial. No me importa si eres el mismísimo Demonio de la Espada.
—…
—Tienes una mirada rebelde, muchacho. Quizás será mejor que imponga un poco de disciplina antes de que comience esta batalla.
Wilhelm escupió la sangre que se le había acumulado en la boca y miró con odio a Leip, que solo sonrió con sadismo.
Eso significaba más castigo corporal y, como la persona de mayor rango allí, nadie podía detenerlo.
—¿No cree que ya es suficiente? Este no es momento para andar jugaaaando con niños —nadie, excepto Roswaal J. Mathers, que estaba fuera del sistema de rangos y normas militares.
Roswaal sonrió a Leip, empujando suavemente su puño, que había levantado para golpear de nuevo.
Leip resopló en voz baja, apartándose de Wilhelm.
—Bordeaux, enseña a tus hombres un poco de respeto, o podría tener que cobrar su impertinencia contigo. El frente sur no es un patio de recreo para niños.
—… Sí, señor. Mis disculpas, señor.
—¡Lady Mathers! Deseo consultar con usted antes de que comience la batalla. ¿Quiere acompañarme? —después de reprender a Bordeaux, Leip pareció perder interés en la unidad.
Roswaal respondió a su llamada con un obediente «voy». Carol no dejó de lanzar miradas preocupadas por encima del hombro mientras se marchaban.
Cuando Leip desapareció de la vista, los soldados se relajaron.
—¿E-estás bien, Wilhelm? —preguntó Grimm, acercándose y examinando la mejilla de Wilhelm donde lo habían golpeado.
—No es nada. Solo me dio un golpe. No pongas esa cara de preocupación.
—No me preocupa que te haya dado un golpe. Me sorprende que no le hayas cortado la cabeza cuando lo hizo. ¿Te sientes bien? Quizás deberías tomarte el día… ¡AH! ¡Lo siento! —el tono despreocupado de Grimm cambió rápidamente cuando se encontró con la espada de Wilhelm en su cuello.
Mientras Wilhelm envainaba su hoja, Bordeaux asintió con una mirada de lástima.
—Siento lo de antes, Wilhelm. Solo tuviste mala suerte.
—No se amontonen. Ya les dije que no es nada —Wilhelm apartó con una mano a los soldados que se acercaban, mientras se limpiaba enérgicamente con la manga el moretón de la mejilla.
—¿Seguro que este tipo debería liderarnos? —dijo Grimm—. Es como la pesadilla de un soldado sobre un mal Comandante.
—Lo creas o no, Leip Barielle tiene un historial militar bastante exitoso —dijo Bordeaux—. Puede que no sea la persona más fácil de llevar, pero… Bueno, ¿quién no quiere seguir a un ganador?
Grimm pareció dudar de esto, y Wilhelm decidió que su juicio inicial sobre Leip era correcto. La forma en que el comandante se había movido al golpear a Wilhelm, era claramente un poderoso hombre de guerra. Tenía la fuerza característica de alguien que se había entrenado a fondo y había complementado eso con la supervivencia repetida en el campo de batalla. Quizás podría rivalizar con Bordeaux en un combate cuerpo a cuerpo. A Grimm lo superaría sin duda.
—No faltan rumores desagradables sobre él —dijo Bordeaux—, y no dudará en pelear sucio. Pero no hay duda de que es un Comandante capaz. Tanto es así que le dieron el mando de la primera de las cuatro armadas formadas en la reorganización reciente. ¡Así que tranquilízate! Estás en buenas manos. BUAJAJA —luego soltó una gran carcajada, recuperando su humor habitual.
—S-sí, señor —dijo Grimm, y luego murmuró: —Será mejor que le pida a este amuleto que me dio Carol un poco más de suerte… —sostuvo el amuleto en la mano y murmuró una oración.
De un vistazo, Wilhelm vio que Carol le había dado un colgante; un relicario con algo dentro.
—¿Un regalo de una chica, eh? Me impresionas, muchacho. ¿Qué tiene dentro?
—Mm, según tengo entendido, Carol lo consiguió de quien sea que sirve. Dentro hay… ¿una flor, creo? Una flor prensada. Es tan amarilla y elegante, que parece que le sentaría bien a ella… —Grimm se puso melancólico mientras mostraba el relicario a Bordeaux.
Al hacerlo, Wilhelm se sobresaltó cuando vislumbró la flor del interior.
Era, sin lugar a dudas, el mismo tipo de flor amarilla que las que cuidaba la muchacha de los barrios bajos.
—Estamos a punto de entrar en combate. ¿Qué les pasa a todos…?
Su concentración estaba arruinada. ¿Acaso intentaban específicamente desequilibrarlo? Reprimió su furia explosiva e intentó recomponerse una vez más, cuando…
—Escuadrón Zergev, formen filas. Vamos a reunirnos con los otros escuadrones para discutir el posicionamiento, así que… ¿Pasa algo, Wilhelm?
—¡No, nada!
… para colmo, apareció Pivot, obligándolo a posponer sus meditaciones una vez más.
—Maldita sea —murmuró—. Si esto sale mal, ¡que no me echen la culpa a mí…! —arrastrado por el flujo de soldados que marchaban, Wilhelm levantó la vista al cielo con disgusto.
La noche terminaba; el amanecer llegaría pronto. La operación comenzaría a primera hora de la mañana, apenas unas horas después. Wilhelm siempre se esforzaba por fundirse con su espada y no dejar que cosas innecesarias interfirieran. Pero ahora entraba en las fauces del combate sin su concentración.
Muchos destinos se decidirían en el Pantano Aihiya. La batalla se cernía sobre todos ellos mientras marchaban.