La Canción de Amor del Demonio de la Espada - Sexta Estrofa
La Canción de Amor del Demonio de la Espada
Sexta Estrofa
1
Un alzamiento masivo de los semihumanos en todo el Reino sumió a la nación en las llamas de la guerra.
El Ejército Real, aún tambaleándose por sus pérdidas anteriores, fue puesto a la defensiva por el levantamiento armado de los semihumanos y la masa de guerreros no muertos que los acompañaban. A medida que llegaban los informes de bajas, el cuartel general del ejército se sumió en el caos, y la defensa de cada región quedó en manos de los responsables sobre el terreno.
—Eso es, más o menos, lo que he oído, pero no tengo detalles —dijo Bordeaux en voz baja—. Si nos hubieran destinado a alguna parte, al menos podríamos haber ayudado a prevenir algunas bajas.
El Escuadrón Zergev, completamente armado, estaba reunido en un puesto de guardia. Los miembros presentes eran los recién llegados, los que habían ayudado a completar la escuadra después de que su antiguo contingente fuera tan cruelmente diezmado. Con la reorganización en curso, los papeles de asignación oficial aún no se habían emitido, pero todos aquellos con los que había hablado de antemano habían acudido. Entre ellos, por supuesto, estaban Grimm, ya fuera del hospital, y Wilhelm.
—¡Grimm! —dijo Bordeaux—. Puede que hayas perdido la voz, ¡pero espero que aún puedas luchar como antes! Esta es tu oportunidad de demostrarnos lo que vales.
—… —Grimm no pudo decir nada ante este intento de levantar la moral, pero golpeó su escudo en respuesta.
Bordeaux asintió ante esa muestra de espíritu, y luego miró hacia fuera del puesto de guardia.
—Supongo que pronto seremos destinados al campo de batalla más cercano. Sinceramente, me gustaría salir corriendo hacia allí ahora mismo, pero vale la pena recordar que cuanto más grandes son, más lentos se mueven.
—… —mientras Bordeaux aconsejaba paciencia, Wilhelm se preparaba en silencio para la batalla. Enfrentaría el combate que se avecinaba con el espíritu abrumador del Demonio de la Espada. En el campo, en medio de una lucha a vida o muerte, podría olvidar la confusión que sentía por los campos de flores. Allí donde las chispas de la vida volaban en chorros de sangre, su espíritu podía entregarse por completo a la espada, y no necesitaba sentirse perdido…
—Aunque, un levantamiento armado —dijo Bordeaux con desánimo, todavía mirando por la ventana—. Es una jugada audaz. Estoy seguro de que Valga Cromwell lo ideó, pero hay que admirar cómo logró involucrar a todos los semihumanos —pasó una mano por su cabello corto y frunció el ceño con severidad—. Pero, por desgracia para él, la capital estaba demasiado vigilante como para que su plan funcionara aquí. El resto del país puede estar ardiendo, pero se equivocó en la parte más importante. Supongo que eso es todo lo que se puede esperar de un montón de estúpidos salvajes.
Sus palabras reflejaban más que un poco de su animosidad personal, pero Wilhelm estaba en gran parte de acuerdo con él. Habían ocurrido rebeliones en toda la nación, pero la capital permanecía intacta.
Wilhelm había pasado varios años en la capital ahora, aunque no hubiera sido especialmente su deseo. No quería ver la ciudad convertida en un campo de batalla, ni tampoco deseaba todas las bajas que eso conllevaría. Incluyendo a Theresia y su campo de flores…
—Espera —esto le pareció mal a Wilhelm. Y no en lo más profundo de su corazón, como Theresia le había revelado. Algo no encajaba. Y una palabra que Bordeaux había usado lo unió todo—. ¿Ardiendo…?
Wilhelm había oído algo muy similar recientemente. Se esforzó por recordar cuándo había sido, y entonces se puso en pie de inmediato.
«Pronto lenguas de fuego lamerán toda la nación… Incluso la capital no escapará a la destrucción».
Las palabras pertenecían a uno de los vándalos semihumanos que había aprehendido. Por supuesto, podían descartarse como bravuconería, pero también describían el plan de Valga Cromwell.
La capital era un lugar volátil. Wilhelm lo sabía por su tiempo con la policía local. ¿Acaso Valga ignoraría a sus posibles aliados aquí y dejaría la capital fuera de sus planes?
“Es imposible. No olvidaría esta ciudad”, pensó.
Lo que tenía que implicar que los levantamientos no eran más que…
—¡Bordeaux! ¡Todos estos levantamientos son solo una distracción! ¡El verdadero objetivo es la capital, el Castillo Real!
—¡¿Qué?!
Después de que su intuición lo llevara a la respuesta, Wilhelm corrió hacia Bordeaux, con la voz entrecortada.
Una mirada sombría cruzó el rostro escarpado de su comandante.
Le enfurecía, pero estaba seguro. Sabía que el enemigo buscaría el punto más vital de las fuerzas reales.
—¡Recuerda Castour y Aihiya! ¡Las batallas donde las fuerzas reales sufrieron sus peores pérdidas! ¡En ambas ocasiones mordimos el cebo obvio y caímos directamente en las trampas de Valga Cromwell!
—¿Y eso te hace pensar que estos levantamientos son un señuelo, mientras que el verdadero objetivo es el corazón del Reino?
—¡Sí! ¡Lo sabes, Bordeaux! Enviamos soldados desde la capital para sofocar las rebeliones, y entonces ellos concentran sus fuerzas en la capital indefensa. ¡Conquistarán el Reino!
Dependiendo de cómo se desarrollaran las cosas, la decisión que tomara ahora el escuadrón podría determinar el futuro del Reino Dragón de Lugunica. No tenían pruebas seguras, pero Wilhelm confiaba en su instinto. Si no hubiera confiado en esos mismos instintos en el campo de batalla, nunca habría sobrevivido para ver este día.
—Mmm —Bordeaux se cruzó de brazos y adoptó una expresión de profunda reflexión. Wilhelm solo podía rechinar los dientes.
Lo mismo había ocurrido antes. En la Batalla del Campo Castour, cuando se encontraron con los primeros círculos mágicos y estaban tratando de decidir qué hacer con ellos, Wilhelm había instado entonces al capitán a avanzar. Había dicho que era la única manera de sobrevivir. Pero su opinión fue invalidada, y él y Grimm terminaron siendo los últimos miembros vivos de su unidad.
Ahora, lo mismo estaba sucediendo de nuevo. Si Bordeaux no lo escuchaba, entonces, aunque Wilhelm tuviera que ir solo, lo haría…
Alguien le dio una palmada en el hombro al cada vez más agitado Wilhelm. Se dio la vuelta y vio a Grimm asintiéndole y levantando la mano hacia Bordeaux.
El Capitán notó el gesto. Miró fijamente a Wilhelm y a Grimm. Luego asintió profundamente, y una amplia sonrisa, la primera que veían en mucho tiempo, se esbozó en su rostro.
—Vaya, ¡quién lo diría! ¡Dejar al Escuadrón Zergev pudriéndose en la capital podría resultar ser la jugada más inteligente del cuartel general! ¡Ahora las cosas sí se ponen interesantes! —Bordeaux golpeó el suelo con el mango de su hacha.
El ruido metálico resonó en todo el puesto de guardia, y todos los miembros del Escuadrón Zergev respondieron al unísono:
—¡SIIIIIÍ!
En un instante, todos estaban ansiosos por la batalla, la sala temblaba con su grito. El ruido envolvía a Wilhelm, pero él no se dejó arrastrar por él. Bordeaux, recargó su hacha sobre el hombro, sonrió al espadachín y dijo:
—¿Qué pasa, Matacapitanes? No pareces tú mismo.
—No tenemos pruebas. ¿Vas a confiar en mí?
—La decisión final es mía, y no voy a dejar que nadie me detenga. Además… mis instintos están de acuerdo con los tuyos. Vamos a destrozar este plan semihumano, que sea un regalo de despedida para Pivot y los demás.
Bordeaux le dio un empujón en el pecho a Wilhelm; Wilhelm retrocedió tropezando hasta que Grimm lo sujetó. El silencioso escudero le sonrió de una manera que parecía preguntar: «¿Qué te parece?». Wilhelm lo apartó con un gesto.
—¡Muy bien, allá vamos! ¡El Escuadrón Zergev es la espada del Reino! ¡Eso hace que sea nuestro deber impartir justicia a cualquier salvaje que se atreva a ir contra la bandera de nuestra nación! ¿ALGUIEN EN DESACUERDO? ¿ALGUNO SE OPONE? —alzando su hacha de guerra, Bordeaux lanzó un grito.
—¡NO! ¡NADIE! ¡TODOS A LA CARGA! —los soldados le respondieron con otro grito.
Su líder los escuchó con satisfacción y luego volteó hacia Wilhelm de nuevo.
—¡Wilhelm! ¡Wilhelm Trias, el Demonio de la Espada! Y el enemigo está tras de…
—¿Qué más va a ser? —respondió Wilhelm—. ¡El castillo, el Castillo Real de Lugunica!
Bordeaux señaló con su hacha el castillo a lo lejos. Luego aspiró aire y aulló como un animal:
—¡El enemigo se acerca al castillo! ¡Escuadrón Zergev, en marcha!
2
Cuando el Escuadrón Zergev se acercó al castillo listo para la batalla, los defensores del castillo se prepararon para morir. Estaban seguros de que la masa de soldados de aspecto asesino que se acercaba a ellos era un contingente enemigo decidido a destruirlos.
—¿Qué? ¡¿Qué es esto?! —gritó un Caballero a los hombres temblorosos—. ¡¿Así es como se comportan los defensores del Reino?! Tch —el Caballero, de aspecto cruel, miró fijamente al escuadrón que se aproximaba y luego chistó con desdén.
—Vaya, pero si es ese idiota pordiosero… ¡Alto ahí, Bordeaux Zergev!
—¿Es usted Lord Leip Barielle? —respondió Bordeaux, con la boca abierta al mirar al hombre que se alzaba en medio de los soldados defensores.
Era el Vizconde, el mismo Caballero que habían encontrado en el Pantano Aihiya.
El Escuadrón Zergev se detuvo. Leip se puso delante de Bordeaux.
—¿Acaso no sabes que estamos en guerra, Bordeaux? ¡¿Qué crees que estás haciendo?! ¡¿El Reino está en crisis y tú estás haciendo tus bromitas?! ¡Esto es prácticamente una rebelión!
—Lamento haberlos alarmado a todos. Pero no estamos aquí de visita amistosa. El tiempo es esencial; ¡el destino del Reino pende de un hilo!
—¿Ah, sí? ¿En serio? —Leip frunció el ceño ante la declaración de Bordeaux.
Entonces alguien salió de entre la multitud lista para la batalla y se colocó junto a Bordeaux. Era Wilhelm. Leip miró al joven que irradiaba el aura de un espadachín, claramente disgustado.
—Otra vez tú, Demonio de la Espada.
—Llámeme como quiera. No tengo tiempo para discutir con usted. El enemigo tiene como objetivo este castillo.
—¿Quieres decir que los levantamientos armados son una distracción? ¿Tienes alguna prueba?
Leip no era tonto. A partir de la breve observación de Wilhelm, había adivinado lo que los semihumanos estaban tramando realmente. Pero la única respuesta que podían dar a su exigencia de certeza fue sacudir la cabeza a los lados.
—Entonces, basándose en una suposición fundamentada, ¿se abalanzan sobre el castillo como una avalancha? —dijo Leip—. Les pido que se retiren, Escuadrón Zergev. En este momento, la defensa de este castillo es mi responsabilidad.
—Valga, Libre y Sphinx —dijo Wilhelm—. ¿Pretende enfrentarlos a todos usted solo? Debe tenerse mucha confianza.
—Tch. ¿Otra vez? ¡¿Cuántas veces debo decirte que no le respondas a tus superiores?! —con un chasquido agudo, Leip arremetió contra Wilhelm con su guantelete de metal. Pero mientras que el golpe había dado en el blanco en el Pantano Aihiya, esta vez Wilhelm simplemente giró la cabeza y lo esquivó con facilidad.
—¿Quién te dio permiso para esquivarme…?
—En Aihiya, usted era mi oficial al mando, pero ya no. No tiene razón para golpearme ni razón para detenernos. Si se interpone en nuestro camino, simplemente lo apartaremos —Wilhelm hizo sonar deliberadamente el mango de su espada.
Los demás guardias del castillo se acobardaron ante su espíritu, que los golpeó casi como una fuerza física. Incluso Leip pareció, por una vez, algo intimidado. La situación parecía a punto de estallar en cualquier momento.
—Pero vaaaaya —dijo una nueva voz—. ¿Qué tal si mejor les doy una orden yo? Tengo más rango que cualquiera de ustedes. Ordeno oficialmente al Escuadrón Zergev que se una a la defensa del castillo.
La voz de la mujer provenía de la dirección del castillo. Todas las miradas voltearon para ver a dos figuras que se acercaban: Roswaal, vestida con su atuendo militar, y su asistente Carol.
—¡Roswaal J. Mathers…! —exclamó Leip.
—Así que tenemos a la especialista antimagia de la guerra, esa soy yo, y a un portero autocomplaciente, ese eres tú. Veaaaamos quién de los dos tiene más rango en tu preciada cadena de mando.
Leip rechinó los dientes con furia, pero Roswaal solo se encogió de hombros. Lo que decía era completamente cierto, y la realidad era tan despiadada como una serpiente. Por mucho que lo odiara, Leip solo pudo cerrar la boca.
—Ohhh, no te pongas así. No todo está perdido. Estar aquí hoy puede darte la oportunidad de traer honor y gloria a tu nombre. Piensa en todas las posibilidades —sus palabras no fueron un gran consuelo, pero sacaron a Leip de la ecuación.
Entonces Roswaal vio a Wilhelm. Se echó el cabello hacia atrás sobre los hombros, sonriendo con dulzura y dijo:
—Sabiiiía que estarías aquí. Fue la decisión correcta centrarme en todos ustedes, bueno, en ti específicamente, en Castour.
—Todavía no entiendo ni una palabra de lo que dices —dijo Wilhelm—. Pero podemos entrar al castillo, ¿verdad?
—Podrías al meeeenos aprender a hablarle a una mujer. Claro que puedes entrar.
Wilhelm le dijo, tan brusco como siempre, que no le interesaba una larga charla. Luego volteó hacia Bordeaux. El hombre conocido como el Perro Loco asintió con gravedad.
—¡Muy bieeeen, entonces! ¡El Escuadrón Zergev entrará ahora en el castillo! ¡Asegúrense de reforzar todos los puntos cruciales del edificio! Nos dividiremos en diez grupos, tal como lo planeamos —golpeó el suelo con el mango de su hacha de guerra, y el Escuadrón Zergev se separó en diez grupos. En breve asumirían sus funciones asignadas y se dedicarían a la defensa completa del castillo.
—Lord Leip —dijo Bordeaux—, quédese aquí. El Escuadrón Zergev patrullará el interior. Asegúrese de que no entre ningún semihumano por la puerta.
—¡…! ¡Sé cómo hacer mi trabajo! No dejaríamos pasar ni una mosca. ¡Ahora lárguense, despreciables pordioseros!
El Vizconde no era un buen perdedor. Por su parte, Wilhelm y los demás entraron en grupo al castillo. Roswaal llegó trotando detrás de ellos con evidente interés.
—La unidad se ha dividido en grupos —dijo ella—. ¿Puedo suponeeeer que actuarás por tu cuenta, pase lo que pase?
—Tienes a Grimm para que te vigile —dijo Wilhelm—. De todos modos, solo serías un estorbo —lanzó una mirada hacia atrás.
Fue un acto de amabilidad de su parte hacia el mudo Grimm, que caminaba junto a Carol. Aparentemente, eran capaces de mantener una conversación aun cuando solo uno de ellos podía hablar realmente. Wilhelm se burló un poco de eso.
Mientras los miembros del Escuadrón Zergev recorrían el castillo, encontraron pasillos silenciosos y habitaciones vacías.
—Parece que les faltan soldados —murmuró Wilhelm.
Aquella era la primera vez que estaba en el Castillo Real de Lugunica desde que lo habían invitado a la reunión en el cuartel general. Ese día, el castillo estaba repleto de más gente de la necesaria, pero ahora estaba prácticamente vacío.
—Después de las pérdidas en Aihiya, el estado mayor ha sido enviado a los frentes de batalla de todo el país —dijo Roswaal—. Y Su Majestad ordenó personalmente que se enviaran tropas a donde el impacto de las rebeliones fuera mayor.
—Pero eso es…
—Una orden real no eeees algo que se pueda ignorar. Ni siquieeeera si juega a favor del enemigo.
La Familia Real de Lugunica era gente compasiva, pero eran figuras decorativas sin aptitud para el gobierno nacional. Eso era algo que se rumoreaba ampliamente, y parecía tener algo de fundamento.
—¿Así que no hay nadie protegiendo el castillo?
—Un contingente mínimo de la Guardia Real y unidades de defensa como la de Lord Leip. Eso es todo, supongo. Admiro la negatiiiiva de Su Majestad a priorizar su propia seguridad, pero es un pequeño probleeeema cuando se trata del edificio más crucial de la nación. Quizás sea hora de empezar a rezarle al Dragón por la paz del Reino.
—Podría admirar tu patriotismo si no terminaras diciendo que necesitamos mendigar ayuda. Pero… espera —la intuición de Wilhelm lo estaba molestando de nuevo.
Si los semihumanos buscaban el castillo, entonces su objetivo final sería el corazón del Reino: el propio Rey. Y después de provocar los levantamientos, tenían una forma segura de capturar su objetivo. Había un lugar al que el Rey del Reino Dragón de Lugunica seguramente iría cuando su país estuviera en apuros.
Era casi como si Valga Cromwell lo estuviera invitando a ir allí.
Bordeaux se dirigía hacia arriba.
—¡Wilhelm! ¡Voy a proteger a Su Majestad! A la sala del trono v…
Wilhelm lo interrumpió con su propio punto de vista:
—¡Bordeaux! ¡Yo voy a la capilla! ¡¿Alguna objeción?!
Bordeaux pareció sorprendido por la forma en que todo en Wilhelm sugería que iba a seguir sus propios instintos, pero entonces sonrió.
—¡Ninguna! ¡Pase lo que pase, no olvides lo que representa el Escuadrón Zergev!
—Sabes que nunca me importó eso.
—Entonces deberíamos preguntarle a Grimm. ¡Grimm! ¡No pierdas de vista a Wilhelm!
—CLING —el enérgico golpe de un escudo llegó como respuesta.
Wilhelm frunció el ceño. Bordeaux levantó su hacha de guerra, les deseó suerte y salió corriendo.
—¿Qué piensas hacer? —le preguntó Wilhelm a Roswaal, que aparentemente tenía la intención de seguirlo hasta la capilla del sótano del castillo—. ¿Por qué estás con nosotros, de todos modos?
Roswaal guiñó un ojo.
—Tengo mi propio objetivo. Si aparecerá aquí es una gran apuesta, pero creo que confiaré en el juicio del hombre del que estoy perdidamente enamorada.
Grimm y Carol intercambiaron miradas de asombro ante las burlonas palabras de Roswaal. Pero Wilhelm, el hombre en cuestión, solo chistó en completa exasperación y se alejó de Roswaal.
—No vengas a quejarte si te matan —dijo—. No soy lo suficientemente bueno como para estar mirando hacia atrás mientras intento pelear.
—… Pero creo que has cambiado. No habrías dicho eso aaaantes.
—¿Yo? ¿Cambiado? Incluso si lo he hecho…
Incluso si lo había hecho, solo era para avanzar en el camino de convertirse en una espada insensible. Era, creía, la respuesta que había encontrado en su hoja.
Wilhelm apretó los dientes y apartó la imagen de Theresia que flotaba en su mente. Si ella no hubiera seguido preguntándole, él habría dejado de creerlo hace mucho tiempo. Se lanzó hacia adelante, como si quisiera escapar de ese hecho.
3
Cuando Bordeaux entró en la sala de audiencias, pudo sentir físicamente cómo el aire se espesaba. Era la sensación de hormigueo de una gran batalla a punto de comenzar, un enfrentamiento con un oponente formidable. Había hecho bien en venir aquí solo. Sospechaba que solo él entre sus hombres podía soportar esto.
—Nunca podré agradecerle lo suficiente a Wilhelm —murmuró.
Aunque ahora rara vez peleaban, sus duelos con Wilhelm en el campo de entrenamiento lo habían acostumbrado a un aura de batalla tan abrumadora. Tenía miedo, sí, pero el miedo le era familiar.
Había pocos oponentes a los que Bordeaux reconociera como genuinamente más fuertes que él. No era solo que odiara admitirlo. Era, de hecho, un guerrero formidable. Había estado rodeado de armas desde niño y había usado su físico natural y su intelecto para seguir la senda de un Caballero. Entre la posición social de su familia y sus propios dones, la vida de Bordeaux transcurría casi exactamente como él hubiera deseado. Acompañado por otros discípulos que parecían hermanos mayores molestos, el viento siempre parecía soplar a su favor mientras avanzaba día a día.
Un cambio había llegado a su vida en la forma de Wilhelm. Bordeaux recordaba muchas veces en las que no había sabido cómo manejar al muchacho impertinente y rebelde. Pero Bordeaux había salvado a Wilhelm, lo cual era suficiente para justificar todo el trabajo.
Wilhelm había pasado de ser un niño a un joven, y su espada se había vuelto indispensable para el Reino. Pivot lo había entendido. Por eso había dado su vida para salvarlo. Pivot había visto que Wilhelm sería esencial para determinar no solo el futuro del Reino, sino también el de Bordeaux.
Y aquí, ahora, la presencia de Wilhelm marcaba efectivamente la diferencia entre la vida y la muerte para Bordeaux.
Una hoja de filos gemelos se abalanzó sobre el hombre corpulento, tiñendo la alfombra roja de la sala de audiencias de un rojo aún más oscuro a medida que avanzaba. Los ojos de su enemigo estaban sin vida, su aliento pútrido entrecortado. Era el hombre-serpiente, Libre Fermi, pero sin ningún atisbo de quien había sido en vida. No obstante, incluso como guerrero no muerto, su aura del más grande guerrero semihumano permanecía.
—¿Sin Sphinx, eh? Pero al menos puedo vengar a Pivot. ¡Asqueroso reptil! —Bordeaux avivó su propia sed de batalla provocando a su enemigo. De lo contrario, podría haber sido arrastrado por el aura del enemigo y haber perdido la iniciativa.
La diferencia entre ellos —en el poder de sus espíritus como guerreros— era inconfundible. La razón por la que Bordeaux no sucumbía era porque ya había estado en el lado perdedor de tales enfrentamientos decenas de veces. Wilhelm Trias lo había familiarizado con eso más que suficientemente.
—No voy a dejarme intimidar por un enemigo que está contra las cuerdas. ¡ALLÁ VOY, LIBRE FERMI! —hizo girar su hacha de guerra sobre su cabeza y aulló como un animal, pisando con fuerza sobre la alfombra.
Su enorme cuerpo se lanzó hacia adelante, y el hombre-serpiente le hizo frente con su hoja de filos gemelos. Volaron chispas, y la sala se llenó del tintineo del acero contra el acero. La batalla entre la Víbora y el Perro Loco había comenzado.
4
Frente a la enorme puerta de la capilla yacían los cuerpos decapitados de varios Guardias Reales. Eran los pocos que quedaban para proporcionar seguridad al castillo. Habían luchado valientemente, pero en vano, como evidenciaban las armas esparcidas y la variedad de marcas de espada.
Normalmente, Wilhelm sentía que no le quedaba compasión para los muertos, es decir, para los débiles. Pero esta vez, sintió que una extraña emoción brotaba dentro de él. Quizás era porque sabía por qué luchaban aquellos cadáveres.
—…
Cortó la emoción de raíz y, con su amada espada en mano, Wilhelm abrió la enorme puerta. Esta se movió lentamente con un gran crujido, y una brisa fresca sopló desde la capilla hacia el pasillo.
Luces mágicas de un blanco azulado iluminaban la capilla en el sótano del castillo. Era un lugar de grandeza y solemnidad. A ambos lados de la entrada se alineaban hileras de bancos, y el escudo del Dragón Divino, el escudo de la nación, estaba tallado en la pared del fondo. Y junto al altar, donde se ofrecían plegarias a aquel tallado, se alzaban dos figuras.
Las figuras, una enorme y una niña pequeña, hablaron con voces roncas.
—En esta capilla, la gente del Reino reza al Dragón —dijo la sombra más grande—. Los del Imperio adoran el poder, y los del Reino Sagra’o adoran a los Espíritus. No sé na’ de las Ciudades Esta’o del oeste, pero supongo que deben tener a alguien a quien ofrecer plegarias.
—Entonces, ¿por qué rezan todos ustedes? —preguntó la niña—. ¿Por qué rezan los semihumanos y a quién?
—Mmm. Si yo rezara, supongo que sería a las almas de mis camara’as y antepasa’os. Yo, al menos, no tengo otra razón pa’ rezar —entonces las dos figuras dieron la vuelta.
A la niña, por supuesto, ya la conocía bien. Era la Bruja Sphinx. Y el Gigante que estaba a su lado, era el mayor enemigo de esta guerra, el líder de los Clanes semihumanos…
—Valga Cromwell.
El hombre asintió cuando Wilhelm pronunció su nombre, pero Wilhelm no podía ver su expresión. Valga se había envuelto completamente en una sábana blanca, como si intentara ocultar su identidad en esta etapa tan avanzada.
—Así es. Y tú debes ser el Demonio de la Espa’a. Sí, ya veo… La hostilida’ en tu rostro irradia un espíritu excepcional. Ni siquiera yo soy inmune a ella, y la batalla lo es to’ pa’ mí. No me extraña que pudieras matar a Libre.
—¿De qué estás hablando? —tal descripción del resultado en Aihiya solo podía tener la intención de humillarlo.
La Bruja, que había tergiversado los hechos en su informe, ignoró la mirada del Demonio de la Espada y se centró en Roswaal.
—Si usted está aquí… debe significar que el Rey no vendrá —su voz carecía de emoción.
Roswaal, con las manos enfundadas en guantes metálicos, respondió:
—No tenía ninguna razón especial para acompañarlos. Simplemente odiaaaaba la idea de darte lo que querías. Rechazo todo de ti y, con el tiempo, aplastaré tu vida bajo mi talón —sacudió la muñeca y adoptó una postura de combate con más floritura de la estrictamente necesaria.
Detrás de ella, Carol desenvainó su espada, y Grimm preparó su escudo.
—Gente valiente, to’os lo son —dijo Valga—. Que los cuatro intenten enfrentarse a nosotros…
—No, serían ustedes dos los que han venido al corazón del castillo —replicó Wilhelm—. Mala suerte para ustedes, uno de sus amigos tiene la lengua suelta y reveló la sorpresa. Vamos a acabar con esto, aquí y ahora.
—… Creía haber toma’o el máximo cuida’o en cuanto a quién revelaba mis planes, pero veo que alguien se soltó más de la cuenta ante la perspectiva de la muerte. No importa. No guardaré rencor contra un camara’a semihumano. Hemos llega’o hasta aquí. Nuestro plan va lo suficientemente bien.
—Cierto, en la medida en que lograron colarse en el castillo. ¿Qué estaban haciendo esos estúpidos guardias? —preguntó Wilhelm.
—Tomamos un pasaje oculto a través de las alcantarillas. Nadie lo conoce ahora; uste’es los humanos no viven lo suficiente para recordarlo —Valga golpeó el suelo con el talón, abriendo un túnel oculto. Quizá actuó con tanta franqueza porque Wilhelm le había explicado cómo había descubierto su plan.
—Tch —alguien chistó involuntariamente.
—Antes del pacto con el Dragón, los semihumanos estuvieron entre los que ayudaron a construir este castillo. Intentar especular sobre las relaciones entre humanos y semihumanos en aquellos días es una tarea inútil, pero es bastante irónico. Fueron aquellos tiempos los que permitieron este momento de represalia.
—Bonitas palabras, pero mala elección de tropas —dijo Wilhelm—. Por lo que sé, tú solo eres bueno en una batalla de ingenio, no en un combate de armas. Al parecer, tu Bruja es la única que tiene verdadero poder de combate.
—… Sí. Tal como ‘toy ahora, supongo que eso es cierto —la voz de Valga se volvió más baja.
Wilhelm alzó una ceja ante ese susurro funesto, y el semihumano soltó una risa profunda.
—Buajaja. Si to’ hubiera sali’o como deseaba, el Rey estaría aquí ahora. Pa’ llegar hasta él, no habría teni’o más remedio que derrotar a la Guardia Real. ¿Crees que vine sin preparación pa’ esa tarea?
—Nunca haces nada de manera sencilla.
—Eres un hombre sin emociones, ¿verda’? —dijo Valga con brusquedad. Luego volteó hacia su acompañante—. Sphinx, el hechizo.
Sphinx levantó la vista hacia el enorme hombre que tenía a su lado e inclinó la cabeza.
—¿Está seguro? Una vez que comience, será difícil detenerlo. Imposible, de hecho. Precaución: Requerida.
—No me importa. ¡Siempre supe que si quería vengar adecuadamente a mis camara’as, no volvería con vi’a! —con un rugido, Valga rasgó la sábana que lo cubría.
Debajo se ocultaba un anciano de cabeza calva y rostro de demonio. Pero sus músculos, similares a una armadura, un rasgo único de los Gigantes, no mostraban la edad. Su cuerpo era como un acantilado escarpado, y dibujado en él había un sigilo púrpura que comenzó a brillar: un círculo mágico.
—¡¿Un círculo mágico en un cuerpo vivo?! —exclamó Carol—. ¡¿Qué clase de hechizo es este?!
—Ya se los dije —dijo Valga con gravedad—. Uste’es los humanos rezan a su Dragón. Yo rezaré a mis antepasa’os y a mis compañeros semihumanos.
El hechizo comenzó a hacer efecto en su carne envejecida y, a medida que el resplandor se intensificaba, Valga sacó algo de una bolsa: una pequeña caja.
—¡Oh huesos de mis antepasa’os, testimonio de los días en que los Gigantes eran realmente temi’os…!
—El Sacramento del Rey Inmortal no puede construir un guerrero no muerto a partir de un montón de huesos —dijo Sphinx—. Pero con un descendiente vivo que comparte la misma sangre y una cantidad gigantesca de maná, las cosas son diferentes.
—¡¿Crees que vas a traer de vuelta a los antiguos Gigantes usando el cuerpo de Valga Cromwell?! —dijo Wilhelm.
—¡El orgullo y la ira de los semihumanos los verán con sus ojos, los sentirán en su carne y los grabarán en sus almas, malditos humanos! —gritó Valga, y entonces se introdujo los huesos en el pecho.
Inmediatamente, el ritual de Sphinx, amplificado por el círculo mágico dibujado en su cuerpo, llevó a cabo su espantosa obra.
—¡Arrraaahhh… Aaahhhhh…! ¡AHHHHHHHH! —la voz aullante de Valga se hacía cada vez más fuerte, y el cuerpo del que provenía se hacía cada vez más grande. Sus pulmones se expandieron mientras su cuerpo se hinchaba hasta duplicar su tamaño original, y luego otra vez.
Segundos después, la luz del hechizo se desvaneció.
La voz temblorosa de Carol llenó la capilla mientras miraba fijamente la imponente forma:
—E… ¿esto es lo que solían ser los Gigantes? ¡No eres más que un monstruo…! —sus palabras no ocultaban un pequeño terror.
Nadie podía culparla por ello. La cabeza de Valga ahora llegaba al techo; medía fácilmente más de diez metros. Había crecido tanto, de hecho, que tuvo que flexionar sus rodillas para caber en la capilla.
De repente, la enorme forma extendió su brazo. El movimiento era despreocupado, pero ocurrió con una rapidez violenta.
—¡Cuidado! —gritó Wilhelm, esquivando a un lado el puño que se aproximaba.
Roswaal también pudo evitarlo, mientras que Grimm enfrentó el golpe de frente y protegió a Carol. Haciendo todo lo posible por calcular dónde colocar su escudo, Grimm recibió un impacto como el de un animal desbocado.
Instantáneamente, él y Carol salieron disparados hacia atrás por la puerta y hacia el pasillo.
—¡Oh, no…!
—¡Ese idiota se lanzó hacia atrás para amortiguar el impacto! ¡Pero eso no importa, ahí viene Valga! —Wilhelm llamó a la preocupada Roswaal.
Se reenfocó con su espada en la mano y miró fijamente a Valga, cuyo aura de batalla había crecido con él, y a Sphinx, que flotaba en el aire.
La Bruja no prestó atención a su mirada, contemplando el techo que el Gigante había destrozado.
—Valga, ¿quizás podría dejar esto en sus manos? Movilización: Requerida.
—Haz lo que quieras. En cuanto a mí, vengaré a Libre.
—Así sea, entonces. Valga, le deseo buena suerte en la batalla.
—Bien. Agradezco tu ayuda. Aunque no ‘toy seguro de to’os los detalles.
Sphinx, con permiso, inclinó la cabeza ante las últimas palabras de Valga. Pero entonces la Bruja flotó a través del techo destruido sin decir nada más.
—¡Sphinx…! —gritó Roswaal, enojada.
Wilhelm señaló el pasillo con su espada y dijo:
—Tú persigue a la Bruja. Llévate a esos niños que están durmiendo en el pasillo.
Los ojos de Roswaal se agrandaron con una mirada a la corpulenta figura de Valga.
—¿Quieres decir que te enfrentarás a Valga tú solo? ¿Así? No creo que eeeeso sea posible, ¿o sí?
—No podemos dejar que la Bruja escape. Y tú no vas a pelear contra Valga con tus puños o un escudo. Carol se especializa en desviar cosas con su espada, y eso tampoco ayudará. Tienes que abrirte paso y atacarlo. Es mío —Wilhelm, con su espada ahora apuntando de nuevo al Gigante, exudaba una inmensa aura de batalla.
—Sí que eres especial. Si ambos salimos con vida de esta, quizás hasta te bese.
—Olvida esa charla de rarita y vete.
—Qué frío eres. ¿Quizás tu corazón pertenece ya a otra persona? —dijo Roswaal, ignorando las circunstancias el tiempo suficiente para burlarse de Wilhelm.
Él se limitó a resoplar. Desde luego, no iba a contarle que, por un fugaz instante, la imagen de una muchacha pelirroja había cruzado por su mente.
—Mucha suerte —dijo Roswaal.
—Sí. Tú asegúrate de matarla.
Con estas mortales palabras, los dos se juraron combate. Acto seguido, Roswaal se retiró apresuradamente de la capilla. Wilhelm supuso que había recogido a sus dos compañeros del pasillo y había subido para enfrentarse a Sphinx. Que los tres fueran capaces de derrotar a la Bruja dependía únicamente de ellos.
Wilhelm no se dio cuenta de que esto era, a su manera, una especie de confianza.
—De todos modos, no tengo tiempo para preocuparme por nadie más —murmuró, hundiéndose en una postura de combate.
—No te sobreestimes, muchacho —respondió Valga—. ¿Crees que alguien tan insignificante como tú pue’e realmente detenerme de conseguir lo que quiero? —Valga barrió el lugar con uno de sus brazos gigantes.
El Demonio de la Espada lo esquivó, confiando en sus propias habilidades. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba y dijo:
—Si eres lo suficientemente fuerte, pasarás por encima de mí. Si eres débil, te aplastaré. Así de simple. La fuerza de tus ideales no tiene nada que ver con eso.
5
Entró y bajó el hacha con toda su fuerza. Un extremo de la hoja de filos gemelos detuvo el golpe y luego se agrietó bajo una fuerza que no podía soportar. El hacha mordió el cuerpo de la serpiente, haciendo volar escamas y sangre. Libre retrocedió tambaleándose.
—¡¡¡GRRAAAAHHHHH!!! —aunque la criatura herida no emitió sonido alguno, Bordeaux se abalanzó sobre él con un grito.
Blandió la pesada hacha de guerra como una extensión de sus brazos, cortando con la hoja y siguiendo con la empuñadura. El guerrero no muerto que una vez fue Libre resistió estos ataques con toda la habilidad que aún le quedaba.
Esquivó, defendiéndose con la hoja de filos gemelos. Bordeaux perdió el equilibrio y un golpe lo alcanzó. Rozó su hombro y su abdomen, pero Bordeaux se mantuvo firme a pesar del flujo de sangre.
Este era sin duda el oponente más fuerte que había enfrentado jamás. Era difícil creer que así peleara, incluso con sus capacidades disminuidas como guerrero no muerto. El pensamiento de lo que Libre debió haber sido en vida hizo estremecer a Bordeaux, ya sea por miedo o por ansias de batalla, no lo sabía.
—¡Mi sangre! ¡Mi sangre hierve, Libre Fermi! —sea lo que fuere, en este momento se dijo a sí mismo que era el impulso de pelear.
A pesar de estar empapado en sangre, Bordeaux continuó gritando; miró a los ojos sin brillo de Libre. La serpiente no mostró reacción ante el grito y solo hizo girar la hoja de filos gemelos en su mano para continuar la batalla.
Era un baile mortal mientras la hoja de filos gemelos de Libre Fermi dio comienzo a un ballet destinado a segar vidas.
—¡Arrgh…! ¡YAAAAAAAAHHHHH!
El corazón de Bordeaux se encogió ante aquella tormenta de golpes. Pero, mientras era obligado a retroceder, pudo sentir a través de las suelas de sus botas los temblores que ascendían desde abajo. Eran las sacudidas de una batalla colosal, e imaginar las hazañas de sus camaradas le infundió valor.
“Las últimas palabras de Pivot fueron que no descuidara lo que estaba debajo de mí.”
¿Qué diría Pivot si viera a Bordeaux cobrando ánimo gracias a sus amigos que luchaban literalmente bajo sus pies?
Por supuesto que…
—¡Te reirías y me dirías que no era eso lo que querías decir, ¿verdad, Pivot?! —aulló Bordeaux.
Sus emociones agitadas por el inminente baile de la muerte, levantó su hacha y cargó. No tenía la técnica de Wilhelm ni la habilidad de Grimm para bloquear un golpe, ni era tan ágil como Carol ni tan reflexivo como Roswaal. En cambio, Bordeaux Zergev apostó todo a lo que sí tenía, el cuerpo y las habilidades que le habían sido dadas.
—¡¡¡RRRAAAAAAAHHHHHHHH!!!
La hoja de filos gemelos lo azotó como una tempestad, marcando su cuerpo; por todas partes sentía dolor ardiente y sangre fluyendo. Aun así, levantó su hacha y la descargó directamente sobre el hombre-serpiente con una fuerza demoledora.
El golpe impactó en el blanco. Y finalmente…

6
La luz ardiente era un rayo de muerte, evaporando todo lo que tocaba mientras trazaba un surco a lo largo del suelo y la pared. Esta lluvia de destrucción provenía de un demonio sin igual con forma de niña.
Sphinx se había retirado a través del techo de la capilla hasta la planta baja del castillo, pero fue detenida por una mujer con atuendo militar, que la había perseguido.
—Es bastante persistente —dijo Sphinx—. Exterminio: Requerido.
—¿Ah, siiií? Si te apresuraras a morir, podría volver a ser una mujer normal
—Roswaal se impulsó contra la pared de piedra, saltando al aire y golpeando con el puño a la levitante Sphinx.
La niña esquivó a izquierda y derecha, pero Roswaal se impulsó de nuevo contra la pared, su larga pierna trazando un hermoso arco en el cielo. La patada impactó a la Bruja, haciéndola caer al suelo.
—¡Grimm, vamos!
—¡…!
Carol y Grimm se abalanzaron sobre ella desde direcciones opuestas en el pasillo. Sphinx giró para enfrentar el doble ataque, creando un escudo mágico para defenderse de la espada de Carol, el más letal de los dos instrumentos.
—¡Arh!
Pero, por supuesto, eso la dejó sin defensa ante el golpe del escudo de Grimm. La niña tropezó por el golpe desde atrás y fue arrojada a la gran sala abierta más allá del pasillo.
—¡Lo logramos! —exclamó Carol.
—No, noooo. Fallamos. Esperaba mantenerla aquí, donde el espacio es reducido —Roswaal frunció el ceño ante su estratagema fallida. Junto con el mudo Grimm, los tres cargaron tras Sphinx.
Un segundo después, el rayo cayó sobre ellos, convirtiendo la salida del pasillo en un blanco resplandeciente.
—Precaución: Requerida —dijo Sphinx, flotando en el aire de la gran sala, muy por encima del techo del pasillo—. Por muy débiles que sean, las presas pueden volverse feroces cuando están acorraladas.
Para ella, el momento fue perfecto; tenía a sus enemigos atrapados sin escapatoria. Estaba segura de que nunca podrían haber esquivado su luz.
Pero entonces…
—¿…? ¿Qué truco es este?
—Ohhh, no es tan difiiiícil de entender —dijo Roswaal mientras ella y los demás emergían ilesos del pasillo a través del humo. En respuesta a la pregunta de Sphinx, arrojó a un lado la capa que llevaba puesta—. Mi capa estaba tejida con un hechizo que le permite resistir cualquier magia, una sola vez.
—Ya veo. Así que así es como se protegió a usted misma y a sus aliados. Alabo su minuciosidad. De verdad quiere matarme.
—Pero claro. Aun así, creeeeo que aún no entiendes cuánto lo deseeeeo.
Puede que Sphinx mostrara un aire de superioridad mientras sostenía la mirada de Roswaal, pero Roswaal no se dejó intimidar. Carol salió de detrás de ella, sosteniendo la espada en guardia baja.
—Disculpe las molestias, Lady Mathers —dijo—. ¿Puedo apartarme de su lado un momento?
—Sí, haz lo que quieras. Quizás puedas hacer algo que le ponga los nervios de punta.
Sphinx inclinó la cabeza, desconcertada por esta conversación entre una Señora y una sirvienta que se conocían desde hacía mucho tiempo.
—Ella es considerablemente menos poderosa que usted. ¿Acaso no la envía a una muerte en vano?
—Criatura inferior. No menosprecies la técnica de espada de Remendis, mi Casa, que sirve a los Santos de la Espada —dijo Carol con severidad.
Alzó su espada y, con un salto ligero, se elevó en el aire, lanzándose contra la Bruja.
Sphinx enfrentó este asalto repentino y directo con un dedo brillante.
—Efectivamente, una muerte inútil. Habría necesitado innovación para alcanzarme.
El rayo se disparó. Carol, suspendida en el aire y sin alas para volar, no podía esquivarlo. Seguramente sería atravesada por la luz y convertida en cenizas humeantes.
Y aun así, no fue el caso.
—¿Jum?
—¡Te lo dije, no subestimes a la Casa de Remendis! —dijo Carol a la Bruja sorprendida, habiendo esquivado hábilmente su ataque.
Aunque estaba en pleno vuelo, Carol se había impulsado en el aire para acelerar su ascenso. Luego descendió describiendo un arco creciente y, de un solo tajo, partió en dos el brazo izquierdo desprotegido de la Bruja.
—¡Aaaagh!
El brazo salió volando, y un chorro de sangre brotó de la niña mientras caía al suelo. Carol intentó seguir con otro golpe, pero el brazo restante de su oponente lanzó otro rayo. Carol pateó el aire de nuevo y apenas logró esquivarlo. Pero este no era el fin de los problemas de la Bruja.
—¡He esperado veinte años para esto! ¡Toma!
Roswaal estaba directamente debajo de la precipitada Sphinx, y su puño se elevó en un torbellino de aire. Impactó contra el cuerpo de la niña, la fuerza del golpe atravesando el guante metálico, rompiendo huesos y órganos internos. El sonido se escuchó en toda la sala.
—¡¡¡…!!! —incluso Sphinx no pudo permanecer imperturbable ante tal poder.
La fuerza mortal hizo brotar sangre de su boca y distorsionó su dulce rostro con dolor. Intentó hablar, pero sus palabras se perdieron mientras vomitaba. Su cuerpo rodó hasta el centro de la enorme sala.
La pérdida de sangre de su brazo izquierdo y el grave daño a sus órganos por el puñetazo habrían significado la muerte inmediata para cualquier humano normal, pero con una Bruja, incluso eso podría no ser suficiente.
—Hasta que no haya aplastado tu cráneo y arrancado tu corazón, no puedo estar segura —dijo Carol, bajando al suelo y observando a la Bruja.
Descendió del cielo menos por un exceso de precaución y más por razones personales. Ella sería quien rematara a Sphinx.
Avanzó hacia la niña, lista para asestar un golpe decisivo…
—Me sor-sorprenden. Nunca… ¡Cof! … esperaba verme reducida a tal estado… —Sphinx se sentó, todavía tosiendo sangre. Su rostro se había vuelto pálido, y no debería haber podido moverse. Pero aún podía evocar un terror indescriptible—. Me alegra que… fuera mi brazo izquierdo el que me cortara…
Roswaal se movió, buscando aplastar la cabeza de la Bruja con otro puñetazo antes de que pudiera hacer nada. Pero Sphinx fue más rápida, arrancándose su túnica con el brazo que le quedaba. La tela se rasgó con un suave desgarro, y allí debajo, en la piel blanca y expuesta de la niña, había un diseño púrpura. El mismo que habían dibujado en Valga.
—Al Jiwald —entonó la magia para la forma definitiva de Jiwald, su rayo mortal.
El rayo que antes solo salía de la punta de su dedo ahora brotaba de toda su palma. Era como si su mano se extendiera para aniquilar todo a su paso.
El rayo destructivo atravesó el gran salón en diagonal, y la muerte se acercaba a cada instante. Incluso para Roswaal habría sido extremadamente difícil esquivarlo; el asombro la dejó casi sin palabras.
—… —con el mismo silencio actuó el joven, que alzó su escudo y recibió el rayo de frente.

7
Los golpes destrozaban el suelo y el techo de la capilla con la fuerza de un muro que se aproximaba. Los ataques del Gigante parecían lo suficientemente poderosos como para enviar a una persona por los aires, incluso si solo la rozaban. Pero Wilhelm, con el viento de los barridos agitando su cabello, esquivaba los ataques lo más justo que podía, y luego contraatacaba.
—¡Es inútil, muchacho! —exclamó Valga—. ¿Crees que una espa’a barata como esa pue’e derribar a un Gigante?
Los ataques del Demonio de la Espada simplemente rebotaban en la enorme criatura, que era lo suficientemente fuerte como para atravesar acero o roca con sus puños. El retroceso lanzó a Wilhelm hacia atrás, y el otro brazo del Gigante se abalanzó sobre él. Wilhelm se apartó de un salto, pero la velocidad de su evasión solo lo desequilibró aún más, proporcionando una apertura crítica.
—Sí, muy bonita charla, ¡pero este es el final!
—¡¿Egh?!
Wilhelm fue atrapado en el aire, y Valga bajó su mano como si aplastara una mosca. Wilhelm se defendió de inmediato, pero contra la fuerza abrumadora del ataque no sirvió de nada. El golpe impactó todo su cuerpo a la vez. Rebotó contra el suelo de la capilla y se estrelló contra una fila de bancas. Quedó atrapado bajo los escombros del asiento destrozado, y el silencio se apoderó de la escena.
—Una nimieda’. Ahora, a destruir el castillo entero y…
—No te adelantes.
—¿Jum? —el gruñido inquisitivo del Gigante retumbó en toda la estancia.
Wilhelm saltó hacia él desde la montaña de escombros. El Demonio de la Espada estaba empapado en sangre, pero sus ojos aún ardían con el ansia de combate. Valga levantó rápidamente su brazo derecho para bloquear, pero Wilhelm se agachó esquivándolo. El brazo izquierdo llegó tarde, y lo evadió. Corrió por el brazo de Valga y clavó su espada en uno de los ojos atónitos del Gigante.
La piel de los Gigantes podía resistir el acero, pero sus puntos vitales eran tan frágiles como los de un humano.
Wilhelm atravesó el ojo con facilidad, y el fluido vidrioso brotó, cubriéndolo.
Valga rugió de dolor.
—¡AAAAUUGGHHH!
El Demonio de la Espada sacó su hoja con satisfacción. Mientras Valga se retorcía de agonía, Wilhelm se sujetó a su hombro y rio. Su propio cuerpo se quejaba por el impacto de antes; aquel instante de descuido le había costado varios huesos rotos y la ruptura de varios órganos internos. Si no tenía cuidado, la sangre le bloquearía la garganta. El dolor ardiente le hacía arrepentirse incluso de tener que respirar.
Pero ahora este era su campo de batalla.
—¡RAAAAAAGHHHH! —con un grito, Wilhelm apuntó a los dedos de Valga mientras el monstruo dirigía una mano a la herida.
Asestó un golpe contra una articulación. Se sintió duro bajo su espada, y no pudo seccionarla. Pero eso no era razón para admitir la derrota o perder la esperanza.
Llevando el impulso del golpe desviado, hundió la punta de su espada en uno de los labios que aullaban de dolor. Rompió la piel, perforó la carne hasta sentir que la hoja chocaba contra una hilera de dientes. Valga bramó de nuevo ante esta violencia en su boca. Arremetió a ciegas, confiando en su fuerza para compensar su falta de precisión, y logró un golpe de suerte directo. Wilhelm salió girando por el aire y se estrelló contra el suelo.
Wilhelm clavó el puño en el suelo para dejar de rodar. Con las piernas temblorosas, se puso de pie. Pero una vez conseguido, el Demonio de la Espada chistó ante su propia impotencia y miró hacia arriba, al Gigante. La espada clavada en el costado de la boca de la criatura parecía terriblemente lejana.
—Así que esto —gruñó Valga—, es el dolor de la batalla… el sufrimiento de los míos mientras yo permanecía en las sombras, tramando mis pequeños planes. ¡Pero qué engreí’o fui!
Mientras Wilhelm permanecía de pie, apretando los dientes, Valga apartó la mano de su herida. Mientras Wilhelm observaba, un vapor rojo se elevó desde su ojo izquierdo destrozado, y la herida se curó por sí sola. Esto fue acompañado por un resplandor cada vez más intenso del símbolo en el pecho de Valga; los temibles efectos del Sacramento del Rey Inmortal.
—¡Pero no seré derrota’o mientras la ira y la humillación de mis camara’as sigan sin ser expia’as! Por muy fuerte que seas, aprenderás que no eres nada ante el orgullo de…
—Bla, bla, bla. ¡Creo que ya te dije que me importa un carajo lo idealista que seas!
—¡RAAAAAAAAHHH! —Valga aulló de nuevo y alzó ambos brazos en alto.
Los agitó violentamente, y a pesar de esa muestra de poder letal, Wilhelm avanzó audazmente con la esperanza de recuperar su espada. Su oponente era un monstruo con una resistencia inmensa y la capacidad de regenerarse. Wilhelm no podría derrotarlo sin armas.
Valga era un principiante en el combate; dependía por completo de su fuerza. Eso le daba a Wilhelm un atisbo de oportunidad.
Era cierto. Los ideales no tenían sentido en la batalla. No era la ira colectiva ni el orgullo de los semihumanos lo que había permitido a Valga acorralar a Wilhelm. Era simplemente que los Gigantes eran poderosos.
—¡Qué puta molestia! —gritó Wilhelm—. ¡Todos quieren arrastrarme a alguna… estupidez!
Quería entregarse por completo a ser una sola espada, y aun así, encontraba tantas intromisiones innecesarias. Todos querían que tuviera una razón, una ética, una fe, orgullo o dignidad. ¿Qué tenía de bueno contar con una razón para luchar? ¿Tenía que haber un significado en usar la espada?
“¿Te gustan las flores?”
No, las odiaba. Estaba seguro de ello. Para él, todo era emoción superflua.
“¿Por qué empuñas tu espada?”
Porque era lo único que tenía. Era todo lo que necesitaba. Con eso bastaba.
Porque había sido cautivado por la belleza del acero, hechizado por su vitalidad, y así había esperado convertirse él mismo en una espada.
—¡Tu perdición ‘tá sobre ti, humano! ¡La muerte del Demonio de la Espa’a no será más que una nota al pie en la destrucción de este Reino!
—¡Todo… lo que es mío… es MÍO!
—¡Solo tú crees eso ahora! ¡Tanto tú como yo somos…!
Dos brazos gigantes y duras declaraciones asaltaron a Wilhelm mientras intentaba acercarse. La fuerza física destrozó el suelo, las palabras hirieron tanto al Demonio de la Espada como al Gigante. Ira contra ira, orgullo contra orgullo, en realidad no era ninguna de esas cosas. Lo que cada uno aportaba a la batalla era demasiado diferente. El abismo entre lo que cada uno quería era demasiado vasto.
Aun así, como dos personas que luchaban, libraron una batalla. Y por tanto, no sería la suerte la que decidiera el resultado. El resultado dependería de quién fuera más fuerte.
Todo esto era lo que Wilhelm creía, la fuente de la fuerza en la que el Demonio de la Espada confiaba. Así que quizás el resultado estaba decidido de antemano.
Porque el Demonio de la Espada, que creía que su fuerza era como el acero, tenía impurezas dentro de sí.
—Gah… Aaah…
—Ahora, tu fin ha llega’o.
Wilhelm había recibido un golpe directo, sin poder esquivarlo. Lo arrojó contra la pared, donde resbaló hasta el suelo. Su brazo izquierdo era un desastre, y su frente mutilada vertía tanta sangre en sus ojos que apenas podía ver. El Gigante cerró el puño y lo levantó sobre su cabeza, apuntando al ahora inmóvil Demonio de la Espada.
—… —sin decir palabra, Wilhelm observó el puño flotar sobre su cabeza. Cuando cayera, aplastaría su cuerpo y lo convertiría en nada más que un trozo de carne sanguinolento.
La muerte misma estaba ante él. La muerte, que él había infligido a tantos otros. No tenía espada. Ni siquiera había encontrado la razón por la que se aferraba a su hoja. Y ahora iba a…
—¡Este es tu fin, Demonio de la Espa’a! ¡Quizás Libre y yo te veamos en el infierno!
El puño cayó. El fin de la vida de Wilhelm se abalanzaba hacia él.
—¡GRIMM! ¡¡¡AHORA!!!
—¡R̸̼̄ȑ̷̹r̶̰̅r̶̲̅!
En ese instante final, oyó la voz de una mujer, y la de un hombre cuya voz era apenas un susurro. El impacto sacudió toda la capilla.
8
Grimm se interpuso entre Roswaal y el rayo de luz un instante antes de que la aniquilara.
—…
No estaba seguro de que ganaría o siquiera de que sobreviviría. Hasta ahora, ni la victoria ni la supervivencia habían influido en la vida de Grimm tanto como la mala suerte, así que lo que resultó de su bloqueo de la luz con su escudo fue también un don de su «mala suerte».
—¿Con un simple escudo…?
Esto no era como detener un ataque normal. Esta era la luz que había destruido el gran salón del castillo y prácticamente había evaporado a los Guardias Reales que ahora yacían muertos en el pasillo. Podía perforar armaduras; debería haber podido hacer lo mismo con un escudo.
—¡GRIMM! —gritó Carol cuando el ataque impactó.
Podía mostrarse fría, pero en el fondo era amable y de corazón puro. Su frágil corazón estaba rodeado por una coraza semejante al cristal. Así que, aunque pudiera parecer dura por fuera, en realidad era bastante delicada. Quería apoyar a Grimm, aunque él, que últimamente había dependido tanto de su ayuda, quizá pensara que eso era ridículo.
Aun así, en los días previos a esta batalla, su consideración había sido su salvación.
—… —Grimm sintió que el agarre de su escudo se calentaba bajo el asalto del rayo. Quemaba como si hubiera puesto la mano en una olla de sopa caliente, pero se negó a soltarlo.
No podía usar una espada. No tenía voz. No renunciaría a su escudo.
—Mi Al Jiwald. ¿En serio él…? —al otro lado de Grimm, la Bruja apenas podía hablar por el asombro. El escudo de Grimm estaba atrapando el rayo de su mano, reflejando el calor devorador hacia el techo del gran salón.
El calor era lo único que afectaba al escudo; no había más daño en él. El refugio improvisado había salvado a Grimm y a Roswaal.
En la parte posterior del escudo estaba el emblema de la Casa de Remendis, la familia de Carol. Era una reliquia que Carol le había dado a Grimm para celebrar su supervivencia. Y al hacerlo, le salvó la vida.
—¡Ĝ̴̞r̴̛ͅr̵̤̽ŕ̴̞! —el calor le quemó la mano, y el dolor forzó un sonido rasposo de su garganta.
Desviado por la defensa de Grimm, el rayo destruyó el techo y derribó el piso de la habitación sobre el gran salón.
Esa habitación resultó ser la cámara de audiencias, donde el Perro Loco y la Víbora estaban peleando.
—¡¿Qu-qué de…?! —se escuchó una fuerte voz.
Dos figuras humanoides cayeron con el resto de los escombros cuando el suelo desapareció repentinamente bajo sus pies. El grito pertenecía a un Bordeaux gravemente herido. Empujó el mango de su hacha de guerra contra la pared para disminuir la fuerza de su caída. Eso le permitió evitar un impacto fatal, aunque aún golpeó el suelo con fuerza.
—Arrgh… ¿E-el gran salón? ¿Cómo llegué aquí…? —Bordeaux sacudió la cabeza y miró a su alrededor con confusión.
Pero la forma a su lado, a pesar de no haber tenido nada que amortiguara su caída, se levantó lentamente como si no sintiera sus heridas. Esta otra persona era alta y estaba cubierta de escamas; era sin duda la serpiente Libre Fermi.
—Creo que esto es lo que llaman «cambiar las tornas de la batalla» —dijo Sphinx.
Su magia había sido desviada, pero como resultado, había recibido refuerzos en forma de su guerrero no muerto más poderoso. La Bruja se movió al lado de Libre y extendió su brazo derecho frente al guerrero silencioso. Señaló a Grimm, que había caído de rodillas, y a Roswaal, que estaba con los puños en alto.
—Tienen la ventaja numérica, pero yo tengo la fuerza. Libre. Atención: Requerida. A partir de ahora, usted peleará, y yo lo apoyaré mientras… —Sphinx se encontró interrumpida antes de poder terminar de dar órdenes.
La razón fue un corte de espada. Y vino del lugar más inesperado: justo a su lado.
—… ¿Qué? —alcanzó a decir Sphinx.
Su brazo derecho, que había estado señalando a Roswaal, salió volando libremente por los aires.
Nunca esperó perder su otro brazo de esta manera. Ahora la Bruja realmente estaba desangrándose. Volteó hacia Libre.
Blandiendo la hoja de filos gemelos, el Libre Fermi no muerto miró a la Bruja y dejó caer su arma. Ahora podían ver que tenía una herida abierta y crítica en el pecho, infligida por un hacha de guerra.
El muerto viviente de Libre Fermi ya había sido derrotado por Bordeaux Zergev.
—Imposible… —susurró Sphinx—. En su último momento, ¿cumplió… su último juramento…?
Apenas había hablado cuando Libre perdió lo que quedaba de su existencia. El cuerpo esbelto se desmoronó en polvo, dejando solo su túnica, y la carne no era ahora más que un montón de cenizas. El más fuerte de los guerreros semihumanos, que había sido usado y explotado incluso después de su muerte, por fin se había ido para siempre.
—Parece que las tornas han vuelto a cambiar, Sphinx —dijo Roswaal con frialdad.
—¡…! —la Bruja había perdido ahora tanto a su guerrero no muerto como el brazo que usaba para lanzar su magia.
No tenía más opciones, y por primera vez, algo parecido al pánico apareció en su rostro. Hizo lo único que aún podía hacer: usó su magia de vuelo para flotar desde el gran salón hacia el pasillo para escapar.
—¡…! ¡No podemos dejar que…!
—No tiene ninguuuuna esperanza de escapar a estas alturas. Déjamela a mí —Roswaal detuvo a Carol antes de que pudiera perseguirla y se movió para acabar con la Bruja. Justo antes de desaparecer en el pasillo, Roswaal volteó—. Te lo agradezco, Grimm Fauzen. Sin ti, nunca habría podido cumplir mi misión. Te pido disculpas por haberte menospreciado antes. Y, Carol, también lo siento por ti.
—… —Grimm no habría podido hablar en ese momento ni siquiera si sus cuerdas vocales hubieran estado en buen estado.
—¡N-no tiene que disculparse conmigo! ¡S-solo encárguese de esa cosa! —Carol, por su parte, se sonrojó ante la ligera burla de Roswaal.
Roswaal asintió con su habitual mirada ligeramente distante, luego golpeó el suelo con los dedos y dijo:
—Todavía puedo oír algo abajo. Ustedes dos vayan a reunirse con nuestro querido Wilhelm. Nos veremos más tarde —luego corrió al pasillo tras Sphinx.
Detrás de ella, Grimm y Carol se miraron y asintieron, y luego se acercaron a Bordeaux.
—¿Así que Libre y la Bruja ya no son un problema? —preguntó él—. ¿Qué pasa con Wilhelm? ¿Qué está haciendo?
—Está en la capilla peleando contra Valga Cromwell, a quien un hechizo convirtió en un Gigante enorme —le dijo Carol—. Honestamente, no estoy segura de que necesite nuestra ayuda, pero… —parecía tener sentimientos encontrados sobre el asunto.
No era que estuviera siendo terca y se negara a ayudar a Wilhelm. Más bien, parecía hablar desde un conocimiento genuino de lo poderoso que era el Demonio de la Espada. Pero eso no cambiaba el hecho de que los dos no se llevaban bien. Era posible que su excesiva hostilidad la hubiera llevado a juzgar mal a Wilhelm.
—… —sin decir palabra, Grimm estaba extendiendo una mano hacia el arrodillado Bordeaux.
—… Jum. Descarado sinvergüenza. Pero supongo que eso es lo que te hace parte del Escuadrón Zergev —Bordeaux mostró una gran sonrisa, tomó la mano ofrecida y levantó su enorme cuerpo hasta ponerse de pie.
Blandiendo su hacha de guerra, asintió hacia Carol, quien lo miraba con los ojos ampliamente abiertos.
—Tienes razón. Wilhelm, el Demonio de la Espada, es más poderoso que cualquiera de nosotros. Por mucho que me duela admitirlo. Pero no me importa. Si dice que no nos necesita, entonces nos toca disfrutar del espectáculo. Pero en el caso remoto de que haya mordido más de lo que puede tragar…
—¿Sí? ¿Y entonces?
—¡Por fin podremos darle una mano! ¡El resto de nosotros le debemos más que suficientes favores! —entonces Bordeaux le dio una palmada en el hombro a Carol, feliz, y se dirigió a la capilla corriendo.
Grimm lo siguió, sonriendo a la desconcertada joven.
Y entonces…
9
—¡GRIMM! ¡¡¡AHORA!!!
—¡R̸̼̄ȑ̷̹r̶̰̅r̶̲̅!
Dos figuras se interpusieron entre él y el puño mientras este se abalanzaba. La punta de una espada encontró los espacios entre los dedos del gigante, y un escudo se alzó para recibir el golpe. Y, poco después, un hacha de guerra se abrió paso y asestó un golpe tremendo.
—¡Arrrgh! —Bordeaux soltó un gruñido grave mientras el hacha impactaba justo debajo de los nudillos del puño que se desaceleraba.
La piel era demasiado dura para que el hacha la cortara, pero no podía disipar la fuerza del impacto. Se oyó un sonido similar al de un árbol cayendo, y los dedos medio e índice de la mano se doblaron hacia atrás.
—¡GAH… AHH! —gritó Valga con dolor mientras los dedos se rompían.
Retiró el puño, y Bordeaux se rio. Enseñando los dientes con una expresión demente, el hombre corpulento vio a Wilhelm desplomado contra la pared, y su sonrisa se ensanchó.
—¿Qué pasa, Wilhelm? ¿No te va bien? ¡Esto no es propio de ti! ¿Ya te rendiste? ¡¿Crees que eso es digno del Matacapitanes del glorioso Escuadrón Zergev?!
Wilhelm, tendido en el suelo, no dijo una palabra ante la burla, pero su mano se cerró en un puño. Tosió la sangre de su garganta y se apoyó contra la pared, tratando de levantarse.
—Guárdatelo… para ti. Y no recuerdo… haberte pedido que me salvaras.
—¡BUAJAJAJA! ¡Nunca perdiste con mucha dignidad! Ahh, ahora me alegro de no haber muerto. ¡Ojalá Pivot y los demás pudieran oír esto!
No había malicia en sus palabras. Wilhelm no encontraba nada que decir. Bordeaux tenía razón. Wilhelm había sido salvado de la muerte una vez más. Era igual que con Pivot y el Escuadrón Zergev; Wilhelm había sobrevivido.
Wilhelm no podía decir nada, pero Valga miró a Bordeaux, Grimm y Carol y sacudió la cabeza a los lados.
—¿Refuerzos? No… si uste’es ‘tán aquí, debe significar que Libre y Sphinx ‘tán muertos.
—Libre Fermi se ha convertido en cenizas, y la Bruja Sphinx pronto se encontrará en el infierno, cortesía de Lady Mathers —dijo Carol, apuntando su espada al Gigante—. Valga Cromwell, eres el último de los líderes de la Alianza Semihumana.
Valga se colocó una mano ensangrentada en su rostro, y durante varios segundos, guardó silencio. Luego un retumbo comenzó en su garganta. El sonido resonó una y otra vez en el aire. Increíblemente, era una risa.
—¡¿Por qué te ríes?! —exigió Carol una respuesta.
—Uste’es los humanos no entienden na’ —dijo Valga—. Porque incluso ahora, después de tanta matanza, NO LOGRAN COMPRENDER NUESTRO PROPÓSITO, ¡NUESTROS PRINCIPIOS! —su grito, tan fuerte como una explosión, resonó en la capilla. El viento de su ira sacudió el aire del sótano. La ira estaba en el rostro de Valga. Extendió los brazos y rechinó los dientes—. Esta guerra no se detendrá. Que Libre y Sphinx ‘tén muertos, y que to’os uste’es me maten aquí. Na’ de eso extinguirá la ira de los semihumanos. El odio no se desvanecerá.
—…
—Incluso si fracasamos en esta batalla de hoy —continuó Valga—, la ira de los semihumanos algún día quemará este reino hasta las cenizas. ¡Mientras uste'es, los humanos, se nieguen a comprender mi ira, así como la de mis hermanos semihumanos y la de to'os nuestros muertos…!
—… —confrontados con las furiosas declaraciones de Valga, Carol y Bordeaux guardaron silencio.
La emoción en sus palabras era más que suficiente para sugerir la verdad de lo que decía, que los combates no terminarían.
Muchos más resultarían heridos, el país se agotaría, y aun así no se detendría. Precisamente porque Bordeaux y los demás tenían una perspectiva tan amplia, entendían lo grave que era esta posibilidad.
Pero había una persona en la capilla que no compartía su opinión.
—¿Es que nunca te callas? —la interrupción vino de Wilhelm, que ahora exudaba una intención asesina por cada poro de su cuerpo. El Demonio de la Espada se limpió la sangre de la cara bruscamente y, con el aliento entrecortado, fulminó con la mirada al Gigante—. Arriésgalo todo en este momento. ¿A quién le importa lo que pase después de que mueras o cómo vaya esta guerra? ¡Lo que hagas aquí y ahora es todo lo que eres!
—¡Pero qué simplista…! No, ¡qué estúpi’o! ¡Tu visión es demasia’o estrecha! ¡Tu pensamiento es el de un cabeza hueca! ¿Dices que la batalla lo es to’? Pues te has excedi’o en esta contienda… ¿Qué harás cuando termine?
La respuesta de Wilhelm fue simple.
—Seguiré corriendo y matando todo lo que pueda. Seguiré cortando y matando hasta que todo termine.
—… —Valga Cromwell se quedó sin palabras ante una respuesta tan superficial, inmadura y tonta. Pero no fue el asombro lo que le impidió responder de inmediato. Fue porque esto era una declaración. Las palabras de Wilhelm Trias eran tan serias como podían ser.
—No hay nada más —continuó Wilhelm—. No conozco otra manera. Así que seguiré matando.
No había nada, nunca había habido nada más que Wilhelm pudiera haber hecho. Lo habían dejado con vida, primero Pivot y sus compañeros de escuadrón, y ahora Bordeaux y sus camaradas. Si había algún significado en haber sobrevivido, si alguien esperaba algo de Wilhelm, la única forma que él conocía para responder era luchando.
Cansado, Valga sacudió la cabeza a los lados hacia Wilhelm y dijo:
—… No vale más la pena hablar. No hay necesida’ de hablar más. Ni siquiera hace falta decirlo.
Ahora el Gigante y el Demonio de la Espada simbolizaban la ruptura total entre humanos y semihumanos. Ninguno esperaba que el otro lo entendiera jamás, y así su batalla se reanudó.
La preciada espada de Wilhelm seguía clavada en el labio de Valga. El Demonio de la Espada tendría que esquivar los ataques de Valga el tiempo suficiente para recuperar su espada antes de poder unirse a la batalla en serio.
—¡¿De verda’ crees que pue’es ganar, humano?! —aulló Valga Cromwell, el Gigante.
—Ganar, perder, me da igual —respondió Wilhelm, el Demonio de la Espada—. Mientras pueda matarte.
Y entonces comenzó la batalla final.
10
Se retorció para esquivar los dedos. Estaba agotado, herido en cada centímetro de su cuerpo. Su resistencia y su fuerza estaban cerca de sus límites, sin embargo, parecía más ágil que cuando había estado en perfecto estado de salud. Como una vela que arde más brillante antes de apagarse, todo lo que no era necesario para su vida había sido despojado, y se sentía pulido, limpio.
Su duda se había disipado. Se había quitado todos esos pesos invisibles, y el corazón y el cuerpo de Wilhelm se sentían ligeros.
—¡Ja-ja!
Era una sensación maravillosa. Una forma de ser maravillosa. Su cuerpo y su mente estaban centrados en el combate con una intensidad como nunca antes. Allí, al borde mismo entre la vida y la muerte, solo existían él y Valga.
Bordeaux y Grimm, aunque habían ido a la capilla para esta batalla, no mostraban señales de intervenir. Wilhelm estaba agradecido de saber que la pureza de su batalla no sería mancillada, pero también sabía que el campo de batalla era suyo y solo suyo.
Los dedos destrozaron el suelo, y una mano barrió en su dirección, pero él se impulsó contra la pared y saltó para esquivarla. En el instante en que tocó el suelo, se agachó y comenzó a correr, dejando atrás la serie de ataques mientras acortaba distancia. Dejó atrás también los pensamientos inútiles, lanzándose sin diluir a un combate de vida o muerte.
—¡QUÉDATE QUIETO, ASQUEROSO HUMANO…! —gritó Valga, incapaz de apuntar con precisión a su enemigo en constante movimiento.
La habitación del sótano estaba construida de manera robusta, pero ya no quedaba rastro de su antigua elegancia. Reconstruirla sin duda llevaría tiempo y esfuerzo. La única parte de la habitación que permanecía intacta era la pared detrás de Valga, en la que estaba grabado el sello del Dragón.
No solo la capilla había sufrido. La batalla con Sphinx y el Libre no muerto habría causado destrucción por todo el castillo. Wilhelm había querido ajustar cuentas personalmente con ambos, y no le agradaba que se le hubiera arrebatado la venganza por intrusos. Pero si Bordeaux y Grimm estaban a salvo, tal vez podría vivir con ello.
La voz de Valga tembló.
—¿CREES QUE TIENES TIEMPO PARA MIRAR A TUS AMIGOS, MISERABLE D…?
—Solo me aseguraba de que no estuvieran en medio. No te pongas tan nervioso —Wilhelm eliminó la última impureza dentro de él. Ahora, el despertar del Demonio de la Espada estaba completo.
—¡Es hora de que pagues! —bramó Wilhelm, girando para esquivar un revés furioso.
El movimiento lo acercó más al Gigante. La mano del monstruo se extendió para atrapar a Wilhelm mientras se lanzaba contra el pecho de la criatura, pero el Demonio de la Espada usó los enormes dedos como escalones para saltar aún más cerca. Por fin, su mano extendida alcanzó el labio de Valga, agarró la espada atrapada e hizo un corte lateral.
El Demonio de la Espada aterrizó en el suelo entre una lluvia de sangre. Valga aulló de dolor y lanzó un golpe a su enemigo. Muy consciente del puño que se acercaba, Wilhelm cambió su postura y asestó otro golpe.
El barrido horizontal se metió debajo de tres de las uñas de la mano derecha de Valga. Cada uña tenía casi el tamaño de la cabeza de una persona. Con su espada alojada entre las uñas y los dedos, Wilhelm empujó, destrozando las puntas de los dedos y arrancando las uñas de la mano. Valga apenas podía emitir un sonido, con la garganta contraída por la agonía, pero mientras su cuerpo se inclinaba hacia atrás, el Demonio de la Espada saltó hacia él.
Su objetivo no era ninguno de los puntos vitales por encima del cuello, apuntaba al pecho expuesto de Valga. Enterrados en ese pecho, en el centro del símbolo púrpura brillante, estaban los huesos que le habían permitido a Valga crecer tanto.
—¡RAAAAAAAHHHHHHHHHH! —sosteniendo su espada con el filo invertido, bajó la hoja con toda su fuerza.
El golpe destrozó la clavícula de Valga, penetrando en la carne de debajo, y un segundo después, la espada llegó a los huesos dispersos.
Tan pronto como sintió que la espada golpeaba algo duro, Wilhelm se impulsó contra la barbilla de Valga, clavando el arma con el peso de su cuerpo. La espada actuó como una palanca, desgarrando la carne, aunque seguía atascada en los huesos.
—¡MALDIIIIIITO SEAAAAAAS!
Finalmente comprendiendo la intención de Wilhelm, Valga dirigió ambas manos al pecho a ciegas, con todas sus fuerzas. Pero el Demonio de la Espada se impulsó contra el abdomen de Valga, dando una voltereta completa hacia atrás y ejecutando un giro que finalmente desalojó los huesos. Una luz cegadora llenó la capilla.
—¡ARRRAAAGGGHHHHHH!

Sin los huesos de sus antepasados, Valga perdió la fuente de su inmenso tamaño. Inmediatamente, su fuerza comenzó a disminuir. El símbolo en su pecho seguía brillando, pero el poder que le estaba transmitiendo era demasiado para su cuerpo normal. Quedó atrapado entre su carne debilitada y el círculo mágico cada vez más poderoso, y su cuerpo no pudo soportarlo.
—¡AAAAAAAAHHHHHHH!
La sangre comenzó a brotar por todo su cuerpo, y Valga cayó de rodillas. Su cuerpo de diez metros de altura se estaba encogiendo de forma audible.
—… —Valga miró con odio a Wilhelm, con lágrimas de sangre brotando de sus ojos.
Wilhelm, cuya espada había permanecido lista en todo momento, lo miró fijamente sin inmutarse.
Valga apartó las manos de sus heridas y las cerró en puños.
—… La victoria depende de este mismo momento.
—… Tienes toda la puta razón —el enemigo no había perdido las ganas de luchar; lo que veía era un último enfrentamiento, y fue a ese desafío a lo que respondió el Demonio de la Espada.
—Ven, humano.
—Ven a por mí, semihumano.
Con estas tranquilas declaraciones, comenzó el último combate entre el Gigante y el Demonio de la Espada.
Valga no se tomó siquiera la molestia de proferir un grito de batalla; bajó ambos brazos, tan grandes como árboles, con toda su fuerza. El golpe destrozó el suelo e hizo temblar no solo la capilla sino todo el castillo en sus cimientos.
Pero el golpe no había alcanzado a Wilhelm.
—¡Yaaaaahhh! —Wilhelm esquivó por poco el ataque de Valga, moviéndose hacia los pies del Gigante.
Su fervoroso grito fue acompañado por un golpe de su espada, que se hundió en las espinillas de Valga. Wilhelm podía sentir la resistencia mientras el arma cortaba carne y hueso, pero logró herir el cuerpo debilitado. Al retirar la espada, la deslizó hacia arriba a través de los fémures.
—¡AARRRRAAAGHHH!
El ataque atravesó los muslos, continuó por la cadera, y luego Wilhelm giró para pasar su espada por el abdomen de Valga. Finalmente, llegó al pecho y, lanzándose por el aire, a los hombros, y entonces el montón de laceraciones estalló en sangre.
El destello plateado devastó el cuerpo del Gigante y finalmente desgarró su cuello, todo en un solo movimiento ininterrumpido.
—Recuerda esto, humano —mientras caía al suelo, Valga habló en voz baja a Wilhelm. No hizo ningún esfuerzo por atender su plétora de heridas. El Demonio de la Espada se mantuvo de espaldas al Gigante—. Recuerda que esto no pondrá fin a la ira de los semihumanos.
Entonces su enorme cuerpo perdió toda fuerza, desplomándose al suelo antes de caer de cara contra el piso. El impacto fue lo que dio el golpe de gracia para el agrietado suelo de la capilla bajo él, que cedió. El sótano del castillo se abrió a una oscuridad aún más profunda, y el cuerpo de Valga fue engullido por el vacío.
—… Bueno, que vengan a mí, entonces —dijo Wilhelm, acercándose al borde del agujero y mirando hacia la oscuridad profunda. Estaba cubierto de sangre. Detrás de él, en la pared de la capilla, estaba el escudo del Reino—. Mientras tenga mi espada, pelearé contra ellos. Los eliminaré hasta que no quede ninguno.
Esas palabras marcaron el fin del combate entre el Demonio de la Espada y el Gigante, Wilhelm y Valga.
11
Los objetos que sacó de su bolsa eran esferas de acero lo suficientemente pequeñas como para rodar en la palma de la mano. Hechas de metal macizo, eran más pesadas de lo que parecían. Si uno las dejaba caer descuidadamente sobre un pie, romperían fácilmente uno o dos dedos. Y por supuesto, a toda fuerza, golpearían de forma casi tan contundente como un tajo de espada.
—Gah… Aaah…
Dos de las esferas metálicas de Roswaal se incrustaron en el cuerpo de Sphinx, una en el bajo vientre y otra justo en la espalda. Sphinx gimió por su fuerza y, sin poder mantener su altitud, chocó contra la pared. La Bruja continuó deslizándose hasta llegar al suelo, donde fue golpeada por otra esfera de metal. Los huesos se rompieron y la sangre fluyó.
—¿Terminaaaaste ya de intentar volar? —preguntó Roswaal a la acorralada Sphinx, haciendo rodar la siguiente esfera de acero en su mano.
Sphinx había salido del gran salón y volado frenéticamente por el castillo en un intento de escapar. Pero sin sus brazos, no podía usar su magia, y la sangre que goteaba dejaba un rastro fácil de seguir. No había tenido esperanza. Roswaal la había atacado con calma con las esferas metálicas desde la distancia, atormentándola con ellas.
—¿Son estas… esferas de acero… su plan para derrotarme…?
—Son bastaaaante efectivas, ¿verdad? Comenzaron como un subproducto de lo que había preparado para matarte. Desafortunadamente, mis brazos escuálidos no son suficientes para acabar contigo por sí soooolos. Dicho esto, estoy casi sin munición. Creo que es hora de que terminemos esto.
Mientras se acercaba a la Bruja que rodaba por el suelo, Roswaal lanzó la siguiente esfera, destrozando sus huesos. Roswaal miró hacia abajo a Sphinx, mientras esta gemía del dolor, y cerró el puño en preparación para acabar con la vida de la Bruja.
Pero entonces Sphinx habló.
—Al parecer… usted es peor… que Valga… Precaución: Requerida…
—¿Oh? ¿Me estás dando una advertencia? Qué divertido. ¿Y de qué debo tener cuidado?
—De que no le quiten… la alfombra de debajo de los pies —respondió Sphinx sin emoción.
Luego apoyó la cabeza contra la pared. Su cabello rosa, ahora empapado de sangre, rozó la piedra. Mientras Roswaal miraba a la Bruja con perplejidad, un sonido leve llegó a sus oídos.
Entonces el mecanismo oculto en el pasillo se activó, y Sphinx fue arrastrada por el suelo giratorio.
—…
Incluso mientras la niña desaparecía, Roswaal se dio cuenta de que debía ser uno de los muchos pasajes ocultos del castillo, los mismos que permitieron la entrada a los semihumanos en primer lugar.
—Pero no te comprará mucho tiempo —dijo la maga.
Roswaal examinó cuidadosamente el lugar donde Sphinx había desaparecido y rápidamente descubrió cómo activar el mecanismo. Lo hizo y se dejó caer al túnel secreto.
Aterrizó de pie y forzó la vista para ver en la oscuridad que la rodeaba. Un débil sonido de agua sugería que este túnel albergaba una de las corrientes subterráneas que corrían bajo el castillo. La única luz provenía de los minerales que brillaban suavemente en las paredes. El camino no ofrecía un terreno firme, pero Roswaal se puso en marcha siguiendo el rastro de sangre.
Podía olerlo; estaba cerca. Pero en medio del rastro, el olor se tornó en algo desagradable, y el cambio inspiró una inquietud en Roswaal. Comenzó a moverse más rápido y se encontró en lo profundo del túnel.
—¿Quién está ahí? ¿Es usted, Lady Mathers?
La voz ronca del hombre hizo que Roswaal se detuviera. Alguien emergió de la penumbra, alguien que ella creía haber dejado atrás en la puerta del castillo: Leip Barielle.
—Lo imaginaba —dijo él—. Usted también bajó aquí para perseguir a esa semihumana, ¿verdad?
—Supongo que terminamos dispuestos a la misma tarea —dijo Roswaal.
Seguro de la identidad de Roswaal, el Caballero devolvió su daga a la funda. Ella no reconoció el arma. Muy probablemente era un Meteor, un objeto mágico capaz de un poder tremendo. Roswaal no hizo mención de esto y miró más allá de Leip.
—Sphinx, la fuerza principal detrás de los semihumanos, huyó por aquí. ¿La has visto?
—¿La Bruja? Bueno, puede tranquilizarse —dijo Leip—. Yo la rematé.
—… —a Roswaal se le cortó la respiración al oír esto.
Cuando Leip vio su reacción, una sonrisa cruel se extendió por su ya malvado rostro.
—Ayudé a eliminar a los semihumanos que entraron al castillo. Algunos huyeron. Los seguí hasta aquí. Nunca imaginé que existiera un lugar así debajo del castillo, pero sea como sea, me topé con la Bruja sin brazos hace poco. No hice preguntas. Simplemente la quemé viva.
—¿La quemaste…? ¿Dónde está el cuerpo?
—Se convirtió en cenizas. No me pregunte cómo, pero esto quedó entre el polvo.
Leip rebuscó en su bolsillo y sacó un collar. No era más que un cordón tosco con un anillo, algo para colgar del cuello, pero para Roswaal tenía una importancia profunda.
—¿Sería tan amaaaable de dejar que me lo quedara?
—¿Qué?
—Puede tener valor mágico. Me encantaría investigarlo.
—… —Leip guardó silencio. Pero poco después, se lo arrojó con un resoplido—. Tómelo, no me importa. Pero cuando repartan los honores, espero que atestigüe que yo, Leip Barielle, detuve la huida de la Bruja Sphinx en la orilla del agua, y que fui yo quien le puso fin.
—… Sí, por supuesto. Estoy en deuda contigo, Lord Leip —Roswaal no dio más respuesta mientras se mantenía de pie con el collar —el anillo— apretado firmemente en su mano.
Mientras fuera suyo, no tenía más asuntos allí. Le sorprendió que alguien más hubiera matado a Sphinx, pero si la Bruja estaba muerta, entonces no era un problema para ella. Todo iba según lo planeado.
Acariciando tiernamente el anillo, Roswaal J. Mathers murmuró:
—Maestra, he terminado la limpieza. Lo que viene después es para el futuro —era imposible ver su rostro con claridad en la oscuridad, pero sonreía con la expresión más serena.
Leip Barielle resopló mientras veía a Roswaal hacerse más pequeña en la distancia.
—¿Qué tendrá en mente? —murmuró para sí—. Esa mujer me da escalofríos.
Ahora que tenía el anillo, Roswaal aparentemente tenía la intención de salir del subsuelo lo más rápido posible. Eso era bastante conveniente para él, pero no tenía mucho sentido. Era como si el anillo fuera todo lo que ella había querido realmente.
—Bueno, ¿a quién le importa? Lo que quiera una zorra como esa no es asunto mío.
Lo que le importaba a Leip era todo aquello que impulsara sus propias ambiciones y nada más. Desde la derrota en el Pantano Aihiya, había estado enfrentando viento en contra. Otrora comandante de decenas de tropas, fue reducido a la gendarmería. Incluso estaban considerando quitarle su rango nobiliario.
Era inconcebible. ¿Cómo podían los débiles e incompetentes prosperar mientras hombres capaces como él se pudrían en los rangos inferiores?
—Pero lo recuperaré todo. No, recuperaré más de lo que perdí.
Haría cualquier cosa para lograr ese objetivo. Incluso renunciar a su lealtad al Reino. Leip era su propio reino, su propio mundo.
Sin decir nada más, Leip se dio la vuelta. Tendido en el suelo del túnel detrás de él había una pequeña figura envuelta en trapos. La levantó. Sin brazos, el cuerpo era bastante ligero. La había escondido en esos envoltorios, y ahora tenía cuidado de tomar un camino diferente para salir del subsuelo que el que había tomado Roswaal.
Esta traición fue el primer acto de la longeva ambición de Leip Barielle.
12
El ataque al Castillo de Lugunica había sido perpetrado por solo unos pocos semihumanos de élite. Aunque se evitó por poco la destrucción del castillo, se habían causado daños severos al edificio y, además, estaba el descubrimiento de los túneles que habían permitido el acceso de los semihumanos en primer lugar. Llevaría mucho tiempo lidiar con todo esto.
Solo tenía sentido confiar gran parte de la limpieza al Escuadrón Zergev, que una vez más se había distinguido en batalla. Por su parte, Wilhelm le endosó muchas de sus tareas a Grimm y huyó del castillo.
—Como si tuviera tiempo que perder con ellos…
Arrancándose las vendas y con un aspecto completamente agotado por el combate, Wilhelm se dirigió a la ahora tranquila ciudad. Con la muerte de Valga y los otros cabecillas, las rebeliones en todo el Reino habían disminuido, y la paz había regresado a la capital. Esto evocó en Wilhelm un sentimiento inusualmente fuerte, y solo había un lugar al que quería ir.
Ni siquiera él comprendía del todo por qué estaba llevando su agotado cuerpo solo para poder ir allí. Después de todo, solo había pasado un día desde su calvario. La capital podría haber sido menos violenta, pero muchas tiendas habían decidido no abrir ese día en deferencia a la destrucción en el Castillo Real, y las calles todavía estaban en gran parte desiertas.
Una persona sensata probablemente se habría quedado dentro, temiendo verse envuelta en problemas. Eso significaba que, al menos hoy, todas las personas encerradas en sus casas estaban demostrando estar en su sano juicio. Salir a dar un paseo en un día como este, como si todo fuera normal…
—Parece que estoy loco…
Wilhelm se apresuró a través de los barrios bajos, tan rápido que casi parecía haberse olvidado de sus heridas, y llegó a la plaza. Pudo detectar un leve aroma a flores en la brisa que soplaba a través del lugar, anunciándole la presencia del campo.
Y allí, justo en medio de la plaza, estaba la muchacha de cabello rojo.
Estaba de espaldas a él. Al verla, Wilhelm se congeló. La confusa maraña de emociones que arremolinaba en su corazón era a la vez buena y mala. La confianza de que ella estaría allí se superpuso con el asombro por el mismo hecho. Todo se convirtió en una opresión en su pecho.
Al mismo tiempo, sintió una especie de disgusto melancólico ante la idea de su interacción habitual.
Estaba a salvo. Eso era lo que había venido a comprobar. Wilhelm estaba considerando si debería dar la vuelta sobre sus talones e irse sin más cuando Theresia notó que él estaba allí. Se dio la vuelta. Sus ojos azules se agrandaron ligeramente con sorpresa, y luego se entrecerraron. Finalmente, sus labios formaron el semicírculo de una sonrisa.
—Wilhelm —dijo su nombre con tal familiaridad y afecto.
Envió una sensación que saltó por el corazón de Wilhelm de que todo estaba bien en el mundo. Olvidó por completo cualquier noción de darse la vuelta e irse a casa. Su pulso se aceleró de alegría al encontrarse con Theresia, y la calidez y el alivio se extendieron por todo su pecho.
—… Ah —tan pronto como se dio cuenta de lo que realmente sentía, su corazón, sin previo aviso, tembló.
Fue un momento de autoconciencia repentina y totalmente inesperada. Wilhelm entendió que la sonrisa de Theresia le traía una sensación de bienestar. Tenía una sensación de logro al haber protegido su sonrisa, su persona, su tiempo juntos.
Gracias a Theresia, de pie allí con la espalda a las flores, sintió algo que lo hizo pensar que podría haber una alegría mayor que derribar a un oponente con su espada y demostrar que su habilidad en la esgrima era superior.
En el instante en que esta revelación lo golpeó, fue acompañada por un torrente de emoción, una inundación que Wilhelm creía haber dejado atrás hacía mucho tiempo. Atrapado por su fuerza, Wilhelm se colocó las manos en el rostro.
—…
El interior de sus párpados se calentó, y su nariz hormigueó. De repente sintió la garganta seca, y su cabeza pesada, como si su sangre bombeara demasiado rápido. Allí mismo, su alma tembló; pensó que podría hacerlo caer de rodillas.
Una luz que Wilhelm casi había olvidado llenó su mente.
No, no la había olvidado. Siempre había estado en su corazón, sin desvanecerse. Nunca había olvidado su belleza. Lo que había olvidado era lo que solía atraerlo hacia esa luz.
Recordó el primer día que empuñó una espada, apuntándola al cielo. Si tenía la luz, si era real y podía ser real, con ese poder, podría protegerlo todo. Eso era lo que había creído. Ese día, un niño sin poder había empuñado una hoja por primera vez. Ese día, había deseado algo.
—Wilhelm…
Mientras Wilhelm permanecía con las manos en el rostro, consumido por la emoción, la voz de Theresia llegó hasta él. ¿Qué aspecto tan absurdo debía haber tenido para la muchacha que estaba frente a él? Ella no podía entender lo que estaba pasando. Ella solo estaba teniendo un día normal cuando de repente, el muchacho que veía de vez en cuando se quedó temblando de emoción ante ella.
Estaba avergonzado, algo que no había sentido en mucho tiempo. Estaba tan avergonzado que lo hacía temblar. Quería huir de inmediato. No quería que nadie viera su vergüenza, y mucho menos Theresia. Esto era lo peor que podía imaginar.
Y aun así, sus pies no se movían. Su corazón no se lo permitía, casi como si eso fuera lo que su alma deseaba.
—…
Pasó el tiempo mientras ambos permanecían en silencio. Entonces, de repente, Wilhelm sintió el cosquilleo de unos dedos suaves en el dorso de sus manos. Era Theresia, extendiendo la mano y tocando suavemente las manos que Wilhelm había puesto sobre su rostro.
Su respiración se cortó ante el calor de sus dedos delgados. Nunca se había dado cuenta de que el cuerpo de otra persona pudiera ser tan cálido. El calor de sus dedos hizo que Wilhelm se sintiera como una pieza de acero en una forja. Y así como el metal caliente se moldea en el fuego, el calor de Theresia lo golpeó y comenzó a transformarlo.
Solo ahora se dio cuenta de que había estado expuesto a ese calor cada vez que venía aquí. Cada vez que la veía, hablaba con ella y se iba sin prometer volver. Todo ese tiempo, la espada llamada Wilhelm estaba siendo forjada.
No. De hecho, no era solo ella. Era todo y todos los que eran parte de cada día que había sobrevivido.
Theresia, Grimm, Bordeaux, Roswaal, Carol, Pivot y todo el Escuadrón Zergev. Valga, Libre, Sphinx y todos los enemigos que había eliminado. Todos los que se habían cruzado con Wilhelm, la hoja, habían dejado su marca.
Ahora, por fin, se dio cuenta.
Mientras permanecía allí en silencio, contemplando cómo había sido moldeado, se le hizo una pregunta a Wilhelm:
—¿Te gustan las flores?
Sin duda, esa pregunta, la misma de siempre, había estado buscando algún cambio en él. Y Wilhelm vio por fin que realmente se había estado transformando.
—… No las… odio.
Ahora ya no le costaba pronunciar esas palabras ni sentía ansiedad al hacerlo. Cuando viera flores en el campo de batalla, pasara junto a ellas en su vida diaria o las viera en el campo junto a la plaza, seguramente sentiría algo diferente a antes.
Las preguntas de Theresia continuaron.
—¿Por qué empuñas tu espada?
Esta era la pregunta que había molestado a Wilhelm durante tanto tiempo. Pero ahora, por fin, lo recordaba. Podía recordar lo que sintió cuando empuñó la hoja por primera vez.
—Porque era… la única forma que tenía de proteger a las personas.
Una espada era poder. El poder más hermoso, más finamente afilado y más puro. Un poder que debía ser respetado. Pero cómo se usaba, con qué fines se empleaba, eso lo controlaba la persona que la empuñaba. Wilhelm había olvidado esto de lo más básico. Pero ahora, lo recordaba. Recordaba el principio, cómo se había sentido cuando amaba la espada.
—…
Wilhelm apartó las manos de su rostro y tomó la mano extendida de Theresia. Un pequeño «Oh» escapó de ella, pero no la retiró. El gesto era demasiado unilateral para llamarlo tomarse de las manos, pero cada uno podía sentir claramente el calor del otro.
—…
Ninguno de los dos dijo nada, y solo se miraron. En parte no sabían qué decir, y en parte no había necesidad de decir nada. Como cuando dos espadachines se enfrentan en combate, las palabras eran un vehículo demasiado tosco para lo que pasaba entre ellos.
—…
Theresia simplemente le dedicó una dulce sonrisa a Wilhelm. Era la misma expresión serena que siempre mostraba al contemplar sus flores, solo que esta vez estaba dirigida a él.
Wilhelm sintió que el corazón le latía con fuerza, como si aquel ritmo se apoderara de todo su ser. No podía expresar con palabras lo que sentía. Quería compartir ese sentimiento con la muchacha que tenía frente a él… pero se contuvo. Aun así, una pequeña muestra de aquel torrente de emociones terminó por hacerse notar.
Aquel día, por primera vez, Wilhelm le dedicó a Theresia una sonrisa completamente nacida del fondo del corazón.

13
Los levantamientos que habían sacudido toda Lugunica se apaciguaron con la misma rapidez con la que habían comenzado. La razón de su fin fue la muerte de los tres principales líderes de los pueblos semihumanos: su guerrero más poderoso, Libre Fermi; su estratega, Valga Cromwell; y la Bruja, Sphinx. Los tres habían caído en combate a manos de los humanos. La resistencia había fracasado.
Con la Alianza Semihumana privada así de sus principales pilares, estaba muy extendida la creencia de que la guerra civil llegaría pronto a su fin. No obstante, en contra de aquella expectativa, la resistencia semihumana por todo el Reino se volvió cada vez más agresiva. Era, tal como Valga había dicho en sus últimos momentos, el incendio de su odio, uno que no sería fácil de extinguir.
Y entonces los humanos comenzaron a comprenderlo. A pesar de haber perdido a sus principales figuras, era natural que la Alianza Semihumana siguiera luchando. Por más terrible que les pareciera el odio desenfrenado de los semihumanos, jamás se habían enfrentado de verdad a la ira de sus enemigos.
Así dio comienzo la etapa final de la Guerra Semihumana, el conflicto civil que sacudió al Reino.
Y también fue el comienzo de la historia del encuentro y la despedida entre el Demonio de la Espada y la Santa de la Espada.