EPÍLOGO: Las Expectativas de los Caballeros
EPÍLOGO:
Las Expectativas de los Caballeros
—¿Tiene algo que decir, Julius-dono?
—No, nada de nada. Todo está de acuerdo con el informe.
Dos hombres hablaban en la oscuridad de una habitación a la que no llegaban los rayos del sol. El espacio pertenecía al capitán de la guardia de la guarnición de caballeros, adyacente al palacio real. Marcus estaba sentado ante su escritorio oficial, y Julius permanecía erguido frente a la mesa.
—No podría quejarme si me desterrara de los Caballeros de la Guardia Real por mi falta de conducta. Haga lo que quiera, Capitán.
Julius sacó su espada de la vaina que llevaba en la cadera y la ofreció sobre el escritorio. La visión de Julius ofreciendo su espada arrancó un profundo suspiro de Marcus.
—Así que durante una discusión sobre la selección real, detuviste a un hombre relacionado con una de las candidatas, lo llevaste a la plaza de armas, lo golpeaste hasta dejarlo sin sentido y lo mandaste a curar. A juzgar sólo por el contenido de este documento, no puedo simplemente dejar pasar esto con un tirón de orejas. —Pero la mejor pregunta era en qué estaba pensando el «mejor» de los caballeros cuando hizo tal cosa. Naturalmente, la sangre caballeresca no era tan delgada en Marcus como para no poder aventurar una conjetura. Prosiguió—: Tengo la libertad de tener en cuenta las circunstancias . Muchos de tus compañeros en la plaza de armas me suplicaron que sea indulgente. Dicho todo esto, ciertamente fuiste demasiado lejos.
Las heridas sufridas por el joven en la plaza de armas excedían con mucho lo tolerable para un simulacro de combate.
—¿Te pareció imperdonable que mancillara tu orgullo de caballero hasta ese punto? —preguntó Marcus.
—Darle vueltas a esto sólo dará lugar a rencores personales. Mis defectos personales son los únicos culpables. Por favor, Capitán, no malgaste más palabras en mi beneficio.
Julius no cedió, aguardando mansamente su castigo hasta el final. Marcus bajó los ojos, considerando qué palabras utilizar ante su postura inflexible. Entonces, Ferris abrió la puerta, entrando en la habitación con su bien gastado uniforme de guardia y una actitud despreocupada.
—Hola-nya, siento haberlos hecho esperar. ¡Su caballero más querido volvió!
Al ver a Marcus y Julius frente a frente, Ferris se llevó una mano a la boca y sonrió con picardía.
—¿Vine en mal momento-nya? Están compartiendo miradas tan apasionadas…
—… Deja esa cháchara e informa, mocoso precoz —replicó Marcus.
—Ohh, Capitán, sus verdaderos colores están mostrando-nya.
—Supongo que debo comportarme ante mis hombres igual que en público… Bueno, está bien. Haz tu informe.
Cuando Marcus se lo quitó de encima, Ferris se puso al lado de Julius.
—Siguiendo las órdenes del Capitán, me dediqué a curar a Subaru-nya. Sus heridas están cerradas, sus huesos curados, incluso sus dientes han sido restaurados. Se pondrá bien-nya.
—Bien hecho. ¿No te has perdido nada?
—Si pasé algo por alto, entonces era algo que nyo se puede encontrar. Nyo hay problema con su cuerpo… Aunque, nyo se puede decir lo mismo de su corazón-nya. —Ferris movió sus orejas de gato y lanzó a Julius una mirada burlona—. Realmente eres un blandengue, Julius. ¿A cuántas chicas hiciste desmayarse en con esa consideración y devoción? Incluso estás haciendo palpitar mi corazón-nya.
—No sé de qué hablas, Ferris.
—No hace falta que sigas haciéndote el duro. Esa chica con buenos instintos ya se dio cuenta, y aun así funcionó de maravilla con el tipo que nyo, así que ¿por qué preocuparse? ¿O tal vez este querido caballero parece una cabeza hueca que nyo se da cuenta de lo que piensan Julius y el Capitán-nya?
Cuando Julius guardó silencio, los ojos de Ferris se entrecerraron con mayor deleite.
—Tee-jee, eres tan lindooo cuando estás tranquilo. Pero nyo te preocupes… Ya que le hiciste pasar por tanta tortura, nyo tenemos que preocuparnos de que vayan por él otras personas que nyo saben parar-nya.
—……
Las palabras burlonas de Ferris arrancaron una leve sonrisa a Julius. Marcus, que había escuchado su conversación en silencio, asintió e indicó que comprendía la decisión de Julius.
—Los jóvenes estaban sin duda nerviosos por cómo la declaración del mocoso rebajaba a la clase caballeresca. Ser asignado a la guardia real significa gran habilidad con la espada y orgullo a la altura. —El descontento de los caballeros, creado por la conducta de Subaru en la conferencia de selección real, había buscado un lugar donde explotar—. Si alguien más hubiera salido corriendo e iniciado un enfrentamiento, el muchacho bien podría haber perdido la vida por su insolencia.
Ferris retomó la conversación donde la había dejado Marcus y señaló lo que había concluido Julius.
—Así que un caballero tuvo que golpear a Subaru para que eso sucediera-nya. Si nyo fuera por Julius, yo tendría que haberme tenido que encargar de ello-nya…
—Se trata de utilizar a la persona adecuada para el trabajo adecuado —explicó Julius—. No podemos permitir que te conviertas en su enemigo cuando tienes que curarle. Además, parecía más natural que fuera yo quien lo hiciera. También podría decir… que confiaba en que yo podría hacerlo mejor.
—Sin duda fue correcto dejar a un oponente más débil en manos de Julius. Practica con tu espada más a menudo, ¿por qué no lo haces? —comentó Marcus.
—¡Nyooo! Blandir espadas te hace sudar y te produce callos. ¡Nunca podría volver a mostrar estas palmas blancas como perlas a Crusch-sama!
Marcus, al ver a Ferris tan despreocupado por las órdenes de su capitán, suspiró con aire resignado.
—Julius Juukulius-dono, este es su castigo…. Durante cinco días, queda suspendido de sus funciones y se le prohíbe entrar en la guarnición o en el palacio real. Retendré tu espada hasta que haya pasado ese tiempo.
—… Como usted ordene.
Julius, cerrando los ojos como si estuviera digiriendo el castigo anunciado, entregó a Marcus su espada de caballero. Marcus, aceptando el arma que era el símbolo mismo de su orgullo como caballero, negó en silencio con la cabeza.
—Lo siento. Hablando con propiedad, no era una carga que debieras haber soportado.
—Capitán, usted siempre busca el mejor resultado posible —rebatió Julius—. Los Caballeros de la Guardia Real se disolvieron en su día, pero hoy cuentan con los hombres más fuertes y galantes gracias a ti.
—Así es-nya. Yo nunca le diría esto a nadie más que a Crusch-sama —intervino Ferris—, pero tenga más confianza en sí mismo, Capitán.
—¡Si vas a decir cosas así, ponte ropa de hombre! —replicó Marcus tajante.
Ferris se encogió de hombros como diciendo: «Ésa es la única orden que nunca obedeceré». Marcus depositó con cuidado la espada de Julius encima de la mesa antes de volver a sentarse en su silla.
—El asunto está concluido. Hay otros deberes que debo atender. Retírense.
Las palabras formales de Marcus anunciaban que había vuelto a su personaje público.
Cuando los otros dos abandonaron la habitación, el ambiente volvió a ser tranquilo. Marcus, ahora solo, se recostó en su silla chirriante y miró al techo. El asunto que tenía en mente era distinto del simulacro de combate, y se refería a un informe que había recibido de los guardias del castillo tras la conclusión de la conferencia.
—«Si un intruso en el castillo lleva el escudo familiar del halcón, déjale pasar»…
Así rezaba la orden dada a los guardias en la puerta del palacio. Esa orden era la razón por la que los guardias habían pedido instrucciones a Marcus después de capturar al anciano relacionado con Felt.
En otras palabras, la aparición de un intruso estaba grabada en piedra desde el principio.
Cuando le vino a la mente el rostro bufonesco del hombre que había dado la orden, Marcus rechinó los dientes.
—Maldito seas, Roswaal. ¿Qué demonios estás planeando…?
Su rostro pétreo ardía de irritación mientras se preguntaba qué podría estar tramando el excéntrico.
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—El Capitán tampoco es muy suave-nya. Él vio todo el asunto, así que ¿por qué nyo podía dejarlo estar por completo?
—Permitir que un acto así quede impune sería inaceptable incluso en estas circunstancias. Yo tampoco lo desearía.
Ferris miraba de reojo el atractivo rostro de Julius mientras ambos caminaban codo con codo por el pasillo de la guarnición.
Ferris hizo un mohín al ver que Julius parecía tan satisfecho.
—Entonces, Julius, ¿qué vas a hacer-nya? —preguntó Ferris.
—Naturalmente, seguiré las órdenes de mi Capitán y pasaré un tiempo en la mansión. Le explicaré la situación a Anastasia-sama… Mi única preocupación es si podrá tomárselo con calma mientras tanto.
—Pero eso te gusta de ella, ¿nyo? Lo noto-nya.
Las mejillas de Ferris se inflaron al dar su propio giro a las palabras de Julius. Julius miró entonces a su compañero de orejas de gato como si acabara de recordar algo.
—Por cierto, Ferris, sobre el chico de antes…
Antes de que la pregunta estuviera completamente formulada, Ferris respondió, con toda la calidez desapareciendo de sus labios.
—Está con Emilia-sama en este momento. Después… se quedará en la Mansión Karsten para convalecer.
Aceptando la respuesta, Julius cerró los ojos y reflexionó un rato.
—Convalecer… ¿verdad? Parece que ha sufrido una herida mucho más grave que cualquiera vista desde fuera.
—Tu nyo escuchaste ni una palabra sobre eso salir de mis labios-nya.
El comportamiento de Ferris, sin embargo, dejaba la situación más clara que el agua. Julius podía adivinar lo que había ocurrido desde que entregó Subaru a Ferris. El sabio joven no tardó en llegar a su respuesta.
—… Realmente está en la naturaleza de Emilia-sama causar dolor en los demás.
—¿Acaso estás pensando: «A pesar de que podría vivir una vida mucho más sabia»-nya?
—No. Esa misma naturaleza es la que le permite vivir tan noble y hermosamente como lo hace. No me digno desear que cambie. Así, todo lo que puedo hacer es esperar que ella viva con más rectitud, más genuinamente, sin nada de que avergonzarse.
Julius levantó la cara y reanudó la marcha. Ferris le seguía medio paso por detrás, con las manos cruzadas a la espalda, inclinando el cuerpo hacia delante mientras miraba a Julius.
—¿Eso también vale para el chico-nya?
—Va para todos, Ferris. Es por esa misma razón que empuño una espada.
… Es probable que se rompa, pensó Julius.
Si iba a quebrarse, quebrarla en ese momento sería una misericordia.
Pero si todo eso no era suficiente para quebrarlo, entonces…
—No sería tan malo volver a intercambiar espadas con un tonto lleno de idealismo.
—Bueno, incluso si eso es lo que piensas, Julius, Subaru puede que nyo quiera volver a hacerlo después de la paliza pública que le diste-nya. Oye, oye…
—¿Qué pasa?
—Se juntaron muchas cosas para provocar ese duelo-nya, pero te puso un poco de los nervios, ¿nyo?
Como las palabras de Ferris parecían destinadas a ponerle a prueba, Julius se detuvo y miró hacia él.
—Ferris, me hieres. Soy un caballero. Aunque imperfectamente, ese es el precepto por el que vivo. —Julius, considerando que su propia conducta no tenía nada de qué avergonzarse, miró fijamente a Ferris—. En cuanto a una molestia… quizás era eso, un poco.
—Bueno, a mí me puso bastante de los nervios, ¿sabes-nya?
Los dos intercambiaron risas como si fuera la broma más divertida que hubieran compartido nunca. Finalmente llegaron a la entrada de la guarnición y se dieron la mano.
—Bueno, entonces, debemos separarnos. Deseo profundamente que usted y su señora gocen de buena salud —dijo Julius.
—Es probable que Anastasia-sama se queje, así que buena suerte con eso, Julius… Puedes dejarme a mi toda la limpieza-nya.
Ferris saludó despreocupadamente con la mano antes de darle la espalda y marcharse.
Julius observó desde atrás cómo su amigo se marchaba y un enemigo ocupaba su lugar.
—Anastasia-sama sucederá como rey.
—Para nada. Crusch-sama es la más apta para el trono-nya.
Y así, los caballeros intercambiaron su declaración de guerra antes de regresar con sus respectivas señoras.
Los rayos del sol poniente caían desde el cielo vespertino, tiñendo de rojo por igual a todos los que habitaban la capital real.
… En muchos sentidos, la selección real había comenzado ahora.
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